Disclaimer: Serie de viñetas (lemon) pertenecientes a la historia principal:
Un Matrimonio Diferente
Viñeta 1/ Capítulo 8
–Lo has traído a mi casa –murmuró Darcy bruscamente.
Elizabeth se puso blanca, y se quedó muda ante la noticia de que Darcy sabía que Wickham había estado en su casa.
–Y seguramente no te hubiese importado llevarlo a nuestra cama también.
Elizabeth se rió con ganas. Por fin tendría la oportunidad de decirle algunas cosas.
– ¡Jamás hemos tenido una cama nuestra!
– ¡Basta ya! Estoy tratando de no perder los estribos –dijo Darcy tensando los músculos de la boca.
– ¡Me da igual! Quiero que te vayas.
– No me iré sin ti.
– ¿Por qué? ¿Qué tengo yo de especial? ¿Por qué no te vas con todas esas mujeres con las que andas? ¿O crees que no me entero de todo de lo que pasa aquí? ¿O es que todas esas chicas atractivas eran una tapadera como lo era nuestro matrimonio? ¿Por qué quieres que me quede? ¿Es que en realidad te gustan los hombres y yo te sirvo para cubrir las formas?
En el mismo momento en que ella pronunció esas palabras, se arrepintió de ellas. Los rasgos de la cara de Darcy parecían a punto de estallar de furia.
–No... Sodomía no –mientras lo decía se quitó la chaqueta y se aflojó el nudo de su corbata. –Tal vez necesites una demostración...
Elizabeth sabía que no había peor insulto para Darcy, y en cierto modo se sentía satisfecha por haberlo disgustado tanto como él a ella.
– ¿Qué estás haciendo?
–Algo que debí hacer hace años –Darcy se quitó la camisa dejándola junto a la chaqueta.
– ¿Puedes volver a ponerte la ropa, por favor? –preguntó ella titubeando, y sabía perfectamente que sus palabras sonaban ridículas, un hecho que poco la ayudaba en esa situación.
– ¿Te asusta ver algo que tal vez te guste? ¡Dios! Y pensar que estuve a punto de malgastar mi tiempo en cortejar a mi esposa. ¡Pensar que había pensado en hacer cosas estúpidas, como comprarte flores o invitarte a salir! Sube a esa cama.
– ¿Te has vuelto loco?
Antes que pudiera moverse, Darcy la había alzado y la había depositado en la cama que estaba detrás de ella. Se subió encima de ella con tanta rapidez que no le quedó ni la más mínima esperanza de poder escapar. La situación la sobrepasaba.
– Eres mi esposa –la voz de Darcy sonó como un gruñido, y por el tono empleado parecía que con esa afirmación estaba justificado.
– ¡Sal de encima! ¡Me estás aplastando! –le gritó Elizabeth furiosa, rechazándolo con fuerza. –Ve a buscarte una chica guapa de las tuyas. Por lo menos con ella no necesitarás mentir.
–No miento. ¿Cómo iba a mentir? –Darcy se apretó contra ella, metiendo una de sus piernas entre las de ella. Se movió desvergonzadamente, haciéndole notar la dura protuberancia de su masculinidad. –No es ninguna mentira.
– Eres desagradable. –le dijo ella acalorada, mientras notaba un calor entre sus piernas.
– Te deseo –dijo él hundiendo su boca en la curva del cuello de Elizabeth.
– ¡No! –dijo Elizabeth con pánico, a la vez que sentía que una espiral de sensaciones de calor se apoderaba de ella.
Él levantó su cabeza y la miró con deseo. Entonces la besó apasionadamente, con un gesto que indudablemente quería expresar su posesión sobre ella y un intento por dominarla. Y ella lo sabía perfectamente; y luchaba por no sentir lo que sentía. Pero en cada movimiento de su lengua, él le demostraba que ella quería más y más. Elizabeth alzó las manos hasta los hombros de Darcy, abrazándolo.
Darcy, se sentía abrumado. Ella era tan deliciosamente receptiva a sus caricias, la deseaba tanto, la necesidad por ella era dolorosa. Pero una molesta voz en su cabeza le gritaba que se estaba aprovechando de ella. Aunque su cuerpo le exigía satisfacción argumentando que ella era su esposa, en su mente se sentía como un violador. No podía continuar así… Ella lo iba a matar, lo iba a odiar más, nunca lo iba a perdonar. Era posible que ella nunca lo pudiese amar y esa posibilidad era tan dolorosa, que sintió que su respiración fallaba y sus pulmones ardían.
Se detuvo de pronto y la quedó mirando. Ella se veía tan sensual, sus labios estaban rojos e hinchados por sus besos, sus mejillas adorablemente sonrojadas, sus ojos permanecían cerrados y su respiración estaba agitada. No iba a permitir que las palabras de Wickham lo llevaran a hacer algo de lo cual después se iba a arrepentir.
Elizabeth estaba sorprendida por ese asalto, se recordaba que debía respirar e intentaba volver a la realidad. Lentamente le devolvió la mirada a Darcy, sus ojos profundamente azules estaban oscurecidos, parecía estar deslumbrado con lo que veía. La dura expresión de su rostro se había suavizado al punto de verse absolutamente vulnerable. Estaban tan cerca, podía sentir la calidez de su aliento en el rostro… Pensó que volvería a besarla. Pero se sorprendió cuando él se apartó de ella, con una expresión avergonzada se sentó al borde de la cama.
–Yo… lo siento tanto. –Farfulló Darcy. –Por favor Elizabeth, perdóname. Yo nunca debí…
Elizabeth también se sentó. No entendía que estaba ocurriendo.
– ¿Por qué? –le interrumpió ella.
– ¿Por qué? –repitió Darcy confundido.
– ¿Por qué te has detenido?
– Yo… tengo consciencia, aunque no lo creas. –Murmuró él, ante su desconcertada mirada. –No quiero hacer nada que tú no quieras. Yo… estaba furioso, pero… eso no justifica… Yo no me voy a aprovechar de ti.
Elizabeth comprendió que aunque no lo pareciera, su esposo aún conservaba algunos principios. En su mente, ella lo había despojado de toda virtud, por eso se sorprendió. La imagen del hombre implacable que tenía de su esposo, ahora no encaja con el hombre a su lado. Ni siquiera la miraba. Parecía tan culpable y avergonzado.
Ella aún deseaba el divorcio, aún lo odiaba, nunca lo podría perdonar…
Pero por otra parte, ella también lo deseaba, nadie le hacía sentir lo que Darcy la hacía sentir cada vez que la besaba. Los besos con George Wickham habían sido cálidos y dulces, pero no sentía su corazón desbocado, ni la emoción que le provocaba su esposo. Ella siempre había luchado contra esa atracción que él ejercía sobre ella, sospechaba que nunca iba a sentir eso con nadie más.
Además, tenía curiosidad sobre lo que ocurría en el lecho conyugal, tenía una vaga idea al respecto. Ya había leído algunos libros prohibidos que habían estimulado su imaginación. Para ser sincera, le dolía ser la esposa inexperta y rechazada, le avergonzaba seguir siendo virgen después de tres años de matrimonio. Se sentía acalorada, sus pechos dolían y se encontraba vergonzosamente húmeda. Era obvio que su cuerpo necesitaba explorar esa parte de su naturaleza.
Él no la amaba… y ella tampoco lo amaba.
Elizabeth se dijo que sería ella quién se aprovecharía de su esposo. Lo usaría para descubrir los placeres carnales, no seguiría siendo la esposa virgen, iba a consumar su matrimonio. Pero estaba decidida a desechar a su marido, lo iba a abandonar y reclamar su libertad.
Elizabeth sonrió de lado muy conforme consigo misma.
Darcy sentía que el silencio de Elizabeth era aterrador. Parecía perdida en sus pensamientos. Los minutos pasaban y ya no lo pudo soportar, así que se puso de pie y camino directo hacia la puerta.
– ¿A dónde vas? –le preguntó ella.
Él se detuvo a centímetros de la puerta. Suspiro antes de girarse a mirarla.
–Creo que lo mejor será que me vaya.
– ¿Así? ¿Sin ropa? –Preguntó ella con la diversión brillando en sus ojos.
¡Demonios! ¡Estaba medio desnudo! Lo único que aún lo cubría eran sus pantalones y sus botas.
Ella se acercó hasta quedar en frente de él y sonrió descaradamente. Darcy sintió como su corazón daba un vuelco dentro de su pecho y la emoción lo dejó perplejo.
¿Ella le había sonreído? ¿A él? Habían pasado años desde la última vez que ella lo había mirado así.
–Elizabeth ¿Qué estás haciendo? –preguntó él desconcertado.
–Fitzwilliam… –Susurró ella antes de besarlo.
Elizabeth no estaba segura sobre cómo debía seducir a un hombre. Solo siguió su instinto y confió en que Darcy la ayudaría a hacer el resto. Él le había dicho que la deseaba.
Darcy no entendía ¡Ella lo estaba besando! No lo podía creer. Probablemente era un sueño, ella jamás lo besaría, ella lo odiaba. Seguramente Elizabeth lo había golpeado en la cabeza y ahora estaba delirando. Sí, probablemente era eso. Pensaba frenético.
Era un beso tierno, dulce, pero no podía evitar la corriente de excitación que recorría su cuerpo. Sus manos se aferraron a su estrecha cintura, mientras ella abandonaba sus labios para besarle el cuello.
¡No podía ser!
–Lizzy, estás jugando con fuego. –murmuró ronco.
Entonces Elizabeth alzó la cabeza, lo miró directamente a los ojos y tocó la boca sensual de él con sus labios, y luego, de manera más descarada, con la punta de su lengua, imitó inconscientemente lo que él le había enseñado momentos antes. Darcy se estremeció y aceptó la invitación, reaccionando con una pasión que la desbordó. Los brazos de él la apretaron tan fuerte, que apenas podía respirar.
Darcy cargo a su esposa de vuelta a la cama y le quitó el camisón, dejando al descubierto sus senos, que al rozar el vello del pecho de Darcy le hicieron articular un gemido salvaje. Un segundo después, ella estaba echada de espaldas nuevamente, y las manos de él acariciaban las tiernas colinas que había descubierto un momento antes.
Ella cerró los ojos. Le faltaba el aliento, y la había abandonado totalmente su parte racional. La boca de Darcy por fin alcanzó los pezones, y ella se arqueó de placer, con una ferocidad que jamás había conocido antes. Su corazón galopaba. Darcy la acariciaba con la lengua y con los dientes, atormentándola con el placer de su boca en los pezones, que ya se habían erguido para él. Entonces ella dirigió sus propios dedos a la cabellera de Darcy, y gimió por la oleada de sensaciones que la invadía.
–Eres mía.- dijo él en un gemido.
De todos modos ella no lo estaba escuchando atentamente. Rodaron en la cama, envueltos en una excitación que ninguno de los dos podía controlar. Elizabeth oyó el desgarro de la voz de Darcy. Ella estaba perdida totalmente en la ola de calor y la fragancia de su cuerpo. Él estaba tan excitado, que su fragancia era como un afrodisíaco que le ponía la piel de gallina. Cada parte de su cuerpo musculoso en contacto con la piel de Elizabeth la volvía loca de placer. Cada caricia era una incitación a más. Sus pechos se habían vuelto increíblemente sensibles de pronto, y él jugaba con ella con maestría erótica. Darcy jugó también con los rizos de su pubis, y se adentró en el corazón de su feminidad arrancándole un gemido de placer.
Ella no podía quedarse quieta; no dominaba sus miembros. La ola de deseo se había apoderado de ella. Sus caderas se movían con un ritmo que acababa de descubrir. Una sensación de placer casi intolerable iba creciéndole, hasta que por fin la obligó a pronunciar el nombre de él una y otra vez.
Darcy gimió contra su boca roja e hinchada de ella.
–No puedo esperar…
Entonces él entró donde ella más lo deseaba. Le subió las piernas con impaciencia, deslizándose por la tierna bienvenida que ella dispensaba gracias a los preparativos de él. Elizabeth abrió sus grandes ojos castaños, intensos de pasión. Podía sentirlo, tan caliente, como suave y duro a la vez y por momentos tan amenazadoramente masculino. Ella buscó los rasgos tensos de la cara de Darcy, y por un momento vio en él tal expresión de vulnerabilidad, que su corazón dio un respingo. Y entonces le deseó tanto que casi le dolió.
Darcy entró en ella lentamente, suavemente, con un gemido ahogado por momentos. Ella estaba tan estrecha, sintió el momento exacto en que alcanzó esa barrera «Virgen» celebraba en su interior. Ella nunca había estado con otro hombre, solo era suya. El alivio fue abrumador y agradeció al cielo su buena fortuna.
Ella sintió un leve dolor, que se le olvidó en medio de una tormenta de desenfrenada pasión que la derritió por completo. Cada vez sentía más, e iba en busca de una nueva satisfacción. Él se movió más rápido. Ella lo abrazó. El corazón de Elizabeth bombeaba cada vez más rápido, y entonces ocurrió una explosión de calor y placer que la transportó, dejando su mente en blanco.
–Elizabeth... Te amo –dijo Darcy penetrando en ella violentamente, luego su cuerpo entero tembló, con espasmos de placer, con toda la fuerza de quien por fin se deja arrastrar.
Elizabeth aún no había vuelto a la tierra, seguía flotando en su propio placer. Se pegó a él, oliendo su fragancia, presionando sus labios sobre los hombros de él. Se fue la luz. Y un silencio cayó sobre los dos. Elizabeth estaba exhausta, y pasó de la irrealidad al sueño, con el cuerpo extendió encima de Darcy.
