Una vida normal
Hubiera deseado quedarse toda la mañana deglutiendo entre sus piernas. Disfrutando del placer de observar como se veía obligaba a retorcerse de puro éxtasis. Enteramente a su merced. De emborracharse de aquel sabor y del aroma que tanto lo había enloquecido las anteriores noches. Jamás pensó verse en aquel estado de desesperación por prolongar lo que tendría que haber sido una distracción pasajera.
Había estado con especies que eran reconocidas por expeler potentes afrodisíacos que esclavizaban a sus parejas sexuales. Que utilizaban ese sistema para protegerse de sus enemigos y depredadores. Con él no había funcionado nunca. Los saiyajin habían sido únicamente receptivos, en ese sentido, a su propia especie desde hacía incontables generaciones. Cuando encontraban a su hembra saiyajin se volvían monógamos, siempre y cuando esta les correspondiera. Eso también explicaba su extremado racismo.
Cuando tuvo que quedarse en este planeta, esperando aumentar su poder para poder enfrentarse de nuevo a Freezer y vengarse, había sido como vivir entre mascotas. Algunas parecían personas, pero para él habían sido como mascotas disfrazadas. Antes, al descubrir que Kakaroto se había reproducido con una hembra del planeta y que convivía con ella, le vinieron náuseas. Una cosa era jugar con tu mascota, otra, muy diferente, reproducirte y vivir con ella.
Si su padre levantara la cabeza seguramente se moriría otra vez del disgusto. Lo único que había solventado ese muro de prejuicios era el hecho de que los híbridos demostraron ser superiores. Eso era una mejora de la especie y los saiyajin siempre habían perseguido la superación. Existían leyendas de que en tiempos pretéritos se habían mezclado con seres de otros planetas, e incluso que Vegetasei, en realidad, había sido expoliado de sus habitantes originales, tras un éxodo espacial... Eso era lo que le había explicado Nappa. Pero se había dejado de cruzar porque el resultado eran descendientes de inferiores capacidades.
Y aquí estaba él, enviciado con una insignificante hembra que no tenía fuerza de combate alguna. Repitiendo otra noche entera y esperando ya por la siguiente- Mujer ¿Dónde podemos encontrar más de esas fundas? -Ella lo miró como un pez fuera del agua, rogando que lo devuelvan a su medio. Acarició suavemente las estrías de su vientre. Ella no tenía cicatrices de batallas, como era habitual en cualquier saiyajin. Pero aquellas marcas también le hablaban de otra hazaña de la que también no era extraño que murieran. La mitad no sobrevivían al primer parto. De ahí la importancia de encontrar una compañera fuerte. Si en su monogamia perdían a su pareja, se acabó el sexo de por vida. No como que fuera una tortura, simplemente dejaban de necesitarlo y eso también era un problema para las dinastías reales. Por ello, tener más de un heredero garantizaba, casi siempre, la sucesión. Pero seguramente, a Tarble debería de hacer años que debieron darle caza y lo habrían matado otros mercenarios de los Cooler. Sonrió, cada vez que acariciaba una de sus estrías la mujer se estremecía de pies a cabeza. Era gracioso como algo tan fútil podía causarle esa reacción.
- Vegeta, déjame respirar ¡Oh, dios! -Se tapó la cara con las manos-. Seguro que mis padres han escuchado eso -Un rubor diferente volvió a cubrirla por completo.
- ¿Lo de las fundas? Lo dudo -Bromeó él-. Tampoco he gritado tanto como tú -Agregó riendo, consiguiendo que la mujer se tapara, aún más, con la almohada.
- ¿Nunca te han dicho que eres un malnacido? -Murmuró bajo el cojín.
- Sí, muchas veces. Pero eso ya lo sabías ¿No? -Acabó recibiendo con el plumífero escudo, cosa que le hizo reír aún más. La mujer se lo quedó mirando incrédula por un momento y luego volvió a arremeter repetidas veces con el objeto.
- ¡Laaaaargo! ¡Vete de aquí! ¿Cómo te atreves a reírte así de mí? ¡Vete! ¡Largo de mi cama y de mi habitación!
- ¡Vale! ¡Vale! Ya me voy... -Respondió sin dejar de reírse y recogiendo sus cosas del suelo mientras ella lo perseguía, continuando con su patético ataque, hasta la misma entrada. Antes de salir del todo, sin vestirse, se giró un momento, esquivando el último porrazo y asiéndola por la cintura con su brazo libre, para darle un rápido beso en los labios y soltarla después-. Piensa en las fundas -Sin esperar respuesta entró en sus propios aposentos.
Continuará...
