HETALIA PERTENECE A HIDEKAZ HIMARUYA
[La Llorona, de la película de Disney Pixar Coco]
1829
«Jamás reconoceré ese tratado...¡Jamás dejaré que se vaya!»
Cuba no podía evitar sentirse asustado. España había entrado como una tormenta en su isla y, escudándose en su autoridad como metrópolis, había comenzado una ofensiva desde allí. Una ofensiva que podía tenerlo a él como daño colateral. Pero aquello no era lo que preocupaba más a Cuba. Temía por México. La razón por la que España había ido a su casa era porque era el territorio más cercano a México.
— ¡Ayúdame, hermano!—le rogaba ella. Cuba tan sólo podía morderse el labio y apartar la mirada.
Siglos atrás, España solía desembarcar en sus playas para aprovisionarse antes de llegar a ella. Solía hablarle sobre su 'hermana'. Su hermosa hermana. Ella siempre lloraba cuando debía partir, de modo que cada vez que volvía a América la colmaba de regalos, besos, abrazos, había todo lo que habría hecho un padre amoroso. A veces llevaba a Cuba consigo para que ambos niños tuvieran con quien jugar, y él los miraba con una sonrisa. Entonces, sus lágrimas de tristeza se convertían en lágrimas de felicidad. De ver a su papá de vuelta. Lloraba tanto que España a veces la llamaba su Llorona.
Ahora viajaba a casa de Cuba con la intención de atacarla.
Y la atacó como un león.
«¡Es mi pequeña!»
México ya sabía que no lo aceptaría, había tratado de prepararse para cualquier eventualidad, pero no habría esperado nunca tanta ferocidad. La mirada en sus ojos, sus dientes apretados, las órdenes de que dispararan los cañones, cortaran cuellos y cabezas, ¡fuego, fuego!...
Estuvo segura por un momento de que la mataría antes de dejar que fuera independiente...
«¡Eras Nueva España! ¡Eras para mí una hija más que una hermana! ¡Eras mi orgullo! ¡Mi joya, mi vida, el amor de mi vida! ¡Ibas a ser todo lo que nunca pude ser! ¿Por qué te despojaste del nombre que te di para tomar el de tu madre? ¡¿Por qué eres tan ingrata?!»
Nadie iba a ayudarla, de modo que México luchó con uñas y dientes para preservar su integridad y su misma vida.
Golpeó a España en la cara, trató de empujarlo lejos de ella, pero él la aplastaba con su peso, sus manos rodeaban su cuello.
«¡Te hice la princesa de América! ¡Del mundo! ¡Solía quedarme desvelado por las noches pensando en ti cada vez que Francia, Inglaterra y Holanda atacaban! ¡Manché mi alma para que tú te presentaras pura ante los ojos de Dios! ¡Te di todo lo que tenía! ¡Te habría dado mi corazón de habérmelo pedido! ¡Y ahora pretendes abandonarme, ahora que estoy débil y cansado! Tú y tus hermanos...sois una panda de diablos desagradecidos...todos vosotros...Pero tú...¡¿CÓMO PUEDES HACERME ESTO?!»
Y, de repente...Hubo un destello...
Estaba mirando a su niñita. La veía jugando con su pareja de xolos, más grandes que ella. Correteaba por todo el lugar («¡A que no me pillas!»). Haciendo muecas graciosas, provocándole la risa, cuando se suponía que debía estar escuchando los informes serios de sus virreyes. Recibiéndolo con flores. Llorando. «No te vayas, papi», y después, «¡Papi, has vuelto! ¡No vuelvas a irte nunca más!».
Y en un abrir y cerrar de ojos...
Las lágrimas volvían a resbalar por las mejillas de México. Ahora era una mujer. Y estaba sangrando por la nariz y luchando por respirar.
Sus manos...Las sintió extrañas, como...las de un extraño...¿Quién estaba estrangulando a Nueva España? ¿Quién osaba hacer tal cosa? Lo mataría...No dejaría que nadie...
La revelación lo golpeó como una roca. México aprovechó aquel segundo.
Empujó a España al suelo, ahora ella encima, y propinó golpe tras golpe a su cara, enseñando los dientes, agarrándole del pelo para tirar y golpear su cabeza contra el suelo.
— ¡Loco! ¡Maldito loco! ¡Hijo de perra!
Un par de lágrimas cayeron sobre su boca. Quizás pensara en matarlo. Era lo que uno debía hacer con perros rabiosos como él. Si aquella era su intención, España dejó que lo hiciera. Tan sólo alzó la mano un momento, para tocar uno de sus largos mechones de pelo; México, interpretándolo como un intento de tirar de él, la inmovilizó.
Ahora era él quien lloraba.
«Aunque la vida me cueste, Llorona...No dejaré de quererte...»
FIN
