Una vida normal
Llevaban dos semanas practicando el vuelo, dentro de la cámara de gravedad. El primer día había conseguido que levitara haciéndole la puñeta. Cada vez que el mocoso intentaba llegar a él, levitaba fuera de su alcance, sin cambiar la posición de la flor de loto. Trunks se enfadaba pero no dejaba de intentarlo hasta llegar a su padre. Después se pegaba un porrazo detrás de otro, cada vez que lo conseguía y se percataba que flotaba en el aire. Lentamente el renacuajo iba ganando confianza hasta que, a los tres días, ya no caía nunca. A la semana ya podía volar bastante bien y, durante la última, habían trabajado aumentando, otra vez, la gravedad. Vegeta sabía de su potencial. Lo había visto en su hijo del futuro. El pequeñajo podía llegar a ser aún mejor, si él le enseñaba desde ahora.
Durante el tiempo que pasaban juntos, además, aprovechaba para enseñarle otras cosas que no entendía porqué las hacían diferente en este planeta. Primero, a reconocer cuando se tenía que ir de vientre o a orinar. Era muy indignante eso de permitir que todavía se hiciera las cosas encima, y más, haberlo de limpiar. Tuvieron unos cuantos "accidentes" al comienzo, pero a la tercera vez, lo entendió. Él era el hijo de un príncipe de guerreros y no podía ir cagando por el universo de cualquier manera. Si necesitaba hacerlo, se buscaba un lugar adecuado y se hacía. Si ya podía resistir una gravedad de 30 G, después de tres semanas de entrenamiento, bien que debía poder apretar el culo y aguantar hasta encontrar el WC ¡Qué era eso de dejarlo ir allí donde le pillara porque llevara un atrapa-mierdas! Los viejos y la hembra se lo seguían poniendo. No se fiaban. Pero el mocoso sabía que no le convenía hacer enfadar a su padre por una cosa como aquella. También le empezó a enseñar su alfabeto y expresiones. Al niño esto le encantaba. Era como tener un lenguaje secreto con su padre.
Y a Vegeta también le iba muy bien. Aquellos ratos con el mocoso lo ayudaban a centrarse en lo importante. El futuro. Su legado. Su hijo. A no dejar morir la memoria de su especie. Y a no pasarse el día pensando en sacar a la hembra de su laboratorio, cargársela a la espalda, cerrarla en la habitación y repetir el sexo hasta perder la conciencia. Cuando no estaba con su hijo, enfocado en enseñarle, el resto del día se convertía en un infierno. Tardó casi una semana en dejar la cama sin hacer. Aquel olor era como una droga y al final pensó que la mejor forma de desintoxicarse era tener las cosas limpias, como siempre le había gustado tenerlas. Pero fue peor. Ahora, no tenía su pequeño refugio secreto y su cuerpo le seguía demandando buscar aquel olor.
Muchas noches se había quedado en el balcón, cuando todos estaban dormidos, para poder captar pequeñas trazas del olor de la habitación continua. La de la hembra. Ella, además, parecía continuar evitando coincidir con él en cualquier lugar.
Una noche, incluso llegó a cambiar de táctica. Se fue a la ciudad. El tiempo libre que le quedaba ahora le había permitido aprender otras cosas de los terrícolas, con aquella pantalla donde imitaban comportamientos, explicaban cualquier cosa que les llamara la atención y catástrofes. Parecía que en este planeta también tenían comercio sexual, como en cualquier asentamiento del imperio Cooler. Fue a diversos lugares que vio anunciados pero, así que entró, recordó porqué él no había utilizado aquel sistema en el resto del universo. La mezcla de olores era infecta. Lo saturaba. Nappa y Raditz, más de una vez, lo habían acusado de tener demasiadas manías. Él, era más de hacerlo con alguien de la misión. Dos personas sin más intención que pasarlo bien y continuar con sus vidas después.
Continuaba sin entender porque con aquella hembra era diferente. Así que cuando el viejo le propuso participar en uno de sus proyectos, aceptó enseguida. Necesitaba algo más en lo que enfocarse, además de en su hijo. Y no había bastante con entrenar para luchar contra enemigos imaginarios. Comenzaría aquella mañana, al acabar esta segunda ronda de ejercicios, en una hora. Entonces notó su ki ¿Qué leches hacía aquel payaso allí? Y él que había empezado a acostumbrarse a vivir sin estar rodeado de picha flojas como aquel... En poco rato notó como la hembra se iba junto la piltrafa. No dejaba de repetirse que aquello no iba con él y que no le importaba lo que ella hiciera.
Después ella volvió en un rato, entrando acelerada. Aun así, pudo distinguir, el olor más fuerte de su sexo y más floja de la del imbécil. Era evidente que habían tenido algún tipo de sexo sin llegar a copular, pero el ki de ella estaba muy alterado y lo ponía nervioso ¿Qué le había pasado? ¿Le habría hecho alguna cosa que no quería? Se sorprendió pensando que, si averiguaba que le había hecho daño, le rompería la cara, para siempre.
Continuará...
