Una vida normal

Enseguida notó cuando la hembra se despertó. Se había pasado la última hora oliéndola y observándola. Nunca se había despertado con otra persona a su lado tras tener sexo con ella, fuera hombre, mujer o intersexual *. Siempre se había ido tan pronto como acababan o les había echado fuera. El problema era que no sabía en qué momento habían acabado ellos dos. Era más bien que en algún momento se habían quedado dormidos mientras lo hacían. El aroma de sus sexos y sudores impregnaba la habitación y... le encantaba que así fuera. Era una de las cosas que más había llegado a detestar de las naves del imperio Cooler. Tan solo recordarlo le venían ganas de vomitar. Pero, con esta pequeña hembra, el resultado era como un perfume único que tan solo les pertenecía a ellos dos. Era delicioso. Tanto que dudaba en volverla a despertar para volver a repetir.

Pero cuando ella empezó a incorporarse, como si intentara no despertarlo, se hizo el dormido. Tenía curiosidad por saber qué haría ella. No hizo nada. Recogió su albornoz del suelo y se fue. Y no volvió. Escucho y notó su ki cuando bajaba a la cocina, seguramente a preparar esa comida infecta para su hijo. Después volvía a subir y entraba en la habitación del pequeño. Finalmente, decidió ducharse e ir a entrenar. De hecho, era mejor así. Sin complicaciones. Todo igual que antes. La hembra era una mujer inteligente, más que el resto. Demasiadas veces había visto complicarse relaciones de compañerismo a causa del sexo. No eran extrañas las traiciones entre parejas sexuales y que se utilizara el sexo para actos de espionaje. Aquí no había a quien espiar. Ya hacía tiempo que había desestimado aquella paranoia, en la que ella lo espiaba para darle información vital al payaso de Kakaroto.

Inhaló intensamente una última vez antes de dejar caer el agua. La sensación era muy agradable pero no tanto como sus pequeñas manos explorándolo. Deseó que ella lo hubiera acompañado debajo del agua y quizás probar otras cosas que no habían llegado a hacer ¡Mierda! Se suponía que hacerlo, lo había de ayudar a dejar de pensar en hacerlo. Ahora ya no tenía la excusa de la eclosión hormonal. Ya hacía más de diez años que la tenía superada ¿Cómo podía ser que se sintiera igual? Cogió su miembro pegado al vientre y trabajó la forma de bajarlo, sintiéndose más patético que antes de estar con la hembra. Puede que no hubiera sido tan buena idea quedarse en este jodido planeta.

La habitación continuaba con aquel olor y sabía que si la dejaba sin hacer, le cambiarían las sábanas. Era el código, no escrito, para cuando quería que se la hicieran de nuevo. Generalmente cada tres días. Así que para evitarlo, se la hizo dejando el ventanal abierto para ventilar un poco y que la vieja loca no notara nada. Se vistió de entreno y salió por la puerta.

Estaba llegando a las escaleras cuando ella asomó la cabeza por la puerta del pequeño, pidiéndole que se quedara un rato con este para poder ducharse. Sí, ella todavía llevaba su olor. Sintió un extraño orgullo por este hecho insignificante. Intentando mantener una indiferencia que no tenía, cambió sus planes para intensificar el entrenamiento de los dos. Ya era hora que empezara a volar y aquel era tan buen momento como cualquier otro. El canijo salió encantado tras él. Otro golpe de orgullo y sensación de victoria frente a la madre, cuando el pequeño no protestó en absoluto por dejar de estar con ella.

Cuando bajaba, ella le recordó que cogiera agua y los captura mierdas esos que les ponían a los bebés. Por un momento se le pasó por la cabeza que ella deseaba retenerlo con alguna excusa. Pero no quería comprobarlo. Si daba media vuelta para salir de la duda, quizás no entrenaría aquella mañana. Una cosa era ir cachondo y otra, muy diferente, era perder el norte. Así que solo le hizo un gesto con la mano y continuó bajando con decisión hacia su amada cámara de gravedad.

Continuará...