Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.
Capítulo 22:
Dolor, era tan envolvente y fuerte.
¿Qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Cómo se puede actuar cuando se descubre que la persona a la que se ama no siente lo mismo?
Había optado por retirarse de la contienda, la decisión era obvia, no había más opciones aceptables, ni nuevas oportunidades. Fitzwilliam Darcy se sentía muy dolido y estúpido, había jugado y había perdido. Había hecho todo para intentar ganar su corazón y había sido inútil, lo había intentado, había luchado y no lo había logrado.
Dejar a Elizabeth había sido un acto de valentía y nobleza, se sintió bien durante los primeros dos minutos. Después solo quiso volver sobre sus pasos y pedirle nuevamente otra oportunidad, pero… ¿Cómo amándola de verdad, podía interponerse en su camino? ¿Cómo podía exigirle que siguiera casada con él, cuando ella había sido obligada a estar a su lado desde el principio?
Se animó a ser fuerte, debía ser fuerte, se dijo que aún era el Señor de Pemberley, aún había personas que dependían de él. No podía echarse a morir, al menos, no todavía… el Sr. Wilkins lo miraba con preocupación y tenían por delante un largo viaje a Pemberley.
Georgiana lo esperaba, su hermana lo necesitaba. Había descubierto la verdad en el peor momento y había sido su culpa, él no se había encontrado en condiciones de inventar escusas y a decir verdad, ya estaba cansado de las mentiras. Georgiana lo había esperado en el estudio en compañía de Richard Fitzwilliam, exigía una explicación, después de lo que Elizabeth le había dicho.
–Darcy, dime la verdad ¿Es cierto que te casaste con Elizabeth por un chantaje? –Cuestionó Georgiana.
–Ya le he dicho a mi prima que debió haber entendido mal, pero no me quiere escuchar. Deberíamos discutir esto más tarde. –Intervino Richard al ver la cara atribulada de Darcy.
Darcy suspiró derrotado, antes de sentarse en el diván, volvió a suspirar antes de hablar:
–Sí Georgiana. Es verdad.
–Pero ¿Cómo? ¿Cómo pudiste ceder a esa situación? –Cuestionó su hermana.
– ¿Por qué no pediste ayuda? –preguntó Richard entre sorprendido y enojado.
– ¿Ella te comprometió? –Especuló Georgiana.
–No, no fue culpa de Elizabeth. Ella es inocente, fue su padre quién me chantajeo. El Sr. Bennet descubrió algo de nuestra familia, un secreto que debía ser guardado, un secreto que me destrozo, pero era mi obligación proteger. –Admitió Darcy mirando al suelo.
–Te refieres a… –murmuró su primo.
–Sí, Richard. Me refiero a eso…
– ¿De qué están hablando? No me estoy enterando de nada. –Se quejó Georgiana.
El silencio cayó sobre ellos como una pesada capa, tensa y asfixiante. Richard intercambió una mirada de auxilio con Darcy, pero este no lo miraba, parecía perdido en sus pensamientos.
–Mira Georgiana, yo creo que deberíamos hablar de esto en otro momento –empezó a decir Richard, guiándola hacia la puerta.
–No, no me iré de aquí. –Gruñó Georgiana soltándose del agarre de Richard. –Necesito entender la razón que llevó a mi hermano a forzar su voluntad y tomar a esa mujer por esposa. ¿Cuál es ese secreto? ¿Por qué la has estado aguantando por tres años? ¿Realmente la amas?
Darcy miró a su hermana con pesar, no había forma de evitar lo inevitable. Se levantó del diván y se encaminó a su escritorio.
–Sí, amo a mi esposa. Aún sin el chantaje, es probable que igual me hubiese casado con ella. –Admitió Darcy mientras dejaba sobre el escritorio una pequeña caja fuerte.
–Espera Darcy, ¿estás seguro de que vas a hacer esto? –Preguntó un escandalizado Richard Fitzwilliam al ver esa caja.
–Tú me dijiste que debíamos decirle la verdad. Eso estoy haciendo ahora. –Murmuró Darcy abriendo la caja. –Georgiana, yo hubiese preferido que jamás te enterarás de esto, no quisiera causarte nunca este sufrimiento... pero, entiendo que nunca podremos vivir en paz con secretos de por medio. –Dijo Darcy antes de depositar la carta en las manos de Georgiana.
…
Después de un mes desde la separación. Elizabeth había aprendido a estar ocupada todo el tiempo, y así estaba tan cansada que dormía toda la noche sin pensar en nada. Quería despejarse y tomar decisiones con la cabeza fría, quería tomar las riendas de su vida y determinar su futuro por sí misma. Pero era inevitable que un intruso se filtrara en sus pensamientos… todos los días rogaba que fuera un día en el que no pensara en Darcy. Pero todos los días fracasaba en ese sentido.
Elizabeth había intentado simular normalidad y sobriedad al responder las cartas de su familia. De todas maneras el tono angustioso de sus cartas habían alarmado a Jane, quién se había precipitado en interrumpir su luna de miel para visitar a su hermana en Wembley.
Jane y Charles Bingley llegaron a su puerta. Elizabeth los miró atónita, antes de saludarlos con júbilo.
– ¡Qué gran sorpresa! –exclamó Elizabeth haciéndolos pasar al salón.
–Sólo estamos de paso, pronto continuaremos con nuestro viaje – respondió Jane con una mirada de disculpa.
–Mi dulce Jane estaba muy preocupada por usted Elizabeth. –Comentó Charles abrazando la cintura de su esposa.
Elizabeth no pudo evitar sentirse incomoda ante ese gesto de cariño. Su hermana lucía radiante en los brazos de su esposo, quién la miraba con adoración. Y de algún modo ella fue consciente de lo que había perdido, lo que podría haber tenido en otras circunstancias.
– ¿Por qué no le dijiste lo que sientes? –le preguntó Jane más tarde.
–No tenía objeto hacerlo –respondió ella.
–Creo que has sido demasiado testaruda, Lizzy.
– ¿No se supone que eres mi hermana? –murmuró Elizabeth, limpiándose la nariz. –Él me dijo que sólo se casó conmigo por chantaje, después él fue sumamente celoso. De pronto decidió que sí quería estar casado conmigo… sin embargo, después… fue demasiado agradable, era como vivir con un santo durante las últimas semanas… Incluso recibió una bala para protegerme a mí… Y de todos modos al final… igual me dejó sola. –Volvió a sollozar Elizabeth.
–Mi opinión es que él pensó que hacía lo adecuado al irse. –Comentó Jane dándole una palmaditas en la espalda a su hermana.
–Si él no quisiera dejarme, no lo hubiera hecho. Él se fue y es todo... no quiero volver a verlo ¿me escuchas? –Elizabeth tomó otro pañuelo y se secó los ojos.
–Lizzy, no te entiendo. ¿Por qué estas llorando? ¿No es esto lo que tú querías? Tu matrimonio se ha acabado, eso es lo que tú querías. El Sr. Darcy se ha ido a pesar de sus sentimientos. Deberías sentirte satisfecha con el resultado.
Elizabeth se quedó mirando a Jane con desconcierto. La dulce mirada de su hermana le indicaba que no había ningún tipo de malicia en su comentario, sólo verdad. No supo que responder, le dolía el corazón.
–Lizzy… ¿No crees que ya es suficiente? –preguntó Jane en un tono cansado. –Tú no eres una mártir, ni una víctima. Si no amas al Sr. Darcy debes rehacer tu vida... Pero si lo amas, debes hacer algo. El amor es dar, sin esperar nada a cambio. Si no funciona, al menos sabrás tú lo has intentado. No sentirás culpa.
Elizabeth se quedó reflexionando las palabras de su hermana. Durante todo ese tiempo Elizabeth había creído que estaba siendo fiel a sí misma. Ella había querido la libertad incluso antes de que Darcy decidiera tomarse en serio su matrimonio. Y por eso estaba aprendiendo a vivir sola, su felicidad no podía depender de un hombre. Ella era dueña de sí misma. Y si decidía amar a alguien debía ser en igualdad de condiciones y por mutuo amor. Sólo por amor. No porque las circunstancias los obligaran a estar juntos.
Empezó a reflexionar sobre lo injusta que había sido con Darcy. Viendo las cosas en perspectiva, se daba cuenta que al menos Darcy había intentado que su matrimonio funcionara, ella no. Y la inquietud crecía en su interior ¿había hecho lo correcto? Tal vez no se sentiría de esa forma, si hubiese sido sincera con Darcy. Debería haberle dicho la verdad, que lo amaba, que se había enamorado de él y que había luchado contra ese sentimiento hasta el último momento. La duda ahora pesaba en su corazón. ¿Qué hubiese ocurrido si le decía a Darcy que lo amaba? ¿Él se habría ido? ¿La hubiese abandonado como lo había hecho?
Al día siguiente los Bingley ya se disponían a partir, pues tenían un itinerario bastante ajustado y si querían hacer todo lo que se habían propuesto, debían marcharse lo antes posible.
–Sr. Bingley. –Murmuró Elizabeth por lo bajo.
–Charles –Le corrigió él con una amable sonrisa.
–Charles –repitió Elizabeth. – ¿Usted sabe dónde está Darcy? ¿Está en Pemberley?
Los ojos de Charles Bingley brillaron de curiosidad. Y su expresión se tornó inescrutable.
– ¿Desea entregarle algún mensaje? –preguntó de vuelta.
–Sólo tengo curiosidad, no he recibido noticias de él… –Farfulló Elizabeth nerviosa y arrepintiéndose de haber preguntado.
–Hasta hace dos semanas estaba en Pemberley, pero creo que iba a viajar. No tengo claro cuál es su paradero ahora. –Respondió Bingley.
– ¿Viajar a dónde? –preguntó Elizabeth sin poder refrenar su curiosidad.
–No lo sé, pero si usted quiere puedo hacer las averiguaciones e informarle en cuanto sepa algo.
–Se lo agradeceré mucho. –Admitió Elizabeth, con una expresión aliviada en el rostro.
Una vez las cosas se ponían en perspectiva y se miraban con la distancia debida, era muchísimo más fácil empezar a tomar decisiones. Elizabeth ahora podía reconocer que ella nunca había hecho nada por su matrimonio. Recordó las palabras que Darcy alguna vez, hace mucho tiempo le había dicho: «Sé que quieres seguir con el papel de víctima, le has tomado simpatía, pero te estoy pidiendo que nos des una oportunidad»
En aquella ocasión ella se había ofendido, además Darcy había utilizado un tono arrogante y altanero al decírselo. Pero reconocía que había verdad en sus palabras, llevaba mucho tiempo actuando cómo víctima, realmente no se había ocupado de tomar ninguna decisión, sólo se limitaba a reaccionar a las decisiones que Darcy tomaba por los dos. Ella nunca había hecho ningún esfuerzo por su matrimonio o por Darcy. Siempre esperaba que Darcy lo hiciera todo. Por eso las cosas habían resultado de ese modo.
Lo había decidido. Ella amaba a Darcy, se dijo que debía intentarlo al menos una vez, antes de darlo todo por perdido.
Tres días después de que los Bingley se habían ido, llegó Georgiana sin previo aviso, casi a medianoche. Sorprendió a Elizabeth y la encontró con un extraño pijama, un enorme camisón que la hacía ver diminuta y después de mirarlo con mucha atención, reconoció que era un camisón de Darcy.
–Tal vez debí permitirle a tu doncella que me anunciara –dijo Georgiana incomoda al encontrarla vestida de ese modo.
Elizabeth se ruborizó y la saludó con incomodidad.
– ¿Qué haces aquí? ¿Ocurrió algo? –preguntó Elizabeth empezando a preocuparse al no encontrar explicación a la presencia de su cuñada a esas horas de la noche.
–No pareces muy feliz con la ausencia de mi hermano. –Comentó Georgiana dedicándole una mirada burlona al camisón.
–Eso es asunto de opiniones –respondió Elizabeth con orgullo.
–No soy tonta –aseguró Georgiana y casi sonrió. –La pijama que usas sólo puede ser una explicación de pena –hizo una pausa y tomó aire. –No me resultó sencillo venir. Tú y yo sólo tenemos algo en común: Darcy, y vine por el bien de él.
–Darcy me dejó... –susurró Elizabeth. Aunque por dentro se moría por preguntar ¿Dónde está? ¿Está bien? Pero no estaba segura de mostrarse tan ansiosa.
–No es necesario que me des detalles. Ya sé la verdad, desde el asunto de mi adopción hasta el matrimonio por chantaje. –Los ojos de Georgiana se volvieron llorosos, suspiró antes de continuar. –Ha sido bastante difícil descubrir que no soy quién creía ser.
–Yo… realmente lamento lo sucedido. –Murmuró Elizabeth con suavidad. –Pero eso no cambia lo que eres Georgiana, sigues siendo una muchacha encantadora, talentosa e inteligente. Y para Darcy sigues siendo su hermana pequeña.
–Lo sé, no puedo renegar de mi vínculo con Darcy –dijo Georgiana. –Aunque han sido momentos difíciles para él, se fue a Pemberley a hacerme compañía. Estuvo conmigo los primeros días, preocupado por mí… Me ha contado toda la verdad, porque era la única forma de entender las razones que lo llevaron a un precipitado matrimonio con una chica inadecuada. –Comentó mirándola con reproche. –Habría aceptado cualquier cosa con tal de protegerme. Así que indirectamente también estoy involucrada en todo este embrollo.
–No es cierto… esto es entre Darcy y yo…
–No puedo soportar saber que mi hermano sufre por tu culpa –la interrumpió Georgiana.
– ¡Pero él se fue! ¡Él me dejó! –chilló Elizabeth nerviosa.
– ¿Eso importa si él te necesita? – preguntó Gerogiana, con una expresión atormentada. – ¡Si hubiera una cura para que él te olvidara, yo se la hubiera dado! Eres la única debilidad de mi hermano. ¿Crees que me resultó fácil venir aquí a pedirte ayuda? Él está en la casa de Londres y cuando lo vi la esta tarde, estaba borracho, muy borracho... ¡Mientras tú estás aquí lamentándote, mi hermano se rompe en pedazos!
Georgiana, salió de la habitación inmediatamente gruñendo y maldiciendo entre dientes. Elizabeth se quedó ahí pensando en que hacer… Darcy había vuelto a la casa de Londres, Darcy no estaba bien, Darcy... ¿Debería ir con él?
…
Fitzwilliam Darcy no se encontraba orgulloso del estado en que se encontraba. En realidad lamentaba haber sido descubierto en ese estado tan lamentable. Pero después de unas cuantas botellas, ya daba igual. Georgiana lo superaría, era una chica fuerte que había superado cosas peores.
–Sr. Darcy. Debería tomar un baño, en caso de que la Señorita Darcy regrese. –Sugirió un cansado Sr. Wilkins.
–Oh, Wilkins… Amigo mío ¿Quieres un trago? –Le ofreció Darcy.
El Sr. Wilkins dio vuelta los ojos y negó con la cabeza. El quedarse al lado del Sr. Darcy había sido cosa de fuerza de voluntad. Pues ya lo habían despedido en tres veces ocasiones, afortunadamente poco después Su Señor lo olvidaba y lo trataba con amabilidad.
Esperaba de todo corazón que la Señorita Darcy trajera los refuerzos que había prometido. Se suponía que ess casa se iba a poner en venta, pero por alguna extraña razón el Sr. Darcy había decidido esconderse ahí y beber hasta perder el juicio. Ya llevaban más de una semana en esa casa vacía. No había nadie más ahí. El Sr. Darcy había redistribuido a los criados de la casa en sus otras propiedades, y a otros criados los había reasignado en las casas de otras familias. Nadie había perdido su empleo, de eso sí se había encargado bien.
Pero Wilkins estaba muy preocupado, temía por la salud del Sr. Darcy. No comía, apenas dormía y hace algunos días había empezado a delirar y hablar sólo.
–Creo que me estoy volviendo loco Wilkins… –Había admitido Darcy al despertar de una borrachera.
Realmente necesitaban ayuda, urgente.
…
Elizabeth sintió un nudo en la garganta. Se dijo que si Darcy tenía problemas, ella iría a su lado y apartaría su orgullo. Después pensó en que se apresuró demasiado para ir al lado de Darcy. Eran casi las tres de la madrugada cuando su carruaje se detuvo frente a la casa en Londres, por otra parte no quería que Darcy tuviera tiempo para prepararse para su llegada.
El Sr. Wilkins salió a recibirla, envuelto en una bata. De inmediato intentó persuadirla para que se fuera a la cama. Un rayo de luz salía por debajo de la puerta del estudio y al verlo, Elizabeth la abrió.
Las cortinas estaban cerradas y el aire invadido por el olor a whisky. Elizabeth no estaba preparada para esa visión. Darcy estaba echado sobre en el diván, no se había afeitado en días y tenía una palidez enfermiza. Estaba más delgado y la veía sin enfocar la vista, como un borracho.
– ¡Oh... Darcy! ¿Cómo pudiste hacerte esto? –murmuró Elizabeth con pesar.
Corrió las cortinas y abrió las ventanas. Darcy murmuró algo incoherente, cerró los ojos y volvió a abrirlos.
– ¿Lizzy? ¡No vuelvas a irte!
Ella se colocó frente a él con los brazos cruzados.
– ¿Por qué has hecho esto? –Le preguntó ella.
–Desaparecerás si te digo la verdad –murmuró él con voz acusadora.
–No desapareceré, estás equivocado –protestó ella. Darcy se pasó los dedos temblorosos por el cabello.
–Nunca me habías hablado así en mis alucinaciones. –Murmuró él confundido.
– ¡No soy una alucinación Darcy!
–Las alucinaciones no gritan... –dijo Darcy, y con cierto esfuerzo se puso de pie.
–No fue mi intención gritar – respondió ella con voz temblorosa.
– ¿Qué estás haciendo aquí? –Preguntó él.
–Tu hermana está muy preocupada por ti. Y después de lo que he visto, yo también estoy preocupada.
– ¿Para eso has venido? –Preguntó Darcy con un gesto de desdén en el rostro.
– ¿Para esto me dejaste? ¿Para emborracharte solo? –Preguntó Elizabeth de vuelta.
Darcy cuadró su mandíbula en un gesto serio y enfadado.
–Puedes largarte cuando quieras. No necesito tu lastima ¡No te necesito a ti! –Gritó Darcy.
Elizabeth lo miró conmocionada. Sintió un nudo en su garganta, sintiendo el llanto queriendo escapar de su interior. Y lo odió. El modo en que le había dado la espalda a su matrimonio le habían hecho odiarlo con la misma pasión con la que lo amaba.
–Señora Darcy. Su habitación ya está lista. –Intervino el Sr. Wilkins en ese momento.
Elizabeth lo siguió sin volver a mirar a Darcy.
–Tendrá que dormir en la habitación de Sr. Darcy… –Murmuró el Sr. Wilkins incómodo. –De todos modos, él no usa su habitación, se la pasa durmiendo en el estudio o el salón.
– ¿Hace cuánto están aquí? –Preguntó Elizabeth.
–Ocho días… Sólo yo estoy aquí, he intento cuidarlo, pero como lo habrá notado, no es un trabajo sencillo.
–Gracias por intentarlo Wilkins. –Murmuró Elizabeth.
A la mañana siguiente, Elizabeth se levantó con una nueva perspectiva. Iba a hablar con Darcy y le iba a confesar sus sentimientos. Sí después de eso Darcy la rechazaba, entonces exigiría el divorcio. Puso especial cuidado en el vestido, era de un amarillo pálido, con un coqueto escote. Ordenó sus rizos con algunas horquillas, pero dejando varios mechones sueltos.
Darcy no podía imaginar las intenciones de Elizabeth, aún no podía creer que ella estuviera ahí, con él, bajo el mismo techo. La borrachera se le había pasado cuando la vio durmiendo en su habitación. Después de un mes sin verla, se decía que ella no podía ser tan hermosa como la recordaba, pero se había estado mintiendo, ella aún enfadada era la mujer más preciosa que hubiese visto en su vida. Y se quiso golpear por sentirse así. Lo más probable es que ella quisiera iniciar con el proceso de divorcio. ¿Por qué otro motivo iba ella a estar ahí?
Con el rostro tenso por el rumbo de sus pensamientos, Darcy se giró frunciendo el ceño justo cuando Elizabeth entraba por la puerta del estudio. Parecía agobiada; su cabello castaño caía sobre sus delicados y sonrojados rasgos haciendo que sus ojos se vieran más achocolatados que nunca y recalcando la forma rosa y rellena de sus labios. No pudo evitar apreciar la forma en que su vestido destacaba su estrecha cintura y ensalzaba la forma de sus pechos.
Un deseo instantáneo iluminó a Darcy desde dentro como un estallido e impactante calor que le robó el aliento. Sin el más mínimo aviso, las emociones se agolparon en su interior, tensando cada uno de sus músculos y provocándole un acelerado palpitar en la entrepierna que le hizo querer golpear algo para calmar su frustración.
¡Demonios! ¿Cómo se suponía que debía darle el divorcio a una mujer que lo encendía con un simple vestido?
–Elizabeth –dijo con la respiración algo entrecortada.
Elizabeth se había quedado paralizada como alguien que se hubiera topado con un muro de ladrillo. La voz tremendamente sensual de Darcy cayó sobre ella, vibrando sobre su tensa espalda... ¡Ahí estaba Darcy!
– ¿Dónde estabas? –preguntó afligida antes de darse cuenta de que no era buena idea mostrar abiertamente su consternación.
–Aquí, en mi casa…
Darcy se giró con sus ojos resplandeciendo entre las sombras y un aire de reticencia que se reflejaba en cada ángulo de su fuerte rostro. Elizabeth lo miró sin más. Se había bañado, su cabello aún estaba húmedo, pero no se había afeitado y esa barba hacia destacar el azul de sus ojos. Su traje oscuro moldeaba a la perfección cada músculo de su esbelto y poderoso cuerpo, pero su camisa estaba entre abierta y sin su típica corbata. Tenía un aspecto informal y salvaje, grande y fuerte, bajo una fachada elegante y sofisticada.
Sin embargo, su cerebro funcionaba con dificultad ahora que veía a Darcy de frente. Tenía unos ojos tan brillantes como zafiros que despertaban una atracción tan arraigada en ella que no sabía ni dónde empezaba ni cómo podía liberarse de ella. Sintió un hormigueo por el cuerpo y se le erizaron los pelos de la nuca al verse sometida a ese escalofrío de deseo. Tenía el corazón acelerado. Por descuido dejó caer el libro que tenía en las manos.
Ella se agachó a recoger el libro, en el ligero movimiento dejó entre ver el valle de sus pechos bajo el vestido. Se excitó tanto en ese instante que sintió un intenso dolor. Darcy deseaba haberse quedado a salvo en su estado de ebriedad, estar sobrio no le beneficiaba en nada.
Al verla se llenó de unos sentimientos contradictorios. Quería mirarla, pero no quería estar con ella, ni fijarse en cómo el sol que se colaba por las ventanas resplandecía sobre su cabello castaño acentuando su perfecta piel de porcelana y esos hechizantes ojos. Y sobre todo, lo que no quería era la intensa excitación sexual que lo estaba recorriendo por dentro.
«No, no pienses en sexo, no pienses en sexo», se decía Darcy una y otra vez con fervor.
Sin embargo, Darcy le dedicó a Elizabeth una ardiente mirada azul y a ella le dio un vuelco el corazón. Elizabeth conocía esa mirada de deseo que la recorrió como un rayo y la dejó clavada en el sitio. Esa luz en su impactante mirada le decía que la deseaba y ella no pudo impedir que su cuerpo respondiera a semejante atracción.
¿Por qué la había mirado así?
Sintiéndose incómoda con la situación, y ansiosa por tener la oportunidad de escaparse unos minutos para recomponerse, Elizabeth preguntó:
– ¿Te apetece un café?
–No, gracias, aunque sí me tomaré una copa –respondió Darcy cruzando la habitación con sus largas piernas hacia el mueble bar, donde él mismo se la sirvió.
–No deberías seguir bebiendo… –Gruño ella entre dientes.
Darcy se giró hacia ella con esa elegancia de movimientos que siempre le había llamado tanto la atención y la miró con el ceño fruncido y arrugando su sensual boca con gesto de cierto desdén.
–No tienes derecho a decirme que debo hacer, o no –contestó abruptamente antes de beberse de un trago el whisky que se había servido y soltar el vaso vacío. –Ya no eres nadie para mí…
–Tengo todo el derecho del mundo. Soy tu esposa ¿recuerdas? –Espetó Elizabeth empezando a sentirse enfadada.
– ¿Enserio? Yo pensaba que venías a discutir otra cosa… ¿Qué será? ¿Separación o divorcio? –Preguntó Darcy sin apenas mirarla
– ¿Eso es lo que quieres...? –preguntó ella acercándose a él para mirarlo directamente a los ojos.
Sus grandes ojos castaños lo apuntaron con una penetrante fuerza y después de mucho tiempo Darcy sintió como corazón se aceleraba de nuevo. Él observaba su hermoso rostro obligándose a encontrarle alguna imperfección, a descubrir algún defecto que hiciera desaparecer su excitación, pero no había nada que pudiera refrenar sus sentimientos.
–Te deseo –se oyó admitir él mismo antes de ser consciente de que esas palabras habían salido de su boca.
Elizabeth sonrió con las mejillas cada vez más encendidas mientras la devoraba una llamarada de deseo. Esa actitud era muy de Darcy, pero hace tiempo no se mostraba de esa manera, tan explosivamente impredecible, pensó Elizabeth distraídamente. Unos ojos brillantes la asaltaron en una colisión casi física y algo muy íntimo en su interior se tensó. Notaba las piernas tan débiles que no estaba segura de que siguieran ahí para sostenerla, aunque de todos modos no importaba porque la intensidad de esa azul mirada la había dejado clavada en el sitio.
–Y yo te deseo –admitió ella con la voz quebrada.
