Autora: Freyja af-Folkvangr
Personajes: Taichi, Yamato
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El silencio del sonido
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Siempre pensó que era un imbécil ruidoso. Y que el día que supiera cómo callarlo sería el más feliz del mundo.
Siempre creyó que hablaba de más. Y no solo eso, sino que también lo probaba cada tanto tiempo. Parecía que su lengua era más rápida que su cerebro, él que estaba seguro estaba lleno de aire caliente.
Más de alguna vez terminó en peleas que él mismo se buscó producto de ese mal hábito de no saber callarse las cosas. No tenía que estar en el momento para saber que solían ser errores de él, de su complejo de héroe y sus ganas de siempre ser el que tiene la última palabra en cada discusión.
Cómo detestaba esa sonrisa de superioridad y el movimiento sutil de sus cejas cuando ganaba una batalla, cuando era el último en estar en pie y, aunque la sangre corriera por sus dientes, celebraba como si nada hubiera pasado. Como odiaba su forma de arrastrar las palabras al saberse vencedor y pretendía ser felicitado.
Desde el día uno supo que ese chico de cabello castaño revuelto sería un problema, lo supo nada más entró a la escuela y cruzaron sus ojos aquel pequeño segundo. Un momento tan fugaz que a veces parecía que nunca había sido así, sino que era solo producto de su imaginación.
Fueron parte de la misma sección todos sus años de niñez. Tenía acceso directo y en primera fila a cada respuesta estúpida que daba en clase, a cada chiste aburrido que contaba en los recesos, a cada miga de pan que botaba al hablar, a cada chica que besó bajo las escaleras de servicio. Sabía todos sus secretos y sus delirios, él se había encargado de contarle todo, aunque no quisiera saberlo.
Taichi se había acercado a él a pesar de sus múltiples rechazos y eso era lo que más lo hastiaba, era como si orbitara a su rededor, todos los días, años tras años. El castaño siempre había estado ahí, cerca.
No supo en qué momento se hicieron amigos y menos cuando admitió que pasar tiempo con él no era tan malo, al final de cuentas, era una de las constantes más reales en su vida. Se había vuelto su mejor amigo y había aprendido a entenderlo sin tener que hablar.
Nunca anduvieron con sentimentalismos, nunca fue necesario decir más de lo que estaba permitido. Nunca pensó siquiera en contarle que se acostó con esta u otra chica, mientras sabía que él correría a contarle cuando lo hiciera. Porque así era su relación, un tira y afloja eterno, un eslabón fuerte y otro débil.
Eran tan diferentes que muchos cuestionaron su propia lealtad, pero el paso del tiempo les enseñó que no había que temer, había un lazo dorado que los unía.
Cuando tenían solo 12 años, Yamato aprendió el posible significado de la amistad y en silencio, aceptó que el castaño era el único al que siempre podría dejarle cuidar su espalda. A esa edad, entre la niñez y el inicio de la pubertad, muchas preguntas nacían en las cabezas de los niños y más aún, muchos parámetros autoimpuestos parecían ser ciertos.
El rubio era un chico extraño decían algunos. Prefería estar solo y tocar su guitarra, no compartía con el resto en los almuerzos y por, sobre todo, no aceptaba ir a jugar fútbol a la salida de la escuela y prefería irse solo.
—Rarito.
—¡Mi papá dice que los chicos que no juegan al fútbol son mujeres!
Y entre frases e insultos que se burlaban de él, pasaban las tardes. A veces, los chicos mayores lo esperaban para molestarlo y otras veces, los mismos compañeros del salón, lo empujaban hasta hacerlo chocar contra los casilleros. Eran tan crueles.
Taichi nunca supo cerrar su boca, y eso era lo que más detestaba Yamato. Cuando escuchaba que se reían de él, no tenía problemas en plantarse en la mitad del pasillo y gritar a cuatro vientos que Yamato estaba bien y que si alguien pensaba lo contrario que se la viera con él. Era claro que los gritos y las peleas iniciaban con esa pequeña chispa, era como si estuvieran pauteados estos encuentros semanales.
Al final del día, Ishida cerraba los dientes con fuerza y maldecía al otro chico en todos los idiomas que conocía. El castaño salía de la enfermería con algunos parches y magullones, siempre con una sonrisa brillante y enorme, orgulloso de su ultima acción. Y se iban los dos discutiendo todo el camino hasta sus casas. Más de una vez la señora Yagami se acercó al departamento de los Ishida a pedir disculpas, pero, Hiroaki repetía que él debería pedir perdón, que estaba seguro de que su hijo algo podría haber hecho. Nunca era así y la sonrisa avergonzada de Yuko demostraba lo muy bien que conocía a su hijo.
Fue en ese tiempo cuando Yamato entendió que Taichi sería un problema que arrastraría probablemente hasta el final de sus días, así que se dejó de preocupar. Solo tenía que aprender a mantenerlo callado.
Su relación mejoró conforme pasaron los años, y al momento de llegar a la universidad no tuvieron problemas en seguir sus propios sueños. Se animaron a su manera, pero sabían que el otro triunfaría.
Y fue así. Llegada la época de optar a actividades extraprogramáticas cada uno siguió sus anhelos, gustos que tanto los separaban y les diferenciaban. El rubio se unió al programa de música y el castaño no dudó en optar por los deportes.
Todos los viernes se juntaban sagradamente. Casi siempre en el departamento del rubio, que siempre estaba más ordenado y se encontraba un poco más central que el otro. Se sentaban a hablar por horas, vomitar información y alegrarse por el otro – claramente, nunca se lo decían. Así tenía que ser.
Más de una vez decidieron emborracharse y no pensar en las consecuencias. Partían comprando unas inocentes cervezas al iniciar la noche, pasando las horas llamaban a un delivery que les trajera algún licor más fuerte y terminaban a la salida del sol, con Taichi cantando a todo pulmón por la ventana o el balcón.
Yamato estaba acostumbrado a esa forma de ser de Taichi, al volumen fuerte y estruendoso de su voz, a esa forma de ser que siempre implicaba mucho ruido. Y estaba tan acostumbrado a eso, que el día que el castaño se calló unos segundos pareció que su mundo dejó de girar.
Estaban ebrios, no podía negarlo, pero en el fondo – y por más que lo negó a otros – sabía que habría pasado tarde o temprano. Aquella noche, entre tanto licor y conversaciones, la madrugada se avecinó.
Eran pasadas las 6 de la mañana y por la ventana se podía vislumbrar la pequeña franja en el horizonte que anunciaba el inicio del día. Yamato yacía recostado contra el enorme ventanal que daba al balcón de su departamento mientras apretaba con fuerza en su mano un vaso con vodka y frente a él, Taichi se encontraba tirado sobre el sofá con un vaso vacío en sus manos. En el suelo, una botella vacía y otra a medio llenar hacían acto de presencia.
—¿Yamato?
Taichi levantó la voz de repente, el rubio le miró achicando los ojos para poder enfocar. El castaño giró hasta caer al piso, donde se arrastró hasta su acompañante.
—¿Qué mierda te sucede?
—Yo…
Le miró confundido, lo vio acercarse, pero nada lo preparó para lo que hizo. El castaño levantó su cuerpo hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura, se miraron, se reconocieron, se recorrieron. Fue una chispa, algo que creció en el dedo más pequeño del pie derecho y se expandió con la fuerza de un big bang por todo su cuerpo.
Contuvo la respiración, examinó sus ojos chocolate e intentó formularse alguna teoría que tuviera sentido. Pero las palabras volaron de su cabeza cuando los labios del otro tocaron los suyos. Fue un segundo o una fracción de, un momento fugaz donde su mente abandonó su cuerpo y dejó de mirarle.
Le estaba besando, era lo único que se repetía en su mente. Estaba saturado y los colores brillaban tanto que le hacían doler los ojos. Sintió su cálida lengua abrirse paso hacia su interior y no pudo poner resistencia alguna, dejó que su sabor lo llenara. El picor del alcohol y algo más que no estaba seguro si podría nombrar.
Cuando se separó sintió una brisa fría pasar entre ellos, cortando el espacio como si fuera una cuchilla afilada. Volvió a conectar su mente unos segundos después, fijó la vista en el castaño y esperó.
Porque él lo conocía y sabría que tendría algo que decir.
Y contra todo pronóstico, Taichi no dijo nada.
El reloj comenzó a moverse, las manecillas a girar, el tiempo a pasar. Y de la boca del castaño no salía un misero ruido. Y esto lo molestó.
Yamato estaba acostumbrado al Taichi que tenía una solución para todo, que se la jugaba a héroe y siempre parecía saber qué hacer, al que nunca tenía miedo. No estaba listo para este momento, este donde esperaba con ansias que dijera algo y nada salía.
Porque sabía que Taichi era el que hablaba, y Yamato era el que escuchaba.
—Eres el imbécil más ruidoso que conocí nunca…
Inició un monologo del cual no estaba seguro saber como continuar, pero por primera vez en su vida, parecía que su cuerpo tenía más ganas de hablar que su cerebro de pensar los pro y contras de lo que diría. El castaño se giró a mirarlo, abriendo los ojos, mientras un rubor crecía en sus mejillas - ¿producto de lo pasado o del licor?
Agarró la camiseta del chico y le acercó empuñando su cuello, cerró los ojos y frunció las cejas. Sentía la ira quemar su lengua y sus pupilas tener el poder de derretir lo que mirara. Cuando volvió a mirarle, pudo notar que estaba avergonzado, temeroso, asustado.
—Siempre hablas y hablas, nunca te callas. Desde que tengo unos 5 putos años que tengo que escucharte, día tras día, año tras año, como mi peor puta pesadilla.
Hizo más fuerza con su mano y acercó al chico. Taichi abrió la boca para excusarse, lo vio en sus ojos.
—Siempre me explicas con esa irritante voz tuya cada cosa que haces e intentas excusarte cuando te metes en peleas de mierda que no tienen ningún sentido. ¿Crees que quería escucharte en esos momentos? No, claro que no quería, pero tú te pones a hablar como si a todo el mundo le importara y tengo que escucharte. Todo tu puto discurso.
—Yam…
—¿Y ahora? ¿Ahora te quedas callado, imbécil?
Sintió como sus narices se rozaban mientras gritaba, como el aroma se filtraba por sus fosas nasales, como le temblaban las manos y como sentía su corazón latir desbocado en su pecho. Y ante la mirada de asombro y terror del castaño, solo pudo sonreír.
Una sonrisa irónica se formó en su rostro, tan grande que descompuso al otro.
—Así que ahora… o me das una buena explicación o vuelves a besarme mientras te la piensas, idiota.
Una sonrisa escapó del castaño y con sus manos libres, empujó la nuca del rubio y lo besó. No dijo otra palabra, ni cuando salió el sol, ni cuando volvió a ponerse.
Y por primera vez en años, descubrió la mejor forma de mantener callado a Taichi Yagami.
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Para Mid. Con un corazón gigante y unos ojos que aman ver el mundo. Que alegría poder ser parte de tu sonrisa.
Feliz cumpleaños amiga. Probablemente no te imaginas lo mucho que te quiero, lo mucho que planifico y las ganas que tengo que se seque el atlántico. Gracias por existir y ser parte de mi vida. Gracias por cuidarme y estar pendiente. Un beso del porte de la cordillera de los Andes.
Con cariñito, Frey la del vino.
