Una vida normal

Vegeta quedó con el viejo para ir a su sastre dos días después. Sentía curiosidad. También influía que, al no tener un enemigo en quién centrar su esfuerzo, se sentía un poco aburrido. Aunque no lo bastante como para dejar la relativa comodidad que ahora disfrutaba para ir a buscar aventuras.

De aquellos tres días de meditación sacó bastante provecho. Una cosa era tratar de sobrevivir e intentar adelantarte a los planes de tus enemigos cuando estos existían, pero eso no significaba que fuera un modo de vida a desear. Y él no lo deseaba. Había vivido de aquella manera casi toda su vida por culpa del lagarto asqueroso.

Recordaba que en su planeta, cuando todavía no había sido entregado como bisoño, como su madre y sus maestros le recordaban que todo lo qué aprendía lo necesitaría para ser la persona que debía de llegar a ser. En su futuro se vislumbraba gobernante, con un control casi total de sus decisiones, con un planeta al que volver, al que denominar hogar, con una familia propia. Imaginaba que su pareja estaría a su nivel en cualidades. Una mujer con gran temperamento e inteligencia suficiente como para poder mejorar su perspectiva en las decisiones y ponerlo en su lugar cuando fuera necesario. Es decir, una mujer como su madre.

Otra cosa eran todos los conocimientos que, sin darse cuenta, había conseguido en este planeta. También existían las bolas de Dragón en este y otros planetas. Había descubierto que se podía detectar y controlar el ki sin usar ningún aparato. Que podría sobrepasar la fuerza nunca lograda por ninguno de sus ancestros. Que era posible alterar o viajar por el tiempo. Que no todas las culturas del universo tenían como objetivo conquistar y destruir a las otras. Que se podría llegar a hacer tratos con la muerte. Y que eran compatibles con la especie principal de este planeta. Eran como saiyayins sin cola y débiles, pero no tan débiles como para no poder reproducirse con ellos.

Este último punto, la posibilidad de continuar ampliando sus conocimientos, ya no como herramienta contra una amenaza sino por el placer de descubrir otras cosas, había sido capital para tomar la decisión de quedarse. Esto y su hijo, claro.

Ahora que no tenía preocupaciones más urgentes tenía la oportunidad de estudiar este planeta y a sus seres. Por eso, cuando la terrícola le explicó en que consistiría la cena, lo acabó de convencer. Si la gente que asistiría fuera como el Dr. Briefs y su hija, entonces, podría ser una cena de gala que estaba dispuesto a experimentar. Quizás incluso podría llegar a sentirse como el Vegeta que habría estado destinado a ser.

Además, la hembra tenía razón. Todavía había muchos conceptos que se le escapaban y seguramente tenía la culpa por la rutina que había llevado hasta ahora. Intentando evitar cualquier distracción que pudiera retardar su progreso. Sí, ahora se podría permitir el lujo de distraerse... ¿Por qué no?

Continuará...