HETALIA ES UN MANGA DE HIDEKAZ HIMARUYA


1789


Sospecharon que algo se aproximaba, pero trataron de seguir con sus vidas, ocultándolo bajo la alfombra. Versalles siguió celebrando la vida, evitando pensar siquiera en lo que tenía lugar tras los muros, en el mundo exterior.

Pero Francia era un recordatorio constante que hacía fútiles sus esfuerzos. La otrora locuaz y jovial nación comenzaba a mostrar una actitud muy huraña últimamente. No amenizaba los banquetes con sus anécdotas interesantes, ni jugaba con los niños de la corte, ni iba de caza. Francia estaba rechazando todas los placeres terrenales y rumiaba día y noche algún pensamiento grave y obsesivo. A veces dirigía una mirada a las personas que lo rodeaban con una expresión que oscilaba entre el desprecio y el hastío. Incluso rechazó a las mujeres que se le ofrecían para satisfacer sus 'necesidades naturales', algo que preocupó a Luis XVI. Parecía que todo lo que quería Francia era estar a solas...o quizás prefería estar solo a su compañía.

El día en que llegaron noticias de que un grupo de revolucionarios había capturado la prisión estatal de La Bastilla, y todo lo que hizo Francia en todo el día fue permanecer junto a las puertas de palacio, el rey comprendió que Francia sabía qué estaba ocurriendo a un nivel más profundo de lo que cualquiera habría podido sospechar. Era el día catorce de julio.


1791


Como una marabunta, aquellos individuos no pudieron ser ignorados durante mucho tiempo más, y como tal su influencia se extendió por todo el país. La familia real fue forzada a mudarse a París, a las Tullerías.

Las 'hormigas' eran aquellos que no aceptaron la negativa del rey y el resto de los miembros de las Estados Generales. Campesinos. Comerciantes. Burgueses. Sus cabezas estaban llenas de ideas absurdas, como Luis XVI pudo comprobar cuando, presionado por todas aquellas protestas, fue forzado a convocar a la Asamblea Constituyente, en la cual estaban representados los tres estamentos. ¡Una infinidad de derechos, incluyendo esa Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, que implicaban destruir lo que ya existía! ¡No más señores y vasallos! ¡No más censura! ¡Incluso pedían un nuevo calendario, para no seguir la imposición de la Iglesia!

Y Francia se convertiría en el soberano del territorio, no él. Él no era más que el guardián de aquél a quien realmente pertenecía el poder.

Muchos en la corte le aconsejaron ceder a una reforma de la monarquía para aplacar los ánimos. Darle a la gente lo que quería. Sabían que tenía una carga pesada sobre sus hombros, todos los problemas heredados del reinado de su abuelo, pero...Al hacerlo se convertiría en 'el rey de los franceses'. Dejaría de ser el rey de Francia. Un cambio sutil pero importante. Porque se convertiría en súbdito de Francia y su gente.

— ¿Es esto lo que querías, Francia? ¿Deseaste que los villanos tomaran el poder?—quizás el tono de Luis no fuera muy agradable, pero no iba a fingir que estaba contento.

Francia había sido sacado de palacio por los rebeldes para que cumpliera la misión para la que había nacido. Pero la nación misma pidió quedarse con la familia, tal y como había sido desde hacía siglos. Tenía que estar con ellos, después ver la forma en que eran tratados. Obligados a vivir en un lugar tan pequeño, lejos de la paz y el silencio de Versalles, en una ciudad ruidosa, custodiados por soldados que parecían estarlos vigilando, más que protegiendo, sin poder ir de caza ni a misa porque siempre había una multitud lista para insultar a la familia entera...

— Tu silencio es elocuente...—murmuró el rey.

— No podrías entender, lo que siento, de lo que estoy hecho...—respondió al fin Francia, aún evitando mirarlo—. Por favor, no pienses que soy un ingrato. Nunca quise que tú o tu familia sufrierais ningún daño. Pero...Día tras día he tenido que sentir el sufrimiento de mi gente, su hambre, su preocupación...Sé que hiciste cuanto pudiste...Pero no fue suficiente...Es hora de que cambien las cosas.

Luis XVI se lo quedó mirando durante largo rato antes de responder.

— Si deseas un cambio, te daré cambio. Lo prometo.

Francia quería creerlo. No podía sospechar que Luis había estado intercambiando correspondencia con varios monarcas y naciones extranjeros. La nación se enteró la noche en que sus criados lo despertaron de noche y le pidieron que se vistiera: partían hacia los dominios de Austria, donde de seguro la familia de la reina les daría protección y detendrían esta locura.


La huida fue descubierta alrededor de las ocho de la mañana, seis horas después de la partida. Primero se creyó que al rey lo habían secuestrado los contra-revolucionarios, pero se descubrió una nota de su puño y letra en la cual explicaba las razones de su huida, y por tanto se emitió la orden de que todo aquel que intentara abandonar el reino debía ser detenido.

La familia, que fingía ser una baronesa rusa y su séquito, fue reconocida en Varennes y devuelta a París. En el camino de vuelta, un hombre escupió al rey a la cara y otros tantos trataron de matarlo. Él no era el hombre cuyo poder provenía directamente del mismo Dios, sino un borracho y un individuo sediento de poder que había tenido las agallas de secuestrar a la nación. Francia fue separado de la familia y dado lo que se merecía.


Pronto, el rey juró la constitución creada por la Asamblea, en la que aceptaba que la monarquía se viera limitada por una serie de derechos que todos los ciudadanos compartían.

— Claramente, sólo lo hace para salvar el pellejo.

Maximilien de Robespierre volvió sus ojos claros hacia Francia, con una mano en su chaqueta.

— Viviste con él. Seguro que no te sorprende.

Francia asintió.

— Siglos atrás sus ancestros juraron protegerme. Todas las naciones tienen a alguien que cuida de ellas, una familia. Pero por el mero hecho de que vivamos con ellos y confiemos en ellos se toman demasiadas libertades y no ha sido diferente en su caso. Luis, su familia, cree que Dios quiere que tenga control absoluto de mi destino. Como si fuera un niño que no puede tomar decisiones por sí mismo...—suspiró suavemente—. Sé que cometí un error. Él, su padre, su padre, antes de él, me mantuvieron alejado de mi gente. Si hubiera estado más cerca de vosotros...

— No es tu culpa. Has sido un prisionero todo este tiempo, un pájaro en una jaula de oro. Pero ahora eres libre y confiamos en ti para que nos guíes a la luz. Este es el principio de una nueva era.

— He oído algunas de vuestras ideas. Educación para todos los niños, sin importar el origen, elecciones universales...—Francia no pudo evitar sonreír al pensar en todo lo que había estado oyendo...¡y lo que tenía en mente!

— Y eso es sólo el principio. No habrá más esclavitud, no más clases: nos trataremos únicamente de tú a tú. Ya que el cristianismo ha apoyado este régimen opresor, deberá pagar por ello. Las artes hablarán sobre tus hazañas, y menos sobre esos artificios vacíos con los que se distraía la aristocracia.

La sonrisa de Francia se desvaneció un poco.

— ...Pero ¿cuál será el rol del rey en esta nueva era?—murmuró.

Robespierre tomó un par de pasos hacia él, para hablarle cerca.

— Ha tratado de secuestrarte. De mantenerte alejado de nosotros. Seguramente sepas acerca de los billetes que ha estado intercambiando con Austria y Prusia. Ha estado pidiendo a países extranjeros que intervengan y nos aplasten. Mira a tu alrededor. Mira los cambios que estamos llevando a cabo. ¿Durante cuánto tiempo has estado esperando algo así?

— Mucho tiempo...

— ¿Y vas a dejar que vengan y lo destruyan, para satisfacer la sed de poder de un hombre que quiere subyugarte?

— ...

— Ha estado conspirando contra ti. Dice que lo ha hecho por ti, pero él sólo pensaba en sus privilegios. En el país que estamos construyendo juntos nadie está por encima del resto.

— Pero la sentencia por tal acto de traición es...

— Sí. Pero a veces uno debe ser duro por el bien común. ¿Qué es una vida para millones?

Francia cerró los ojos. Robespierre posó su mano sobre su hombro.

— Comprendo que te sientas ligado a esa familia. Por ello, haré todo lo posible para que no te veas involucrado. Déjalo a la Convención.

— ...Muy bien...Haced lo que debáis. La Revolución lo merece—Francia volvió los ojos hacia Robespierre y asintió.

De modo que, un año después, con el consentimiento de Francia, Luis fue juzgado por la Convención. Despojado de su poder después de la abolición de la monarquía y teniendo en cuenta las pruebas de su conspiración contra la nación, fue acusado de traición y sentenciado a morir, con seiscientos noventa y un votos a favor, trece abstenciones y nadie en contra.


1793


Tras decir adiós a su esposa e hijos y prepararse para conocer a su Creador, el 'Ciudadano Capeto' se presentó ante una multitud, repleta de lanzas y bayonetas. Rechazó con escándalo ser atado, pero finalmente se le convenció («tu último sacrificio»). Su coleta fue cortada y se le arremangó el cuello de la camisa para revelar el cuello.

Sus ojos se encontraron con los de Francia, e intentó decir algo, pero el redoblar de los tambores hizo que fuera imposible oír nada. Aun así, a él le llegarían algunas palabras.

— ¡...y rezo a Dios para que la sangre que ahora van a derramar nunca caiga sobre Francia!

Francia contempló cómo el hombre al que había visto nacer, crecer, con el cual había compartido tanto, era colocado en la guillotina. Exactamente a las diez y veintidós minutos de la mañana, la hoja cayó y la nación sintió un escalofrío al ver caer la cabeza dentro de la cesta.

Uno de los jóvenes ayudantes del verdugo la agarró del pelo y la mostró al público.

— ¡Larga vida a la nación! ¡Larga vida a la República!

Los cañones dispararon una salva que se pudo oír desde la prisión donde se encontraba la familia real.


Muchas naciones tenían monarcas a su lado, y no les gustaron las ideas iconoclastas que Francia había aceptado y promovido. Creían que había perdido el juicio, apoyando la destrucción del tejido de la sociedad. Al principio, se había visto obligado a declarar la guerra a Austria debido a todos aquellos nobles suyos que trataban de detener la revolución y, je, sí, permitir que ejecutaran a su princesa, pero ahora parecía que tenía a toda Europa en su contra. España, Romano, Holanda, Prusia, incluso Inglaterra, que en un principio había apoyado a la Asamblea, lo veían como una especie de monstruo que debían combatir antes de que exportara sus ideas venenosas al mundo. Tenía pocos partidarios: Noruega, Dinamarca, Lituania, Polonia...Pero sentía que todos estaban en su contra. Estaba solo. Y no sabía en quién podía confiar...


Era el turno de María Antonieta de ser castigada por traicionar a Francia y derrochar una cantidad indecente de dinero en sus caprichos personales. Nueve meses después de la ejecución de su esposo, fue llevada al cadalso, como la sombra de sí misma. El miedo había encanecido sus cabellos. Fue recibida por un gentío que la abucheó e insultó a su llegada. Pisó al verdugo y ella murmuró: «Os pido que me excuséis, señor. No lo he hecho a propósito...»

Pareció buscar a Francia entre la multitud, pero no lo encontró antes de ser colocada.

Las doce y cuarto. La guillotina reclamó la cabeza de La Austriaca, con la cual Francia había asistido muy a menudo a obras teatrales, había bailado, jugado a las cartas, comido, charlado hasta tarde.

Su cabeza fue mostrada a la multitud silenciosa.

— ¡Larga vida a la República!

Francia trató de no sentir nada. Se lo tenían merecido, ¿no? Habían tratado de salvar su propio pellejo. Sólo habían pensado en sí mismos, nunca habían tenido consideración por él o su gente. Ignoraron su dolor...que era también de él. No querían su felicidad, tan sólo conservar su poder.

Eso fue lo que se repitió a sí mismo una y otra vez. Ellos se lo buscaron. Se lo buscaron. Se lo buscaron...

Igual que su marido, la joven y cándida reina fue llevada al cementerio de la Magdalena, donde fue enterrada en una fosa común rellena de cal viva, con la cabeza a los pies.


Sí, toda Europa estaba contra él, y Austria y Prusia hacían todo lo posible para perjudicarlo. Incluso recurriendo a los trucos más sucios...los espías.

¡Su propia gente! ¡Conspirando contra él! ¡Pagados por esos cerdos para revelar información y herirlo desde dentro! Muchos eran parte del clero y nobles que querían recuperar sus viejos privilegios. Francia vería llegar a muchos a la Plaza de la Revolución para conocer a la guillotina. Todos rezaron en silencio antes de que les llegara la hora.

Eran demasiados. El terrible artefacto no dejaba de funcionar. Cortaba cabezas tan a menudo que la plaza entera comenzó a oler de forma nauseabunda y había sangre por todas partes, por mucho que trataran darle un lavado.

Eran demasiados y no todos eran de las clases altas. Francia vio cada vez más y más ciudadanos corrientes entre los ejecutados. Gente a la que había conocido personalmente. Olympe de Gouges, que escribió la interesante Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana; Madame du Barry, amante del padre de Luis; Claude Fauchet, quien siempre había soñado con un estado democrático; Luis Felipe, Duque de Orleans, primo de Luis, que votó contra su pariente y a favor de limitar la monarquía...A veces se ejecutaba a una docena de personas de una sentada.

El día en que Francia tuvo que ver cómo una jovencita era conducida a los brazos de Madame Guillotina, nada más que una pobre costurera de dieciséis años, y su cabeza fue presentada a la gente que ya no miraba en silencio sino que bailaba y desataba sus instintos más bajos, comenzó a pensar que no podría soportar asistir a más ejecuciones.

— Comprendo que no sea agradable de ver...—le dijo Robespierre cuando lo admitió delante de él—. Pero estos actos sangrientos son necesarios, sirven para mandar un mensaje...

— Son mi gente...

— No, no lo son. Todos ellos han sido acusados de conspirar contra ti. Son aliados de Austria y Prusia, y de todos aquellos que quieren destruirte y devolverte a los viejos tiempos oscuros. No debería preocuparte su destino. No son parte de ti. Son la enfermedad que estamos tratando de purgar de tu cuerpo.

Era la prioridad de la Convención: proteger a Francia, deshacerse de sus enemigos, dentro y fuera. Pronto, entre las leyes y decretos que tuvo que firmar, encontró dos que llamaron su atención. Una era la supresión del derecho a un juicio público. El otro, la supresión del derecho a la defensa.

Pero ¿qué podía hacer sino firmar? Estaba cansado. La guerra contra Europa lo estaba dejando tan, tan cansado que apenas podía pensar; y el desarrollo de un nuevo estilo de vida también requería su atención constante. Debía posar para pinturas triunfales, asistía a obras de teatro que hablaban de su gloria presente y futura. Todo lo que caía en sus manos era firmado sin pensar.

Probablemente fuera por su propio bien.

Si se sentía tan mal, pensó, sería porque estaba sanando. A veces la medicina era difícil de tragar, pero tenía grandes beneficios.

De este modo, con juicios aún más rápidos que acababan en ejecución la mayor parte del tiempo, rodaron más cabezas.

El día en que recibió noticias de La Vendée, no pudo seguir ignorando el dolor.


La Vendée seguía considerándose católica y monárquica, a pesar del rechazo de Francia a toda religión y monarca. La Convención pretendía reclutar hombres por todo el país para combatir por Francia, pero esos campesinos no querían dar la vida por un régimen sangriento y, armados con sus aperos de labranza, lucharon contra el ejército. Pronto, su causa atrajo a todos los contrarios a la Revolución y tuvieron varias victorias notables.

La Convención trató de ocultarlo todo a Francia, pero él lo sabía. A veces sabía cosas sin que nadie se las contara. Comenzaba a sentir náuseas y no se debía a las heridas de guerra, sino a algo en su interior. Su gente volviéndose los unos contra los otros. Suave al principio, luego difícil de soportar.

— No temas, Francia—no mucho tiempo atrás, nadie habría hablado a la nación de aquella forma, con ese tono, pero muchas cosas habían cambiado. Robespierre no estaba ante un superior, sino un camarada. Eran todos iguales—. Todo está bajo control.

La forma que tuvieron las legiones revolucionarias de controlarlo fue aplastar toda oposición. La expansión de las fuerzas contra-revolucionarias hacia el norte fracasó, Inglaterra no llegó a acudir en su ayuda, como prometió. La Vendée, todo aquel que se había opuesto a la gloriosa Revolución, fue arrasada como castigo.

Todos aquellos pueblos en llamas, todas las vidas perdidas, pesaron tanto al corazón de Francia que no lo pudo soportar, así que se dirigió a la Convención.


1794


— ¡Tienen que detenerlo! ¡No puedo seguir viviendo así! ¡Estánmasacrando a mi propia gente! ¡Todo en nombre de la Revolución! ¡Ninguna revolución vale tanta sangre! ¡Sé que tratan de protegerme, pero no puedo dejar que hagan esto!

Sus palabras fueron recibidas con un largo silencio. Los miembros de la asamblea intercambiaron miradas, a veces murmuraron al oído de sus compañeros. Las miradas que recibió Francia no eran muy halagüeñas. En realidad...lo volvió a sentir. Esa sensación que no era capaz de describir. Lo que sus ciudadanos sentían al ser juzgados por aquellos hombres.

— De modo que...—habló un hombre con anteojos—. ¿Así es como agradeces la sangre que tantos han derramado por ti?

— No, no lo entiende—Francia sacudió la cabeza—. Los tendré siempre en mi corazón. Quiero asegurarme de que su sacrificio no es en vano. Pero también se está derramando sangre inocente y no puedo consentir...

— ¿Inocente?—bramó otro hombre—. ¿Dices que esos traidores eran inocentes?

— Sólo digo que hay pocas pruebas de que...

— Caballeros—Robespierre se puso en pie y puso orden en la agitada asamblea—. Creo que el asunto está claro ahora. Es evidente que hemos cometido un error. Por supuesto, la nación francesa está contra la Revolución, porque ha sido expuesta durante siglos a ideas perniciosas. Por mucho que tenga ideas de libertad, igualdad y fraternidad, se aferrará a sus viejas costumbres. Creo...que no podemos permitirlo.

— ¿Qué...? ¿Qué insi...?

— Nos hemos deshecho de la monarquía, del clero y la aristocracia, pero hemos pasado por alto algo importante—continuó Robespierre—. La misma nación. Es hora de crear algo nuevo, algo no contaminado por el pasado. Si la nación, aquí presente, no puede mirar al futuro, quizás sea hora de...crear una nueva, una acorde con el nuevo estado.

— Estáis sugiriendo...—murmuró Francia.

— ¡Tú nunca has movido un dedo para liberarnos y mejorar nuestras vidas!—un hombre lo apuntó con el dedo—. ¡Vivías en Versalles rodeado de lujo mientras tu gente vivía en la miseria y la injusticia! ¡Nunca alzaste la voz ni hiciste nada para poner fin a los abusos del rey! ¡Eres tan culpable como los Capetos!

— ¡Cortadle la cabeza!—hizo eco en la cámara.

— ¡Hacedle pagar!

— ¡Muerte a la vieja Francia!

Francia quiso moverse, pero un par de guardas lo agarró antes de que pudiera dar un solo paso.


No era el único que tenía miedo. Podía sentirlo dentro. A su alrededor, entre el público, algunas personas estaban asustadas, al ver a la nación siendo conducida a la guillotina. Pero nadie iba a alzar la voz en su favor. Aquello habría sido un suicidio. Harían lo que llevaban haciendo desde que comenzó la Revolución: permanecer callada y limitarse a mirar.

En el pasado, el cuerpo de Francia había sufrido daño que habría resultado fatal en mortales. La guerra había dañado su carne, y ésta pronto se había recuperado. Pero aun así...Sintió que este era el fin.

Era así como morían las naciones, ¿no es cierto? En manos de su propia gente...

Un gentío furioso y sediento de sangre, formado por personas con las que había alternado en el pasado, incluso amado. Tantas caras conocidas. Había condecorado a muchos de los generales y tenientes presentes. Ahí estaban para contemplar su muerte y el nacimiento de alguien mejor, más grande, lo que habían esperado que fuera él.

Miró la guillotina con el miedo apoderándose de su corazón. Tuvieron que empujarlo hacia ella. Ahora que la veía de cerca, parecía incluso más horripilante. Comprendió por qué algunos se desmayaban al ser presentados ante ella.

¿Era así como terminaba todo?

Cerró firmemente los ojos. «Mon Dieu!»

Entonces, Madame Guillotina lo besó.

El doctor Guillotin la creó para asegurar que la muerte fuera fugaz y sin dolor. Solo un ¡swiss! y todo habría acabado. Sin sufrimiento. Sin dolor causado por verdugos incompetentes. Pero Francia lo sintió todo.

— ¡Oh, oh! ¡Miradla!

— ¡Se sigue moviendo!

— ¡Su boca! ¡Está intentando hablar!

— Que me aspen, ¿es eso normal?

Incluso el verdugo se sintió sobrecogido al ver los ojos de Francia girando para tratar de mirarlo.


Lo que le hicieron, adónde lo llevaron, no lo sabía. La vista de Francia se nubló, su cabeza le daba vueltas...Sólo estaba seguro de que no lo habían enterrado. Podía distinguir luz y oscuridad, quizás alguna silueta que se acercaba, voces que hablaban con eco, haciendo comentarios sobre lo 'monstruoso' que era algo. Durante todo este tiempo, sintió que podía mover los dedos de las manos y los pies, los párpados, pero no podía ponerse en pie ni hacer nada. Todo lo que podía hacer era desear ser como todos los demás y morir.

De pronto, sintió unas manos en su piel, agarrándolo de la cabeza. Luego sintió algo similar en su cuerpo. Y poco después algo le pinchó en el cuello.

Cuando quiso darse cuenta, estaba en brazos de un hombre que, en silencio, con expresión de concentración y un poco de congoja, le estaba cosiendo la cabeza a su sitio.

Francia se quejó y el hombre le susurró.

— No se mueva. Todo va bien—le dijo con voz apaciguadora. Y siguió con su tarea—. No debéis de sentiros muy bien, Su Grandeza. La Convención Nacional os ha fallado sin duda. Lo que os hizo...fue una abominación. Reemplazaros por otra nación...¡Ha muerto mucha gente por vos, sólo por vos! Todo el mundo tenía miedo de denunciar los abusos de Robespierre, pero vuestro sacrificio nos inspiró. Nuestro ejército ha ganado. Austria ha sido derrotado. Ya no hay enemigos a los que buscar. No hay necesidad de ser tan estrictos. Ese hombre era un dictador, eso es lo que era. Usándoos para conseguir el poder y luego hacer que os ejecutaran...Por supuesto, no podíamos permitir que ocurriera tal cosa. Fue peor que lo que hicieron los reyes. No tema. Su reinado de terror ha concluido. Ahora es su cabeza la que rueda. Es de agradecer que estéis hecho de algo diferente, os recuperaréis pronto...¿Os molesto, señor? Quizás no estéis en condiciones de oír todo esto...

— No, yo...—murmuró Francia, apenas audible.

— Guardad vuestro aliento. Vuestra garganta debe de estar seca. Dejaremos que cure la cicatriz, y entonces os daremos de comer y de beber. Os merecéis un largo descanso después de esto...

El hombre cortó el hilo con los dientes y luego tocó con cuidado la costura.

— ¿Cómo se siente Vuestra Grandeza?

— ...Bien...—Francia trató de ponerse en pie, pero se sentía demasiado débil. Aun así, quizás porque la sangre volvía a circular por su cuerpo de nuevo, su condición en general mejoró poco a poco. Al menos ahora podía ver los rasgos del hombre en cuyos brazos se encontraba. No los olvidaría mientras viviera. Una vez se recuperara de la decapitación y las nauseas provocadas por problemas internos, lo buscaría y lo haría a él, a él en concreto, su mano derecha durante la invasión de Egipto, en una campaña para atacar a Inglaterra cortando su ruta comercial con India. Su nombre era Napoleón Bonaparte.


Los miembros de la Convención Nacional que estaban enfrente de él estaban tan avergonzados que no podían soportar mirarlo a la cara. O al cuello. Francia había cubierto la herida con un pañuelo, pero era éste tan colorido, de un rojo brillante, que era imposible no mirarlo y pensar en el tajo sangrante.

— Robespierre era un tirano. Si hubiéramos hablado en su favor, nos habría acusado de ir contra la Revolución...

— Pero sin vos, la Revolución no tiene sentido. Es ridículo.

— Todo lo que hicimos fue por vos...Todo nuestro sacrificio, toda la sangre derramada fue por vos...

Toda la sangre derramada fue por él...Todas esas cabezas cortadas, todas las lágrimas derramadas, el miedo...

Fue el turno de Francia de estremecerse, mientras trataba de esbozar una sonrisa gentil.

— Todo está perdonado. Supongo...que él y todos los demás tenían razón en cierto sentido...Podría haber hecho más por vosotros...Presté mucha atención a mi cuerpo y poca a mi alma, que sois todos vosotros, mis ciudadanos...De ahora en adelante...Trataré de haceros sentir orgullosos de mí. Merecéis seguir el camino de la gloria. Algo grande. Nuestros enemigos siguen conspirando contra lo que comenzamos. Quieren que las cosas vuelvan a como eran antes. Pero ya no hay vuelta atrás. Me haré cargo personalmente de que el pequeño príncipe no salga de prisión y de que Europa siga nuestro ejemplo. Vive la Révolution!


FIN