Una vida normal

La última bola había sido ligeramente más complicada de lograr. Aquellos payasos de la patrulla roja estaban intentando volver a organizarse. Su intención era recuperar las bolas de dragón y resucitar a todo el equipo. Eran tan idiotas que no habían aprendido nada en todos estos años. El dragón necesitaba recargar energía, especialmente después de conceder el deseo de resurrección de personas en grupo y apenas hacía el año desde la última vez. Seguramente, solo podrían pedir un deseo.

Gracias al localizador de la mujer y a pesar de haberla escondido la bola en un búnker, ultra protegido, con todo tipo de armas que se activaban al detectar cualquier intrusión, logró localizarla. No estaba para tonterías, así que mató a todo aquel que le salió al paso. Él estaba condenado al infierno desde hacía décadas. Ya había estado allí. Unos cuantos muertos más en su lista no iban a cambiar su destino final.

Recién salía el sol cuando llegó a la casa. A18, los Srs. Briefs y su hijo salieron a su encuentro. Por lo visto, aquella muñeca robótica había logrado también las bolas que le habían adjudicado y había decidido quedarse allí.

Directamente se fue hacia el Dr. y le ofreció las tres que cargaba él en una cápsula. El hombre conjuró al dragón que, efectivamente, les confirmó la concesión de tan solo un solo deseo. Recordó cuando tiempo atrás soñara con pedir la vida eterna para derrotar a Freezer. De haberlo logrado, quizás hubiera acabado él mismo con aquel malnacido pero después ¿Qué? Tras ser eliminado por su hijo, el vacío que había dejado la sed de venganza fue inmenso. Trunks, ambos Trunks, le habían ofrecido algo inesperado.

Había disfrutado matando a la re surgente patrulla roja pero no tanto como cuando su hijo asimilaba un nuevo avance. Quizás porqué había sido demasiado fácil, rápido y limpio. Aún tenía miedo de dejar de ser él mismo. De acabar idiotizado como aquella excusa de saiyajin de Kakaroto. Tal vez debería adelantarse y pedir la destrucción del planeta, tal como siempre había amenazado. Su hijo y él sobrevivirían. Siempre guardaba en su bolsillo la cápsula que contenía la nave reparada, con la que fue a entrenar al espacio. De ese modo, su hijo podría explorar todo su potencial sin limitaciones. Estuvo a punto por muy poco.

Por otra parte, eso supondría quitarle el doble de lo que le habían quitado a él. Perdería las raíces de su padre y las raíces de su madre. Eso era una de las cosas que más odiaba de su propia vida. No, podía soportar el odio de todo el universo, si era necesario, pero no el de su hijo. Su hijo sería lo único que testificaría su propia vida cuando él faltara. El último vestigio de un saiyajin puro, ya que Kakaroto apenas podría considerarse como tal, las enseñanzas a sus hijos, aún menos. El segundo, que había nacido estando su padre muerto, puede que no llegara ni siquiera a conocer. No, no podía hacerle eso a Trunks. Así que calló y esperó. Quizás en unos años, cuando el mocoso fuese capaz de entender, podría deshacerse del lastre que suponía este planeta y partir, para explorar con él, nuevas oportunidades que no los dejaran medio atontados como especie.

El Dr. pidió el deseo y la terrícola apareció, en la misma posición en que quedó tras el impacto pero ilesa. Trunks se mantenía a su lado, expectante. La chatarra salió volando, supuso que satisfecha por poder continuar con su majadería con la mujer. Sus padres corrieron hasta ella y, entre ellos, pudo ver como la mujer buscaba a su hijo, pronunciando su nombre. Si hubiera sido una guerrera habría soportado el proceso, pero era la más débil de su grupo de amigos y el sobre esfuerzo pudo con ella.

Fue hacia ellos pero se percató que el crío no le seguía, así que volvió tras sus pasos y lo tomó de la mano para obligarle a seguirlo. Tenía que superar ese miedo absurdo que le había cogido ahora.

La semana anterior a la activación de las bolas, se le puso a llorar en mitad de un entrenamiento. Aquel mismo día, en la sobremesa, los Briefs, habían hablado del tema y de que, cuando regresara la mujer, Trunks, debería aprender a controlar sus impulsos. Pero más tarde el microbio se derrumbó. Le confesó llorando que no quería dañar a su madre, que la añoraba mucho pero le aterraba que volviera a pasar. Este planeta era exasperante. Malditos sentimentalismos. Maldita hembra debilucha. Y maldito él mismo por no haber podido controlar su bragueta. Aún seguía sin entenderlo. Las siguientes veces sí, pero la primera ¿Cómo demonios llegó a pasar? Luego ya era cuestión que la cosa ya estaba hecha, qué más daba volverse a liar con ella. Era buena en la cama y le gustaba.

No iba a aceptar que su hijo se acobardara con su propia madre. Debía aprender a controlar esas estúpidas emociones humanas. Ella se había desmayado. Así que les explicó el agotamiento de la resurrección y se ofreció a llevarla a su habitación. El viejo no podría. Y era mejor que dejarla allí tirada en medio del patio. A saber cuanto tiempo tardaría en recuperarse.

La tomó y entró con ella, dejando a los demás tras él. Casi había olvidado aquel aroma. Pero debía ser fuerte. De ahora en adelante la evitaría tanto como pudiera. Tenía que asegurarse que el proceso se había interrumpido.

Ya estaba a medio subir la escalera cuando ella empezó a recobrar parte del sentido. Notó como lo aspiraba y murmuraba algo sobre él y le mordía una oreja, lamiendo su cuello después. Un escalofrío le recorrió toda la columna. Aceleró el paso para soltarla lo antes posible. El maldito proceso continuaba. Su muerte no había servido ni siquiera para eso.

- Vegeta hazme el amor.

¿Estaba loca? ¡Maldita sea! Debía separarse de ella enseguida- Bulma, yo no... -¡No puedo! ¡No quiero! Pero el olor de ella cada vez era más potente y atrayente. Aquello se estaba volviendo demasiado peligroso. Ella empezó a decirle obscenidades que no lo ayudaron en absoluto. La soltó al lado de la cama, intentando zafarse pero perdió el equilibrio cayendo hacia atrás, con ella encima, mientras ella continuaba con las obscenidades y lograba morderle el otro lóbulo y lamerle el otro lado ¡No, no, no, no! ¿Cómo lo sabía? ¿Acaso se lo habían enseñado en el lugar que fuera que hubiera ido ella? Continuó con la primera parte de la declaración y empezó a mostrar la dominancia requerida ¡Aquello no podía ser real! ¡No podía estar pasando! La mano de ella en su entrepierna, asiéndolo posesivamente le demostró lo contrario. Era real y estaba pasando-. Bulma, para, no podemos... -¡Y encima la estaba llamando por su nombre! ¿Pero qué leches estaba pasando con él?

Ella continuó dominante, tal como lo haría una hembra saiyajin al seleccionar a su pareja definitiva. En ese punto, su segundo cerebro ganó la batalla al primero, cosa que aprovechó ella sin vacilación, ensartándose y contoneándose cadenciosa, sensual y majestuosa, mientras él permanecía paralizado por el pánico. Cada vez que ella decía su nombre era peor. Él también la deseaba como a nadie más antes. Pero quedaba la vana esperanza que ella se durmiera o les cayera un meteorito encima o algo... ¡Lo que fuera!

El golpe de gracia llegó con el guantazo que recibió, de una fuerza insospechada para alguien tan débil. Estaba perdido y no había vuelta atrás. En aquel momento deseó ser suyo para siempre y poderla reclamar de igual modo. Así que dejó de resistirse y se abandonó al rito, repitiendo los pasos de contraparte, confirmando el compromiso y corriéndose juntos, fundiendo cuerpos y almas.

Una vez acabado, se recostó con ella, abrazándola y confirmándole la mutua pertenencia, para siempre. Nunca más podría haber nadie más. Se acabaron las aventuras por ambas partes. Jamás permitiría que otro hombre le pusiera la mano encima o flirteara siquiera con ella. Y él a su vez, no buscaría a nadie más, ni siquiera después de su muerte ¡Maldita bola de barro!

La mujer todavía tardaría algunas horas al despertar. Lo podía sentir en su ki. No estaba seguro como continuaría afectando el vínculo con esta especie. No le había parecido que Kakaroto lo hubiera desarrollado con la bruja. Si todos fueran saiyajins lo notaría, seguro. Quizás, con un poco de suerte, esto no se produciría. Pero ya no estaba seguro de nada. Le había parecido imposible que ella pudiera despertar su ozaru y aquí estaba él, limpiando la entrepierna de su nueva compañera de vida, a lengüetazos. Si ella no se hubiera dormido y fuera saiyajin, estaría haciendo lo mismo con él y retorcerían juntas sus colas. Todavía la encontraba más a faltar en aquellos momentos ¡Se sentía tan mutilado!

Cuando acabó, le puso bien las braguitas y le bajó el vestido. Miró una última vez a su mujer, Bulma, incluso en su cabeza se le empezaba a hacer extraño volverla llamar hembra o terrícola, tal como había hecho hasta entonces. Tan insignificante y, aun así, podía notar, en la cara, donde le había dado el golpe, aunque sin ningún dolor. Sí que era insignificante pero, a la vez, magnífica. Era exóticamente bella, inteligente, valiente, alocada y divertida. Podía haber sido mucho peor ¿Y si le hubiera pasado con alguien como la mujer de Kakaroto? Tuvo un escalofrío de la repulsión que le recorrió todo el cuerpo. Una cosa era que la mujer tuviera carácter y otra de muy diferente, que fuera una total controladora como la morena.

Se levantó y decidió ir a entrenar con su hijo. Así los dos podrían liberar tensiones. Hacia el mediodía notó que estaba despierta. El pequeño también lo sintió.

- Ahora ya sabes que sientes cuando puede ser excesivo. Si vuelves a notarlo, tienes que controlarlo o irte. No te enfrentes y todo irá bien. Más daño le haría que no la quisieras ver -Trató de tranquilizarlo, sin acabar de entender de donde había sacado aquella última idea ¿Cómo podía hacerte daño que no te quisieran ver?

Trunks asintió con la cabeza y salieron juntos a encontrarla en la cocina. Al verla, el chiquillo salió como alma que lleva el diablo a abrazarla eufórico. Definitivamente el canijo no era del todo saiyajin.

Continuará...