Autora: Gale el Remolino

Personajes: Mimi, Yamato

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Bicicleta


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Yamato tenía una novia, una novia muy singular. Y aunque este párrafo tenga pinta de comenzar como un verso, a decir verdad, solo a ella, a Mimi, podría gustarle la poesía. Yamato, eso sí, pretendía regalarle otras cosas que no fueran un poema. Porque bueno, para poemas, la cara que se le quedaba a él cuando su novia le metía en ese tipo de situaciones:

—¿Cómo que le has roto la bicicleta a Oda?

—¡Ay, cariño! —lloraba su novia con un pañuelo recogiendo, sutilmente, la lagrimilla que se le hubiera escapado de la comisura de la carúncula si es que hubiese llorado de verdad, porque para ser francos, el agua del llanto se había agotado en sudor. El sudor de una calamidad digna de ser nombrada en los libros de historia… Libros de historia que hablasen sobre el caminito de Odaiba—. Es que estaba estorbando en la entrada y yo iba cargando con bolsas y tenía que moverla y la aparqué y…

… y se le escapó un pequeño hipito. Yamato la consoló como pudo.

—Bueno —dijo él—, pero si solo apartaste la bicicleta… ¿Cómo ha terminado sin rueda delantera?

—Es que la aparté y quise dejarla apoyada contra ese muro, pero me resbalé.

—¿Te resbalaste con la bicicleta?

—¡Iba cargada con bolsas! Total, que se cayeron las bolsas encima…

—¡¿… encima de la rueda?!

—No, encima de mi pie. Mi cuerpo es lo que se cayó encima de la rueda. Mira, mira que mal me dejó la uña.

—Mimi, tu uña no está rota, está sucia por la caída.

El llanto de Mimi se cortó de golpe cuando comenzó a inspeccionarse la uña. De repente y como si fuera obra de un truco de magia, le volvió la sonrisa a la cara.

—Anda, pues es verdad. Ah, bueno, pues ya no pasa nada…

—¡¿No llorabas por la bicicleta?!

—¿Qué bicicleta? —interrogó la chica.

—La que dejaste aparcada contra muro. ¿Qué pasó con ella?

—Ah, bueno, ahí que la dejé…

—Ah.

—… y entonces la atropelló un camión.

A Yamato le desesperaban ese tipo de cosas. ¿Porqué Mimi no podía ir al meollo del asunto? Es más… ¿Porqué no tenía un filtro para identificar cuándo un tema era más importante que otro? Es decir… ¡Le acababan de romper la bicicleta a un mafioso! ¡Pero no a cualquier mafioso! ¡A Oda! El jefe de la yakuza más prominente de todo Tokio.

—Bueno —apuró Yamato—, vámonos de aquí antes de que Oda vuelva y se entere.

Y si bien la solución que proponía Yamato, aunque algo cobarde, era bien eficaz para ese tipo de situaciones, al chico se le olvidó el pequeño gran detalle de la ley de Murphy:

Si algo puede salir mal… Saldrá mal…

—¿Quién me ha roto la bicicleta? —murmuró un corpulento hombre de negro traje a la entrada del portal del edificio.

A Yamato se le cayó el culo al suelo, figuradamente, claro está.

—¡O… Oda! —saludó Yamato con fingida alegría.

—Nos alegra verte, cariño —le siguió el juego Mimi, la cual había empezado a llorar por todos los poros de su piel excepto por sus ojos, porque eso de mostrar debilidad ante el peligro no iba con ella, pero eso no significaba que su cuerpo no buscase desahogarse—. ¿Qué tal estás?

—¿Que qué tal estoy? —murmuró, siempre con voz calma—. Alguien me ha roto la bici. Estoy muy disgustado…

De repente, el ambiente se volvió muy frío. Y es que Oda adoraba pasear con su bici a la vuelta del trabajo, con el atardecer del sol, cuando se subía al monte a fuerza de puro pedaleo solo para ver su cielo arder con los colores del fuego en su etapa canícula.

—Bueno, pero cari, son cosas que pasan…

Son cosas que pasan…

El intento por quitarle importancia de Mimi no surtió el efecto esperado cuando Oda agarró su bicicleta, como al cadáver de su propio hijo, y la levantó como pudo…

—Como mañana no encuentre la rueda que le falta… Haré lo que hizo mi padre…

¡Ahí estaba! ¡Esa sentencia, mitad advertencia, mitad amenaza, dependiendo de cómo mirarla! Aquellas últimas palabras marcaron un antes y un después en la vida de Mimi y Yamato.

—¿Qué es lo que hizo su padre? —susurró la chica a su pareja.

—No lo sé… —murmuró el chico en respuesta.

Total, que a riesgo de perder sus piernas, los chicos hicieron una colecta entre toda la comunidad de vecinos para reunir los fondos necesarios que ocuparían el gasto de la nueva bicicleta de Oda. Una reluciente y fantástica máquina de ejercicio que hasta al más hinchado le gustaría sentar sus posaderas.

—Mira, Oda —llamó Mimi con una sonrisa (fingida) en la cara mientras, al volver de su trabajo, guiaba al mafioso más mafioso de toda la mancomunidad, y de Tokio. Oda estaba cansado del trabajo, le dolían los pies y el corazón, pero al ver aquella maravilla, sus negras gafas no pudieron ocultar aquella lagrimilla que asomó por su mejilla.

—¿Es para mí? —dijo con las palabras de un infante.

—Es una lustrosa bicicleta nueva para ti, Oda —felicitó Mimi.

Y el mafioso, henchido de la felicidad, comenzó a montar con su bicicleta y a irse lejos (muy lejos, deseaba Yamato) hasta ver el atardecer. Para desgracia de la rubia pareja de Mimi, Oda volvió a la noche y aparcó su nueva bici en un lugar mucho más seguro, donde no entorpeciese la entrada. Agradeció enormemente a Mimi y a Yamato el esfuerzo realizado, sin embargo, a este último se le quedó la duda en la cabeza.

—Disculpe, Oda, si no es molestia. Hay algo que me lleva carcomiendo todo el día. ¿Qué es lo que hizo su padre?

—¿Mi padre? ¿No entiendo la pregunta?

—Sí, cuando se le rompió la bici dijo que, si mañana no tenía una nueva, haría lo que hizo su padre.

—Ah, claro.

—¿Y qué hizo su padre?

—Pues nada, comprarse una nueva. —Y cerró la puerta de su casa, dejando al joven con la boca abierta.

El yakuza Oda, un tiburón de los negocios…

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Epílogo.

Tiburones

Oda, el Tiburón de los Negocios, el yakuza más grande Tokio, pese a llevar una mafia, en el fondo, era una persona que daba lo que recibía y, a decir verdad, era alguien muy majo. Mimi le hizo una visita un día con la excusa de una competición culinaria en la que Yamato se vio obligado a intervenir para hacer de juez. Lo que le puso en el dilema de si quitarle el premio al yakuza más grande del lugar o a su novia que, dadas las circunstancias, venía a ser el mismo peligro. Total, que al final hizo de tripas corazón y decidió ser justo, dándole la victoria a Mimi. Oda no solo no se lo tomó a mal, si no que les dio a ambos unos billetes para irse de viaje a la playa. Los había ganado en una tómbola del mercadillo, pero ahora mismo no se sentía con ganas de viajar y no quería desperdiciarlos.

Y allí que estaban ambos, con sus bañadores puestos, un sol de mil demonios, los pies tocando la tierra caliente y el gran azul esperándolos con los brazos abiertos. Ahora bien…

—Ya te he dicho que no hay tiburones a cinco metros de la playa —insistía Yamato.

—Sí, esos pequeñitos que miden veinte centímetros —decía Mimi, sin atreverse a entrar del todo.

—Pero esos pequeñitos no muerden y, de todas formas, siguen estando muy lejos de aquí. En la zona que no cubre.

Mimi metió un pie, luego el otro… Y luego…

—Esta fría.

¿No me digas?

—Esta zona está caliente —dijo Yamato.

—¡Eso es que alguien se ha meado!

—¡Solo estoy yo aquí, Mimi! —gruñó.

—… además, los tiburones se acercan al agua caliente.

—¡Que no hay tiburones!

A Mimi le gustaban muchas cosas… y también tenía miedo a muchas cosas… Sin embargo, lo que estaba a la orden del día era Yamato soportando sus dramas.

—No puedo nadar tranquila si sé que comparto playa con toda una biodiversidad acuática.

—¿Entonces te gustaría que no hubiese animales en el agua? Así podrías nadar todo lo que te placiese y llegar al centro del océano —se burló Yamato.

—¡No! ¡Entonces estaría sola!

A Mimi le gustaban muchas cosas y temía otras…

—¿Y preferirías estar rodeada de tiburones?

… pero lo que más miedo le causaba…

—Al menos estaría acompañada…

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Notas de Gale: ¡Feliz cumpleaños Mid! Espero que estos escritos no hayan dañado tus ojos demasiado como para desear que me atropelle un camión. Sabes que en el fondo (muy en el fondo… ¡Pero en el fondísimo del abismo!) te quiero… Al igual que sabes que esto último es otro intento mío de picarte, porque así soy yo: Tocanarices.

Espero que pases un feliz día de cumpleaños y que seas muy feliz todos los días. Ya sabes que no necesitas un cumpleaños para que te desee felicidad… Aunque la tarta y los regalos siempre se agradecen jajaja. Bueno, que me enrollo como un pholidota (no me estoy insultando). ¡Me despido y espero que te guste mi regalo!