Disclaimer: Serie de viñetas (lemon) pertenecientes a la historia principal:
Un Matrimonio Diferente
Viñeta 2/ Capítulo 11
En la madrugada, Darcy se encontraba durmiendo plácidamente, cuando sintió que lo abrazaban con fuerza, sin pensarlo devolvió el abrazo y se aferró al cuerpo cálido. Inhalo con placer el aroma de su esposa y suspiró.
De pronto comprendió que la situación no era normal, lo cual lo hizo despertar de golpe. Elizabeth estaba entre sus brazos y se estaba moviendo lentamente lo cual inquietaba bastante, se tensó.
Elizabeth abrió los ojos castaños y se encontró con unos ojos azules. Su mirada intensa la dejó turbada. Sintió un vuelco en el corazón, un calor en aumento. Se encontraba mareada, sin aliento, y con la sensación de haber perdido toda racionalidad.
La punta de un dedo se posó sobre el labio de ella.
–Me muero por besarte – le dijo Darcy con ansiedad.
Sugestionada por su mirada, Elizabeth se acercó instintivamente. Con un gemido de satisfacción, él llevó entonces sus manos al cuerpo de ella, sobre las caderas y la espalda, mientras su boca hambrienta buscaba la de ella con intensidad.
La punta de la lengua de Darcy se abrió paso entre los labios abiertos de ella, y luego probó el interior de su suave cavidad, algo que a ella le hizo estremecer.
Se giró cambiando de posición, quedando Elizabeth sobre él.
–Cariño, no estoy seguro si esto es real. –Comentó ronco.
Darcy se moría de deseo, pero no quería apresurarse. Ella había estado muy enferma, estaba débil, quizá ni siquiera estaba consciente de lo que estaba haciendo. Necesitaba un respiro, porqué si continuaba ya no podría detenerse.
Elizabeth estaba desbordada por la pasión, sabía que estaba mal, pero prefería ceder a la tentación y continuar. Estaba sobre su esposo, que la miraba con los ojos encendidos de deseo, con la respiración acelerada, totalmente despeinado y acababa de sentir su excitación. Lo miró con una media sonrisa y se acomodó quedando sentada a horcajadas sobre la dureza de su esposo. Se frotó suavemente y su cuerpo de estremeció.
No sabía que estaba haciendo, pero Darcy se mordió el labio y giró su cabeza en un gesto extraño. Repitió la acción y Darcy soltó un silbido.
–Elizabeth… –gruñó Darcy sujetándola por las caderas. –Quédate quieta. –Dijo con voz estrangulada.
Ella no dijo nada, pero estaba disfrutando plenamente. De alguna manera, estar sobre su esposo, loco de deseo por ella, la hacía sentir poderosa. Se volvió a frotar y se le escapó un gemido.
Darcy mandó todo al diablo, con manos insistentes, le quitó el camisón a su esposa, dejando al descubierto la punta erguida de sus pechos. Los acarició con suavidad, besando y dando pequeñas succiones. Acomodó la cadera a la de él, mientras sus muslos temblaban en respuesta al torbellino de sensaciones que experimentaba. Las manos de Elizabeth, entonces, se adentraron en la cabellera oscura de él.
Cuando él dejó de besarla, el corazón de ella bombeaba rápidamente. Darcy jugó con los pechos de Elizabeth, deslizo su lengua por el valle que se extendía entre ellos mientras sus manos jugueteaban con sus rosados pezones que había estimulado anteriormente. El calor surgió en el interior de Elizabeth como un oleaje violento que respondía a las caricias íntimas de Darcy. Elizabeth gimió, gobernada por las exquisitas sensaciones que la atormentaban.
Se había transformado en una esclava de la pasión. Con un gemido suave que anticipaba otro beso apasionado, Darcy giró y la deposito en la cama, se quitó rápidamente el pijama y volvió con su esposa. La besó y la apretó contra él, llevando sus manos a los pequeños rizos en la juntura de sus piernas. Buscó la suavidad que se abría más adentro, y con suave maestría la invadió como para que en cada nuevo movimiento la respuesta de ella fuera cada vez más intensa.
Era una dulce agonía de deleite que la dejaba sin aliento. Las caderas de ella se movían, contoneaban y alzaban como por propia iniciativa, a medida que el deseo iba aumentando hasta un grado casi insoportable.
–Darcy... –gimió ella.
Con determinación se sentó sobre la cama. Darcy la miró desconcertado. Ella llevó sus manos a la excitación de su esposo. No podía evitar sentir curiosidad. Él le había dado placer con sus manos, ahora ella lo quería intentar. Darcy se quedó de espaldas en la cama dejando que su esposa explorara su cuerpo. Ella lo acariciaba tímidamente, de pronto sus delgados dedos hicieron presión en la base de su sexo y se deslizaron hasta la punta. A él se le escaparon dos o tres gemidos. Y ella sintió el fuego liquido entre sus piernas. Ya no lo podía resistir.
Entonces Darcy la levantó y la sentó sobre su miembro erecto. Elizabeth se estremeció, sin la ropa que estorbaba, la sensación de frotarse sobre su marido era exquisita. Darcy la besó y con una mano guió su miembro al punto exacto, con la otra mano sujetó la cadera de Elizabeth y la hizo descender lentamente. Darcy gimió de placer, cuando estuvo completamente internado en las profundidades de Elizabeth.
Elizabeth pareció ceder y adaptar su cuerpo a la invasión de él, a pesar de que la sensación, que era aún nueva, la sorprendió. Darcy se movía dentro de ella, creando en ella una necesidad insaciable que ardía en su interior. Darcy esparcía besos en su cuello, su pechos y en sus hombros, mientras su esposa cabalgaba sobre él.
Involuntariamente los dedos de Elizabeth buscaron la espalda de Darcy y la recorrieron. Entonces, Darcy se giró enterrado profundamente en ella y dio paso al éxtasis en el momento en que la poseyó tan plenamente que ella creyó volverse loca de placer. Y cuando ella se liberó de aquella tensión de placer, pareció consumirse durante un tiempo largo, interminable, que la dejó en una sofocada quietud.
–Se dice que los saben esperar alcanzan el cielo... – dijo Darcy suavemente, abrazando el cuerpo de Elizabeth contra el calor del suyo. –Pero la paciencia nunca ha sido una de mis virtudes.
Elizabeth estaba totalmente exhausta, y no podía pensar. Y cuando su mente se disponía a ordenarse después del caos de sensaciones vividas, se durmió.
