Capítulo 2
Sasuke trabajaba como un poseso, podando, cortando y apilando matojos sin cesar. El sol ardía sobre su cabeza. El sudor se derramaba por su cuerpo formando corrientes. Se ató un pañuelo alrededor de la frente y siguió trabajando. Su camisa se empapó, pegándosele a la piel, constriñendo sus movimientos. Se la quitó y siguió trabajando. Su lucha con las ramas de doce metros de un viejo rosal salvaje le produjo largos arañazos en los brazos. Ignoró el escozor y siguió trabajando.
Nada de aquello le importaba. Le gustaba usar los músculos, sentir que se calentaban, que se estiraban y contraían incesantemente, respondiendo sin esfuerzo a sus necesidades. Le gustaba el calor del sol sobre su espalda, disfrutaba del olor de las ramas cortadas, de la tierra removida y del humo. Le producía una sensación de triunfo sacar a la luz los árboles y matorrales añosos, ver surgir una apariencia de orden de aquella confusa maraña.
Debía ponerse a prueba para conseguir aquel trabajo, pero había algo más en todo ello. Necesitaba demostrarle a Hinata Hyuga que podía hacer lo que ella quería tan bien como cualquier paleto de cuello rojo.
Al verla esa mañana, había pensado que trabajaría con él. Le apetecía la idea. Pero Hinata se había metido en la casa y había cerrado la puerta. Desde entonces, apenas había vuelto a verla.
Decían que se le daba bien esconderse. La abuela Tsunade le había dicho a Sasuke que ella apenas salía de su vieja casona desde la muerte de su marido. La gente parecía creer que se había vuelto un poco rara. No estaba exactamente loca, según decían, pero tampoco era una de esas jóvenes y remilgadas matronas que se dedicaban a ir de compras, visitar el club de campo y jugar al tenis.
El trabajo que Sasuke estaba haciendo requería poca concentración, y su mente tenía cierta tendencia a fantasear. Si se dejaba llevar por su imaginación, podía ver en Hinata Hyuga a una especie de princesa encantada por un hechizo. Tenía ese aire de fragilidad. Estaba encerrada en aquella vieja casona, tan parecida a un castillo, narcotizada y dormida mientras la vida pasaba sin rozarla. Y él era un caballero de otros tiempos, dispuesto a abrirse camino entre las zarzas y los espinos para salvarla.
En fin, debía de estar perdiendo la razón.
Un caballero, nada menos. Pero sin armadura, desde luego. Y armado con un par de tijeras de podar, en lugar de con una espada. E imperfecto, por supuesto. Además de definitivamente impuro.
Una puerta se cerró ruidosamente a un lado de la casa. Kurenai dobló la esquina y se apoyó sobre la barandilla.
—Hora de comer, chico —dijo—. Te he llevado unos bocadillos ahí, a la terraza. ¿Quieres té o agua?
El se detuvo, quitándose el sudor de los ojos con el antebrazo antes de mirarla con el ceño fruncido.
—¿Chico? Ella le lanzó una sonrisa irónica que frunció su cara en un millar de arrugas.
⎯¿Es que no te gusta que te llame así? Podría haberte llamado bestia por estar al sol con este calor y sin sombrero. ¿Agua o té?
—Agua —hubiera debido saber que no debía desafiar a una mujer que decía haberle cambiado los pañales cuando niño—. ¿Dónde está la señora Hyuga?
La mirada del ama de llaves se apartó de él.
—Ella no va a comer. Si quieres lavarte, hay un cuarto de baño junto a la cocina.
Parecía que Hinata Hyuga intentaba evitarlo. Sasuke ignoraba si debía tomárselo como una buena señal de que la turbaba, o como un indicio de que no podía soportarlo. En cualquier caso, tendría que hacer algo al respecto.
Kurenai, al menos, no lo dejó solo. Le sacó ensalada de pollo y té a la mesa de la fresca terraza delantera. Mientras comía. Sasuke bromeó sobre el régimen que ella seguía y sobre lo mucho que su marido echaría de menos sus curvas cuando hubieran desaparecido. Al cabo de un rato, la conversación desembocó al fin en lo que realmente le interesaba.
—Bueno, ¿qué le pasa a la señora de la casa? ¿Es una reclusa o solo una estirada? —se recostó en la silla, quitando con un dedo el vapor condensado en las paredes de su vaso de agua. Intentaba no parecer aburrido y un tanto molesto.
Kurenai lo miró con los ojos entornados.
⎯No le gusta mucho la gente, eso es todo.
⎯¿Y por qué?
—Su marido murió, ¿lo sabías? —él asintió y se masajeó los bíceps del brazo derecho, que habían empezado a tensársele—. ¿Sabías que fue ella quien lo mató? —preguntó la mujer.
Sasuke se puso en pie de la impresión.
⎯¿Pero qué...? ¡Eso es imposible!
—Lo hizo, bien sabe Dios que sí —dijo Kurenai. sacudiendo la cabeza—. Pero no a propósito. Él se metió detrás de su coche mientras ella lo sacaba del garaje marcha atrás. Pero hubo gente que dijo que lo había hecho intencionadamente. La suegra, por ejemplo.
—Pero nadie lo creyó, ¿verdad? Solo hay que mirarla. ¿Cómo iba nadie a creer eso?
—Hay gente capaz de creerse cualquier cosa. Parece que Hinata y Naruto tenían problemas. Además, había un seguro de vida muy alto.
—Pero la cosa no pasó de ahí, ¿no?
—Oficialmente, no. No hubo ninguna investigación. Kushina Uzumaki, la madre del marido, decía que fue por culpa del sheriff Tonery, que había sido novio de Hinata. Puede que sí, puede que no. No lo sé. De todas formas, el asunto se desinfló
—Salvo por los rumores.
—Sí, bueno, los rumores siempre persisten.
Él ladeó la cabeza.
—Así que se está escondiendo. ¿Pero por qué, si realmente no lo hizo a propósito?
—Eso tendrás que preguntárselo a ella.
Kurenai evitaba su mirada. Sasuke se preguntaba por qué.
—¿Crees que me lo dirá?
—Puede —la mujer se levantó y empezó a recoger los platos—. Quizá dependa de cómo se lo preguntes y de por qué quieras saberlo —se alejó con su carga, dejándolo solo.
Saseke se quedó sentado unos minutos. Se bebía el agua a medida que el hielo se derretía en su vaso, y observaba lo que había hecho en el jardín y lo que aún le quedaba por hacer. Desde donde estaba apenas se distinguían los trazos generales de lo que antaño había sido un típico jardín delantero. La cerca de estacas blancas que lo rodeaba, y que antaño lo preservaba de las vacas que pastaban libremente, tenía una entrada de coches que daba a la carretera que pasaba frente a la casa y luego describía una curva cerrada hacia la derecha en dirección al garaje adosado a la casa. Un camino recto de ladrillos llevaba de la puerta exterior a la escalinata, y varias sendas sinuosas conducían a la parte de atrás bordeando los extremos ovalados de la casa.
El jardín había sido plantado aparentemente al azar, a excepción de las grandes camelias arbóreas, los jazmines de los rincones de la cerca y los rosales que crecían junto a las estacas del cercado y sobre los arcos de las puertas. Sasuke había encontrado por doquier restos de bulbos de todas clases, desde narcisos a lirios y tulipanes. En un principio, los cuadrados de tierra que quedaban entre las plantas habían permanecido limpios de malas hierbas. En algún momento, probablemente en los años cuarenta o cincuenta, los espacios abiertos habían sido cubiertos con hierba de San Agustín. Aquí y allá podían verse aún parches del espeso césped, pero este estaba en su mayor parte cubierto de hierbajos, zarzas y enredaderas que formaban una pequeña selva.
Una selva que Sasuke debía desenmarañar. Apuró su vaso, recogió los guantes húmedos de sudor y volvió al trabajo.
Kurenai se marchó a media tarde, saludándolo fugazmente con la mano mientras se alejaba en su destartalado coche. Sasuke dejó pasar algún tiempo mientras desenterraba las gruesas raíces de un rosal silvestre que trepaba por una columna. Cuando le pareció que no daría la impresión de haber estado esperando a que el ama de llaves se marchara, se puso la camisa, se acercó a la puerta y pulsó el viejo timbre de latón.
Su sonido estridente se extendió por la casa. En la parte de atrás, el perro de Hinata empezó a ladrar. Poco antes, Sasuke había visto a Akamaru encerrado en el porche cerrado. Se habían mirado el uno al otro a través de la mampara de cristal. Ahora, apoyado en la jamba de la puerta, Sasuke se preguntaba si Hinata Hyuga lo protegía a él del perro o al perro de él.
Hinata no quería abrir la puerta. Se sentía amenazada, casi sitiada dentro de su propia casa. Deseaba no haberle mencionado a Kurenai el asunto del jardín y que Sasuke Uchicha no hubiera aparecido nunca. Podría haber continuado igual que durante los cinco años anteriores, en su confortable soledad, sin apenas contacto con el mundo exterior, más allá de su ama de llaves, sus hijos ya mayores, y el hombre de la camioneta marrón que le llevaba sus compras por correo.
Los catálogos se habían convertido en su única ventana al mundo. Había sido un catálogo de rosas antiguas lo que le había hecho volver a pensar en el jardín después de tanto tiempo. Y aquello había sido un error.
Después del tercer timbrazo, abrió la puerta bruscamente, con una extraña mezcla de miedo e irritación. Con voz tensa y desabrida, dijo:
—¿Sí?
—Lamento molestarla, señora ⎯dijo el hombre de pelo negro apoyado en el quicio de la puerta—, pero necesito hacerle un par de preguntas.
Hinata se dio cuenta de que no lo lamentaba en absoluto. Y no entendía por qué no había podido llamar a la puerta antes de que Kurenai se marchara. Sintió un deseo tan fuerte de cerrarle la puerta en las narices que un estremecimiento le recorrió el brazo. Lo único que la detuvo fue la sospecha de que él se lo impediría si lo intentaba.
Con los labios apretados, preguntó:
—¿De qué se trata?
—Me preguntaba si podría enseñarme dónde quiere la fuente. Y me sería de gran ayuda saber cómo piensa colocar los macizos de rosas que mencionó. Además, no sé exactamente qué quiere conservar y de qué quiere deshacerse.
Ella miró más allá de él, hacia el jardín, con expresión de duda.
—Supongo que no habrá avanzado tanto. Pensaba que solo estaba limpiando y podando.
Él sonrió con un movimiento perezoso de sus labios sensuales que hizo que ella se quedara sin aliento.
—Siempre ayuda tener un plan. ¿Le importaría salir un minuto para aclararme un par de cosas? ¿Cómo podía ella rehusar una petición tan cortés y razonable? Negarse era evidentemente imposible. La intrigaba, además, la perspectiva que él había abierto al hacer retroceder la maleza a lo largo del camino, entre la escalinata y la puerta de la cerca.
Apenas sin darse cuenta, Hinata cruzó el porche y bajó por el camino de ladrillos. Sasuke hablaba, indicando el follaje de junquillos cortados que cubría el camino, preguntándole si quería conservar el jazmín trepador que, junto a la puerta lateral, se había abierto camino a través de una enorme espirea, y otras muchas cosas.
Ella respondía, pese a que la mortificaba estar allí fuera, al sol de la tarde, expuesta y vulnerable frente a otro ser humano. Al mismo tiempo, sentía una emoción creciente. Casi podía ver el jardín que había imaginado surgiendo de entre aquella maraña. En un solo día, aquel hombre había hecho reaparecer la disposición original del jardín, de forma que Hinata podía verlo como solía ser en otro tiempo y como deseaba que fuera otra vez.
Rosas. Quería rosas. No aquellas flores híbridas, tiesas, formales y casi perfectas en las que todo el mundo pensaba cuando oía la palabra «rosa», sino las antiguas rosas de China, las rosas de té, las Bourbon y las Gálicas de tiempos pasados. Eran supervivientes, aquellas rosas. Ásperas y agrestes, se aferraban a la vida y, al comenzar la primavera e incluso durante los rigores del verano y el otoño, producían capullos de una belleza frágil e intrincada que, como si compartieran su alma, esparcían por el aire un perfume dulce.
De pie en medio del jardín, Hinata dijo:
⎯Quiero la fuente aquí, en medio del camino. He pensado que tal vez quedaría bien plantar un seto bajo de boj, de los que suele haber en los jardines franceses, y algunas plantas perennes como clavellinas rosas, salvia azul o margaritas africanas. Aparte de eso, solo rosas y más rosas.
Miró a Sasuke, temiendo en parte haber hablado de forma demasiado estrafalaria. Él la observaba con una expresión pensativa en sus ojos negros como la medianoche y una ligera sonrisa apuntándole en la comisura de la boca. Se quedó callado un momento. Luego, como si de pronto cayera en la cuenta de que ella estaba esperando, asintió rápidamente.
— Puedo hacerlo.
—¿Cree que quedará bien?
—Creo que quedará perfecto.
Parecía sincero, pero Hinata no sabía si podía fiarse de él.
—Lo dice solo porque sabe que eso le llevará semanas de trabajo.
La sonrisa de Sasuke se desvaneció.
—Yo no haría eso. En realidad, para mí es un alivio. Temía que quisiera plantar grandes setos de enebro, de esos que no necesitan mantenimiento y se rodean de gravilla gruesa.
Ella hizo una mueca.
—Eso es muy de la costa oeste.
—Exacto —dijo él, con una mirada cálida y sosegada.
Por un instante, Hinata sintió por el hombre que tenía enfrente una intensa empatía que la asustó. Sasuke y ella no se parecían, tenían poco en común y procedían de ambientes distintos, y, sin embargo, en ese momento parecían estar en la misma onda.
Tal vez aquello funcionara, después todo. Al menos, por supuesto, mientras sus relaciones se mantuvieran en un nivel simple y profesional. Hinata no solo quería un jardín: lo necesitaba. Últimamente había llegado a pensar que sin él tal vez un día entraría en su casa y ya nunca volvería a salir.
—Deje que le enseñe algo —dijo Sasuke, interrumpiendo sus pensamientos. Se dio la vuelta y siguió el camino que llevaba hacia la parte de atrás de la casa. Hinata aminoró el paso al ver hacia dónde se dirigía.
Sasuke apartó con el pie una maraña de zarzas y enredaderas que había cortado junto a una esquina de la casa. Debajo había un bordillo de ladrillo cubierto con una gruesa plancha de cemento. Él se inclinó y, moviéndose con agilidad, levantó la pesada tapa de cemento. Esta produjo un ruido áspero y chirriante al separarse del bordillo.
—¡No! ⎯gritó ella, retrocediendo.
El se irguió y apoyó los puños en las caderas.
—¿Sabe lo que es?
—Un aljibe, por supuesto —respondió ella, irritada—. Pero mi marido nunca... Él siempre decía que era extremadamente peligroso. Nadie se acerca nunca a este lugar.
Sasuke frunció el ceño.
—Solo es un agujero forrado de ladrillos. Ya ni siquiera tiene agua.
—Naruto siempre temió que los niños se cayeran dentro.
—Pues entonces debería haberlo cegado. Pero ahora podría usarse como alberca, si usted quiere. No costaría mucho sellar el recubrimiento de ladrillo para que no se filtre el agua.
—Es demasiado profundo —dijo ella.
—También lo son las piscinas —dijo él encogiéndose de hombros—, y la gente se baña en ellas. De todas formas, aquí ya no hay niños que puedan caerse dentro.
Ella sacudió la cabeza, reprimiendo un escalofrío.
—No. Prefiero que siga así.
—Como quiera. Era solo una idea.
Hinata pensó que parecía decepcionado. Él volvió a colocar en su sitio la plancha de cemento, pero el entusiasmo se había borrado de su cara y sus movimientos eran tensos. Ella le preguntó bruscamente:
—¿Ha visto el río?
—He visto uno que cruza la carretera un poco mas abajo. ¿Se refiere a ese?
Ella asintió y lo condujo hacia el sinuoso riachuelo que corría detrás de Ivywild entre hayas, morales y grupos de helechos. Estaban a medio camino cuando Hinata cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo. Había salido del recinto vallado. Se estaba alejando de la seguridad que representaba cada palmo de su propiedad. ¿Cuánto tiempo hacía que no salía de allí con tanta facilidad?
La recorrió un escalofrío y se le erizó la piel de la nuca. Se sentía desnuda, como si hubiera abandonado un camuflaje protector. Sintió pánico, pero lo reprimió, respirando lentamente.
No, no le pasaría nada. El hombre que iba a su lado transmitía seguridad. Era sólido, como un muro o cercado que se interpusiera entre ella y cualquier peligro que acechara allí fuera. Hinata lo había sentido la noche anterior, y en ese momento lo sentía aún con mayor intensidad.
Pero allí fuera, en realidad, no había nada. El único peligro acechaba dentro de su cabeza, y sabía que debía librarse de él. Lo sabía, y estaba decidida a repetírselo hasta que se lo creyera. Sin embargo, solo permanecería alejada de la casa el tiempo justo para enseñarle el riachuelo a Sasuke Uchicha.
Mientras avanzaba delante de él por la ladera cubierta de árboles y matorrales, siguiendo una tortuosa senda de animales, era consciente de la tibieza y la solidez del hombre que caminaba tras ella. El se movía sigilosamente, con la elegancia natural de un indio. Hinata pensó que, bajo la sombra fresca de los árboles, su piel bronceada poseía un tinte cobrizo.
Ambos seguían sintiéndose incómodos, pero su desasosiego había cambiado. Ella no recordaba cuándo había sido la última vez que se había sentido tan cerca de otro ser humano. Y tampoco recordaba la última vez que se había interesado por lo que sentía un hombre, aparte de su hijo adolescente.
Sasuke estaba impresionado por el riachuelo. Metido hasta la rodilla entre los helechos, con el pelo húmedo de la coleta cayéndole por la espalda y las sombras de las hojas dibujando una filigrana de luces y sombras sobre su piel morena, se volvió hacia ella con una sonrisa deslumbrante. Con voz profunda y reflexiva, dijo:
—Esto tiene muchas posibilidades.
—Lo sé —dijo ella, y contuvo el aliento. De repente temió más aquellas posibilidades de lo que había temido cualquier otra cosa en cinco largo años.
Él ladeó la cabeza; la oscuridad de sus ojos era tan profunda y dulce como el chocolate.
—¿Significa eso que me da el trabajo?
Sasuke había avanzado mucho en muy poco tiempo. Sería capaz de limpiar toda la maleza de Ivywild. Podría construir aquel jardín de rosas para ella. Si Hinata no se hubiera aventurado en el exterior para ver lo que había hecho, lo que era capaz de hacer, su respuesta hubiera sido distinta. Pero ya solo había una respuesta posible.
—Sí, yo... supongo que sí.
El placer iluminó fugazmente la cara de Sasuke.
—Bien —dijo suavemente—. Eso es fantástico.
Hinata no estaba segura de que lo fuera. Y lo estaba aún menos cuando cayó la noche y por fin Sasuke se alejó montado en su Harley. Estaba acostumbrada a la soledad y, sin embargo, esa noche se sintió realmente sola por primera vez. La noche era calurosa, pero ella estaba helada. Se abrazó, preguntándose cómo sería volver a sentir el calor de los brazos de un hombre, un pecho firme que la sostuviera al apretarse contra él... Había pasado tanto tiempo...
Naruto nunca había estado particularmente dotado para los afectos sencillos. Siempre que ella había intentado acurrucarse en sus brazos, normalmente solo había recibido sexo. Esa parte de su matrimonio había funcionado bien; no había sido especialmente satisfactoria, pero tampoco un desastre. Casi siempre hablaban de las cosas prácticas de las que solían hablar marido y mujer: la reparación de las cañerías, los progresos de los niños en la escuela, lo que había para cenar... A veces salían a comer fuera o a visitar a unos amigos y regresaban a casa en medio de un cómodo silencio. De vez en cuando, Naruto la tomaba de la mano. Pero en general carecía del don de la ternura, no le interesaba el deseo desapasionado de abrazar a otra persona y aspirar su olor. Era una necedad, tal vez, añorar lo que nunca se había tenido.
Se sentía sola, eso era todo. La noche se extendía ante ella vacía, lúgubre y silenciosa. No había nada en la televisión que le interesara, y había leído todos los libros de las estanterías. No tenía sueño, ni siquiera estaba cansada.
No podía dejar de pensar en Sasuke Uchucha. En la forma en que la miraba, en el modo en que su sonrisa afloraba a la comisura de su boca y luego se extendía por sus labios en una lentísima aurora; en sus ojos profundos; en los rasgos de su cara, que parecían despeñarse desde los altos riscos de sus pómulos confiriéndole el aspecto implacable de un antiguo guerrero; en la ligereza con que se movía; en su fuerza engañosa; en el brillo de su piel satinada por una pátina de sudor; en el movimiento suave del dragón de su pecho cuando sus pectorales se contraían y se relajaban...
Era una estupidez fantasear como una adolescente acerca de un empleado..., de un joven empleado. Y más estúpido aún era estremecerse por una atracción tan ridícula. Si lograba ser objetiva, se reiría de la mala pasada que le había jugado su imaginación al soñar con una pareja tan inapropiada, como si fuera un canario contemplando la magnificencia iridiscente de un faisán.
Eran solo sus hormonas revueltas, nada más. Todo aquello acabaría pronto. Sasuke Uchicha haría su trabajo, se marcharía y todo volvería ser como antes. Todo, salvo el jardín.
Tendría que contentarse con eso.
Tal vez había sido un error salir de la casa. Había muchas clases de seguridad, muchas clases de peligros. Pero ella saldría indemne si se quedaba encerrada hasta que Sasuke acabara el jardín.
¿Lo conseguiría?
Hola Gracias a aquellas personas que están siguiendo esta historia , y también aquellas que se han tomado el tiempo de leerla .
