Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.


Capítulo 21:

Darcy retuvo en aire en sus pulmones, por un largo segundo. Comprobó con horror que Elizabeth tenía la cara magullada, tenía un fino corte en el lado izquierdo de su cuello, su vestido tenía abierta la parte del escote, por lo que sus turgentes pechos se divisaban bajo la poca tela que los cubría.

– ¡Eres un maldito bastardo! –Gruñó Darcy. –Déjala ir, tu problema es conmigo.

Wickham sonrió sardónicamente.

–Al principio mi plan era matarte Darcy. Pero después me di cuenta lo sobreprotector que eras con Elizabeth. Estábamos en algo interesante cuando llegaste –murmuró en un tono provocativo y chasqueó la lengua como si lamentara la interrupción. –Creo que si la mato a ella, tú no podrás seguir viviendo. Así que su vida vale muchísimo más que la tuya.

La cara de Darcy palideció.

–Por favor, no le hagas nada. –Pidió Darcy en voz baja. –Por favor, déjala ir…

Wickham soltó una risita burlona y la presión que tenía sobre Elizabeth cedió un poco. En una fracción de segundo Elizabeth hizo un rápido cálculo de posibilidades, con la determinación en su mente, le dio un fuerte codazo en el estómago a Wickham y se liberó lo más rápido que pudo.

– ¡Elizabeth! ¡No! –Gritó Darcy.

Ella corrió hacia él, pero las cosas ocurrieron demasiado rápido. Wickham volvió a apuntar a Elizabeth y Darcy vio la determinación en su mirada. La iba a matar, iba a disparar. Darcy solo tuvo un instante para tomarla entre sus brazos y se giró esperando poder protegerla. Dos disparos resonaron en el aire.

El cuerpo de Wickham cayó al suelo. Muerto. Con un tiro directo al corazón.

–Wow, ni yo esperaba ser tan certero. –Murmuró el coronel Fitzwilliam atravesando el umbral de la puerta, con su pistola en la mano.

Darcy se separó levemente de Elizabeth.

– ¿Estás bien? –Preguntó con voz baja y ronca.

Elizabeth asintió con la cabeza, Darcy suspiró con lo que parecía ser alivio y entonces se desplomó.

...

John Douglas había tenido un día difícil, todo habían sido gritos y llantos a su llegada. Darcy estaba herido y aunque logró extraer la bala con éxito, siempre existía el riesgo, por lo que las siguientes horas serían cruciales.

–Hice lo mejor que pude… –Murmuró un preocupado Dr. Douglas. –Pero él ha perdido mucha sangre…

Elizabeth no respondió. Su mirada estaba fija en su esposo que estaba acostado boca abajo, sin camisa y con un gran vendaje en su hombro derecho. El Sr. Wilkins se estaba llevando la ropa ensangrentada en ese momento.

Las lágrimas caían sin control por su rostro, aunque intentaba contenerlas y mantener el control. En su mente se repetía una y otra vez la imagen de Darcy cayendo al suelo, después de recibir una bala por su culpa.

–Me quedaré aquí esta noche. –Agregó John después de unos minutos en silencio

–Él se salvará… ¿Verdad? –le preguntó Elizabeth en un tono suplicante.

–Aún está en peligro, perdió mucha sangre… pero la herida no fue tan profunda, como pensé al principio. Le quedará una cicatriz en el hombro, pero si no se infecta, sanará bien.

Elizabeth intentaba respirar con normalidad, pero el aire parecía no llegar a sus pulmones, se estaba ahogando, le dolía el corazón, le dolía el alma. Su mente era un torbellino de emociones… ¿Por qué? ¿Por qué él tenía que salvarla así? ¿Por qué había hecho algo tan estúpido por ella? Ella no lo merecía…

Sólo le quedó rogar y suplicar al cielo por la vida de su esposo.

–Por favor… quédate conmigo… –Le suplicó a Darcy en su susurro.

Elizabeth no se apartó del dormitorio de su esposo esa noche.

Darcy tenía sueños extraños, a ratos la oscuridad lo consumía, se sentía perdido y confundido. El bullicio exterior a veces se filtraba en sus pensamientos, distinguía algunas voces, pero no lograba comprender con claridad lo que decían. Se despertó cuando el Dr. Douglas retiró el vendaje para revisar y limpiar la herida durante la madrugada. Sus ojos demostraban el evidente dolor que sentía.

–Me alegro que hayas recuperado el conocimiento, pero agradecería que vuelvas a dormir Darcy. –Dijo el Dr. Douglas después de terminar de hacer el vendaje.

–No quiero dormir… –Susurró Darcy. Después de lograr sentarse con la ayuda de John.

–No deberías discutir con el doctor. –Intervino Elizabeth.

Darcy volvió la mirada hacia Elizabeth con incomodidad.

– ¿Qué haces aquí? ¿Ya te han curado esas heridas? –preguntó intentando hablar más fuerte. De todos modos su voz estaba débil.

Elizabeth no supo cómo interpretar esas palabras. Pero entonces recordó que su rostro estaba demacrado por los golpes del día anterior. Tenía una fea mejilla inflamada y morada. Seguramente se veía horrible, pensó consternada.

–La Sra. Darcy te ha estado haciendo compañía toda la noche. –Murmuró el Dr. Douglas intentando romper la tensión del momento.

–Elizabeth, no es necesario que estés aquí... por esto. –Dijo Darcy.

–Pero yo quiero estar aquí, contigo. –Dijo Elizabeth acercándose a tomar su mano. Sin dejarse intimidar por la dura mirada de su esposo.

Esa noche también se quedó a su lado. Era una lucha constante convencer a Darcy de beber el láudano, pero era la única forma en que se podía combatir el dolor. Y él debía descansar tanto como fuera posible.

Al principio solo lo veía dormir, conformándose con ver sus rasgos a la débil luz de una lámpara. Pero de algún modo eso la hacía sentir insatisfecha. ¿Cómo no se había dado cuenta en lo que se había convertido para ella? Lo amaba y no soportaba la idea de perderlo. Finalmente optó por sentarse al borde de la cama, no se dio cuanta en que momento el sueño la venció, pero despertó acostada al lado de Darcy.

Ese día el Sr. Wilkins se ofreció para quedase por la noche, pero Elizabeth rechazó la oferta, incapaz de soportar alejarse de él. No podía explicárselo, pero sentía que su recuperación dependía de su presencia, como si sus fallas anteriores como esposa, exigieran que hiciera todo lo posible por repararlo ahora.

Darcy se desvanecía dentro y fuera del sueño. El tiempo trascurría de una forma extraña y ya no estaba seguro de nada. Si no fuera por esos moretones en la cara de su esposa juraría que estaba soñando. Elizabeth mantenía la mano entrelazada con la suya, se ofrecía a leer para él, estaba atenta a sus necesidades. Se sentía emocionado por toda la atención que ella le dedicaba… Pero una voz en su interior, susurraba que Elizabeth sólo estaba demostrando su gratitud. Nada más.

...

Dos semanas después, Darcy estaba mucho mejor, se movía torpemente y aún estaba adolorido, pero la herida ya estaba dando señales de una buena cicatrización. Al menos ya era capaz de desplazarse solo, aunque Elizabeth siempre aparecía para regañarlo por no estar descansando. Pero él debía hacerse cargo de sus responsabilidades, había asuntos que no se podían posponer por más tiempo, había personas que dependían de él.

Lo primero que hizo fue organizar el traslado de la familia a la casa que tenía en Wembley, a las afueras de Londres. Georgiana se había marchado a esa propiedad el día anterior, en compañía de la Sra. Annesley y Richard Fitzwilliam. A Darcy le hubiese encantado marcharse con Elizabeth a Pemberley. Pero de momento el Dr. Douglas había prohibido estrictamente los viajes largos. Así que tendría que resignarse.

También tuvo que hacerse cargo de las familias de los hombres que fueron asesinados por Wickham. Los compensó generosamente, aun sabiendo que eso jamás sería suficiente para cubrir el dolor que generaba esa terrible perdida.

No era fácil permanecer en esa casa, así que para intentar simplificar las cosas cerró el ala de la casa que antiguamente usaba Elizabeth. No quería que nada le recordara la terrible experiencia que había tenido que vivir ahí, con el maldito de Wickham.

–Te juro que él no me hizo nada… no alcanzó. –Le había dicho Elizabeth hace unos días.

–Ese maldito te pegó, aún tienes los cardenales en tu rostro y en tus brazos.

Elizabeth bajo la mirada, intentando bajar las mangas de su vestido en un vano intento de ocultar las marcas en su delicada piel.

–Pero no logró su cometido. –Añadió Elizabeth. –Él quería… él me iba…

–Ya lo sé. –La cortó Darcy. –No lo hizo ¿verdad? –Preguntó él mirándola a los ojos, con la mandíbula apretada.

–No, no lo hizo.

Darcy no podía explicar el enorme alivio que sintió en ese momento. Abrazó a Elizabeth con todas sus fuerzas, sin importar el dolor que ese movimiento le producía. Aspiró el olor de su cabello y agradeció al cielo por tenerla a su lado. Ella correspondió el abrazo y se quedaron así por un largo momento. Hasta que Elizabeth recordó que Darcy aún estaba herido y lo soltó con una retahíla de disculpas, mezcladas con regaños.

Darcy sonrió al recordarlo, Elizabeth era muy graciosa cuando se ponía sobreprotectora. O quizá era la emoción que lo embargaba, cada vez que ella de mostraba preocupada por él. Cómo ahora, que maldecía cada vez que el carruaje saltaba por alguna piedra en el camino.

Iban de camino a Wembley. Había sido todo un desafío convencer a Elizabeth de que él se encontraba en condiciones de un corto viaje. Ella era tan exagerada y él se sentía tentado a fingir sentirse más adolorido de lo que realmente se sentía, se le ocurrían un par de formas sensuales de distraer su mente del dolor. Pero no se sentía seguro de dar esos avances ahora con su esposa.

Tenía muchos planes en su mente, quería hacer muchas cosas, sentía que la vida nuevamente le había dado una oportunidad para volver a empezar con Elizabeth. Pero no sabía qué pensaba ella al respecto. Tenía dudas, porque Elizabeth no le decía nada, no sabía que esperaba ella ahora de él o su matrimonio. Él sabía que ella estaba muy agradecida, pero eso no era suficiente para reiniciar un matrimonio. Elizabeth era muy amable y atenta con él, pero nada en su comportamiento le hacía pensar que ella quisiera algo más de él.

Y él ya la había mal interpretado tantas veces… que ya no sabía en que creer.

Él había intentado todo por ella, su Elizabeth. Después recordó lo mucho que le molestaba que Elizabeth no fuese más dependiente y abierta con él. También le hubiese gustado que ella se lo dijera todo, que él fuera la primera persona que ella buscaba cuando entraba en una habitación, que él fuera el único al que sonreía y el único en el que se fijaba, que se aferrara a él toda la noche como si tuviera miedo de que pudiera escaparse. Le gustaría que ella le hubiese dicho que lo amaba aunque todo hubiese acabado siendo mentira.

Sin embargo, ella no hacía nada de todo eso aunque a él le gustaría que hiciera. Naturalmente, era cautelosa y, por eso, lo sensato sería darle su espacio.

...

Elizabeth estaba feliz de volver a esa casa, era tan hermosa, esos enormes jardines le encantaban. Además le evocaba sentimientos agridulces, le hacían recordar toda la pasión que había compartido con su esposo. El placer y la amargura siempre se mezclaban en esos recuerdos.

Pero esta vez estaban acompañados por Georgiana y el coronel Fitzwilliam. Y de alguna manera eso la incomodaba bastante. El coronel seguía siendo tan amable como siempre, pero Georgiana sólo la trataba con fría cortesía y una desconfianza patente en cada gesto.

Georgiana culpaba a Elizabeth por todo lo ocurrido.

–Si mi hermano muere, será tu culpa. –Le había dicho Georgiana llorando mientras escuchaban los quejidos y alaridos de Darcy, cuando le estaban extrayendo la bala.

Después cuando Darcy se recuperó, Georgiana la miraba con desaprobación cada vez que la veía junto a su hermano.

Ahora estaban incómodamente solas en la salita de música. Georgiana acababa de entrar con unas partituras bajo el brazo, mientras Elizabeth se encontraba leyendo un libro sentada al borde del gran ventanal.

–Me iré… –Farfulló Georgiana por lo bajo. Dándose la vuelta al verla.

–Georgiana, tenemos que hablar. –Dijo Elizabeth cerrando su libro.

– ¿Sí? ¿De qué vamos hablar? ¿De cómo le has destruido la vida a mi hermano?

–Georgiana entiendo que lo que hayas escuchado decir a Wickham te haya afectado. Pero las cosas no son como crees.

–Claro que sí. Yo no lo quería creer. Pero después que lo pensé un poco, todo tuvo sentido. Respondió Georgiana soltando las partituras con fuerza innecesaria sobre la tapa del piano.

–No entiendo a qué te refieres... –Dijo Elizabeth confundida.

–Llevas más de tres años casada con mi hermano, pero apenas te conocí hace un par de meses. Mi hermano se casó contigo y de pronto obtuvo la fama de un libertino. Ahora me arrepiento de haber golpeado a Lady Catherine, porque ella tenía razón. Tú eres la culpable de que mi hermano haya actuado así.

Elizabeth fulminó a Georgiana con la mirada, pero esta no se detuvo.

–Darcy prácticamente se ha transformado en un alcohólico a tu lado. Y me he dado cuenta que sólo ocurre cuando tú estás cerca. El otro día cuando le dije que te encontré con Wickham, él no se sorprendió. Él no estaba en absoluto sorprendido, se enfadó, estaba furioso de un segundo a otro. Eso quiere decir que mi hermano ya sabía de tu aventura con Wickham.

–Georgiana no me puedes culpar por las acciones de tu hermano. Por mi parte sólo te diré que Wickham intentaba aprovecharse de mí, como antes intentó aprovecharse de ti, sólo para hacerle daño a Darcy. Y ese día que nos viste juntos, él hizo y dijo lo necesario para que tú corrieras a contárselo a tu hermano.

Georgiana la miró con furia contenida.

–Deberías agradecerme que no le dije a mi hermano que te vi besándote con ese hombre. Quizá Darcy te haya perdonado. Pero yo nunca lo haré. Mi hermano estuvo al borde de la muerte por tu culpa. Dime la verdad ¿Te casaste con él por dinero?

–No es así. –Dijo Elizabeth sintiendo que se le escapa el poco control que le quedaba.

–Entonces ¿fue por posición social?

– Ni yo, ni tu hermano llegamos a este matrimonio por decisión propia–Gruñó Elizabeth.

– ¿No? ¿Entonces? ¿Cómo fue? –Cuestionó Georgiana con evidente incredulidad.

– ¡Mi padre chantajeo a Darcy para que se casara conmigo! –Soltó Elizabeth sin poder controlar su lengua.

– ¿Qué? –Pregunto Georgiana desconcertada.

–Ya has dicho suficiente Elizabeth. –Intervino Darcy desde el umbral de la puerta.

– ¿Es verdad lo que ella dice? –Le pregunto Georgiana a su hermano.

–Cariño, más tarde hablaré contigo. Necesito resolver unos asuntos con mi esposa. –Dijo Darcy empujando a su hermana a la puerta y cerrándola detrás de sí.

–Yo… no debí decirle eso, lo siento. –Se disculpó Elizabeth.

–No, no deberías haberle dicho nada. –Respondió Darcy con esos fríos ojos azules. –Pero creo que no debemos retardar más esta conversación.

Elizabeth trago en seco, sentía que esto no iba a resultar bien.

– ¿Qué conversación?

–Hace dos semanas ibas a abandonarme ¿Verdad? –preguntó Darcy.

–Yo… –Elizabeth no sabía que responder. Sus sentimientos y emociones ahora eran tan distintos a lo que había sentido hace dos semanas atrás.

–Lo sé, ese día en tu habitación estabas preparando los baúles para irte. Por eso había ropa por todas partes. Además fuiste a mi habitación a destruir mis pañuelos más preciados. Por tu culpa ahora sólo me queda un pañuelo –dijo Darcy en tono apesadumbrado.

–Era una especie de declaración de principios. –Admitió Elizabeth.

–Sí, me he dado por enterado.

–Fue una tontería, lo siento. Estaba enfadada contigo, por la forma en la que me dijiste que me marchara.

–Yo no te dije que te marcharas. Te dije que debías decidir si querías seguir en este matrimonio o no. No podía obligarte a seguir a mi lado. Y menos si estabas enamorada de Wickham. No tenía sentido. La decisión de quedarte tenía que ser tuya, y realmente no quería estar presente cuando la tomases.

De ese modo Darcy admitía un acto de cobardía que jamás hubiese esperado de él. Ahora de daba cuenta de que la inseguridad la había llevado a malinterpretar sus palabras y sus hechos. Porque la que había estado luchando por escapar de ese matrimonio había sido ella, y él en cambio la había presionado para que siguiera con él. Y en el momento que apareció la carta, era lógico que él pensara que ella tenía que tomar una decisión.

–Pero ya sabes que yo no estaba enamorada de Wickham. –Elizabeth se preguntaba cuántas veces tendría que repetir lo mismo, para que Darcy le creyera.

–Pero en algún momento elegiste estar con él. –Argumentó Darcy con el rostro serio. –En cambio, a mí nunca me elegiste libremente. No, no lo discutas –añadió al ver los que labios de ella se entreabrían para protestar. –Solo contesta a una pregunta. ¿Te dijo tu padre que tenías que casarte conmigo?

Elizabeth, en silencio, intentó encontrar una manera de evadir la pregunta pero, si no quería mentir, no tenía escapatoria. Con los ojos ardientes, ella apretó los labios y asintió con la cabeza.

–Debería haberlo sabido –la piel de Darcy palideció. –Así que le acabas de decir la verdad a mi hermana. No tenías elección cuando te casaste conmigo. ¿Y ahora? ¿Decidiste de repente intentar darle una oportunidad a nuestro matrimonio?

–Haces que suene peor de lo que fue...

–No... No hay nada peor que descubrir que te obligaron a casarte conmigo -dijo Darcy con voz rasgada y profunda.

–No me obligaron, sólo no tenía más opciones… Igual que tú... –Murmuró Elizabeth intentado reparar el daño. Y fallando estrepitosamente

–Sí, pensaste abandonarme, pero cuando todo se complicó, cuando te salve de Wickham ¿no te resultó más fácil simplemente aceptar nuestro matrimonio?

A Elizabeth la horrorizó captar exactamente lo que Darcy seguramente llevaba días rumiando en su cabeza. Había colocado todas las piezas en su sitio hasta componer una imagen de ella como víctima impotente a lo largo de toda su relación.

Darcy la miró apesadumbrado y se marchó a grandes pasos.

Elizabeth estaba preocupada. Georgiana se fue a Pemberley esa misma noche. Pero Darcy no apareció en ningún momento. Georgiana lucía afectada y ni siquiera le dedicó una despedida. El coronel Fitzwilliam balbuceo unas disculpas incoherentes y se marchó con ella. Seguidos por unas doncellas y la Sra. Annesley.

Darcy llegó a casa al día siguiente, después del mediodía. Estaba tan elegante e inmaculado como siempre; no obstante, parecía como si hubiera estado despierto toda la noche. Además de su ligera palidez y de la tensión, Elizabeth no notó otra emoción reflejada en su semblante o en su mirada. Darcy la miró y se dejó caer sobre el sofá. Por un momento mantuvo la cabeza inclinada, después la levantó y el aire de vulnerabilidad había desaparecido.

–Debí avisarte que pasaría la noche afuera, más creo que es el menor de mis pecados –dijo Darcy.

–Estaba preocupada, aún no estás en condiciones de andar por ahí. –Gruñó Elizabeth enfadada. –Además Georgiana anoche se fue, y no entendí nada.

–Lo sé… Pero ella estará bien. Yo… pasé la noche en los establos. No sabía qué decirte...necesitaba tiempo.

–No comprendo…

–Ya todo está aclarado, Georgiana ahora sabe toda la verdad. Necesitará tiempo para procesar todo –comentó Darcy y dejó salir el aire de sus pulmones despacio, mientras la miraba. –En cuanto a ti… Una disculpa, sin importar con cuánta sinceridad la dijera, sería otro insulto a los muchos que ya te he hecho. En mi resentimiento y deseo de venganza, te hice un daño incalculable. Nada de lo que pudiera hacer o decir borraría el dolor que te causé.

Al escucharlo, Elizabeth palideció y sus dedos se cerraron sobre el brazo del sillón. Se sentía enferma porque tenía miedo. ¿Nuevamente le estaba dando el ultimátum?

–Dijiste que el reloj no camina hacia atrás –le recordó Darcy. –Tenías razón, ya lo he comprendido. También comprendí que... es inadmisible que un marido se haya comportado de la manera como lo hice yo durante tres años. Debí saber que si mi esposa terminó en los brazos de otro hombre, mi comportamiento contribuyó a esa traición, sin duda alguna... mas entonces no era capaz de entenderlo...

–Darcy... yo... –Elizabeth no pudo seguir hablando. Le dolía verlo sufrir, mas esa mirada fría y ese tono arrogante la detenía.

Darcy se puso de pie de pronto y movió una mano para silenciarla.

–No, no digas que no hable de ello... tengo que decirlo. Me enamoré de ti porque estabas llena de vida y después me dediqué a quitarte esa alegría. Peor aún, ni siquiera me di cuenta de lo que te hacía.

Elizabeth enterró las uñas en el terciopelo del sillón.

–No fue tan malo –murmuró ella con voz débil.

–No seas tan generosa conmigo –pidió Darcy. – ¿Cuándo lo fui yo contigo?

La emoción la dominaba. ¿Por qué la estaba dejando? ¿Por qué no luchaba por su amor? Sí él le decía que la amaba en ese momento, ella jamás se volvería a apartar de él. Pero si Darcy quería alejarse, ella se lo permitiría. ¿Por qué decirle que lo amaba, si él quería dejarla?

–Te casaste conmigo nada más por el chantaje ¿no es así? –preguntó Elizabeth. –Ahora que Georgiana sabe la verdad, ya no tiene objeto seguir casados.

–Ayer cuando escuché a mi hermana culpándote por todos mis pecados, me di cuenta que había sido un idiota iluso. Yo tenía la culpa de todo, yo hice que todo fuera mal desde el principio. Fui yo quién te aparto de tu familia para después dejarte sola. ¿Cómo podría esperar que perdonaras tantos errores? ¿Cómo llegué a pensar en que podrías perdonarme después de causarte tanto daño? Incluso el ataque de Wickham, fue mi culpa. Si yo no lo hubiese perseguido como a un ratón, estoy seguro que se habría marchado a otra ciudad. Pero destruí su vida, su reputación, todo. Si Wickham te hubiese matado, también habría sido mi culpa… Sé que el darte la libertad es una recompensa pobre, pero es todo lo que puedo dar.

– ¿Y ahora qué se supone que debo hacer? –preguntó Elizabeth, sintiendo su corazón romperse.

–Haz lo que quieras, yo no haré nada –respondió Darcy. –Puedes tener el divorcio o la separación, lo que escojas. También es decisión tuya decidir el lugar para vivir.

–Eso no es muy amable de tu parte, mas yo también puedo ser generosa – le aseguró Elizabeth con voz temblorosa. – ¡Te haré el equipaje!

–Ya le pedí a la criada que se encargue de eso –murmuró él. –Esto es lo que deseas ¿no es así?

–Por supuesto que es lo que deseo. ¿Pensabas que iba a suplicarte que te quedaras? –preguntó Elizabeth con voz aguda.

Un músculo del extremo de la boca de Darcy brincó, como si sus palabras lo golpearan. Atormentada y ciega por la ira y la desesperación, Elizabeth vio como abandonaba la habitación. Escuchó sus pasos cuando subió la escalera y cuando poco después bajó, ella todavía no se movía.

Inesperadamente, Darcy volvió a entrar en la habitación, sin su arrogancia habitual. La miró y preguntó:

– ¿Algo más que me quieras decir?

Elizabeth se preguntó cómo podía él hacerle eso, mas no dijo nada. Cuando Darcy se volvió para partir, ella se llevó una mano temblorosa a los ojos. ¿Por qué, sin importar lo que ella hiciera, él se alejaba?

Él la retuvo en ese matrimonio y para disculparse, se alejaba de nuevo de su vida. Elizabeth agradeció el haberlo dejado marcharse creyendo que eso era lo que ella deseaba, pues decirle que lo amaba en esa circunstancia hubiese sido de lo más humillante.

Un silencio sepulcral se extendió en la casa. Los criados la miraban con compasión. Una semana más tarde, Elizabeth ya no tenía más lágrimas.