Una vida normal

En el momento en que se lo dijo, fue consciente que era mentira. Ya lo amaba. Ahora, sobrevolando la ciudad hacia la residencia Briefs, tal como les prometió, se dio cuenta de que lo empezó a hacer cuando lo reencontró. Él no le pidió nada por su parte y en cambio le ofreció todo. En ningún momento la había intentado cambiar en su manera de ser.

Sabía que ella le gustaba y también que iba con pies de plomo para intentar comprenderla. Él era uno de los pocos buenos hombres que había conocido. La mayoría eran una pandilla de egocéntricos que solo se preocupaban por aquello que ellos querían. Compitiendo para someter al resto a su voluntad. Entre ellos no se respetaban, con las mujeres todavía menos. Ella además, era considerada casi una muñeca. El mismo Dr. Gero la había utilizado en este aspecto.

Cuando entraba en los lugares sentía las mismas miradas sobre ella, que aquel cerdo le había echado durante años. Ella había acabado odiando a la mayoría y ya no se paraba a analizar posibles alternativas por los motivos de las miradas lascivas. Si alguien osaba dirigirle la palabra, valía más que saliera corriendo si no quería acabar con todos los huesos rotos o muerto. No se les debía nada a aquella pandilla de inútiles.

Pero Krilín era diferente. Se le notaba que ella le gustaba, pero nunca le había hecho ninguna insinuación fuera de lugar. Tenía en cuenta que era lo que ella quería, casi siempre. Y era buena persona, valiente y nunca se daba por vencido... luchaba hasta el final, aunque le pudiera costar la vida, si podía salvar al resto. Era el tipo de hombre que podría tener a la mujer que quisiera, si esta no era una tonta. En cambio, él le había dicho que la amaba a ella. Ella, que no podía ofrecerle casi nada. Unos sentimientos que no sabía ni siquiera si eran de verdad o formaban parte de un algoritmo. Si eran algoritmos podrían estropearse o la podrían intentar hackear. Cómo ofrecerle esto a alguien tan especial como él. No, él se merecía mucho más.

Tenía que ayudar a resucitar a Bulma lo antes posible. Solo si todo tenía éxito y podía estar segura de que lo que sentía era de verdad, lo volvería a buscar, para estar con él, si él todavía la quería entonces. Pero para eso necesitaba a un ser con sentimientos reales, una mujer para que realmente la pudiera comprender y con conocimientos de biotecnología suficientes. Necesitaba a Bulma, aunque no le perdonaría nunca que la hubiera delatado a Krilín.

Al llegar al laboratorio se encontró el doctor y el hombre-mono con varios aparatos, como el que usaron el anterior año, para encontrar las bolas y conjurar el Dragón Sheron. El Dr. se alegró de verla, mientras el otro se despidió de él y emprendió el vuelo. El Dr. le explicó cómo funcionaba el aparato y el número de las bolas que cada uno buscarían. Como eran tres personas Vegeta buscaría tres, ella dos y el Dr. las otras dos.

Ya habían detectado dos de muy cerca, y estas serían las que iría a buscar el Dr. Él le dijo el número de las que le tocaban a ella y se marcharon en el acto. El Dr. tardó dos días para recoger las suyas. Ella una semana. Vegeta, al buscar tres y las más lejanas, tardó dos semanas.

Toda la familia se reunió en el jardín. El niño junto al hombre-mono parecía extrañado e imitaba el ademán de su padre. Ella no entendería nunca qué había visto Bulma en aquel hombre. Su áurea negativa era muy potente, incluso ella la podía percibir. Tenía que haber exterminado civilizaciones enteras. Ella también había muerto a muchas personas pero no había llegado a erradicar a ninguna especie. Además, la mayoría de las muertes fueron programadas por el Dr. Gero. Por eso no le gustaba nada, no se fiaba. El niño, en cambio, era totalmente puro, como el resto de la familia. Ella se mantuvo a distancia del resto. Era cómo si estuviera fuera de lugar, pero quería asegurarse que la mujer volvía.

El Dr. Brief conjuró al dragón en el jardín de casa. Al aparecer, esta vez, les dijo que solo les concedería un deseo, puesto que apenas había pasado un año des de que lo habían conjurado y todavía no tenía bastante energía para ofrecer más.

El Dr. Brief pidió la resurrección de su hija sin pensárselo dos veces. En el jardín, tirada en el suelo, como sí hubiera caído de espaldas, apareció la mujer inconsciente. Pero su ki era evidente. La habían recuperado, se podía ir tranquila. Más adelante ya volvería a tratar con ella.

Continuará...