Disclaimer: Serie de viñetas (lemon) pertenecientes a la historia principal:

Un Matrimonio Diferente


Viñeta 4/ Capítulo 22 y 23

«No, no pienses en sexo, no pienses en sexo», se decía Darcy una y otra vez con fervor.

Sin embargo, Darcy le dedicó a Elizabeth una ardiente mirada azul y a ella le dio un vuelco el corazón. Elizabeth conocía esa mirada de deseo que la recorrió como un rayo y la dejó clavada en el sitio. Esa luz en su impactante mirada le decía que la deseaba y ella no pudo impedir que su cuerpo respondiera a semejante atracción.

Un insoportable deseo se removió en el vértice de sus esbeltos muslos y los apretó fuertemente como si así pudiera encerrarlo y negarlo. Sus pechos se inflamaron bajo su vestido haciéndola sentirse muy consciente de su exitación cuando sus pezones rozaron la tela.

¿Por qué la había mirado así?

Sintiéndose incómoda con la situación, y ansiosa por tener la oportunidad de escaparse unos minutos para recomponerse, Elizabeth preguntó:

– ¿Te apetece un café?

–No, gracias, aunque sí me tomaré una copa –respondió Darcy cruzando la habitación con sus largas piernas hacia el mueble bar, donde él mismo se la sirvió.

–No deberías seguir bebiendo… –Gruño ella entre dientes.

Darcy se giró hacia ella con esa elegancia de movimientos que siempre le había llamado tanto la atención y la miró con el ceño fruncido y arrugando su sensual boca con gesto de cierto desdén.

–No tienes derecho a decirme que debo hacer, o no –contestó abruptamente antes de beberse de un trago el whisky que se había servido y soltar el vaso vacío. –Ya no eres nadie para mí…

–Tengo todo el derecho del mundo. Soy tu esposa ¿recuerdas? –Espetó Elizabeth empezando a sentirse enfadada.

– ¿Enserio? Yo pensaba que venías a discutir otra cosa… ¿Qué será? ¿Separación o divorcio? –Preguntó Darcy sin apenas mirarla

– ¿Eso es lo que quieres...? –preguntó ella acercándose a él para mirarlo directamente a los ojos.

Sus grandes ojos castaños lo apuntaron con una penetrante fuerza y después de mucho tiempo Darcy sintió como corazón se aceleraba de nuevo. Él observaba su hermoso rostro obligándose a encontrarle alguna imperfección, a descubrir algún defecto que hiciera desaparecer su excitación, pero no había nada que pudiera refrenar sus sentimientos.

–Te deseo –se oyó admitir él mismo antes de ser consciente de que esas palabras habían salido de su boca.

Elizabeth sonrió con las mejillas cada vez más encendidas mientras la devoraba una llamarada de deseo. Esa actitud era muy de Darcy, pero hace tiempo no se mostraba de esa manera, tan explosivamente impredecible, pensó Elizabeth distraídamente.

Unos ojos brillantes la asaltaron en una colisión casi física y algo muy íntimo en su interior se tensó. Notaba las piernas tan débiles que no estaba segura de que siguieran ahí para sostenerla, aunque de todos modos no importaba porque la intensidad de esa azul mirada la había dejado clavada en el sitio.

–Y yo te deseo –admitió ella con la voz quebrada.

Darcy dejó de respirar en ese momento, el silencio solo era roto con el acelerado golpeteo de su corazón en sus propios oídos, no dijo nada, no encontró palabras; es más, se vio sumido en tanta confusión que tenía la cabeza hecha un lío de pensamientos y reacciones a medio formar. Dio un paso adelante con depredadora elegancia aunque sin apenas un pensamiento coherente. No hubo razonamiento, solo reacción, un deseo que se estaba apropiando de él más que cualquier otro vicio; es más, un deseo tan poderoso que hizo que su excitación palpitara e incluso le causara dolor.

Agarró a Elizabeth rodeándola por el cuello, acercando su delgado cuerpo, pegando esas suaves curvas a las suyas con un suspiro de alivio que no pudo contener. Llevándola contra una pared, la levantó lo suficiente para besarla; abrió la boca y ejerció presión para forzar su entrada antes de profundizar en ella con una pasión devoradora que dejó a Elizabeth sin aliento. Darcy sabía a whisky y bebió de él como si fuera una bebedora compulsiva. La besaba como si su vida y la de ella dependieran de ello, y la urgencia con que lo hacía la excitó aún más, haciéndole echar la cabeza atrás para darle mayor acceso.

Elizabeth gimoteaba bajo sus labios y respondía a sus besos con fervor desmedido, su lengua se entrelazaba con la de él y sus manos acariciaban sus fuertes brazos regocijándose en su poder, pero frustrada por la barrera de su ropa. La pasión era lo único que lo regía todo y la razón no tenía ninguna oportunidad.

Elizabeth emitió un grito ahogado de sorpresa cuando Darcy curvó las manos sobre sus nalgas por debajo de la falda del vestido descubriendo, para su satisfacción, las cintas de la ropa interior, y con un violento tirón las bragas cayeron rotas al suelo. Elizabeth emitió un grito ahogado de sorpresa.

–Me deseas –le susurró Darcy con voz ronca contra su boca y acariciándola con su cálido aliento.

¡Oh, cuánto lo deseaba! Toda su piel era consciente de la proximidad de la mano de Darcy en el punto más ardiente y necesitado de su anatomía y no pudo vocalizar, no pudo pensar en nada más que en el intenso deseo de recibir sus caricias.

Sujetándola contra la pared, le bajó el vestido por los hombros, lo suficiente, para dejar sus pechos expuestos, impaciente por poder cerrar su boca sobre un pezón rosado mientras con la mano cubría la firme y tersa curva de su pecho. Elizabeth gimió con los ojos cerrados y notando cómo una intensa sensación se precipitaba hacia abajo, hacia el rincón más ardiente de su ser. Un salvaje palpitar de deseo se estaba acumulando ahí mientras él acariciaba el inflamado pezón con los bordes de sus dientes y su lengua. Aferrada a sus hombros, separó los muslos y lo rodeó por la cintura. Por fin pudo sentirlo, incluso a través de la ropa, notar el urgente y terso empuje de su erección cuando él hundió las caderas en el vértice de sus esbeltos muslos arrancándole de los labios un grito de impaciencia. Arqueando la pelvis hacia él, Elizabeth se estremeció y gimió.

Estaban actuando como unos desvergonzados, pensó ella de pronto en un breve instante de claridad mental y vergüenza. Darcy estaba en un estado similar, intentando contenerse.

«Detente, contrólate» Y era su última oportunidad de detener todo aquello, pero sus labios se separaron e inmediatamente ella volvió a besarlo. De pronto su mano encontró el lugar exacto haciendo que un largo y habilidoso dedo se hundiera en la ardiente humedad del cuerpo de Elizabeth. En reacción, una explosión de fiero calor la recorrió y se apretó contra él, anhelando sus caricias de un modo sobrecogedor, anhelando lo que fuera que mitigara el intolerable grito de deseo que estaba tomando forma en su interior tan rápidamente que no pudo contenerlo.

Darcy se esforzaba por sujetarla al mismo tiempo que se desabrochaba los pantalones. Elizabeth emitió un gemido entrecortado cuando lo sintió ejerciendo presión en su interior. Se encontraba en un estado de excitación incontrolable y lo agarraba de los hombros como instándolo a continuar. Él se hundió en ella lentamente, deslizando su miembro hasta ese incendiado punto de dolor; pero era un dolor tan placentero…

– ¿Darcy...? –susurró con voz temblorosa.

–Eres tan estrecha… –le respondió entre dientes y echándola hacia atrás, empleando la pared para sujetarla antes de volver a hundirse en ella con una sensual y dominante fuerza. –Lizzy ¡qué me haces! ¡No me digas que pare!

Pero no, en ese momento Elizabeth no era capaz de semejante hazaña. Ya estaba encendida y un agonizante deseo la controlaba. Sujetando sus esbeltos muslos y con esos ojos encendidos con un fuego azul, Darcy se adentraba en ella y se retiraba, manteniendo un ritmo perfectamente controlado. La excitación de ella iba en aumento con cada movimiento, transportándola cada vez más y más hasta que finalmente Elizabeth llegó a la cresta del placer y eso la hizo derrumbarse, retorcerse y gemir.

–Ha sido espectacular... –dijo Darcy sin respiración al bajar las piernas de Elizabeth lentamente hasta el suelo.

Estaba débil, mareada, inestable e incluso él estaba temblando. ¿Qué había hecho? Cielos, ¿qué había hecho? Pero, a pesar de esa racional voz en su interior, Darcy se quitó la chaqueta de un modo instintivo sin soltar a Elizabeth ni un momento.

Agarrándola por la cintura la llevó hasta el casi extinto fuego de la chimenea y la sentó sobre la alfombra, de rodillas y frente a él. Entrelazó las dos manos entre su melena alborotada antes de posarlas sobre sus mejillas y volvió a besarla, deslizando la lengua entre sus labios, sobre el sensible techo de su boca hasta que ella tembló y volvió a agarrarse a sus brazos para sujetarse.

No podía pensar, apenas podía respirar ni creer que ese único beso hubiera vuelto a encender el calor como un río de fuego líquido que fluía a borbotones dentro de su vientre. La sensación de saciedad quedó borrada por un renovado cosquilleo que cubrió toda su piel. Él la tumbó y se situó entre sus piernas dejándola tendida bajo el peso de su musculoso y esbelto cuerpo.

–Yo aún no he terminado, mi amor –confesó mientras sus densas pestañas descendían sobre unos ardientes ojos chocolate y unas sonrojadas mejillas.

Ella levantó la mano inconscientemente y deslizó los dedos sobre la línea de su boca. Ahora parecía más suave, menos tensa. Se movía encima de ella como un ágil y dinámico felino y podía sentirlo duro y preparado contra su vientre.

–No me pidas que pare –gimió él.

–Quítate la camisa –le susurró ella increíblemente relajada en sus brazos y maravillándose por lo bien que se sentía.

Darcy se apartó para quitarse la camisa brusca y apresuradamente. Un par de botones salieron volando dejando ver un masculino y musculoso torso. Ella sintió diminutos cosquilleos de excitación que se encendían de nuevo. Se arqueó contra él, deleitándose con el contacto piel con piel que jamás había imaginado que volvería a sentir a su lado. Con un sonido gutural, él la besó deslizándose de nuevo entre sus esbeltos muslos y levantándole la falta con impacientes manos.

–Esta vez... despacio –le prometió.

Volvió a hundirse en ella tan lentamente como le había prometido. Elizabeth aún tenía el sabor de él en sus labios y era absolutamente sensible a cada uno de sus movimientos. Un largo y entrecortado suspiro salió de su boca.

– ¿Demasiado? –le preguntó mirándola.

–No lo suficiente –respondió ella con audacia–. No estoy hecha de cristal ¡No me voy a romper!

Su corazón y su cuerpo saltaron al unísono cuando él la giró dejándola apoyada sobre sus manos y rodillas y añadió un toque más dominante a sus movimientos haciendo que unas deliciosas oleadas la recorrieran. Elizabeth estaba sorprendida, nunca había estado en esa posición, cerró los ojos para contener sus sentimientos, la excitación se apoderó de ella de nuevo resplandeciendo como una estrella fugaz y haciendo que cada terminación nerviosa se tensara anhelando llegar al clímax. Él aceleró el ritmo y una encantadora fricción intensificó el electrificante placer. Gimió y alzó la voz en un grito mientras su cuerpo temblaba con fuerza a la vez que él emitía un gemido de placer.

Darcy se apartó, se colocó la ropa y se agachó para levantarla en brazos.

– ¿Qué estás haciendo? –le preguntó con los ojos abiertos de par en par.

–Llevándote a la cama, donde deberías haber estado desde un principio –la informó Darcy cruzando el vestíbulo hacia la escalera profusamente tallada.

–Lo que hemos hecho es más emocionante –murmuró Elizabeth pensando en que nunca habían hecho algo así de desinhibido.

Darcy la llevó al dormitorio, la tendió sobre la amplia cama baja y la desvistió con eficiencia, despojándola del vestido, sacándole las enaguas y quitándole los zapatos.

–Es de día –le recordó Elizabeth con el rostro encendido.

– ¿Por qué me lo recuerdas? –le contestó él con aire burlón; gesto al que ella habría respondido de no ser porque Darcy la llevó hacia sí y se sintió reconfortada–. ¿Qué importa la hora que sea?

–No importa –respondió y después añadió: – ¿Darcy?

–Shh –le indicó temeroso de lo que pudiera decir y llevándola contra su miembro erecto con una sensación de intensísima satisfacción.

–Aún estás... – comenzó a decir ella.

–Lo estoy –asintió él colocándola sobre su cuerpo con delicadeza– ¿Crees que podrías hacer algo al respecto?

–Estás de broma, ¿verdad? –pero sabía que no bromeaba porque podía sentirlo duro, como una barra de hierro bajo ella.

–Está claro que me conviertes en una persona insaciable, amor mío.

Posó las manos sobre sus anchos hombros. Darcy tenía enormes reservas de encanto cuando decidía utilizarlas, aunque hacía mucho tiempo que no se molestaba en mostrarle esa faceta suya. Como resultado, la carismática sonrisa que iluminó sus oscuros rasgos la hipnotizó y la dejó indefensa. Levantó la cabeza y saboreó sus labios separados con una intensidad que desató una reacción en cadena de respuestas que se extendieron por su flujo sanguíneo. Qué bien sabía, y sus manos estaban acariciándole la espalda. Unida a su ardiente y duro cuerpo, tembló con el corazón acelerado y asombrada por lo sucedido a la vez que halagada por el insaciable deseo que sentía por ella.

–Una vez más… –susurró Darcy tendiéndola sobre la almohada y colocándose sobre ella; su devastadora y masculina atracción se veía ensalzada por la barba que hacía que sus mejillas y su barbilla resultaran ásperas.

– ¿Es que nunca es suficiente? –bromeó ella.

–No, nunca será suficiente. –Murmuró él ronco reclamando de nuevo su boca desesperadamente en respuesta.

Darcy tomó entre sus dedos un inflamado pezón y lo acarició. Una llamarada atravesó el cuerpo de ella y se centró en su punto más íntimo, reavivando las sensaciones que creía que se habían apagado.

–Siempre te he deseado –le dijo Elizabeth sin poder evitarlo.

Unos dedos expertos recorrieron sus pechos y fueron subiendo por la cara interna de su muslo, provocándola hasta hacerla moverse y gemir de frustración, de deseo. Solo cuando el hambre que había despertado con tanta habilidad se volvió de una intensidad insoportable, él se situó encima sumiéndose en la melosa entrada de su cuerpo con una facilidad y destreza que la hizo gemir y arquear la espalda. Y desde ese instante, una vez la pasión se había apoderado de ella, Darcy cambió de actitud y ahora sus movimientos se volvieron más lentos, profundos y fuertes.

Elizabeth pudo sentir cómo se le escapaba el poco control que le quedaba a medida que la excitación iba en aumento y hasta que finalmente llegó al éxtasis gritando el nombre de él y, casi al instante, cayó en un profundo sueño de agotamiento.