Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.


Capítulo 23:

Darcy dejó de respirar en ese momento, el silencio solo era roto con el acelerado golpeteo de su corazón en sus propios oídos, no dijo nada, no encontró palabras; es más, se vio sumido en tanta confusión que tenía la cabeza hecha un lío de pensamientos y reacciones a medio formar. Dio un paso adelante con depredadora elegancia aunque sin apenas un pensamiento coherente. No hubo razonamiento, solo reacción, un deseo que se estaba apropiando de él más que cualquier otro vicio.

Agarró a Elizabeth rodeándola por el cuello, acercando su delgado cuerpo, pegando esas suaves curvas a las suyas con un suspiro de alivio que no pudo contener. Llevándola contra una pared, la levantó lo suficiente para besarla; abrió la boca y ejerció presión para forzar su entrada antes de profundizar en ella con una pasión devoradora que dejó a Elizabeth sin aliento. Darcy sabía a whisky y bebió de él como si fuera una bebedora compulsiva. La besaba como si su vida y la de ella dependieran de ello, y la urgencia con que lo hacía la excitó aún más, haciéndole echar la cabeza atrás para darle mayor acceso.

Elizabeth gimoteaba bajo sus labios y respondía a sus besos con fervor desmedido, su lengua se entrelazaba con la de él y sus manos acariciaban sus fuertes brazos regocijándose en su poder, pero frustrada por la barrera de su ropa. La pasión era lo único que lo regía todo y la razón no tenía ninguna oportunidad.

–Me deseas –le susurró Darcy con voz ronca contra su boca y acariciándola con su cálido aliento.

Sujetándola contra la pared. Aferrada a sus hombros, separó los muslos y lo rodeó por la cintura.

Estaban actuando como unos desvergonzados, pensó ella de pronto en un breve instante de claridad mental y vergüenza. Darcy estaba en un estado similar, intentando contenerse.

«Detente, contrólate» Y era su última oportunidad de detener todo aquello, pero sus labios se separaron e inmediatamente ella volvió a besarlo.

Elizabeth se encontraba en un estado de excitación incontrolable y lo agarraba de los hombros como instándolo a continuar...

Agarrándola por la cintura la llevó hasta el casi extinto fuego de la chimenea y la sentó sobre la alfombra, de rodillas y frente a él. Entrelazó las dos manos entre su melena alborotada antes de posarlas sobre sus mejillas y volvió a besarla, deslizando la lengua entre sus labios, sobre el sensible techo de su boca hasta que ella tembló y volvió a agarrarse a sus brazos para sujetarse.

No podía pensar, apenas podía respirar.

Darcy se apartó, se colocó la ropa y se agachó para levantarla en brazos.

– ¿Qué estás haciendo? –le preguntó con los ojos abiertos de par en par.

–Llevándote a la cama, donde deberías haber estado desde un principio –la informó Darcy cruzando el vestíbulo hacia la escalera profusamente tallada.

–Lo que hemos hecho es más emocionante –murmuró Elizabeth pensando en que nunca habían hecho algo así de desinhibido.

Darcy la llevó al dormitorio, la tendió sobre la amplia cama baja y la desvistió con eficiencia, despojándola del vestido, sacándole las enaguas y quitándole los zapatos.

–Es de día –le recordó Elizabeth con el rostro encendido.

– ¿Por qué me lo recuerdas? –le contestó él con aire burlón; gesto al que ella habría respondido de no ser porque Darcy la llevó hacia sí y se sintió reconfortada–. ¿Qué importa la hora que sea?

–No importa –respondió y después añadió: – ¿Darcy?

–Shh –le indicó temeroso de lo que pudiera decir.

–Aún estás... – comenzó a decir ella.

–Está claro que me conviertes en una persona insaciable, amor mío.

Posó las manos sobre sus anchos hombros. Darcy tenía enormes reservas de encanto cuando decidía utilizarlas, aunque hacía mucho tiempo que no se molestaba en mostrarle esa faceta suya. Como resultado, la carismática sonrisa que iluminó sus rasgos la hipnotizó y la dejó indefensa. Levantó la cabeza y saboreó sus labios separados con una intensidad que desató una reacción en cadena de respuestas que se extendieron por su flujo sanguíneo. Qué bien sabía, y sus manos estaban acariciándole la espalda. Unida a su ardiente y duro cuerpo, tembló con el corazón acelerado y asombrada por lo sucedido a la vez que halagada por el insaciable deseo que sentía por ella.

–Una vez más… –susurró Darcy tendiéndola sobre la almohada y colocándose sobre ella; su devastadora y masculina atracción se veía ensalzada por la barba que hacía que sus mejillas y su barbilla resultaran ásperas.

– ¿Es que nunca es suficiente? –bromeó ella.

–No, nunca será suficiente. –Murmuró él ronco reclamando de nuevo su boca desesperadamente en respuesta.

–Siempre te he deseado –le dijo Elizabeth sin poder evitarlo.

Elizabeth pudo sentir cómo se le escapaba el poco control que le quedaba a medida que la excitación iba en aumento y hasta que finalmente llegó al éxtasis gritando el nombre de él y, casi al instante, cayó en un profundo sueño de agotamiento.

...

El sol ya se estaba escondiendo al otro lado de las ventanas cuando Darcy se despertó. Abrió los ojos con pereza y de pronto todo lo sucedido le cayó encima como un cubo de agua fría… La cabeza de Elizabeth reposaba sobre su hombro, ella lo tenía abrazado de una forma muy íntima, no podía levantarse sin despertarla.

Contuvo el aliento por un momento, la expresión relajada en el rostro de Elizabeth era fascinante y de pronto se dijo que debía disfrutar el momento. No sabía cuánto tiempo iba a durar este instante, no podía descartar la posibilidad de que Elizabeth lo odiara en cuanto despertara. Nunca podía saber lo que pasaba por su cabeza y siempre la interpretaba tan mal…

Con mucho cuidado, se apretó un poco más al cuerpo de su esposa, abrazándola de vuelta, dejando su nariz sobre el cabello castaño de Elizabeth y suspiró con placer. Había añorado algo así por tanto tiempo…

¿Cómo podría dejarla ir ahora? ¿Cómo podría alejarse?

Le había costado tanto permanecer alejado durante un mes, todos los días había pensado en volver, y todos los días había tenido que contenerse de hacerlo. ¿Qué haría ahora? ¿Qué le podría decir?

Darcy se tensó nervioso cuando Elizabeth empezó a removerse entre sus brazos. Ella suspiro profundamente, su abrazo se volvió más apretado y entonces alzó el rostro para mirarlo directamente. Él no se atrevió a decir nada, tenía un nudo en el estómago, simplemente se quedó ahí, perdido en los ojos chocolate de su esposa…

– Darcy… ¿Tú me amas? –le preguntó ella en un susurro.

– ¿Qué?

Darcy la miró confundido y Elizabeth nerviosa carraspeó, antes de volver a preguntar.

– ¿Me amas?

Era una pregunta sencilla de responder, pero por algún motivo la garganta de Darcy estaba apretada, no podía pronunciar esas palabras… ¿No se lo había dicho ya? ¿Ella no había lo había despreciado antes? Se sentía absurdamente vulnerable exponiendo así sus sentimientos. Pero de todos modos movió su cabeza en una silenciosa afirmación.

– ¡No, no! –exclamó Elizabeth apartándose de Darcy y sentándose en la cama en actitud combativa. –Eso es típico en ti, Darcy. Ni siquiera puedes pronunciar esas palabras de la manera como yo quiero escucharlas. Necesito escucharlas… He esperado tres años y durante esos tres años, sólo las pronunciaste cuando necesitabas mantener las apariencias... siempre tuve la impresión de que lo decías por obligación y desesperación, no porque lo sintieras realmente… Si yo tuviera un poco de orgullo, no estaría aquí dispuesta a decirte te amo.

La retahíla de palabras de Elizabeth se detuvo súbitamente. Sus mejillas estaban sonrojadas y su respiración se había acelerado, Darcy se quedó mirándola sin poder creerlo. Ella se sentía enojada y avergonzada, no había sido su intención declararse de esa manera y para aumentar su sensación de bochorno se dio cuenta de que se encontraba desnuda, así que rápidamente se cubrió con la sabana.

– ¿Hablas en serio? –preguntó Darcy, sentándose a su lado.

– Sí –respondió Elizabeth y notó que los ojos de Darcy brillaban.

–Pero no lo merezco, he actuado como un idiota contigo. Debes saber que yo realmente no pensaba que esa carta aún fuera una amenaza para mí.

– ¿No? –Elizabeth estaba pasmada ante tal afirmación.

–Simplemente la utilicé para retenerte, y obligarte a que le dieras una oportunidad a nuestro matrimonio. Y no tenía derecho de hacerlo. El orgullo y el resentimiento me habían impedido hacerlo en vida del Sr. Bennet. Pero no quería enfrentarme a la posibilidad de perderte y al final… te he perdido…

Una tierna sonrisa apareció en los labios de Elizabeth.

–No me has perdido, me abandonaste.

–Creí que era lo que querías… –Murmuró Darcy en voz baja.

–No quería que me dejaras... Pero no iba a suplicarte que te quedaras.

–Lo siento, soy un tonto, lo único que puedo decir a mi favor es que te amo, y me fui pensando que te hacía un bien. –Admitió Darcy bajando la mirada. –Te amo Lizzy. Es probable que te haya amado siempre, pero era un amor egoísta, así que no lo reconocí, y es evidente que tú tampoco podías hacerlo. Durante años me dije que sólo me sentía atraído, y que tenía que soportar nuestro matrimonio por el chantaje. Pero cuando supe lo Wickham no lo soporté, todo lo que me negué durante años, me estalló en la cara. Durante unos días fui como un hombre poseído. No me importaba lo que tuviera que hacer para recuperarte y ni siquiera me pregunté por qué lo hacía. Comprendí que te amaba, que no concebía una vida sin ti…

–Yo también te amo. –Le dijo Elizabeth tomando una de sus manos. –Volvamos a empezar. Podemos dejar toda la porquería atrás.

– ¿De verdad crees que podemos volver a empezar? –susurró Darcy.

–Los dos nos hemos equivocado y no podemos cambiar el pasado, pero podemos volver a empezar... –insistió Elizabeth.

–Pero… ¿me podrás perdonar algún día? –Preguntó Darcy inseguro.

–Estás perdonado –le aseguró Elizabeth mirándolo a los ojos. –Si no hubieras ejercido presión, no estaríamos juntos ahora.

– ¿Cómo puedes decir eso? Me comporté como un salvaje y tú lo dijiste.

–Te amo, Fitzwilliam Darcy –repitió Elizabeth.

Darcy en un rápido movimiento la abrazó, sentándola en su regazo. Era hermoso volver a estar en sus brazos, y durante un rato largo no hubo más que silencio entre ellos, y besos, y un largo abrazo en el que parecían fundidos.

–Te he echado de menos todos los días a todas horas – le juró él. –Pensé que te había perdido.

–Lo siento, yo fui muy lenta para comprender… te amaba, pero no quería admitirlo ni siquiera para mí misma. Me escondí detrás de todo el resentimiento y el miedo. Pero cuando te dispararon, cuando supe que podías morir… Yo no pude soportarlo, no quería imaginar mi vida sin ti. Ni siquiera había alcanzado a decirte que te amaba… Después esperé, me prometí que te diría que te amaba en cuanto tú me lo dijeras… Pero nunca lo volviste a repetir y después te fuiste. Así que pensé que todo era mentira.

–Te amo Lizzy. Sin embargo, soy débil cuando te amo. Mi vida es un infierno sin ti, ¿cómo podría ser de otra manera? Tantos años perdidos porque fui demasiado orgulloso para acercarme a ti... ¡Qué tonto fui! Nada compensa lo que sufrimos separados... tanta infelicidad...tantos errores –al escucharlo, Lizzy sintió un nudo en la garganta. Antes de volver abrazarla, la miró con ojos vulnerables. –Esta vez te amaré, sin importar lo que nos depare el futuro. Es probable que nunca tenga palabras para expresarte lo mucho que significas para mí –Darcy suspiró.

–Estaba demasiado ocupada intentando salvar mi orgullo como para darme cuenta de lo que sentías. –Lizzy lo rodeó con los brazos, cariñosa.

–Lizzy, te amo con locura… –Declaró Darcy antes de besarla con pasión.

Sólo unas semanas antes, Darcy no se habría atrevido a demostrarle aquella pasión, y ella habría deseado huir de su lado. Ahora sólo deseaba más, su cuerpo entero temblaba. Los pezones se le habían endurecido y tuvo que apretar los muslos para contener el deseo.

Darcy deslizó las manos hasta sus caderas y se apretó contra ella. Elizabeth sintió su erección y el deseo se extendió por todo su cuerpo como un fuego hambriento y descontrolado. Cuando Darcy la besó incendiariamente en la boca, estaba preparada para seguirlo.

Darcy le quitó la sábana con la que aún se cubría.

–Eres tan hermosa, tan perfecta...

–No, no soy perfecta –protestó Elizabeth mientras Darcy la acomodaba en el centro de la cama.

–Para mí, eres perfecta amada mía –insistió Darcy. –Siempre lo has sido.

El apasionado beso que siguió a su declaración mantuvo a Elizabeth en silencio. Darcy se tumbó sobre ella, Elizabeth sintió que el corazón comenzaba a latirle aceleradamente. Elizabeth sintió que la excitación se apoderaba de ella por completo mientras Darcy se movía en su cuerpo. Hicieron el amor de manera ferviente y cuando ella llegó al clímax fue como una explosión. Darcy acalló sus gritos con la boca y una ternura inmensa poseyó el corazón de Elizabeth.

Después, Darcy se quedó tumbado, saciado entre los brazos de Elizabeth y ella se sintió gloriosamente feliz.

–Ha sido... maravilloso… –murmuró Darcy abrazándola–. No entiendo cómo he conseguido mantener las manos quietas durante tanto tiempo estando cerca de ti. Siempre me haces perder el control.

–Es divertido ver cómo pierdes la compostura. –Se burló Lizzy con una media sonrisa.

–Sólo contigo… –Susurró.

Darcy la volvió a abrazar, disfrutó del olor de su piel húmeda y de poder estar con ella cuando, había pensado que ya nunca tendría esperanza ni felicidad.

Y aquél fue el momento más maravilloso para Elizabeth, que vio en su mirada que la amaba tanto como ella a él. Por primera vez en muchos años, se sintió segura y supo que estaba donde tenía que estar. Se fundió en su abrazo.

Habían pasado dos semanas. Tantas cosas habían cambiado en ese tiempo. Después de la reconciliación habían viajado a Hertfordshire, ya que Darcy había insistido en que debían visitar a la familia de Elizabeth. La Sra. Bennet estaba conmocionada, ya que era la primera vez que recibía una visita de su hija acompañada por su esposo.

La visita se había prolongado por tres días. La situación había resultado un poco bochornosa para Elizabeth, su madre y sus hermanas continuamente actuaban inapropiadamente o decían cosas que la avergonzaban o que podrían resultar ofensivas para su esposo, pero en esos momentos Darcy solo sonreía y la miraba con ojos cálidos. Elizabeth reconocía que su esposo estaba intentando acercarse a su familia, como una forma de reparar los errores del pasado y eso era algo que tenía mucho valor para ella.

Después habían regresado a Londres, pasaron a hacer una breve visita a los Gardiner, con quienes Darcy sentía más confianza, pues ya los conocía y había resultado ser una visita mucho más agradable. Luego viajaron a la casa en Wembley, a encontrarse con Georgiana, quién los regañó por desaparecer sin avisar.

– ¡Estaba preocupadísima por ustedes! El Sr. Wilkins no me pudo decir dónde encontrarlos y yo no sabía si se habían reconciliado o si las cosas habían ido a peor.

–Lamentamos haberte preocupado. –Murmuró Elizabeth bajando la mirada.

–Pero ahora soy un hombre feliz. –Respondió Darcy abrazando a su hermana.

–Y eso me hace muy feliz. –Respondió Georgiana devolviéndole el abrazo a su hermano, pero mirando en dirección a Elizabeth y achicando los ojos en un claro gesto de advertencia.

La relación entre Elizabeth y Georgiana no había vuelto a ser la misma, aún había cierta incomodidad y desconfianza en el rostro de Georgiana, pero ambas se esforzaban por aligerar la tensión por el bien de Darcy. Elizabeth esperaba que el pasar del tiempo le ayudara a recuperar la confianza de Georgiana, pues sabía cuán importante era ella para su esposo.

El Coronel Fitzwilliam se encontraba atendiendo algunos asuntos en Londres cuando se enteró que Georgiana había recibido la propuesta de matrimonio del Dr. Douglas. Pero había sido un alboroto, porque Darcy les daba su bendición, aunque Richard Fitzwilliam se rehusaba a dar su aprobación, no sin conocer antes al joven en cuestión. Y para Georgiana era muy importante la opinión de su primo-"nuevo hermano", así que a los pocos días el encuentro se concretó y Richard pudo entrevistar a un nervioso John Douglas, para luego admitir que el joven era de su agrado.

Ahora Georgiana era una mujer comprometida.

Celebraron el acontecimiento en el salón y la felicidad era palpable en el ambiente. Darcy admiró la sonrisa de Elizabeth, durante las últimas semanas la había visto reír y sonreír como nunca antes. Y no podía evitar quedarse prendado mirándola ¿Se acostumbraría algún día? ¿En algún momento dejaría de sentirse impactado por su belleza? No lo sabía. Él sólo sabía que cada día la amaba más.

– ¿Qué te parecería si nos volviéramos a casar? –Le preguntó Darcy cuando llegaron a su habitación.

Elizabeth se sentó en la cama y lo quedó mirando desconcertada.

– ¿Otra vez?

–Sí. Para que digamos de verdad todas las palabras. En el sentido más estricto.

–No lo sé… –Murmuró ella rehuyendo su mirada.

– ¿No quieres volver a casarte conmigo? –Le preguntó él sintiéndose repentinamente herido.

Elizabeth inmediatamente se levantó a abrazarlo.

–Es muy pronto… pregúntamelo otro día. –Susurró ella depositando pequeños besitos en su cuello, subiendo por su barbilla, hasta llegar a sus labios.

Darcy reconocía que lo estaban seduciendo para evitar el tema. No lo olvidaría, pero en ese momento, prefirió rendirse a la tierna seducción de Elizabeth.

–Eres una bruja… –Gruñó entre dientes, antes de apoderarse de los labios de su esposa.

...

Pemberley se alzaba gloriosa e imponente. El camino a la casa estaba flanqueado por árboles y setos con flores. A la distancia se podía apreciar el lago y el campo en todo su esplendor.

Elizabeth admiró la estructura clásica y antigua de la casa. No podía evitar sentirse intimidada. Darcy apretaba su mano y le sonreía intentando infundirle confianza.

La Señora de Pemberley por fin llegaba a su casa, con tres años de retraso. Pensó Darcy con culpabilidad.

Un hombre de mediana edad, con un traje inmaculado y una corbata de lazo, salió a recibirlos con una sonrisa en los labios. A su lado una mujer mayor los miraba con seriedad.

–El Sr. Hamilton es nuestro mayordomo y la Sra. Reynolds en nuestra ama de llaves –le informó Darcy después de hacer las presentaciones, poniendo una mano en su espalda para guiarla hasta el interior.

Elizabeth estaba fascinada. Era un sitio fabuloso, con suelos de mármol blanco y negro, muebles de exquisito gusto y una fabulosa escalera de piedra. Había obras de arte en lugares específicos, pero no eran ostentosas, ni tenían un estilo recargado y a pesar de ser una casa tan grande, al final del día le resultó acogedora.

El tiempo trascurre con rapidez cuando eres feliz.

Y en ese momento Elizabeth era inmensamente feliz. Había transcurrido un mes desde su llegada a Pemberley, ahora entendía por qué su esposo amaba tanto esa propiedad, y ella empezaba a sentir el mismo amor. Cómo Señora de Pemberley también tenía algunas responsabilidades, debía encargarse del funcionamiento de la casa, pero la Sra. Reynolds era bastante eficiente en ese sentido, así que Elizabeth se limitaba a decidir las comidas e intervenir en algunas otras cosas. Pero lo que realmente le encantaba, era poder ayudar a su marido.

Darcy siempre estaba ocupado, solía tener largas reuniones con el administrador de la propiedad, hablaban de dinero, cosechas y animales. Siempre tenía asuntos que atender, sus arrendatarios requerían de él constantemente. Darcy le había explicado que esto se debía a sus largas ausencias, siempre era igual cada vez que volvía. Elizabeth curiosa y entrometida, había prestado atención a la gestión su esposo y poco a poco se había involucrado con los arrendatarios, ayudaba a resolver problemas desde conseguir los recursos para arreglar un tejado arruinado por la última lluvia, hasta lidiar con problemas entre vecinos.

A Elizabeth le encantaba que Darcy pidiera su opinión en esos casos. La hacía sentir importante y le daba la oportunidad de ayudar a los demás. Además que ahora entendía mejor el funcionamiento de propiedad y las preocupaciones de su esposo. Y lo amaba más por eso. Darcy era un rico heredero, pero no andaba por ahí despilfarrando el dinero, él se preocupaba por sus tierras y por quienes trabajaban para él.

Después de sus ocupadas mañanas, durante las tardes Elizabeth y Darcy exploraban los campos alrededor de la casa y habían visitado el lago varias veces. También habían recorrido la propiedad a caballo y habían disfrutado las vistas espectaculares a su alrededor.

–Me encanta vivir aquí. –Había admitido Elizabeth entre los brazos de Darcy.

Se encontraban contemplando el atardecer desde uno de los jardines. Estaban sentados en el césped, Darcy estaba sentado detrás de Elizabeth abrazándola por lo hombros.

– ¿Eres feliz? –Preguntó él en su oído.

Elizabeth sonrió.

–Muy feliz.

– ¿Enserio? –le preguntó Darcy apartándose lo suficiente para mirarla a los ojos.

–Te amo –respondió Elizabeth.

Darcy sonrió abiertamente y se inclinó a besarla suavemente. Luego tomó su mano y se quedó examinando el anillo de zafiro y diamante que descasaba junto a su anillo de bodas y suspiró pesadamente.

– ¿Qué ocurre? –preguntó Elizabeth preocupada.

– ¿Recuerdas cuando te regale este anillo?

–Claro… –Respondió Elizabeth.

Recordaba que Darcy se lo había entregado el día que le pidió perdón por primera vez, en un picnic en Wembley. También recordaba como ese mismo día le enrostró las cartas a Wickham y todo se había ido a la basura, otra vez.

–Todo salió tan mal ese día… –Murmuró Darcy pensando lo mismo que Elizabeth.

–Pero eso está en el pasado. –Dijo Elizabeth rápidamente.

–Te regalé anillo, con la intención de pedirte una nueva oportunidad, quería pedirte que nos volviéramos a casar, esta vez de verdad. Pero soy tan torpe, no conseguí decir lo que realmente quería decir… Y después todo se estropeó, más y más…

Elizabeth se voltio a mirar el rostro de su esposo, su corazón dolió un poco al ver la triste mirada de Darcy.

–Amor, eso ya no importa. –Dijo Elizabeth, mientras se arrodillaba frente a Darcy y lo abrazaba juntando sus manos detrás del cuello de su esposo. –Ahora estamos juntos, somos felices y nos amamos. No quiero seguir mirando al pasado.

Darcy la rodeó por la cintura y la abrazó con fuerza. Después giró sobre su cuerpo y la recostó sobre el césped.

–Solo tengo dos pequeños favores que pedirte –dijo Darcy, inclinándose para rozar sus labios contra los de ella.

Un cosquilleo de deseo recorrió a Elizabeth.

– ¿Cuáles son?

–Que cada día reconozcamos que nos queremos.

–Eso es fácil –susurró ella. – ¿Y cuál es el otro?

–Que volvamos a celebrar otra boda, es muy importante para mí repetir los votos y que sea verdad cada palabra que pronunciemos –le indicó Darcy, jugueteando con el labio inferior de Lizzy.

Ella se estremeció de deseo.

–Eso también podemos hacerlo. De hecho, significaría mucho para mí –le confesó. –Pero como no me beses pronto, puede que cambie de idea.

Darcy deslizó la lengua sobre su labio inferior.

–Quiero hacer mucho más que besarte, vida mía... –le susurró.

Elizabeth hundió sus finos dedos en el pelo de Darcy para atraerlo más hacia sí.

Entre beso y beso, Elizabeth acogió en su interior para siempre aquel sentimiento de seguridad y se deleitó con la hambrienta ternura de Darcy y la increíble felicidad que reflejaban sus ojos.

–Creo que ya sé por qué no me había enamorado antes –murmuró Darcy. –Una especie de percepción debió advertirme de que probablemente iba a ser una experiencia embarazosa en la que se iba a poner a prueba mi humildad...

Lizzy sonrió.

–Pero yo soy tu recompensa... y reconozcámoslo: la humildad no es precisamente uno de los rasgos más fuertes de tu carácter –bromeó, confiada. –Te quiero aún más por ser tú mismo.

– ¿Con defectos y todo?

Ella asintió y una sonrisa radiante curvó los labios de Darcy.

–Eres lo mejor que me ha pasado en la vida... Te quiero más que a nada en el mundo.

Iban caminando de vuelta a casa, tomados de la mano.

–Mañana iré a Lambton a hablar con el clérigo para ir preparando la boda lo antes posible.

– ¿Quieres que nos casemos aquí? –le preguntó Elizabeth sorprendida por la idea.

–Sí, por supuesto. Traeremos a tu madre, a tus hermanas y a todos los amigos que quieras –contestó Darcy.

–No creía que nos fuéramos a casar tan pronto –contestó Elizabeth.

Darcy sonrió.

–Sí, pero las cosas han cambiado entre nosotros, amor mío...

Unas semanas después, Elizabeth y Darcy renovaron sus votos en la iglesia de Lambton. Elizabeth llevaba un vestido de encaje blanco, el sencillo y tradicional diseño que había elegido era perfecto para la delicada tela. La Sra. Bennet no acababa de entender cómo su hija se ponía un vestido blanco cuando ya estaba casada, pero Darcy había insistido en que debían celebrar su boda en todo lo alto, con todo lo que eso significaba.

La Iglesia estaba llena de gente y de flores. Habían asistido todas las hermanas Bennet, los Bingley, los Gardiner, el coronel Fitzwilliam y Georgiana. Había invitado también a los Collins, pero Charlotte estaba por dar a luz a su segundo hijo, por lo que fue imposible viajar.

Para Elizabeth, la emoción y la felicidad que sintió cuando vio a Darcy esperándola en el altar fue su momento favorito del día. La mirada de admiración que él le dedicó fue tan evidente que Elizabeth se ruborizó mientras pensaba en lo atractivo que estaba él con su elegante traje oscuro.

–Me dejas sin aliento, hermosa –dijo Darcy con voz profunda y ojos emocionados.

Le encantaba que Darcy la hubiera agarrado de la mano, le encantaba su seguridad. Por primera vez en su vida, tuvo la sensación de que estaban hechos el uno para el otro.

Una vez concluida la ceremonia, y después de la exquisita comida que se ofreció a los invitados cortaron juntos la tarta de bodas y se la ofrecieron a sus parientes. Después, Darcy le dio un apasionado beso a Lizzy que hizo que el corazón de ella latiera más deprisa.

–No esperaba eso –dijo sin aliento mientras él la conducía a la pista de baile.

–Es perfectamente aceptable en nuestra boda –la cálida sonrisa de Darcy fue como un rayo de sol para ella.

FIN


He retirado todo el lemon explicito, pero lo pueden leer completo la otra historia clasificación M

Un Matrimonio Diferente (Viñetas)