Una vida normal
Ya solo faltaba un mes para que las malditas bolas se volvieran a activar. Estaba deseando que lo hicieran para poder ir a buscarlas y resucitar a la condenada mujer. Su hijo cada día estaba más insoportable. Empezaba a estar frito de tantos "por qué". Parecía que el mocoso creyese que él era una especie de enciclopedia galáctica andante.
Habían logrado grandes avances en su entrenamiento. Cada vez imitaba mejor los movimientos de lucha. Todavía le costaba dominar el tema de las emociones y eso sí que era algo que, a él, le sobrepasaba.
A falta de la madre, él tuvo que asumir más responsabilidad como padre soltero. Agradecía la ayuda de los abuelos. Había descubierto que ella no era ni tan loca ni tan estúpida como todo el mundo creía. Realmente era todo lo contrario. Empezó a entender que muchos de los rasgos de personalidad de la mujer los había heredado de su madre. Demostraba que era muy buena estratega y eso le agradaba. Si alguien le hubiera dicho, años antes, que llegaría a considerar a la rubia de esa manera, que se ganaría su respeto, le hubiera dicho que estaba loco.
Gracias a ella podía trabajar el tema de las emociones con el pequeño. Ella le dio la idea de recordarle al pequeño lo ocurrido con su madre. Debía aprender. Era medio humano y eso era un gran problema para un saiyajin. Con un bebé puro nunca habrían tenido ese inconveniente. Pero el daño ya estaba hecho.
Al crío, también empezaron a llevarlo al laboratorio. Obviamente allí no podía hacer nada más que observar lo que hacían los adultos o entretenerse con sus juguetes, en un rincón, mientras, entre los tres, lo vigilaban.
Los Sres. Briefs no se atrevían a llevarlo a jugar con otros niños humanos. Temían que pudiera ocurrir un accidente como con su hija. Eso provocó que el niño, poco a poco, fuera desarrollando una personalidad entre introvertida y traviesa, para llamar la atención de los mayores. Su abuela era la que más jugaba con él.
Para él, los entrenamientos con su padre, seguía considerándolos como juegos pero aun así, al caer la noche, después de acabar la cena que le preparaba su abuela, siempre pedía que fuera su padre quien lo llevara a dormir y le explicara un cuento.
Las primeras noches Vegeta lo acompañó a dormir porque los Sres. Briefs seguían consternados. Les iba a costar hacerse a la idea de la muerte de su hija, aunque fuera temporal. Se negó en redondo a leerle ningún cuento. Pero sí que le habló de su gente, lo que, para el pequeño, equivalía al cuento diario que casi siempre le había leído su madre.
Pasado unos días, Vegeta empezaba a sentirse demasiado cansado. Muchas de las cosas que quedaban por explicarle no tenía humor de recordarlas. Algunas ya habían perdido sentido, otras nunca le habían gustado en realidad, las más, no estaba completamente seguro de cuáles eran ciertas y cuáles eran leyendas. Hablar de ellas lo hacía sentirse más viejo de lo que ya había empezado a sentirse. Su hijo jamás conocería todas aquellas cosas, gentes y costumbres porque habían desaparecido por completo ¿Qué sentido tenía? ¿De qué servían ahora? Así que empezó a leerle los cuentos que la mujer había comprado para el pequeño.
Quizás, si se hubiera preocupado más por entender a la especie de la hembra, hubiera podido evitar que su hijo perdiera el control. A veces aún recordaba aquel día y se preguntaba a sí mismo porqué no había reaccionado. Fue como ver uno de esos programas televisados. Algo que le estaba pasando a alguien ajeno.
Las anteriores semanas el Dr. Briefs le había recordado algo que lo había dejado preocupado. El apareamiento de su especie. Aún no podía creer que hubiera sido tan estúpido de no percatarse. Había creído que negando los indicios evitaría las consecuencias. Que con esta especie no podría darse. Que lo de Kakaroto era solo una anomalía. Que solo era un celo, un poco más fuerte de lo habitual.
Todavía tenía la esperanza que el proceso se hubiera interrumpido, con la muerte de la mujer. Como decían en este planeta "No hay mal que por bien no venga". La había puesto a prueba varias semanas después de que dejara de verse con el payaso, pero ella no parecía corresponder, cosa que lo alivió inmensamente.
Aún así, cuando todo quedaba en calma, con los Sres. Briefs y Trunks durmiendo, tras leerle su cuento diario, no podía evitar que le vinieran recuerdos de los momentos que había compartido con ella; en la fiesta de gala, en el laboratorio, las veces que la había observado sin que nadie se diera cuenta, admirando su genio y coraje, la forma en que se concentraba, como lo miraba cuando él le hablaba de cualquier tema, su risa, su olor...
Otras noches caía rendido, tras volver a realizar entrenamientos al mismo nivel que cuando se había preparado contra los androides. En esas ocasiones, un sueño recurrente siempre lo acompañaba y lograba despertarlo sobresaltado, empapado en sudor frío. En él revivía el momento en que Freezer mató a su madre delante de él. Pero en vez de verlo a través de una pantalla, él estaba ahí. Salía corriendo, intentando impedir su muerte, pero siempre llegaba tarde. Cuando llegaba hasta el cadáver, en vez de a su madre se encontraba el cuerpo despedazado de la mujer.
Sí, tenía muchas ganas de volverla a resucitar, porque ya estaba harto de todo esto.
Continuará...
