Una vida normal
Aquel muchacho no dejaba de sorprenderlo. Llevaba semanas encallado en una ecuación y él, en apenas una hora, había encontrado la razón. Juntos corrigieron el error y continuaron avanzando a partir de ese punto. Cuando su hija se les uniera, comenzarían los ensayos para contrastar los resultados con las previsiones. Pero se estaba retrasando bastante.
- Es extraño que mi Bulma no haya venido aún... -comentó despistado pero pendiente de la reacción del otro-. No es normal en ella -añadió al no obtener respuesta-. Hijo mío ¿Podrías ser tan amable de ir a ver si le ha pasado algo?
Notó que aquel apelativo había tomado por sorpresa al alien, ya que tardó un poco en contestar afirmando con un gruñido. El Dr. sabía que aquello era arriesgado pero también se había dado cuenta de que, al igual que con su hija, con él parecía tener más paciencia y había decidido experimentar, para ver hasta qué punto podía confiar en él. Además, si finalmente acababa siendo su yerno, no quería tener una relación incómoda. Siempre había aspirado a que las personas que escogieran sus hijas, fueran lo suficiente inteligentes y agradables como para poderlas tratar como otros hijos o hijas. Con Tights nunca se podía llegar a saber. Si Bulma era alocada y liberada, su hermana mayor aún lo era más.
En poco rato, Vegeta y Bulma llegaron por fin al laboratorio. Él continuaba serio y no dejaba de observarla, cuando creía que no lo miraba nadie, como siempre, y ella parecía haber estado llorando, pero parecía como si se hubiera sobrepuesto. Ella se extrañó de la implicación del guerrero en el proyecto y de que su padre no se lo hubiera comentado, pero lo aceptó sin más comentarios.
Los experimentos avanzaron más rápido de lo previsto porque, gracias a la fuerza sobrehumana del alien, podían mover y recolocar la maquinaria necesaria, sin las grúas ni los voluminosos robots que normalmente utilizaban. Por contra, Vegeta no era demasiado mañoso con los trabajos de precisión en cuanto a los circuitos, principalmente porque sus manos eran demasiado grandes la mayoría de las veces, pero de eso se encargaba su hija.
El Dr. cada vez estaba más convencido de que formaban un gran equipo, pero le resultaba evidente que aquellos dos continuaban tratando de no hablarse demasiado. Tendría que hablar con su mujer, a ver si ella sabía alguna cosa más, sobre la precipitada entrada de su hija a la hora de comer. La curiosidad lo estaba matando pero no quería arriesgarse a romper aquel frágil equilibrio, en una colaboración que apenas acababa de empezar.
Continuará...
