Autora: Angelique Kaulitz
Personajes: Taichi, Yamato
.
Estrella del norte
.
Taichi había cambiado.
No quería sonar acusador con esa idea rondando en su cabeza, alzándose imponente en el océano de sus pensamientos, pero era una irrefutable realidad a la que se tenía que enfrentar. No lo había notado al principio, cegado por el pasado y la nostalgia y todas las cosas que habían nublado sus ojos mientras lo miraba. Deseos. Creencias Expectativas. Porque todos ellos esperaban lo mejor de Taichi. Yamato, más que ninguno. Siempre había sido así. Esperaban que los guiara, que los condujera por los caminos oscuros sin más luz que la que brillaba en naranja en su pecho. La estrella del norte, que permanece en posición constante en el cielo. No diferente del sol, pero infinitamente distinto al mismo tiempo.
Pensaba que eso nunca sería diferente. Porque Yamato, más que nada, más que nadie, necesitaba algo permanente en su vida.
Y Taichi había cambiado.
No era el mismo niño que se lanzaba hacia adelante ciegamente, sin protegerse ante lo que tenía delante, no era el niño que tomaba decisiones a ojos cerrados ni él que demandaba movimiento aún cuando lo que Yamato quería era... No era el mismo Taichi que Yamato podría hacer entrar en razón con un golpe.
Pero seguía siendo Taichi.
—Siempre tienes que hacer las cosas complicadas, ¿no? —Bajo su aliento, en la oscura noche de Shimane, eso era todo lo que podía conjurar sin romper el hechizo. Un suspiro. Un hilo colgando en el cielo estrellado.
Taichi no dio señales de escuchar que se acercaba siquiera, no se movió hasta que Yamato se dejó caer a su lado.
—Si vas a salir de la casa de mi abuela sin decir nada, por favor, no dejes tu abrigo adentro.
Taichi le sonrió, agradecido, mientras pasaba los brazos por las mangas y se refugiaba del viento frío del invierno. El idiota no iba a volver a meterse en la casa para abrigarse porque quizá eso hacía que alguno de sus ocupantes se despertara. Que descubrieran que no había podido descansar, que había sido la razón por la que habían decidido ir a Shimane en primer lugar.
—No quería molestar a nadie —le dijo. Era tranquilizador que, en algún nivel, todavía pudiese saber qué pasaba por la cabeza de Taichi.
—Pero no podías dormir —apuntó.
Taichi no lo negó y volvió su mirada al cielo.
Yamato hizo lo mismo. Su fascinación por las estrellas, algo que en alguna medida compartía con Takeru, bien podría haber nacido en ese paisaje oscuro salpicado de puntos luminosos. Si estiraba la mano sentía que podía pellizcar la tela negra del universo y atrapar una estrella.
—La luna se ve gigante —comentó Taichi, de repente, como si el silencio lo ofendiera. Le sorprendía un poco, a Yamato, encontrar la maravilla escondida debajo de las palabras, la maravilla que Yamato reconocía de alguien que rara vez se detenía a ver el cielo, que era algo tan puramente Taichi—. Súper luna es un nombre tan...
—¿Poco romántico? —ofreció.
Taichi bufó. —Simple.
Se encogió de hombros mientras sacaba su armónica de su bolsillo. Estaban lo suficientemente lejos de la casa para que sus notas no llegaran a más oídos que los suyos. —Es efectivo.
—Supongo. La gente mirará la luna en estos días para decir "¿por qué le dicen súper luna?" —Hizo una pequeña pausa, su voz cambiando entre sílabas—. "Ah, claro. Por eso."
Yamato sintió que una sonrisa tiraba de la esquina de su boca. —Dices eso pero igual funcionaría con varias personas que conocemos.
Incluyéndolo a él.
Taichi sonrió.
—No creo que sea la súper luna lo que te quita el sueño.
—Nada me quita el sueño —respondió, inmediato. Demasiado rápido—. Solo que hoy no puedo dormir.
Yamato pensó que el diccionario que le permitía traducir a Taichi estaba empezando a actualizarse. Que era algo bienvenido. —Mentiroso.
—Alguien me dijo que estabas pensando en ir en busca de estrellas porque no te bastaba ser una.
"Alguien" seguramente era Takeru.
—Nunca fui una estrella —le comentó. Yamato a veces odiaba lo vulnerable que se sentía en presencia de Taichi. Se preguntaba si él se sentía igual. Si siempre se había sentido igual, si por eso las cosas entre ellos parecían siempre enredarse o confundirse—. Y no es por eso que quiero... que quiero ir. Hay más allá afuera. Cosas que no conocemos. Hay tanto que no conocemos.
Taichi hizo una pausa por un momento, absorbiendo las palabras, mientras que Yamato se dejaba envolver por una melodía familiar. No era solo melancolía lo que los cubría a los dos, ni siquiera era la amargura de una despedida o el dulce sabor de un encuentro.
Era todo lo anterior. Era algo diferente.
—Solo nos queda mirar hacia el futuro, ¿no?
Yamato dejó de tocar.
—Sí. —No podían borrar lo que hicieron en los ayeres que se desprendían del calendario, todas las decisiones que tomaron en el pasado. Yamato reconocía ese anhelo lejano, tatuado en el corazón de niño—. Parece difícil ahora pero lo haces todo el tiempo, es quién eres.
Taichi no sabía darse por vencido, encontraría el camino y seguiría adelante. Era una de las pocas cosas de las que estaba seguro, una de las pocas cosas inalterables en el universo. Era algo a lo que se aferraba. La constante.
—Suena tan fácil —le dijo Taichi, pero la amargura le había pintado cada palabra de gris.
—Lo harás de nuevo. —dijo. Ante la mirada repentina que se ganó, la sorpresa pintada, Yamato no una sonrisa. Taichi a veces se olvidaba de lo mucho que todos ellos creían en él—. Y si no puedes solo, yo te ayudaré.
Yamato sería su estrella del norte.
