Disclaimer: el universo de Canción de Hielo y Fuego pertenece a George Martin. Mía solo es Myranda, que tampoco es gran cosa.

Las dos historias participan en el primer Certamen de los Originales del foro Alas Negras, Palabras Negras. El primer capítulo tiene como tema el amor.

Advertencias: Myranda Connington es un OC (un personaje original) creado a propósito para la actividad citada. Es la hermana mayor de Jon Connington y una persona muy particular.

Palabras: 685.


I

Autoestima

Cuando su hermano entró en Nido del Grifo colándose como una rata, a Myranda empezó a dolerle la cadera. Jon siempre había sido un dolor. Ordenó confinarla junto a sus estúpidos primos, pero se negó. Los criados hicieron una fila en el patio para jurar lealtad y le aconsejaron que los acompañase. Randa clavó en ellos sus ojos casi incoloros hasta que la incomodidad los invitó a irse.

―No has cumplido mis órdenes ―saludó varias horas después, apareciendo en su alcoba.

―No te has muerto ―replicó Randa―. Ni morirte lo hiciste bien.

Jon se sentó frente a ella, sin pedir permiso.

―Hemos sobrevivido a tu fracaso ―continuó―. Robert nos privó de tierras y riquezas, hasta del señorío; y ahora vienes a terminar de hundirnos. Si nuestro padre pudiese ver lo que has hecho con nuestro apellido, diría que eres el hijo del porquerizo.

―He cometido errores en el pasado que estoy tratando de enmendar ―reconoció, impasible―. No sufras por la suerte de nuestra casa, Aegon nos devolverá con creces lo que hemos perdido.

―¿El niño muerto? ―Los labios de Myranda se torcieron en una mueca displicente―. Tiene muy bien la cabeza para habérsela aplastado contra una pared. Lo he visto por la ventana.

―Hubo un cambiazo de bebés ―explicó Jon, irritado.

―Me sorprende que la madre permitiese que se llevasen a su hijo.

―Lo hizo para salvarlo ―Jon estaba atónito. Myranda lo observó con atención―. Ese muchacho es Aegon Targaryen, el hijo de Rhaegar. Solo tienes que verlo: su parecido es asombroso.

Lo decía sin vacilar. Myranda se acordaba del hombre de cabello de plata que había visitado el Nido hacía una eternidad, al que había tratado de cautivar no por amor hacia él, sino hacia sí misma. El chico del patio de armas tenía también el pelo plateado, eso era verdad.

La mujer sopesó sus palabras, que era algo que no tenía por costumbre hacer.

―Murió en el Tridente hace más de quince años. Supéralo ya, no le debes nada.

―Superarlo ―farfulló. Se puso en pie, apuntándola con un dedo acusador. Myranda contuvo un bostezo. Eso ya lo habían vivido―. Pensaba ser benevolente contigo, a pesar de que en nuestra niñez has sido tan… tan intolerable.

―Te comportas como un crío que desea aquello que se la ha prohibido ―dijo―. Solo te correspondió como cualquier señor haría con un vasallo. Cuando le faltó algo, fue a buscarlo fuera de su matrimonio, y no fue a ti a quien encontró. Diría que me decepciona que ni el exilio haya sofocado el fervor que le profesas, pero no es que me sorprenda.

Jon bajó la mano y se hizo el silencio. Myranda pensó que se pondría tan rojo como su barba, con la cólera a flor de piel.

En los ojos de su hermano solo centelleaba el desprecio.

―Nunca has podido amar, Myranda. Estás podrida por dentro. Padre consiguió una docena de pretendientes para ti y todos podían oler el hedor, por eso huían despavoridos.

¿Sería cierto? Myranda sabía que la humillación hablaba en la boca de Jon, pero se preguntó si habría verdad en lo que decía. Nadie la había querido nunca y, al menos al principio, había puesto de su parte. Antes de espantar a señores, comerciantes y hasta al príncipe de Rocadragón, había pretendido el amor de un hombre que debía haberse entregado a ella sin reservas; pero no importaba lo bien que leyese o lo lista que fuese, ni su destreza rasgando el arpa: para su padre nada había sido suficiente. Carecía de ingenio y discreción, no sabía ser divertida ni sonreír.

Sin embargo, cuando Jon llegó al mundo, lo hizo con todo lo que a ella le faltaba, y su padre se deshacía en elogios hacia su heredero. Los que a ella nunca ofreció.

―El amor no es para todos, Jon. Yo lo aprendí hace tiempo.

―Te confinarás en la torre oeste con nuestros primos ―respondió él, masticando las palabras. Se dio la vuelta y se marchó.

Randa echó otro vistazo por la ventana, calculando que pronto su hermano aprendería una nueva lección, junto a una segunda cicatriz en el corazón.