Una vida normal

Ya no recordaba la última vez que había tenido sexo. Habían pasado un montón de años, cuando aún era adolescente, en plena revolución hormonal. Sí que recordaba la primera. Fue entre liberador y muy asqueroso. Liberador porque él se quedó muy relajado y, por primera vez, desde que ya no estaba en su planeta las preocupaciones huyeron de su mente. En aquel momento desapareció Freezer y todo su séquito de lameculos, que siempre trataban de humillarlo.

La hembra, obviamente, no era de su especie. Aquellos cabrones se habían asegurado de que no quedara ninguna. No había nada peor que una muerte en vida. Eso era lo qué significaba ser los últimos sin posibilidad de descendencia. Freezer también había encargado el exterminio de todas aquellas especies parecidas y compatibles. Estaba seguro de que si su hijo no lo hubiera derrotado, aquel lagarto también hubiera encargado la destrucción de este planeta.

De su aspecto no recordaba mucho, piel roja, seis pechos, dos lenguas, sin cola, ojos amarillos y debía tener su misma edad... pero aparte de eso no se acordaba de los detalles ni de su nombre. Solo que, después de recuperarse del clímax, la encontró desangrada, con el cuello desgarrado por sus propios dientes. El regusto de su sangre azul y agría sí que sería algo que nunca olvidaría. La entrepierna también quedó destrozada y el olor era insoportable al recuperarse, tanto que le hizo vomitar todo lo que había comido aquel día. Tampoco tenía ningún tipo de relación con aquella hembra. Era una soldado de un grupo con el que habían realizado una misión. Como tantos otros soldados, después de un buen combate, decidieron celebrarlo y según Nappa ya empezaba a ser hora de que se estrenara. Pero él todavía no estaba preparado. Era demasiado joven y aún no controlaba bien su energía ni al ozaru.

Tardó como un par de años en volver a repetir la experiencia pero, entonces, se aseguró de hacerlo con especies con las que los otros dos saiyajines hubieran tenido relaciones antes y hubieran resistido. No es que le importaran las hembras pero no era nada agradable recuperarse de un orgasmo con un cadáver medio destrozado. También notaba que era algo que distraía mucho si había sido más o menos aceptable. Y él prefería tener la cabeza clara para que Freezer no lo pudiera tomar por sorpresa. Así que tampoco se podía decir que tuviera una gran experiencia en realidad.

Aun así, era evidente que con la terrícola tendría que haber sido aceptable. No recordaba nada pero después de la fecha en la que debió pasar, ella no parecía para nada herida y además había sobrevivido al parto. Algo que incluso las hembras de su especie muchas veces no superaban. Y después estaba aquella bruja de la hembra de Kakaroto. Aquella le había dado dos hijos al cacho burro.

Por otra parte, esta especie era mucho más parecida a ellos. Echaba de menos las colas y un poco más de musculación y los colores de los cabellos y ojos eran también bastante exóticos. Pero en realidad eran agradables de contemplar. Aunque él jamás lo reconocería en voz alta.

Cuando la mujer puso en marcha el vehículo se empezó a escuchar aquello que llamaban canciones. Música, o ruido con palabras, lo llamaba él. Estaba bastante alta pero la terrícola enseguida tuvo el buen tino de bajarla. Por contra, ella y el mocoso empezaron a torturarlo con sus propias voces... Quizás, tan, tan buena idea no había sido, eso de ir. La letra le pareció curiosa y le hacía pensar en las veces que la mujer se enfadaba porque no la llamaba por su nombre. Se acordaba perfectamente pero era más divertido verla enfadada. Cuando lo hacía, se ponía tiesa y sacaba pecho. Los ojos le brillaban más y se enrojecía de una manera que le hacía pensar en el rubor sexual durante el acto. Sí, aquella hembra debía ser algo digno de ver en el clímax, cada vez estaba más seguro.

La siguiente canción tampoco lo ayudó mucho a cambiar la trayectoria de sus pensamientos. Le pareció notar que ella se removía un poco nerviosa mientras conducía y había dejado de cantar. Su hijo, en cambio, parecía una jodida alarma. Finalmente no pudo aguantar más y le mando al canijo que se calmara y recordó que le habían hablado de protocolos. Imaginaba que los protocolos terrícolas seguramente serían diferentes a los suyos, así que aprovechó para preguntar y ver qué se esperaba de él aquella noche. Comer, escuchar y aplaudir, básicamente. Aquello del baile en pareja, la mujer debería buscarse a otro porque él no tenía ni idea y parecía que, además, era diferente a los bailes que él les había visto hacer. Y no, en su cultura no había un equivalente.

Por suerte, cuando la conversación comenzaba a entrar en campos más personales, llegaron a destino.

Continuará...