Una vida normal

El chiquillo enseguida se agarró al biberón. Vegeta se lo quedó mirando y lo bajó al suelo- Tienes casi dos años ¿Por qué se empecinan en tenerte en brazos para darte de comer? -El pequeño se lo quedó mirando al escucharlo y, de pronto, se dejó caer de culo al suelo sin dejar de mamar ni apartar su mirada-. ¡Maldito crio!¡Yo a tu edad ya cazaba so bobo! -El alien lo estudió pensando en que modo empezar con su entrenamiento-. ¡Levanta el culo y sígueme!

El pequeño, sorprendido por el comentario, no se movió. Se quedó mirando a aquel hombre que lo gritaba. Sabía que era alguien importante. Le habían dicho que era "su padre". No entendía aún qué quería decir muy bien aquello de "padre", pero su madre, la persona más importante para él, le había dicho que un "padre" era tan importante como una "madre". Pero a él le parecía un desconocido. Nunca lo había tomado en brazos. Nunca lo había alimentado. Nunca lo había lavado ni hablado ni jugado con él ni nada... Para él, le resultaban mucho más importantes los "abuelos". Además, ninguno de ellos le habían chillado de aquella manera ¿Por qué era tan desagradable aquella persona? Decidió que no le haría caso aunque sabía lo que le estaba pidiendo. Continuó mamando solo. Ya volvería su madre.

Vegeta ya se encontraba a medio camino de la cámara de gravedad cuando se dio cuenta de que el mocoso no lo había seguido. Él sabía que podía andar y sabía que el niño ya entendía cosas sencillas ¿Por qué demonios no lo tenía detrás de él? Esperó un minuto por si se tomara su tiempo pero no salió ¿Afectaría este planeta a su especie?¿Habría algo en el ambiente que los volvía unos tontos? Podía ser. Eso explicaría que Kakaroto no lo hubiera destruido como había sido su cometido. Un único golpe no podía ser la causa de su idiotez. Él mismo había recibido un montón y no había acabado tan burro. Enfadado, decidió irlo a buscar y ver qué pasaba. El chiquillo seguía allá, sentado, como si nada, mamando como si no hubiera un mañana ¡La madre que lo parió!

- ¡Se puede saber que estás haciendo todavía aquí! -le gritó con más mal genio-. ¡Te he dicho que me siguieras! No te hagas el tonto conmigo que sé que puedes andar y comer a la vez ¡Y si no sabes ya estás aprendiendo que te hará falta!

- ¿Pah? -le contestó el pequeño impasible y levantando las manos con el biberón, ahora vacío-. Pah más -le pidió a su vez-, más, hambre, más, hambre, Pah, ¡Haaaaaambre! -Acabó gritando al ver que su padre no le hacía caso como él quería.

- ¿Qué? -Vegeta casi perdió los ojos y la mandíbula de la sorpresa- ¿Pe... pe... pero qué te has creído?¡Sal o te saco yo!

Trunks le devolvió un reflejo de su propia mirada de enojo y se cruzó de brazos, como tantas veces había visto que hacía el adulto- ¡Nah!

- ¿Nah?¿Qué quieres decir con "Nah"? -Vegeta no daba crédito. Su propio hijo, que no levantaba ni un palmo del suelo ¡Lo estaba desafiando! El pequeño, para reafirmarse más aún, giró sobre su culo y le dio la espalda. La habitación se empezó a llenar de niebla, del humo que le había empezado a salir por las orejas al padre-. Te ¡HE!¡DICHO!¡QUE!¡SAAAAAAALGAS!¡Ahora mismo! -le gritó todavía más para asustarlo. El pequeño, sorprendido y enfadado también, empezó a llorar y a berrear con todas sus ganas-. No, no ¡No, no, noooo!... No llores. Calla. Deja de llorar ¡Los sayayins no lloran! -Pero cuanto más hablaba más lloraba Trunks.

- ¿Qué diablos estáis haciendo? Se os escucha desde el otro lado -Intervino Bulma entrando con los brazos en jarra-. ¿No os puedo dejar a solas ni un segundo?

- Nada, está todo controlado -respondió él. Estaba decidido a demostrar a la terrícola que el mocoso era lo suficiente mayor para ser entrenado.

Trunks había parado de berrear y llorar al ver entrar a su madre. Bulma se los quedó mirando de uno a otro-. ¿Seguro? -Todavía no estaba del todo segura. No había dejado de pensar en el laboratorio y, cuando escuchó los gritos de Vegeta y los berridos de su hijo, se imaginó lo peor-. ¿Y a qué venía tanto alboroto?

- ¡Falta de disciplina! -Se cruzó de brazos él-. A tu hijo le falta disciplina.

- Perdona ¿Mi hijo, has dicho? -¡Perfecto! Ahora también lo volvía a desafiar la terrícola.

Continuará...