¿Alguna vez habéis tenido la sensación de ser jóvenes y viejos a la vez?¿De haber vivido tantas cosas que algunas, aún importantes y transcendentales para ser quienes sois, se os empiezan a olvidar?¿Que el tiempo se os escapa y que ni siquiera os habéis asomado al borde del precipicio llamado vida?
Miraba a su alrededor sin vislumbrar un momento en que todo encajara, en que dejara de sentirse siempre como un viajero de paso, un extraño, un intruso, un perdedor. Todos riendo, pletóricos, por una victoria en que la mayoría ni siquiera había participado más que como meros observadores. Sin embargo parecían tan convencidos de su propia finalidad, de su propia razón de ser.
Tras partir su hijo, paulatinamente, también lo hizo el resto, entre abrazos, besos y promesas de nuevos encuentros en poco tiempo y sin necesidad de una nueva amenaza. Se le hizo eterno y absurdo a la vez ¿Cuánto tiempo habían estado luchando? Sinceramente, no lo sabía, pero le parecía un instante en comparación al incesante y empalagoso derroche de cordialidad fraternal que lo rodeaba.
Ya solo quedaba él ¿Y ahora qué? En realidad no deseaba partir pero ¿Qué sentido tenía quedarse en un lugar al que no pertenecía?
Cualquiera que le viera pensaría que estaba sereno, relajado y seguro de sí mismo, pero por dentro estaba abrumado.
Siempre había tenido un objetivo en el que enfocarse. Formarse, superarse y llegar a ser el mejor, en el gobierno, en la planificación y en la lucha. Pero la lucha había acabado y se había quedado sin nadie a quien gobernar, sin proyecto que planificar ni con quien competir.
- ¡Trunks!¡Trunks!¡Vuelve aquí!¡Kami! y yo que me alegraba que hubiera empezado a andar... ¡Oye!¿Podías echar una mano para pararlo, no? Al fin y al cabo también es tu hijo -Le recriminó la terrícola mientras lograba atrapar al pequeño.
- No soy ninguna niñera.
- No, eres su padre y quizás el último referente que podría conocer de una especie que forma parte de él. Aunque supongo que poco te importa -susurró la joven madre mientras cruzaba cargada el umbral de la casa.
Pasaron tres días antes de volver a verla, a su regreso de un retiro para meditar. Aquella mujer era un verdadero quebradero de cabeza y a la vez, sin saber cómo, lograba aportarle las soluciones más inesperadas. La encontró en la cocina preparando tres biberones enormes.
- Voy a entrenar al mocoso -sentenció cruzado de brazos.
- Yo también me alegro de verte -Ironizó mientras colocaba la última tetina-. Te recuerdo que se llama Trunks y que es demasiado pequeño...
- Es saiyayin, es lo suficiente mayor para empezar a luchar.
- Es solo parte saiyayin. También es humano y es demasiado pequeño -Bulma cargó al pequeño terremoto y los biberones-. Además ¿Por qué debería permitírtelo? -Sin esperar respuesta alguna se dirigió al comedor de la casa, refunfuñando al traspasar la puerta.
Continuará...
