Disclaimer: el universo de Canción de Hielo y Fuego pertenece a George Martin.

Esta historia participa en el primer Certamen de los Originales del foro Alas Negras, Palabras Negras.

Advertencias: Myranda Connington es un OC. Esta viñeta distorsiona con toda probabilidad la personalidad del personaje canónico que en ella aparece, es por el chiste. El libro que se menciona aparece en Fuego y Sangre.

Palabras: 566.


II

El mundo es de los valientes

Myranda había leído a Coryanne Wylde, aunque estuviese absolutamente prohibido. En su opinión, Wylde tenía una narrativa pobre y poco esmerada, pero Advertencia para jovencitas cumplía con lo que prometía. Las septas hablaban de la castidad y de las cosas maravillosas que un hombre enamorado podía hacer con su esposa. La realidad era otra, bastante más interesante y mucho menos bella. De hecho, el asunto era bastante sucio, por la experiencia que Coryanne compartía en su libro.

A ella no le hacía falta tocar los extremos de la doncella de Aguasmil. Le bastaba con un solo hombre: el hombre.

El príncipe hacía suspirar a su padre como a una doncella (a su hermano también, por otros motivos). A Myranda no le impresionaba; pero en un matrimonio eso no era lo primordial o, al menos, esa era la conclusión que había extraído. Como todo en la vida, era un juego de poder.

El príncipe entró en la alcoba alto como era, bello como era, toda elegancia en sus movimientos… hasta que reparó en su presencia. Entonces miró a su alrededor, cerciorándose de que había abierto la puerta correcta.

―Lady Connington ―Rhaegar Targaryen saludó con formalidad, evitando el contacto visual―. Esta es mi habitación.

―Conozco el Nido del Grifo ―respondió. Era una obviedad―. Sé que dormís aquí, por eso estoy desnuda en la cama.

―No es muy… decoroso ―dijo.

―Si se hace bien, el sexo no tiene nada de decoroso. Dicen que sois un gran lector, ¿no habéis leído a Coryanne Wylde?

―Porque había un ejemplar en la biblioteca de la Fortaleza Roja. Me perturbaría dejar un libro sin leer ―se excusó, con el rubor en las mejillas―. Precisamente lo escribió para animar a otras doncellas a no seguir su ejemplo…

―¿Sí? ―Myranda reflexionó unos segundos, desconcertada―. Quizá no se haya explicado correctamente.

El príncipe seguía escudriñando las paredes.

―¿Y bien? ¿No os apetece divertiros? Pensaba que a los hombres siempre les apetecía divertirse con una mujer.

―Soy demasiado melancólico como para divertirme.

―Comprendo.

No lo comprendía.

―Alguien podría vernos, mi señora. Figuraos qué escándalo ―persuadió.

―Casaos conmigo y a nadie daremos explicaciones.

―Es que creo que queremos cosas diferentes ―afirmó―. Además, ahora mismo estoy enfocado en mis proyectos personales.

―¿Las canciones?

―No exactamente.

―Ayer le dijisteis a mi hermano que nuestras tierras son hermosas. Hacedme vuestra esposa y las contemplaréis cuanto queráis.

―Podemos ser amigos, si lo que codiciáis es la atención que doy a vuestro hermano.

―Yo no le envidio nada a Jon, no os equivoquéis ―Myranda se sentía ofendida por ese príncipe mojigato, asustado ante la visión de su desnudez.

―¿Decís que me amáis?

―En absoluto.

Rhaegar se atrevió a echar un vistazo, componiendo un rictus que la mujer no supo descifrar.

―Pues si no me amáis no me casaré con vos ―sentenció―. Me duele a mí más decirlo que a vos escucharlo, os lo aseguro.

Giró sobre sus talones y salió por la puerta, con la cabellera de plata revuelta por el impulso. Con la misma ligereza marchó al día siguiente, aludiendo compromisos inaplazables.

Myranda tuvo que aceptar la derrota. No era la primera vez que la rechazaban. Tenía que intentar un enfoque más agresivo, o su padre terminaría casándola con el mercader de especias. Pese a la decepción, no terminaba de dolerle del todo la huida de Rhaegar Targaryen. En su opinión, ese hombre era más extraño que un perro con dos colas.


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Yo no sé qué me pasa con este señor, que últimamente solo me sale parodiarlo. Este incidente lo mencioné en la ficha del personaje y no pensaba escribirlo, pero como los otros personajes no me decían nada, helo aquí. En otra versión decía lo de no eres tú, soy yo; lo quité porque me parecía que ya me estaba pasando bastante de rosca.