Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.
Capítulo 20:
Era un día hermoso, el sol brillaba y la suave brisa era refrescante. Elizabeth caminaba tomada del brazo de Georgiana, ambas habían salido a dar una vuelta a los alrededores de la casa, e iban conversando y riéndose de sus locas ocurrencias.
– ¡Lizzy! –gritó de pronto Georgina, mirándola con ojos emocionados, mientras con su dedo apuntaba en otra dirección. – ¡Cachorritos!
Elizabeth sonrió, mientras Georgiana soltaba su brazo y se acercaba a los pequeños perritos que estaban detrás de una estilizada verja, que delimitaba el jardín de Lord Radcliffe. Sabía que esta era la verdadera razón por la cual Georgiana la había invitado a caminar, estaba enamorada de esos cachorritos y nunca perdía la oportunidad de pasar a saludarlos. Elizabeth prefirió esperarla en la vereda de enfrente, mientras disfrutaba de las hermosas flores que bordeaban ese lado de la calle.
–Tú eres mucho más hermosa que cualquiera de estas flores. –Dijo una voz profunda.
Elizabeth se sobresaltó al escuchar esa voz. Su cuerpo se puso en tensión y se volvió a verlo con incomodidad.
–Sr. Wickham…–Murmuró ella nerviosa, mirando de reojo a Georgiana que seguía absorta en los cachorritos.
George Wickham la miró de pies a cabeza de forma apreciativa antes de sonreír. Él tenía un aspecto un tanto descuidado, tenía una ligera barba, su rostro cansado y Elizabeth reparó que no llevaba puesto el uniforme del regimiento.
–Llevo días intentando verte... –Respondió él acercándose un poco más. –Ya no te puedo enviar cartas y tu marido está muy alterado, no me permite acercarme a tu casa.
–No creo que mantener esta conversación sea prudente. –Dijo ella mirándolo con frialdad mientras intentaba apartarse de él.
–Mi amor, vayámonos juntos. Tengo el dinero suficiente para mantenerte por un buen tiempo. Podemos fugarnos cuando tú quieras. –Dijo Wickham intentando acariciar su rostro.
Elizabeth frunció el ceño, y se empezó a sentir enfadada.
– ¿Qué quiere Sr. Wickham? ¿Cree que no sé cómo ha conseguido ese dinero? ¿Cree que aún puedo ser un poco más rentable?
Wickham suspiró antes de contestar.
–Entiendo que estés enfadada. He tardado demasiado en buscarte, supongo que Darcy te habrá dicho su versión de la historia, pero vendí esas cartas para tener el dinero suficiente para iniciar una nueva vida contigo. Durante todo este tiempo ha sido tu esposo quién me ha despojado de todo. Pero ya no me importa, sólo hay una cosa a la que no pienso renunciar por ningún motivo y eso eres tú, Elizabeth. Yo te amo.
Elizabeth no respondió, sintió la bilis subir por su garganta, estaba indignada ante el descaro Wickham. Siempre haciéndose la víctima, siempre culpando a Darcy de todas sus desgracias. Miró en dirección a Georgiana, quién parecía no haber notado la presencia de Wickham aún.
–No quiero verlo nunca más. Váyase. –Le ordenó Elizabeth entre dientes. Dándole un pequeño empujón.
Wickham le dedicó una mirada burlona, Elizabeth temió lo peor cuando él hizo un gesto hacia Georgiana. Su corazón se paralizó cuando George Wickham de un tirón la pegó a su cuerpo y al segundo siguiente la besó. Fue un beso corto pero agresivo.
–Elizabeth, yo realmente te amo. –Dijo Wickham sin soltarla. –Hemos mantenido nuestro amor en secreto por mucho tiempo, pero ya no más. Vámonos, dejemos todo esto atrás.
– ¡Elizabeth! –gritó Georgiana, quién de pronto estaba a en medio de la calle y la miraba atónita.
–Señorita Darcy. –Saludó Wickham con una inclinación y una enorme sonrisa en sus labios.
– ¡Georgiana! –la llamó Elizabeth con pánico. Pero Georgiana no se quedó a escuchar nada más, salió corriendo en ese instante.
–Veamos si Darcy todavía quiere conservarte después de escuchar a su hermanita. –Respondió Wickham con una sonrisa burlona, mientras la soltaba con brusquedad.
Elizabeth se sintió tan asqueada, que se volvió para darle una fuerte bofetada a Wickham. El sonido seco de su palma sobre el rostro del hombre resonó en toda la calle. Elizabeth sintió el dolor en su mano, quizá se había excedido un poco con el golpe, pero no se arrepentía. Wickham la fulminó con la mirada, y con una mano se limpiaba un leve hilo de sangre que se desprendía de su labio inferior.
–Darcy tiene razón, eres una escoria repugnante. –Dijo Elizabeth antes de salir corriendo detrás de Georgiana.
Estaba conmocionada. ¿Qué le diría a Darcy? ¿Qué le diría a Georgiana?
¡Oh, dios! Georgiana la había visto con Wickham. El hombre que la había seducido cuando sólo tenía quince años. Esto era terrible, Darcy la despreciaría. Darcy no creería en ella, estaba segura.
De pronto se sintió desolada de sólo pensar en sentirse despreciada por su marido, lo cual era muy tonto. Él ya la había despreciado muchas veces antes. Pero se obligó a recordar que antes no tenían nada, sólo eran un matrimonio arreglado, no habían formado ningún vínculo, ni siquiera vivían juntos. En cambio ahora, sentía que perdía mucho más, Darcy ya no seguiría esforzándose en ser un buen marido, ya no la volvería a mirar de esa forma tan profunda y cálida, ya no pasaría horas intentando impresionarla, ya no volvería a tocarla con tanta ternura.
No se dio cuenta en que momento llegó a la casa, de pronto Darcy estaba ahí, mirándola con furia, mientras se acercaba a ella con paso amenazador.
– ¿Crees que te pagaré? –Le preguntó él agresivo.
Elizabeth se vio sí misma con el brazo levantado, había sido una reacción instantánea de autodefensa, ella no pensaba que Darcy fuese capaz de pegarle, pero estaba asustada. Wickham la acababa de abordar en la calle y ella no se había podido defender a tiempo.
Ahí en el salón estaba Georgiana, abrazada al Coronel Fitzwilliam, Georgiana gritó, Darcy gritó, pero ella no podía entender lo que estaba ocurriendo a su alrededor. De pronto se sentía desbordada por sus emociones y su cabeza aún daba vueltas, estaba perdida en sus pensamientos por lo que acababa de ocurrir con Wickham.
Entonces Darcy tomó su mano y de un tirón la guío hasta el estudio.
Una vez la puerta se cerró, Darcy empezó a dar vueltas de un lado a otro sin apenas mirarla. Ella en cambio lo miraba atentamente, no sabía que esperar, él parecía un volcán a punto de hacer erupción. Ella en cambio, no se sentía combativa en lo absoluto, no se sentía con fuerzas de enfrentar a Darcy,
– ¿Qué hacías con Wickham? –preguntó Darcy de pronto. –No espera, dame un minuto, necesito un trago.
Elizabeth comprendió que Darcy se encontraba en un estado de ansiedad que lo tenía al límite. Entonces recordó lo que él le había dicho antes «Me devoraban los celos ¿Qué crees que soy? ¿Una piedra?».
– ¡No puede ser! –Exclamó ella, mientras lo miraba fijamente y se tapaba la boca con la mano en un gesto de sorpresa.
– ¿Qué cosa? – preguntó Darcy volteándose a mirarla con la botella de Whisky en la mano.
– ¿De verdad estás celoso? –Elizabeth inmediatamente se arrepintió haber hecho esa pregunta. Pero no era su intención decirlo, ella sólo estaba pensando en voz alta.
Darcy quedó desconcertado y soltó la botella sin llegar a servirse nada, parecía indeciso entre la rabia y la vergüenza.
– ¿Aún no me crees? –gruñó él con voz profunda, acercándose a ella.
Elizabeth de pronto estaba frente a frente con su esposo, él la consumía con sus abrasadores ojos azules, su pecho subía y bajaba con su respiración brusca, sus expresiones tensas, sus manos apretadas fuertemente en puños.
–Estas celoso… –Susurró ella, en una afirmación sorprendida. Se regañó internamente por no controlar su lengua y por sentirse tan emocionada por su descubrimiento.
– ¡Estoy celoso! ¡Y estoy jodidamente furioso! –gritó él, incapaz de contenerse por más tiempo. – ¿Qué demonios estabas haciendo con él? ¿Qué te dijo ese maldito hijo de puta? ¿Has decidido irte con él verdad?
Y aún a pesar de los gritos y las maldiciones, Elizabeth no podía apaciguar su corazón acelerado «Darcy está celoso». Canturreaba alegre una voz en su interior.
–Yo…eh… esto... yo –empezó a decir Elizabeth, pero no pudo continuar, no era capaz de hilar una frase coherente. ¿Qué era lo que él había preguntado?
Darcy se sentía al borde de un ataque al corazón, iba a morir, y Elizabeth lo único que hacía era balbucear. ¿Por qué no respondía nada? ¿No encontraba las palabras para pedirle el divorcio? ¿Era eso? ¿Le iba a decir que aún estaba enamorada de Wickham?
–Tú aún lo amas ¿Verdad? –preguntó Darcy de golpe.
Elizabeth lo miró confundida y enfadada.
–Ya te dije que no estoy enamorada de Wickham. –Respondió indignada.
Darcy frunció el ceño.
– ¿Entonces que hacías con él?
–Fue él quien me abordó en la calle, nunca pensé en volver a verlo. Dijo que quiere fugarse conmigo, pero lo rechacé –respondió Elizabeth en voz baja, mirándolo con aprensión.
– ¿Entonces por qué Georgiana llegó llorando? –Inquirió Darcy. Elizabeth supo que él estaba poniendo en duda lo que ella le estaba contando.
–No sé qué es exactamente qué es lo que escucho Georgiana. –Murmuró Elizabeth bajando la mirada, sintiéndose dolida –Pero estoy segura de que Wickham dijo lo que dijo porque sabía que ella estaba ahí. Cuando ella se fue, él se burló de mí diciendo…
Elizabeth de pronto se quedó callada y su rostro palideció. Darcy la tomó por la barbilla y la miró directamente a los ojos.
– ¿Qué dijo? –presionó Darcy.
–Dijo… que habría que ver si querías conservarme, después de escuchar a Georgiana. –Respondió ella, devolviéndole la mirada con intensidad.
Darcy soltó su rostro y miró hacia otro lado. Inhalo y exhalo varias veces. Despeinó su cabello en un gesto nervioso, antes de volver a enfrentarla.
–Ya he resuelto el asunto de que me encargaste. Las acciones de tu padre equivalen a doce mil libras ¿Qué vas a hacer con ese dinero?
Elizabeth estaba sorprendida, la suma de dinero que Darcy había mencionado era demasiado grande. Pero no comprendió ese cambio de tema tan brusco. Su esposo parecía querer evadir el meollo del asunto y ella se preguntaba por qué. Reconocía que en primera instancia y tras revelarse la carta, había sido ella la que había evadido el tema del divorcio.
Ella aún quería el divorcio, pero no quería empezar con eso, cuando Jane recién estaba casada, además necesitaba la ayuda de Darcy. Después había sido egoísta y se había quedado por que disfrutaba estar con su esposo, él había sido tan dulce y atento durante el último mes. Ella no se había sentido capaz de exigir el divorcio y perder toda esa atención que él le dedicaba.
¿Por qué? ¿Por qué él ahora actuaba así?
Cuando ella no respondió, Darcy agregó:
–He pensado en que podrías dividirlo en partes iguales entre tu madre y todas tus hermanas. Tú y Jane pueden disponer del dinero sin problema, tus hermanas menores lo recibirán a través de sus dotes, pero podrán acceder igual al dinero, si le entregamos parte a la Sra. Bennet ahora. Creo que es lo que hubiese querido hacer tu padre. –Resolvió Darcy encogiéndose de hombros.
–Supongo que está bien… pero ¿Sabes de donde mi padre sacó ese dinero? –preguntó Elizabeth con verdadera curiosidad.
–Tu padre era más orgulloso de lo que yo pensé. –Admitió Darcy. –A pesar de que me hizo pagarle una dote cuando me casé contigo, con el compromiso de que le seguiría enviando dinero una vez al año, nunca lo utilizó para provecho propio… Él invirtió todo el dinero que le envié, siempre creí que se estaba aprovechando de mí para dejar de trabajar, pero en realidad él siguió manteniendo a su familia con su propio esfuerzo. Supongo que realmente le preocupaba asegurar el futuro de todas sus hijas, después de todo.
–Entonces ese dinero te pertenece. –Declaró Elizabeth avergonzada.
–Pero a mí no me interesa recuperarlo. Además el viejo tenía buen ojo para las inversiones, incluso si tomara mi parte, todavía les quedaría mucho dinero. No me importa, prefiero respetar la voluntad de tu padre.
Darcy se alejó para ahora sí, servirse una copa de Whisky. Se la bebió de golpe. Entonces se dirigió a su escritorio y sacó algo del cajón.
–Esto es tuyo –dijo Darcy extendiéndole un estuche de joyería forrado en piel.
Elizabeth lo examinó con curiosidad, dentro del estuche había una sencillo collar que ella reconoció de inmediato, esa delgada cadena... algo se revolvió en su interior al volver a ver ese pequeño corazón con un diamante en el centro. Elizabeth cerró el estuche de golpe y lo arrojó sobre el escritorio.
–Es tu cadena –le dijo Darcy.
– ¡La he vendido!
–Te lo estoy devolviendo.
– ¡No la quiero!
– ¡Pero es tuya!
–No quiero que me des nada más. No me puedes seguir comprando. Mi padre ya está muerto. –Soltó Elizabeth en un ataque de verborrea, del cual se arrepintió.
Darcy palideció. Su mirada se volvió fría y su gesto despreciativo.
–Tengo asuntos pendientes. –Dijo Darcy con frialdad pasmosa, emprendiendo la retirada.
–Aún tenemos que hablar. –Gritó Elizabeth, no podía creer que él pretendiera irse así, sin más.
–No quiero, ¿qué más hay que hablar? ¿Sobre nuestro matrimonio? Eso es muy sencillo. Te quedas o te vas –dijo él con frialdad, sin apenas mirarla. –Debes tomar una decisión, no puedo seguir viviendo con la incertidumbre de que en cualquier momento me vas a dejar.
Elizabeth lo fulminó con la mirada. Él ni siquiera era capaz de mirarla a los ojos para decir eso. Se marchó sin dedicarle ninguna despedida. Al fin y al cabo Darcy ya no tenía motivos para seguir fingiendo amabilidad. Darcy siempre había sido un hombre incapaz de compartir nada, incapaz de sentir para no arriesgar ni un ápice de orgullo.
El papel que Thomas Bennet le había obligado a representar había llegado a su final. Elizabeth sintió escalofríos y se abrazó a sí misma.
...
Ya no aguantaba más, la frustración lo estaba matando por dentro. Su sentido de justicia lo había llevado a entregarle los medios necesarios, en caso de que ella quisiera dejarlo. Ella debía elegir quedarse por voluntad propia, no porque no tuviera los recursos para huir.
Ahora era Elizabeth quien debía tomar una decisión, pero él no quería estar presente cuando eso ocurriera. Sí, sabía que lo que acababa de hacer era un completo acto de cobardía. Pero sabía que no podría soportar verla partir. También era consciente que ya podía seguir suplicándole que se quedara, eso era lo que había hecho durante los últimos meses y no había avanzado en nada. Había intentado enamorarla, pero ella no sentía nada por él.
Pero, había actuado como un marido cariñoso y atento, pensó contrariado. Había intentado hacer feliz a su mujer, había dado todo lo que había podido y seguía sin poder creer que su matrimonio no tenía solución, Elizabeth no lo podía perdonar. Y él ya no podía seguir viviendo así, se rehusaba a seguir siendo el villano en la vida de Elizabeth.
Darcy tenía varias cosas sobre la mesita de centro que estaba en su habitación. Con manos hábiles revisó su pistola, contó el número de balas y la volvió a guardar en su estuche. Tenía algunos cuchillos en su cinturón y otra pistola pequeña, en caso de emergencia.
– ¿Qué se supone que harás con todo eso? –preguntó Richard entrando sin avisar a su habitación.
–Me voy de caza. –Respondió Darcy sin mirarlo.
– ¿Vas a cazar a Wickham?
Darcy levantó la mirada solo para poner los ojos en blanco, ante la absurda pregunta de su primo.
–Ya me voy, Wilkins me está esperando con los caballos allá afuera. –Respondió Darcy poniéndose el cinturón y guardando las pistolas dentro de los bolsillos de su chaqueta.
–Iré contigo, yo también tengo asuntos pendientes con ese tipo.
–No es necesario. Iré con Wilkins.
–¿Quieres que le diga a tu esposa lo que pretendes hacer ahora? No, mejor se lo contaré a Georgiana.
–Eres un cotilla...
–Al menos así no estaré preocupado por ti. –Murmuró Richard entre dientes, sin encontrarle una pizca de gracia a la situación.
–No te necesito de niñera Richard. –Respondió Darcy.
–Hey, al menos yo sí tengo entrenamiento militar. Tú sólo eres un novato. –Dijo Richard dedicándole una mirada burlona al cinturón de Darcy.
…
Elizabeth se pasó horas llorando en su habitación. Nunca creyó que Darcy haría algo así. Por un momento pensó que él decía la verdad, todas esas veces que le dijo que la amaba. Sin embargo ahora, sin ningún tipo de delicadeza Darcy le servía en bandeja la libertad que ella había peleado meses atrás, él no iba a esperar para desembarazarse de la hija de Thomas Bennet. Entre lágrimas, pensó que no valía la pena sufrir por un desgraciado como él.
No entendía por qué se sentía tan dolida. Pero lo odiaba, odiaba a Darcy con toda su alma. De pronto estaba tan indignada, estaba furiosa.
En medio de la noche, se levantó de su cama y se encaminó directamente a la habitación de Darcy, que estaba en el otro extremo de la casa. Pocas veces, ella había visitado esa área. Al inicio de su matrimonio Darcy había establecido muy bien los límites y dormía tan apartado de ella, como la casa se lo permitía.
Se dijo que si Darcy estaba despierto, le diría en su cara todo lo que pensaba de él y su estúpido orgullo. Y si estaba dormido, aprovecharía para despertarlo a golpes y gritarle en su cara lo idiota que era por dejarla ir así.
Lo que Elizabeth no esperaba era ver la cama vacía de Darcy, estaba todo intacto, y no había señal de Darcy en ningún lugar. Miró el reloj sobre la chimenea apagada. ¡Eran las tres de la madrugada! ¿Dónde demonios estaba Darcy?
Inmediatamente se lo imaginó, en los brazos de alguna esas mujeres obscenamente hermosas, con las que él parecía llevarse tan bien. El muy imbécil ni siquiera pudo esperar a que ella estuviera lejos para volver a sus andanzas.
Elizabeth fisgoneó un poco más, recorrió la habitación, observo los trajes colgados en el guarda ropa. Abrió el primer cajón del ropero y se sorprendió al encontrar una serie de pañuelos cuidadosamente doblados, con las iniciales bordadas del nombre de Darcy a la vista. Elizabeth recordó con vergüenza lo mucho que ella se esforzaba en bordar cada uno de esos estúpidos pañuelos, era una forma de recordarle a Darcy que ella también estaba ahí. Y lo había hecho a pesar de que a ella no le gustaba bordar. ¿Tan desesperada había estado por llamar su atención?
Lo odio a él y se odio a sí misma por amarlo. Sin pensarlo demasiado tomó uno de los broches con los que Darcy sujetaba los nudos de sus corbatas, y con la punta afilada, empezó a descoser el bordado de los pañuelos. Finalmente destrozo los pañuelos y se sintió satisfecha al ver su trabajo.
En ese momento decidió preparar su equipaje, se iba a marchar de la casa en cuánto amaneciera. No iba a permitir nunca más las humillaciones de Darcy. No necesitaba a Darcy. Se iría a vivir a casa de sus hermanas. Y para llegar a Hertfordshire no necesitaría demasiado dinero.
...
– ¡Demonios Darcy! Hemos pasado toda la noche afuera y el maldito no ha vuelto a aparecer. –Gruñó Richard de mal humor.
–Lo sé… se supone que debía estar aquí.
Darcy miró las destartaladas casas, se preguntaba si tal vez Wickham se estaba ocultando en una de ellas. Se habían encontrado con Wickham entrando a una cantina durante la madrugada, pero el maldito huyó y ya no lo volvieron a encontrar. Habían estado vigilando los alrededores, estaban en una zona muy pobre, a las afueras de Londres.
–Quizá debamos volver a tu casa. –Sugirió Richard con aire cansado.
Darcy asintió y pasaron a buscar a Wilkins quien se encontraba vigilando en otro sector. Darcy no tenía fuerzas de enfrentarse a Elizabeth. No quería saber lo que ella había decidido. Pero por tenía una extraña inquietud en su interior, estaba intranquilo y necesitaba volver a casa lo antes posible.
– ¿Cuál es el plan ahora? –preguntó Richard después de un rato.
–Esperar noticias, tengo a varios informantes. –Comentó Darcy. –Wickham tiene muchos enemigos, así que hay mucha gente que está dispuesta a delatarlo…
–Vaya… De todos modos es bastante escurridizo.
Aún era temprano, el cielo había aclarado, pero el sol aún no aparecía en el horizonte. Ya estaban llegando a casa, pero Darcy tenía un mal presentimiento, los criados que debían estar haciendo guardia en las afueras de la casa, no estaban ahí.
–Algo está mal… –Murmuró Wilkins, seguramente pensando en lo mismo que Darcy.
–Todo está mal –Dijo el coronel Fitzwilliam señalando al hombre tirado en el suelo a unos metros de la entrada. –Creo que está muerto. –murmuró al ver el charco de sangre a sus pies.
– ¡Demonios! ¡Ese bastardo está en la casa! –Gritó Darcy con desesperación.
...
La casa estaba en silencio, la oscuridad no permitía ver con claridad, de todos modos era peligroso encender una vela y anunciar así su presencia. Subió las escaleras de la forma más sigilosa posible y siguió avanzando por el pasillo.
Georgiana estaba en su habitación y dormía plácidamente. La miró de reojo y se fue a buscar a Elizabeth.
La ostentosa puerta doble anunciaba la importancia de esa habitación, giró la manilla y se sorprendió con la facilidad con la que esta se abrió. Las cortinas estaban entre abiertas filtrando la luminosidad de la noche. En su avance estuvo a punto de tropezar con un gran baúl de madera que estaba estorbando el paso. Gruñó entre dientes, y levantó la mirada, había un desastre de ropa sobre la cama.
Elizabeth estaba durmiendo atravesada en la gran cama, su delicada figura no se distinguía bien, en medio de toda esa ropa que la rodeaba. Se acercó lentamente, la excitación de tenerla ahí se le subió a la cabeza.
Con cuidado apoyó una rodilla sobre la cama, antes de acomodarse sobre el cuerpo de Elizabeth, sin llegar a aplastarla. Con besos suaves empezó a recorrer su rostro, y lentamente empezó a descender sobre su cuello, ella empezó a moverse inquieta y su respiración empezó a acelerarse. Sonrió complacido, y sus manos empezaron a explorar ese delicado cuerpo con cuidadas caricias, por el costado de sus pechos, pasando por su vientre, para empezar a levantar sus faldas. Se preguntó con enfado, por qué Elizabeth estaba durmiendo vestida.
–Darcy… –Gimió ella cuando los labios de él exploraban el valle de sus senos.
Él no puedo evitar soltar una risotada.
–Amor… Darcy no está aquí…
Ella abrió los ojos desconcertada, miró a su alrededor confundida, intentado distinguir en la penumbra. Entonces el reconocimiento llenó su mirada, para luego dar paso al horror.
– Wickham…–Dijo ella con voz rota. Sentía un grito queriendo escapar de su pecho.
Elizabeth estaba aterrada. Su cuerpo estaba atrapado bajo el enorme cuerpo de Wickham, que estaba evidentemente excitado. Era repugnante, la forma en que la había despertado, la forma lujuriosa en que la miraba ahora.
–Bueno, tu esposo no deja de perseguirme. Así que pensé en venir al lugar donde él menos se esperaría encontrarme. Y de paso, tú y yo podríamos pasar un buen rato, juntos. –Murmuró Wickham con voz ronca, desatando los nudos que su vestido tenía en la parte del escote.
Elizabeth se quiso mover, pero Wickham la sujetó con más fuerza. Ella se empezó a desesperar, mientras intentaba golpear a Wickham de algún modo, sus fuerzas parecían no ser suficientes, movía con desesperación sus manos y brazos intentando liberarse, el aire empezó a escasear por la presión que Wickham ejercía sobre ella.
– ¡Ya basta! –gritó Wickham, dándole una fuerte bofetada. El dolor fue tan punzante, que la dejó desorientada.
Él se levantó, dejándola tirada en la cama. Se pasó una mano por la cara, antes de suspirar con fuerza. Wickham estaba totalmente desquiciado por culpa de Darcy. Lo culpaba por todas y cada una de las cosas que habían ido mal en su vida. Y en el último tiempo demasiadas cosas habían ido mal. Darcy no lo dejaba vivir en paz, por su culpa lo habían echado del regimiento, se había quedado sin lugar donde alojar, ya no le quedaban amigos, ni nadie en quién poder confiar. Por primera vez en la vida se sentía verdaderamente solo.
–Yo no quería que esto fuese así. Yo quería hacerte disfrutar. Pensé que me amabas… –Murmuró Wickham, mientras se sacaba la chaqueta y sacaba una navaja de su cinturón. –Odio tener que hacer esto.
Elizabeth recién en ese momento, vio que la camisa de Wickham tenía unas escandalosas manchas oscuras. El susto la hizo intentar levantarse, intentar huir, pero su cabeza aún daba vueltas, así que solo pudo sentarse sobre la cama.
Wickham miró con desagrado la navaja en sus manos, todavía manchada de sangre. Tomó lo primero que encontró para limpiar el filo. Estaba cansado de la actitud de Elizabeth. Ella no valoraba el gran esfuerzo que él había hecho para poder estar con ella. Había degollado a dos hombres por su culpa, y probablemente había un tercer muerto en el vestíbulo de entrada. Y todo con una simple y silenciosa navaja.
Wickham avanzó nuevamente hacia ella.
– ¡No te me acerques! –gritó ella, mientras huía al otro extremo de la habitación.
Ella arrojó con todas sus fuerzas unos libros en dirección a Wickham, mientras intentaba llegar a la puerta. Pero él fue más rápido, con una fuerza descomunal la arrojó al suelo, Elizabeth ni siquiera tuvo tiempo de quejarse, de pronto tenía el cuerpo de Wickham nuevamente sobre ella y esta vez sentía el frío filo de la navaja en su cuello.
– ¿Sabes? Odio que tú y Darcy me subestimen. –Declaró Wickham con una mirada desquiciada. –Estuve en la milicia, es imposible estar en la milicia sin aprender unas cuantas cosas sobre cómo atacar y matar gente. –Murmuró Wickham en su oído. –Y realmente no quiero matarte, así que no me obligues a hacerlo.
Elizabeth estaba desesperada, mientras Wickham empezaba a subir sus faldas con decisión. Lo sintió, luchar con los nudos que sujetaban ñas enaguas a su ropa interior.
–Por favor, perdóname… –Suplicó ella, intentando ganar tiempo, mientras en su cabeza frenéticamente intentaba pensar en algo que la salvara. –Lo siento, nunca quise subestimarte.
Wickham levantó la navaja de su cuello y la miró con burla. Entonces uso la navaja para cortar los nudos de su ropa interior. En su desesperación, Elizabeth se movió y lo empujó con fuerza. La navaja cayó y ella rápidamente la apartó de un manotazo. Wickham se levantó indignado, y esta vez le dio un puñetazo en la cara. Elizabeth intentó volver a levantarse, pero Wickham no se lo permitió. La tomó del pelo con fuerza y la obligó a permanecer bajo su cuerpo.
–Eres una perra mentirosa. Pero te voy a enseñar lo que es bueno. –Gruñó él mientras que por tercera vez levantaba las faldas de Elizabeth.
–Darcy... –Susurró Elizabeth, mientras impotentes lagrimas caían por sus adoloridas mejillas. En el fondo de su corazón lo llamaba con desesperación.
–No seas estúpida, Darcy no va a venir. Y después no podrá vivir con una esposa mancillada. –Dijo Wickham, mientras abría la bragueta de su pantalón. –Y esa será mi venganza.
En ese momento se escucharon fuertes golpes. Había alguien aporreando la puerta.
– ¡Sé que estás ahí maldito hijo de puta! ¡Abre! –Gritó Darcy.
Elizabeth, sintió un alivio cuando lo escuchó, pues Wickham rápidamente se levantó de encima de ella. Darcy estaba ahí, Darcy la iba a salvar…
Wickham tenía una pistola entre sus manos, y no la estaba apuntando a ella, si no a la puerta. Elizabeth volvió a sentir miedo, pero esta vez no por ella, si no por su esposo.
– ¡Darcy sal de la puerta! ¡No entres! –Gritó Elizabeth.
– ¡Cállate maldita perra!
Los golpes cesaron, la puerta se abrió y Wickham con su pistola en mano descargó el primer tiro.
– ¡No! –Gritó Elizabeth temiendo lo peor.
Pero del otro lado no había nadie. Wickham maldijo entre dientes y a grandes zancadas avanzó hasta Elizabeth y la levantó de un tirón y la pegó a su cuerpo. Darcy se asomó en ese momento desde el umbral de la puerta, también con una pistola en mano.
– ¡Suéltala! –ordenó Darcy.
– ¡La voy a matar! –Grito Wickham, al tiempo que apuntaba a la cabeza de Elizabeth.
