Este será un fic MoShang de El sistema de autosalvación del villano escoria. Y espero estar publiando por aquí pronto las dos partes restantes.
Capítulo I ¿Sueño o realidad?
El gélido viento azotaba con fuerza, sacudiendo los árboles del helado y solitario paraje que se extendía ante él. Vegetación muerta y ramas raquíticas cubiertas por la nieve que caía de manera furiosa eran lo único que aquel pequeño podía ver.
Pugnando con el temblor en su cuerpo y cubierto solo por raídas túnicas que no le protegían en absoluto de aquel clima invernal, Shang Quinghua avanzó. Sus pies se sentían pesados y cada paso que daba era una lucha contra su propia debilidad. Sin embargo, no podía quedarse allí o moriría al igual que los demás aldeanos.
Su cuerpo se estremeció al recordar cómo bandidos habían atacado su poblado; asesinando a cada habitante sin distinción entre niños, mujeres y ancianos. Él habría muerto junto a ellos si su propia desgracia no le hubiese salvado. El ser repudiado por ser el huérfano abandonado de una familia que los demás aldeanos consideraban maldita debido a que fue atacada por la enfermedad, siempre fue algo lamentable. Mas en esta ocasión, haber sido considerado una paria que debía mantenerse a las afueras del pueblo era justamente lo que le había salvado.
Luego de que su familia muriera por la enfermedad él se venía manteniendo viviendo en los límites del pueblo. Y si hasta el momento había conseguido sobrevivir se debía a su exceso de palabrería.
Shang Quinghua siempre solía hablar y hablar, revoloteando alrededor de ancianos y cualquier otro aldeano compasivo cuya bondad parecía hacerles olvidar la supuesta «maldición» que pesaba sobre él . Así se había ganado muchas veces el sustento e incluso salvado de aquellos quienes le acusaban. Sin embargo, sus palabras no le servirían si alguno de aquellos bandidos le encontrara.
Y es que por más que suplicara, fingiera alabar su fuerza o cualquier otra cosa que pudiese intentar, nada de esto tendría efecto en contra de los asesinos que habían atacado su poblado. Aunque, quizá ni sería necesario que alguno de aquellos hombres le matara. Después de todo, si los bandidos no le encontraban y asesinaban, el hambre y la tormenta se encargarían de hacerlo.
Conteniendo el nudo en su garganta y los temblores que atacaban su pequeño cuerpo, siguió caminando en busca de un refugio. Pero a medida que los minutos pasaban y no hallaba el más mínimo rastro de ello, el terror empezó a inundarle.
¿Acaso iba a morir congelado y hambriento en aquel lugar? ¿Había sobrevivido todo este tiempo a que sus padres hubiesen muerto, a la soledad y a la crueldad inicial del mundo solo para morir así?
De repente, en medio de su angustia, divisó a algunos metros de él lo que parecía ser una cueva y sus ojos se mostraron dolorosamente esperanzados. Y con paso que intentaba ser presuroso, pero que se tornaba un tanto difícil debido a la gruesa capa de nieve que cubría el suelo, buscó apresurarse a llegar hasta allí.
Tras algo de esfuerzo finalmente logró llegar a la cueva y cuando lo hizo, un trémulo suspiro de alivio brotó de él. Aunque aún no se sentía del todo aliviado.
Congelado hasta los huesos, exhausto y resignado a permanecer hambriento, se acercó a un rincón de la cueva donde se acurrucó, tiritando de forma inevitable mientras escuchaba el funesto ruido de la tormenta que provenía del exterior. Sus dientes castañearon y se abrazó a sí mismo observando a su alrededor, lamentando la ausencia de medios para encender algún fuego.
Cerró los ojos suplicando que aquella tormenta pasase pronto para poder abandonar aquel lugar. A pesar de que ya no tuviese ni supiese a dónde ir, mientras pudiese sobrevivir estaría bien.
Sin embargo estos pensamientos quedaron de lado cuando repentinamente un pequeño gruñido le sobresaltó.
Sus manos se aferraron a su ropa de forma temerosa mientras escrutaba el lugar en busca del origen del sonido sin lograr ver nada, haciéndole pensar que quizá lo había imaginado. Mas un nuevo gruñido le hizo saber que en definitiva no se trataba en absoluto de su imaginación. Algo estaba en esa cueva junto a él.
Alarmado se levantó de golpe. Tragó saliva intentando calmarse, aunque el temblor en su cuerpo; que esta vez no era por el frío, denotaba que no lo estaba logrando. Aun así, se esforzó por descubrir el origen de los gruñidos aunque en cualquier otra ocasión hubiese corrido por su vida, sin importar si pareciera un cobarde o no. Después de todo, había visto en numerosas ocasiones cómo los valientes no terminaban del todo bien. Y prueba de ello eran los aldeanos que abandonaron sus hogares en pos de la guerra y de riquezas solo para que llegase el anuncio de sus muertes. Pero en aquellos momentos Shang Quinghua estaba completamente agotado, sin contar que en el exterior una probable muerte le esperaba a manos de la tormenta. Así que, reuniendo todo el valor que pudo conseguir —que en aquellos instantes no era mucho— dio un par de pasos vacilantes hacia donde creía que provenía el sonido: una pequeña formación rocosa en uno de los laterales de la cueva. Y al llegar allí, lo que vio fue algo que jamás habría esperado.
En el centro de aquellas rocas yacía un pequeño dragón; una cría de dragón en realidad. Este no era más grande que un perro pequeño, y tenía azulinas escamas que emitían un resplandor irreal y sus ojos refulgían en un azul intenso.
Su boca se abrió incrédula ante la visión.
Era un dragón. ¡Un dragón de hielo!
Había oído de ellos por las historias de los ancianos. Eran criaturas que reinaban en las heladas tierras del Norte. Pero, ¿esto quería decir que él se encontraba en territorio de dragones?
¡Había terminado accidentalmente en las tierras del Norte! Y esto quería decir que sería devorado por un dragón.
Un incipiente pánico empezó a apoderarse de él, mas en medio de todo esto pudo percatarse de algo con respecto al pequeño dragón: este se hallaba herido.
Aquel dragón le contemplaba con algo parecido al recelo y su cuerpo se hallaba en tensión, predispuesto a atacar mientras gruñía. Pero a pesar de ello, toda aquella actitud parecía desviar la atención de la herida que se extendía desde el final del costado de la pequeña criatura hasta una de sus patas.
Al ver esto cierta pena le inundó. Nunca le habían gustado los animales demasiado —aunque no sabía si un dragón podría contar como un «animal» en todo caso—, pero esto no significaba que les odiara. Y en esta ocasión al ver aquel pequeño dragón que con aquella actitud solo parecía buscar defenderse, sentir pena le fue inevitable. Sin embargo, aquella criatura se veía como si le atacaría apenas se acercase por lo que él no podía hacer nada.
Tragando saliva, se alejó un par de pasos del dragón buscando que este no se agitara por sus movimientos.
—Tranquilo. No voy a hacerte daño. Así que, por favor, tú tampoco lo hagas... ni me comas —dijo con suavidad y un dejo de temor que aún se mantenía presente. No estaba del todo seguro si aquel dragón podría comerle, este seguía siendo un dragón y por lo tanto algo peligroso—. Solo estoy aquí para esconderme. Afuera hay una tormenta muy fuerte —aclaró regresando con cautela a su lugar inicial y sentándose allí.
El dragón le observó desconfiado pero tras ver que Shang Quinghua no parecía dar señales de querer moverse de su posición, se relajó un ápice. Aunque durante el par de horas que siguieron permaneció alerta.
Por su parte, Shang Quinghua también permaneció con cierta tensión. Después de todo, estaba en una cueva junto a un dragón que por más pequeño que se viera, quizá podría atacarle e incluso tal vez comerle. Por esto permaneció silencioso como nunca solía estar; escuchando solamente el sonido de la tormenta hasta que unos nuevos gruñidos le sobresaltaron. Solo que estos eran un tanto diferentes.
Inevitablemente intrigado se levantó con parsimonia, acercándose con pasos cautelosos hacia el lugar donde se hallaba el dragón, percatándose de cómo este ahora se hallaba acurrucado agitándose de dolor. La herida de la criatura ahora se había tornado más visible y rojiza.
Aquel pequeño dragón parecía estar sufriendo.
El dragón se dio cuenta de la presencia de Shang Quinghua e intentó incorporarse de inmediato, gruñendo con amenaza sin lograr hacerlo. El dragón cayó profiriendo quejidos y gruñidos, observando al pequeño con advertencia a pesar de su sufrimiento.
Shang Quinghua sintió pesar agitarse en él ante el dolor del dragón. Y antes de que pudiese pensar realmente en lo que estaba haciendo realmente, extendió su mano hacia la criatura la cual gruñó agitando su cola cual gato molesto. Y el pensar en ello fue una comparación que encontró un tanto graciosa a pesar de la situación.
—Tranquilo. Solo quiero ayudarte —dijo con suavidad y cierto nerviosismo ante la mirada recelosa de la criatura—. No podría hacerte daño. Yo solo soy un pequeño y débil humano que no sabe nada bien. Y tú sigues siendo un dragón. Yo soy quien debería tener miedo de que pudieras comerme en cualquier momento.
Los ojos de la pequeña criatura se entrecerraron en un gesto pensativo demasiado humano para ser de un dragón. Y al final permitió que Shang Quinghua le tocara, aunque siempre manteniendo su cuerpo en tensión.
Los labios del pequeño se curvaron en un ademán expectante y complacido cuando su mano finalmente tocó a la criatura. Las escamas se sentían gélidas y el pequeño cuerpo yacía tenso bajo su toque.
Lentamente para no asustar al dragón, rasgó un pedazo de su túnica la cual usó para comenzar a vendar lo mejor que pudo la herida del dragón; aún cuando él esperó que el dragón no lo permitiera. Sin embargo para su sorpresa este lo hizo, e inclusive comenzó a relajarse gradualmente ante su toque, mas sin dejar contemplarle nunca con cierto recelo como si entendiera las intenciones de Shang Quinghua pero jamás dejara de evaluarle.
Esto solo hizo que una tenue sonrisa adornara su rostro mientras se dejaba llevar por la absurda fantasía de que quizá había conseguido un dragón que por agradecimiento le cuidara y defendiera. Porque con un dragón como su «mascota» nadie se atrevería a molestarle. Y con aquella fantasía infantil, cayó desvanecido por el cansancio luego de finalmente terminar de curar las heridas del dragón.
Cuando Shang Quinghua despertó de lo primero que se percató fue de una forma fría que yacía a su lado. Y sorpresa le inundó al ver de que se trataba del dragón quien no había regresado a su lugar, sino que había permanecido junto a él.
Con curiosidad observó a la pequeña criatura notando que parecía encontrarse mucho mejor lo cual le hizo sentir un tanto satisfecho. Mas el sonido de su estómago hambriento le hizo esbozar una ínfima mueca al ver que la tormenta aún se mantenía a pesar de que había amainado un poco. Si quería buscar alimento debía esperar un poco más, ¿pero por cuánto tiempo más?
De repente, escuchó gruesas voces que se acercaban, adentrándose en la cueva. Inmediatamente se incorporó asustado y se refugió tras unas rocas, no sin antes tomar al pequeño dragón quien profirió un gruñido de molestia al ser despertado y tomado de aquella manera. Aunque quizá fue la expresión de Shang Quinghua o las voces de los hombres, pero al final el dragón permaneció en silencio y alerta entre los brazos del pequeño.
—Esa maldita tormenta. ¡Te dije que si tomábamos ese camino nos íbamos a desviar! —gruñó con exasperación una de las voces.
—¡Cállate! Al menos ya no estamos atrapados en esa jodida tormenta —replicó otro hombre.
—Sí. Pero si no regresamos pronto los demás nos dejarán atrás. ¡Y se llevarán nuestra parte de lo que pudimos sacar de esa miserable aldea!
Al escuchar esto último un temblor incontrolable se apoderó de Shang Quinghua al comprender de lo que hablaban aquellos hombres. Estos eran los bandidos que habían atacado su poblado.
Aterrorizado, se aferró inconscientemente al dragón entre sus brazos quien inesperadamente no se quejó, sino que le contempló con cierta curiosidad para luego enfocar su mirada hacia el lugar de donde provenían las voces.
Tras unos momentos aquellos hombres por fin entraron completamente a la cueva. El rostro de Shang Quinghua se llenó de terror al observar a un trío de fornidos y atemorizantes bandidos quienes empezaron a registrar el lugar, profiriendo maldiciones al no hallar nada para hacer fuego y por la tormenta que aún persistía.
El miedo y los temblores aumentaron en él a medida que los hombres se acercaban hacia donde él se encontraba. Y debido a su propio temor pisó sin querer una pequeña roca, resbalando y cayendo con un ruido sordo, soltando el dragón mientras su espalda golpeaba contra el gélido y duro suelo.
Dejó escapar un quejido cerrando los ojos y para cuando volvió a abrirlos, el horror le paralizó al ver que aquellos hombres ahora se encontraban frente a él.
—Pero miren qué tenemos aquí. Es un niño —dijo uno de los hombres con sorna mientras que Shang Quinghua temblaba aterrado. Sus labios se movían siendo incapaz de pronunciar palabra a la vez que las lágrimas se acumulaban en sus ojos al escuchar a los hombres reír.
Tenía miedo. No quería morir igual que los demás aldeanos. Sin embargo, de forma inesperada el pequeño dragón se interpuso entre los bandidos y él gruñendo con amenaza.
Los hombres saltaron hacia atrás contemplando a la criatura con incredulidad y temor.
—¡¿Un dragón?! Pero... si es solo uno pequeño...
—Y está herido. ¿Cuánto crees que nos den por un dragón vivo?
—No. Mejor quizás podamos conservarlo y usar sus escamas. Dicen que tienen poderes...
A medida que los segundos transcurrieron el temor inicial de los hombres pareció desvanecerse siendo suplantado por la codicia y la crueldad. Y él solo pudo permanecer petrificado, escuchando cómo aquellos sujetos planeaban matarle y hacerle horribles cosas al pequeño dragón el cual a pesar de estar herido seguía gruñendo intentando defenderle, mientras que él solo temblaba como un cobarde. Como un pequeño y débil cobarde.
Uno de los bandidos dio un paso adelante y apenas lo hizo, el dragón escupió una flama de un luminoso azul blanquecino la cual congeló el brazo del hombre. El bandido gritó y maldijo, y acto seguido, los otros intentaron abalanzarse sobre el dragón cuando de repente un poderoso rugido resonó en el aire.
Atemorizados e incrédulos, Shang Quinghua y los bandidos observaron como una flama similar a la escupida por el pequeño dragón aunque mucho más poderosa, arrasaba con un fuego gélido el techo de la cueva.
Los ojos de chiquillo se abrieron desmesuradamente al contemplar a un inmenso dragón de escamas azul verdoso volando sobre sus cabezas. Y cuando la mirada iracunda del dragón se posó sobre ellos y el indicio de una nueva flama brotó de las fauces de aquella criatura, todo alrededor de Shang Quinghua se desvaneció mientras escuchaba un último gruñido conocido muy cerca de él.
La siguiente vez que Shang Quinghua despertó lo hizo muy lentamente. Los recuerdos del horror acontecido le golpearon, haciéndole mirar temeroso a su alrededor creyéndose muerto. Sin embargo, desconcierto le inundó al no hallar a su alrededor nada más que un bosque frondoso, lleno de verdes árboles sobre el cual un cálido sol se alzaba.
Nada de nieve, tormenta, bandidos o dragones.
Confundido se incorporó, viendo a lo lejos un rastro de humo que se alzaba a los cielos, indicio quizá de una aldea. Una aldea significaba personas y alimento, y que estaba salvado.
¿Pero cómo? ¿Qué había sucedido realmente? ¿Acaso todo había sido un sueño o una alucinación?
Sin comprender nada, pero aliviado de hallarse a salvo, el chiquillo comenzó a caminar en dirección de lo que creía debía ser la aldea cuando un leve dolor alrededor de su tobillo izquierdo le paralizó.
Detuvo su paso descubriendo su tobillo para ver de qué se trataba y al hacerlo, su ceño se frunció ligeramente. Alrededor de su tobillo una especie de línea azulina conformas intrincadas se extendía y mientras la observaba, aquello pareció refulgir mas enseguida aquel brillo desapareció de golpe, haciéndole preguntarse si quizá lo había imaginado.
Con cuidado tocó aquellas formas descubriendo que ya no dolían. Y ahora que las detallaba mejor esas parecían en realidad una especie de marca o tatuaje de alguna tribu. Sin embargo, no comprendía cómo había obtenido aquello llegado hasta allí, ni mucho menos qué había ocurrido en realidad. Mas esto sería algo que no descubriría hasta muchos años después.
En aquel momento, Shang Quinghua simplemente decidió dejar eso de lado enfocándose en encontrar la aldea, sintiéndose inmensamente agradecido de seguir con vida. Porque inclusive alguien como él quien no tenía nada para ofrecer al mundo, merecía sobrevivir.
