Holas!
aquí vuelvo con una nueva adaptación de mi autora preferida y con la pareja que me encanta. Espero que a ustedes también les guste.
Hinta Hyuga Había vivido recluida en su casa durante años, aislada por voluntad propía de una cuidad que la tildado de asesina. Pero ahora, convencida de que por fin la gente habría olvidado, estaba preparada pata retomar su vida. Entonces conoció a Sasule Uchicha, un forastero con un pasado misterioso al que contrató para que la ayudara a rediseñar su Jardín. ¿Qué pasara en entre jardín?
Capítilo 1
Ella salió como un espíritu de la casa iluminada. Cruzó, gritando, el porche delantero, y su voz, aguda y clara como la de una soprano, resonó por encima del gruñido del enorme pastor alemán negro. Cuando la vieja puerta de madera se cerró a su espalda, ella estaba ya en medio de la alta escalinata.
A medias hechicera, a medias Valquiria vengadora, corrió hacia él ataviada con un camisón a través del cual se filtraba la luz de la casa. Su pelo largo se movía y ondulaba a su alrededor, brillando con destellos azules a la luz de la luna. Sus pies apenas tocaban el suelo. Delgada y etérea, con los rasgos puros del rostro crispados por la preocupación, era lo más bello que Sasuke Uchicha había visto nunca.
⎯¡Akamaru! ¡Aquí, pequeño! —gritó mientras se zambullía bajo el ramaje de un magnolio, apartando las ramas largas y retorcidas de una espirea. Miraba fijamente al perro que montaba guardia junto al camino de ladrillo cubierto de musgo.
El perro gruñó una advertencia que resonó profundamente en el pecho de Sasuke. El perro no le quitaba la vista de encima. Alzaba el hocico y enseñaba los dientes en señal de desafío. Cuando la mujer se acercó, el animal se movió para impedirle el paso.
—¿Qué pasa, chico? ¿Por qué te pones así? —ella aminoró el paso. En su voz había ansiedad, pero no temor. Entonces, vio a Sasuke.
Se detuvo tan bruscamente que su pelo voló impulsado hacia delante, cubriéndole los brazos como una capa de rayos de luna cautivos. Cerró los puños. Abrió los ojos de par en par. Cuadró los hombros y luego se quedó tan inmóvil que pareció transformarse en una estatua de mármol.
Sasuke se olvidó del perro. Y también olvidó por qué estaba allí, entre las zarzas enmarañadas, las enredaderas y la maleza exuberante que componían el jardín delantero de la mansión gótica llamada Ivywild. Avanzó y salió de la oscuridad, moviéndose como un sonámbulo.
El enorme perro saltó sobre sus patas traseras y se lanzó directamente a su garganta.
⎯¡Abajo! ¡Abajo, Akamaru! —el grito de la mujer se mezcló con el gruñido del perro. Pero no cabía esperar que el animal quisiera, o pudiera, obedecerla.
El instinto de Sasuke entró en acción. Se giró cuando el perro lo golpeó y, tambaleándose por la fuerza del impacto, se dejó llevar por la inercia para amortiguar el golpe, al tiempo que sujetaba la enorme y blanca cabeza del animal con manos de hierro. Encontró los puntos de presión y los apretó fuertemente con los dedos. Luego, todavía girando, cayó de rodillas y, flexionando los músculos duros, describió un círculo completo.
Todo acabó enseguida. Cuando Sasuke se levantó, el animal estaba tendido en el camino entre la mujer y él, y apenas respiraba
Ella gimió, se arrodilló y apoyó sobre el regazo la cabeza floja del perro guardián. La abrazó con fuerza y se balanceó adelante y atrás.
—Se pondrá bien —dijo Sasuke con voz suave y al mismo tiempo severa.
Ella no contestó. Él notó que contenía el aliento cuando el perro se agitó, gimiendo.
De pronto, la mujer levantó la mirada. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¡Podría haberlo matado!
⎯Si hubiera querido matarlo, ya estaría muerto. Solo lo he dejado fuera de combate unos minutos mientras nosotros hablamos —Sasuke podía haberle dicho que su precioso Akamaru podía haberle desgarrado la garganta, pero no valía la pena el esfuerzo.
Ella hundió los dedos en el pelaje del animal, abrazándolo con fuerza.
—Esto es propiedad privada. Váyase inmediatamente o llamaré a la policía. ¿Le ha quedado claro?
No era así como debían haber sucedido las cosas. Él había pensado en llamar educadamente a la puerta y quedarse en el porche mientras lanzaba su discurso. No había esperado que la visión de una mujer vestida con un camisón suave como un susurro le agitaría el corazón, dejándolo sin aliento. Nunca hubiera imaginado que pudiera ocurrir tal cosa... Al menos a él y, sobre todo, en aquel lugar y con aquella mujer. Lo inesperado de la situación lo hacía sentirse incómodo, aunque no quisiera aceptarlo.
En cualquier caso, dejar fuera de combate al perro no era un buen comienzo, se mirara por donde se mirara.
—Siento haberle hecho daño a su perro —dijo.
—¡Oh, sí, claro! —ella le lanzó una mirada mordaz.
—No ha debido atacarme.
—Solo estaba... Solo intentaba protegerme. Cauteloso y desconcertado, Sasuke volvió a intentarlo, buscando un lugar firme donde apoyarse.
—¿Usted es la señora Hyuga, Hinata Hyuga?
—¿Y qué si lo soy?
—Yo... quería hablar con usted —ese había sido su propósito inicial. Las cosas habían cambiado. Aunque le pesara.
Ella no cedió ni un ápice.
—No creo que tengamos nada de qué hablar.
—Su ama de llaves, Kurenai Yuhi, es una buena amiga de mi abuela. Me dijo que necesitaba ayuda para limpiar esta jungla, y que el jardín lleva más o menos abandonado desde la muerte de su marido —su abuela había dicho muchas más cosas. Debería haberle prestado más atención, pensó mientras añadía—: Yo tengo experiencia en esa clase de trabajo.
Ella lo miró varios segundos, con expresión intensa y penetrante. Luego dijo con incredulidad:
—¿Es el nieto de la señora Tsunade? —él asintió con la cabeza, dolido por la mordacidad de su voz⎯. ¡Pero usted no es jardinero!
Él sacudió la cabeza.
—Soy ingeniero. Pero trabajé como jardinero para pagarme los estudios —imprimió a sus palabras un suave filo, como si quisiera hacerle saber que no le importaban sus prejuicios.
—No puedo pagar a un ingeniero —dijo ella secamente.
Él pensó en decirle que no le cobraría nada por sus servicios..., por cualquier servicio que deseara, y en cualquier momento. Pero aquello no daría resultado, y él tenía el suficiente sentido común para saberlo.
—Lo que le ofrezco es trabajo manual al precio normal.
⎯¿Por qué?
Aquellas dos palabras quedaron suspendidas en el aire un instante. Akamaru se levantó, se sacudió y volvió a echarse sobre el vientre. Alzó la mirada hacia Sasuke, pero la apartó enseguida, como si estuviera avergonzado. Gimiendo, se arrastró unos centímetros para lamer la mano de su ama en señal de disculpa.
Sasuke observó al animal con una sensación muy parecida a la envidia, y dijo:
—Por muchas razones, pero digamos solamente que necesito el dinero.
—Podría encontrar un trabajo mejor en cualquier parte. —Necesito tener tiempo libre, no estar demasiado atado.
Ella acarició la cabeza del perro y luego se puso en pie.
—¿Es porque no le gusta llevar traje? ¿O es a su hermano a quien no le gusta?
—A ninguno de los dos nos gusta.
Hubiera debido imaginar que ella habría oído hablar de Itachi y de él. Aquella era una de las principales virtudes de los pueblos pequeños. Y también su mayor defecto.
Sasuke dejó que su mirada se deslizara sobre ella y luego miró hacia otro lado. Pero la delgada figura iluminada por la luna de aquella mujer siguió ardiendo en su cerebro como el resplandor de una vela. Tragó saliva con dificultad.
—Si espera mi compasión... —empezó a decir ella.
—No —él hizo un ademán brusco, cortante—. Nosotros no necesitamos compasión. Ninguno —¡Mi situación no tiene nada que ver con usted!
Él la miró y habló suavemente, ladeando la cabeza.
—Me refería a mi hermano y a mí. Aunque supongo que también podría incluirla a usted.
Ella no respondió. Se quedó allí, mirándolo. La luz de la luna se derramaba sobre su semblante y acentuaba la límpida frescura de su piel, tan fina que cambiaba con cada emoción que se agitaba bajo su superficie. Él observó el perla de sus ojos, y sin embargo cristalino. Aquella mujer parecía estar harta de la gente. Sobre todo, de los hombres y de sus bajas pasiones.
Sasuke pensó que acababa de salir de la ducha; sentía su olor suave y fresco a jabón y limpieza. Aquel olor era un afrodisíaco más potente que cualquier otro que hubiera imaginado. El solo hecho de compartir con ella el aire nocturno lo enervaba y lo excitaba más allá de toda lógica.
Ella parecía frágil y, no obstante, en su forma de dirigirse a él, a un extraño surgido de la oscuridad, había una especie de fortaleza interior. Era una mujer auténtica. Un tanto tímida, pero orgullosa hasta el punto de parecer soberbia. No era perfecta: tenía arrugas en las comisuras de los ojos y su labio superior era bastante menos grueso que el inferior. Pero era casi perfecta, tan próxima a la belleza que casi resultaba imposible dejar de mirarla.
Aquello no saldría bien. Ella no querría saber nada del nieto hippie y californiano de Tsunade Uchicha. Él debía de parecerle un jovencito con más músculos que cerebro. Lo cual, pensándolo bien, no dejaba de tener gracia. Sin embargo, Sasuke no se reía.
Hinata se estremecía ligeramente bajo la mirada de Sasuke Uchicha. Este tenía los ojos muy negros; sus pupilas se extendían borrando todo color, dejando únicamente dos negros e inmóviles pozos de reflexión. Era alto y corpulento, una presencia sólida sosteniendo la noche que se agrupaba en torno a ellos. Hinata comprendió instintivamente que podría protegerla de cualquier peligro que acechara en la oscuridad. Sin embargo, no se sentía segura.
Él era demasiado grande, demasiado fuerte, demasiado rápido. Para defenderse de Akamaru había utilizado algún tipo de arte marcial, ejecutada con peligrosa eficacia. Era, además, excesivamente exótico, con su pelo negro y rebelde, con su rostro cuadrado, de rasgos duros, sus cejas y sus pestañas oscuras y espesas, y el brillo plateado del pendiente en forma de rayo que lucía en la oreja izquierda.
Iba completamente vestido de negro: botas, vaqueros y una camiseta sin mangas que acentuaba los músculos esculpidos de su torso y dejaba al descubierto la mancha multicolor del intrincado tatuaje de su hombro izquierdo, que en la penumbra parecía un dragón enroscado sobre su pectoral y alrededor de la parte superior de su brazo.
Hinata evitó su mirada negra. Sus ojos se posaron un instante sobre el tatuaje. Sintió el súbito impulso de tocar el dragón. Le temblaron los dedos y los apretó con más fuerza sobre las palmas de las manos. Tenía ganas de acariciar su piel cálida y suave y sentir la fuerza de los músculos que se movían bajo el dibujo. Si lo hacía, podría abarcarlo con la mano abierta y percibir el latido de su corazón bajo la muralla de su pecho.
Dejó escapar un profundo suspiro y apartó de su mente aquella imagen como si la quemara. Debía de estar loca. Tenía cuarenta y un años: diez más que él, al menos; alguno más, quizá.
Llevaba demasiado tiempo sola, eso estaba claro. Estaba tan acostumbrada a su soledad y a su aislamiento allí, en Ivywild, que había salido corriendo de la casa cubierta apenas con un camisón. Y, lo que era aún peor, estaba teniendo extrañas fantasías por el hecho de estar a solas con un hombre atractivo. Sin duda estaba perdiendo la razón.
La cálida noche de primavera parecía empujarla hacia el hombre que tenía frente a sí. Sentía la fragancia embriagadora de las magnolias del árbol que se alzaba sobre ellos. Un coro de insectos nocturnos entonaba un suave e incesante appassionato que parecía devolver el eco de las emociones que se agitaban dentro de ella.
A sus pies, Akamaru se levantó con esfuerzo y dio un paso adelante para apretarse contra sus rodillas. El movimiento del perro le permitió liberarse al fin de la extraña rigidez que la atenazaba.
—Mire —dijo bruscamente, con la voz más áspera de lo que pretendía—, yo había pensado pagar a algún hombre mayor para que cortara un par de árboles, quitara la maleza, y tal vez plantara uno o dos macizos de rosas...
Él cortó sus palabras con tono incisivo.
—Yo puedo hacer el doble de cosas en la mitad de tiempo.
—Estoy convencida de ello, pero la cuestión es...
—La cuestión es que le doy miedo. No me ajusto a la idea anticuada y provinciana que tienen aquí, en Kanoha, Luisiana, sobre el aspecto que debe tener un hombre. No soy el típico patán colorado y rapado al cero que no piensa más que en pescar, cazar y beber cerveza. O que, por lo menos, no tiene nada que compartir con una mujer. No me ajusto a la norma —su voz se suavizó—. Pero usted tampoco, Hinata Hyuga.
Los labios de ella se tensaron antes de que los abriera para hablar.
—No sé de qué me habla.
—¿De veras?
La sonrisa que acompañó a su pregunta duró solo un instante. Sin embargo, aquel fugaz movimiento de su boca alteró por completo los duros rasgos de su rostro, confiriéndole el atractivo devastador de un ángel perverso. En su sonrisa había una dulzura incisiva, y también una compresión ilimitada. Aquella sonrisa enaltecía la independencia de Hinata tanto como la deploraba; aplaudía su coraje, pese a su intransigencia; sondeaba su soledad, le ofrecía consuelo, prometía un final para todo aquello.
Pero enseguida desapareció. Ella contuvo un estremecimiento al ver que se extinguía. Que la perdía.
Dio un profundo suspiro y dijo:
⎯No se trata de eso... Yo, al menos, no creo ser tan remilgada. Pero por ahora no necesito más complicaciones.
—Usted necesita ayuda y yo necesito dinero. Eso es todo —sus palabras sonaron con sencillez, como una explicación, más que como una súplica.
Ella alzó una mano, irritada.
⎯¡No es tan simple!
—No, claro que no. Mi hermano tiene cáncer en fase terminal, ¿lo sabía? Yo he pedido una excedencia en la empresa para la que trabajaba en Los Angeles para venir con él a ver a la abuela Tsunade. Ahora, mi hermano quiere quedarse. Puede que la comida casera y la tranquilidad lo ayuden, o puede que no, pero merece la pena intentarlo. En cualquier caso, no estoy dispuesto a vivir a costa de mi abuela. Sí, podría conseguir un trabajo más estable y mucho mejor pagado. Pero tendría que pasarme fuera todo el día, y no quiero. Su casa está cerca, el trabajo no me quitaría mucho tiempo. Soy rápido, trabajo bien y no soy tan orgulloso que no sepa aceptar órdenes. Distingo una rosa de un geranio, y puedo poner ladrillos, tuberías, lo que sea. ¿Qué más quiere?
Sí, ¿Qué más quería? Nada, salvo escuchar eternamente el timbre sosegado y profundo de su voz. Lo cual era razón suficiente para tener cuidado.
—Es un proyecto muy pequeño —dijo ella—. Cuando el jardín esté despejado podría instalarse una fuente en medio de los rosales, pero realmente no merece la pena que malgaste usted su tiempo, y mucho menos su capacidad.
Su sonrisa apareció de nuevo, envolviéndola en su calor, seduciéndola contra su voluntad.
—Ahora mismo, ni mi tiempo ni mi capacidad valen tanto. Y valdrán todavía menos si usted los rechaza.
—No creo que...
—¿Sabe qué le digo? —dijo él, inclinándose hacia delante—. El primer día trabajaré gratis. Si decide que no le sirvo, asunto zanjado. Si le gusta lo que hago, empezaremos a partir de ahí.
—No puedo permitir que haga eso —protestó ella.
—Lo único que le pido es un juicio justo. Empezaré a las ocho de la mañana. ¿Qué me dice?
Sin duda estaba loca, pues todo aquello empezaba a parecerle casi razonable. ¿Qué diferencia había entre emplearlo a él o al viejo Jiraya, o incluso al Konohamaru, que hacía chapuzas para su suegra? Aquel hombre sería solo un trabajador a sueldo; una espalda fuerte y un par de brazos capaces. Más que capaces, probablemente. Un par de días, tal vez una semana, y luego se marcharía.
De pronto pareció tomar una decisión y dijo:
—Que sea a las siete. Así le dará tiempo a hacer mas cosas antes de que haga demasiado calor.
—Usted es la jefa.
Pero ella no se sentía como tal.
Él asintió con la cabeza y después se adentró en la oscuridad por la senda cubierta de maleza que desembocaba en la carretera. Al cabo de un momento. Hinata oyó el rugido distante de una motocicleta que se ponía en marcha. El ruido se desvaneció y de nuevo la noche quedó en silencio.
Un escalofrío la recorrió, a pesar de que la noche era calurosa. Cruzó los brazos, abrazándose fuerte. Akamaru miró hacia arriba y gimió, como si percibiera el desasosiego de su ama.
—¿Tú qué crees, pequeño? —susurró ella—. ¿He cometido un error? —el perro movió débilmente la cola mirando hacia el lugar por donde había desaparecido Sasuke Uchicha. Ella suspiró y cerró los ojos—. Yo creo que sí.
A la mañana siguiente, su nuevo empleado llegó puntualmente. Hinata acababa de ponerse unos vaqueros viejos y una camiseta amarilla desgastada cuando oyó su moto.
Kurenai, su ama de llaves, no había llegado aún, pues antes de ir a Ivywild siempre llevaba al trabajo a su «viejo», como llamaba a su marido, que estaba casi en edad de jubilarse. En vez de esperar a que Sasuke Uchivha llegara ante la puerta y pulsara el anticuado timbre de campanilla, Hinata recogió sus deportivas y se acercó, en calcetines, a la puerta lateral. Al menos, no tenía que preocuparse por Akamaru. Se había pasado la noche en el porche cerrado de la parte de atrás, y allí seguía todavía.
Sasuke Uchicha no estaba en la entrada de coches, donde había aparcado su reluciente Harley-Davidson roja, que parecía fuera de lugar frente a la vetusta casa tardovictoriana. Tampoco estaba en el enmarañado jardín delantero. Pero un ruido condujo a Hinata a un lado de la casa. Él ya estaba trabajando en aquella parte, apartando de la barandilla una cortina verde de zarzas y madreselvas.
Se dio la vuelta cuando ella se acercó. Hizo un breve gesto de saludo con la cabeza antes de decir:
—Habría que pintar toda la barandilla, pero primero habría que cambiar al menos una docena de listones. Se le caerán más si no hace algo pronto.
—Lo sé —dijo ella escuetamente.
—Yo podría...
—Yo puedo ocuparme de eso —dijo ella, cortando en seco el ofrecimiento que él estaba a punto de hacer—. Usted está aquí para ocuparse del jardín.
Él tiró de una larga maraña de zarzas y la dejó caer. Se quitó los guantes y se los metió en la cinturilla del pantalón vaquero. Miró con expresión crítica la casa que se alzaba sobre ellos con sus barandas abalaustradas y redondeadas en los extremos, al estilo de un barco de vapor, sus esbeltas columnas coronadas por adornos intrincados, como telas de araña cubiertas de helado, y la torre cónica colocada en medio del tejado.
—Es una casa muy grande y muy antigua —dijo él—. Sería una pena dejar que se convierta en una ruina.
—No tengo intención de hacerlo —respondió ella secamente—. Ahora, si le parece...
—Creo que mi abuela dijo que es la casa de la familia de su marido. ¿Cómo es que acabó en sus manos?
—Nadie más la quería.
Esa era la verdad exacta, pensó ella. Cuando la vio por primera vez, la casa estaba al borde de la ruina. La madre de su marido, Kushina Uzumaki, se había marchado de allí poco después de que su marido la abandonara, allá por los años sesenta. A la hermana de su marido, Zelda, no le interesaba; de niña se había hartado del enorme caserón y no entendía por qué Hinata se había empeñado en comprársela a la familia después de casarse con Naruto. Incluso éste había protestado a menudo por los gastos de conservación, y durante los quince años de su matrimonio a menudo había hablado de cambiarla por una casa pequeña y cómoda, de estilo ranchero. Pero todo se había reducido a eso: a hablar
—Es excesivamente grande para una sola persona.
—Me gusta grande —dijo Hinata, y sintió que la cara se le cubría repentinamente de rubor. El espectro de una sonrisa apareció en la comisura de la boca de Sasuke Uchicha.
—¿Por dónde empiezo?
—¿Qué?
Él ladeó la cabeza.
— Iba a decirme por dónde tenía que empezar a trabajar.
—Sí, sí, claro —dijo ella, y se dio la vuelta, tomando el camino que llevaba al jardín delantero.
Había pensado en ayudarlo, en parte para estar cerca cuando tuviera que indicarle lo que quería conservar y lo que no. Pero pronto comprendió que no hacía falta. El conocía las plantas y los arbustos; se notaba que tenía experiencia como jardinero. Además, era eficiente. No empezó a trabajar hasta que hubo revisado, engrasado y afilado las herramientas que había en el cobertizo de detrás del paraje.
—Le vendrían bien unas tijeras de podar nuevas —sugirió, pasando un dedo encallecido por el filo de la ancha hoja—. Le facilitaría mucho el trabajo en el jardín.
Tenía razón, y ella lo sabía.
—Le diré a Kurenai que las traiga la próxima vez que vaya a la ciudad.
—También hace falta gasolina para el cortacésped.
—Eso también puede traerlo Kurenai.
Él la observó un momento, con ojos negros e impenetrables como la obsidiana.
—¿Sabe que su coche tiene una rueda pinchada? Y las demás están tan desgastadas que tendrá suerte si consigue salir de la finca con ellas.
— Yo no salgo mucho —dijo ella, evitando su mirada.
⎯No sale nunca, según dice mi abuela... Hace años que no deja la casa. Solo lee y hace cuencos de arcilla en el cobertizo de detrás del garaje. ¿Cuál es la razón?
⎯No hay ninguna. Únicamente que prefiero estar sola —le lanzó una mirada fría antes de darse la vuelta—. Estaré en la casa si necesita algo.
Retirarse era un gesto instintivo de protección. No tenía por qué darle explicaciones sobre su vida. Ciertamente, no era asunto de aquel hombre si ella salía o se quedaba en casa, trabajaba la arcilla o volaba a la luna montada en el palo de una escoba. Y tampoco necesitaba que nadie la observara y le diera consejos que no había pedido, entrometiéndose en su vida. Le pagaría aquella jornada, independientemente de lo que hiciera, y luego lo despediría. Se las había arreglado sin Sasuke Uchicha hasta ese momento, y se las arreglaría sin él cuando se hubiera ido.
Sin embargo, a medida que avanzaba el día, él hacía progresos indiscutibles. Cortó las docenas de retoños de pino y sasafrás que crecían junto al antiguo cercado, dejando al descubierto las estacas despintadas a lo largo de casi todo el frontal del jardín. Rescató y podó el rosal Russell's Cottage que había en uno de los rincones, cortando para ello un amasijo de madreselvas que le llegaba a la altura de la cabeza. Desenterró de debajo de una cobertura de parras salvajes una pérgola y un banco de jardín de madera de ciprés pulida. Y fue amontonando los residuos que producían sus esfuerzos en una pila con la que hizo una hoguera verde, que ardía lentamente. Su palio de humo gris ascendió tan alto que emborronó el sol del mediodía.
Hinata procuraba no mirarlo. Pero, a pesar de sus buenas intenciones, parecía que todo cuanto hacía la llevaba junto a las ventanas delanteras de la casa. Era natural que mirara. Un impulso perfectamente corriente. Nada más.
Él se había quitado la camisa a media mañana. Un lustre de sudor satinaba la extensión bronceada de su espalda, que relucía con cada uno de sus movimientos, mientras polvo y fragmentos de hojas secas se le pegaban a los músculos tensos de los brazos. El vello suave de su pecho relucía como terciopelo húmedo, formando un canal por el que discurría el sudor que bajaba por las elevaciones planas de su abdomen hasta la cinturilla de sus vaqueros. Estaba acalorado, sudoroso, sucio... y espléndido. A Hinata le desagradaba profundamente ser consciente de ello.
Lo último que quería era pensar en un hombre..., en cualquier hombre. Se las había arreglado bien sin acordarse del género masculino; apenas había pensado en el amor y el sexo desde que su marido había muerto. Que la forzaran a recordar todo aquello no le sería de ninguna ayuda. No lo haría, de ninguna manera.
—Hay asado de pollo frío y ensalada de frutas para comer —dijo Kurenai detrás de ella—. ¿Quieres que os lo sirva fuera, en la terraza?
Hinata se giró para mirar a su ama de llaves y notó que un rubor culpable le subía a la cara. Kurenai, rotunda y de pelo blanco, estaba junto a la puerta que comunicaba el comedor y el salón. Se secaba las manos húmedas en un paño de cocina mientras observaba a Hinata. Tenía una mirada sagaz y, alrededor de sus ojos intensamente rojos, el regocijo había fruncido en ligeros pliegues su piel morena.
—No, creo que no —contestó Hinata—. A él... puedes llevarle un bocadillo y una bebida fría.
Kurenai dejó de sonreír y apoyó la mano sonrosada que sostenía el paño de cocina sobre su cadera redondeada
. ⎯¿Por qué? ¿Es que tienes algo contra Sasuke?
—Claro que no. Pero prefiero estar sola —Hinata se giró hacia la ventana, ignorando la mirada severa de la otra mujer.
—No va a morderte.
Una sonrisa seca curvó los labios de Hinata.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Qué has dicho?
Ella se giró y lanzó a su ama de llaves una mirada directa.
—He dicho que sí, que lo sé. Pero aun así no tengo ganas de comer con él.
—Prefieres quedarte encerrada en esta casa en vez de hacerle compañía.
—Eso es. El ama de llaves se encogió de hombros.
—No sabes lo que te pierdes.
Hinata no contestó. La asustaba demasiado que Kurenai tuviera razón.
