Hinata Hyuga lo vigilaba desde las ventanas; Sasuke la había sorprendido varias veces, y aquello no le gustaba. Le desagradaba que se mantuviera alejada de él como si fuera un delincuente. O, peor aún, que no lo considerara lo bastante bueno para relacionarse con ella. Aquella situación duraba ya tres días. Sasuke empezaba a estar harto.

No le importaba que fuera una viuda, ni le importaba que hubiera matado a su marido y que tuviera buenas razones para pegarse un tiro. Ni siquiera le importaba que no viera a nadie, a parte de Kurenai. Quería que saliera de la casa. Quería que hablara con él.

La furia que sentía mientras cavaba, podaba y arrancaba maleza del suelo era extraña, en cierto sentido. Hacía años que había dejado de importarle lo que la gente pensara o dijera de él. Pero Hinata había reabierto viejas heridas. Le había hecho sentirse como un adolescente apocado. Había conseguido interesarle, lo cual era algo más que podía enarbolar en su contra.

Ignoraba por qué lo atraía tanto. No era solo porque fuera una mujer atractiva, pues había millones de ellas en California, y él había conocido a muchas. Tampoco se debía a que sintiera debilidad por las mujeres problemáticas, como a menudo decía su hermano. Él sentía la necesidad de echar una mano a quienes estaban en apuros, pero eso no tenía nada que ver con la dueña de Ivywild.

Allí estaba ella otra vez, tras las cortinas que cubrían la ventana del extremo de la casa. Estaba casi oculta tras el visillo, pero Sasuke había aprendido a distinguirla por el movimiento de las sombras.

Ya estaba bien.

Dejó la pala que estaba manejando, se quitó los guantes y se los guardó en el bolsillo de atrás del pantalón. No iba a permitir que siguiera espiándolo. O salía ella, o entraba él.

Kurenai salió a abrirle la puerta cuando llamó al timbre. Sus cejas grises se alzaron casi hasta el arranque del pelo cuando vio la expresión torva de la cara de Sasuke. Se secó las manos en el delantal y le preguntó:

—¿Pasa algo?

Sasuke asintió secamente.

—Quiero hablar con la señora Hyuga un minuto.

—Está ocupada —respondió la mujer, sin moverse—. ¿Qué necesitas?

—Respuestas —dijo él—. ¿Puedes dármelas tú?

Kurenai se quedó mirándolo y. finalmente, asintió.

—Espera aquí un minuto.

Sasuke apoyó las manos sobre las caderas mientras miraba al ama de llaves desaparecer en el interior de la casa. «Espera aquí», le había dicho. Como un buen chico. O como el jardinero. Sus labios se tensaron.

Al cabo de unos segundos, oyó un murmullo de voces y, después, un silencio seguido del roce de las zapatillas de Kurenai. Mientras se acercaba, esta dijo:

—Dice que averigüe lo que quieres.

—Quiero —respondió él con severa suavidad— hablar con ella.

—Pues ella no quiere hablar contigo, así que no insistas.

—¿Y si lo hago? ¿Vas a detenerme tú? ¿O se lo contarás a la abuela Tsunade? —entró en el largo vestíbulo.

—Conseguirás que te despida —le advirtió Kurenai, retrocediendo unos cuantos pasos

—Bien. Que me despida.

—Pensaba que necesitabas el trabajo.

⎯¿Dónde está? —se internó algo más en la casa. Kurenai se dio la vuelta y trotó tras él.

—En su dormitorio —respondió la mujer, casi sin aliento—. No puedes entrar ahí.

—Sí que puedo —dijo él, encaminándose a la puerta a la que se habían dirigido los ojos de Kurenai.

—Bajo tu responsabilidad.

El ama de llaves se detuvo. En su voz había una advertencia, pero también algo parecido a la aprobación. Él no se paró a analizarlo. Hizo girar el pomo de la puerta y entró en el dormitorio.

La viuda Hyuga estaba sentada en un diván, apoyada sobre un montón de almohadones, con los pies cruzados y un libro en las manos. Al verlo, un suave rubor se extendió por su cara.

Sasuke pensó que la habitación se parecía a ella: una mezcolanza de colores crema, azul y lila, de sólidos muebles victorianos y telas delicadas y sensuales. Era su refugio y él lo había profanado. Más aún, la había atrapado desprevenida e indefensa. Estaba descalza y casi con toda certeza no llevaba sujetador bajo la camiseta amplia y descolorida, a juego con unos pantalones cortos de color blanco. El pelo le caía, suelto, sobre el hombro izquierdo, y se movía con cada latido de su corazón. Ni una pizca de maquillaje oscurecía su tez clara, ni el suave bermellón de sus labios. Era la visión más turbadora que Sasuke había contemplado nunca.

Ella recuperó su aplomo al instante. Dejó el libro a un lado, se irguió en el diván y se levantó. Al hablar, su voz tenía un filo acerado.

⎯¿Qué ocurre? ¿Tiene algún problema?

—Podría decirse así. Quiero saber por qué me tiene miedo —no había pretendido soltarlo así, pero tampoco intentó rectificar.

—No le tengo miedo —dijo ella inmediatamente.

—A mí me parece que sí. A no ser que tenga alguna otra razón para esconderse aquí.

Ella lo miró un momento antes de hablar.

—¿Quién dice que me escondo? Solo porque no sienta la necesidad de supervisar todo lo que hace...

—Está dejando que haga el jardín yo solo, y lo sabe. Cuando acabe, no será su jardín, sino el mío. Ella se encogió de hombros.

—Pues lo haré mío cuando se marche.

—No hace falta. Puede decirme lo que quiere ahora mismo. No tendrá que levantar ni un solo dedo, salvo para hacerme alguna indicación. Puede decirme qué quiere quitar y qué quiere conservar tal y como está, a qué quiere darle forma y qué prefiere dejar en su estado natural. Me he deshecho de las zarzas y de las parras, y de todo lo que estorbaba, pero ahora ha llegado el momento de decidir.

—Pues decida usted —dijo ella a través de los labios apretados—. De todas formas, parece saber de esto más que yo.

—Pero no sé lo que quiere, ni lo que le gusta —dijo con sencillez, pero el énfasis que puso mentalmente en sus palabras hizo que se le pusieran las orejas coloradas.

—¡Haga lo que quiera!

Él la miró fijamente y se reprendió para sus adentros. Ella estaba hablando de flores y arbustos, no de otra cosa.

—Suponga que lo quito todo —dijo él—, y que dejo desnuda..., la tierra.

—¡No puede hacer eso!

—Sí que puedo —gruñó él con absoluta convicción—. Nada más fácil.

⎯Pero ahí fuera hay camelias que tienen más de ochenta años, y un olivo que... —se detuvo, entornando los ojos—. Pero eso ya lo sabe.

—Sé lo que hay ahí fuera —dijo él—. Pero no sé si a usted le importa.

—Puedo decirle...

—Enséñemelo —la interrumpió él. Ella apretó los labios.

—No creo que...

—A no ser que se trate de mí —dijo él suavemente—. Ya que no me tiene miedo, debe de ser que no le gusta mi compañía. La sorpresa y el desaliento brillaron en el intenso perla de los ojos de Hinata

—No es eso en absoluto.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

—¡Ninguno! —No la creo.

Ella arqueó las cejas.

—Al menos, no es nada que tenga que ver con usted, nada que le importe. No entiendo por qué está tan preocupado.

—Quizá sea porque me gusta saber en qué posición estoy.

—Ahora mismo está donde no le corresponde: en mi cuarto —ella lo miró con irritación y se dio la vuelta otra vez.

—Dígame qué pasa y me iré —afirmó él con decisión. Ella tensó los labios, cruzó los brazos sobre el pecho y suspiró.

—No se trata de usted, ¿de acuerdo? Si de verdad quiere saberlo, se trata de mí. No me llevo bien con la gente.

—¿Es eso? —dijo él, alzando una ceja—. No tiene que llevarse bien conmigo, solo tiene que hablarme. No soy complicado, ni muerdo, pero odio que me ignoren.

—¡Yo no lo estoy ignorando!

—Entonces tal vez es que no me necesita.

—No se trata de eso. ¡Es que no sé qué decirle!

Él sonrió lentamente, se dirigió a la puerta, la abrió y se quedó esperándola.

—Siendo así, no tiene ninguna excusa, porque yo puedo hablar por los dos, y no me molesta su compañía.

Hinata le lanzó una mirada fulminante, pero resignada. La había vencido, y lo sabía. Ella no era la clase de mujer que podía ser cruel solo para protegerse. Sasuke lo sospechaba; incluso había contado con ello. Lo cual no decía mucho en su favor, pero menos aún decía en favor de los idiotas que creían que ella era capaz de cometer un asesinato. Sasuke no dejó de mirarla mientras se ponía las sandalias y bajaba delante de él por el pasillo en penumbra.

Sí, había conseguido lo que quería. Había sacado a Hinata Hyuga de su habitación y de su casa. ¿Pero qué haría después?

Era una buena pregunta..., una pregunta que Sasuke se hizo a menudo durante la semana siguiente. Tal vez fuera un arrogante por pensar que sabía lo que le convenía a Hinata, pero no por ello iba a dejar de hacerlo.

Por lo menos había conseguido que ella saliera al jardín cada mañana. Ello le había costado muchas energías y muchas preguntas absurdas que podía haber contestado él mismo a poco que lo hubiera intentado. El sexto día, había logrado retenerla en el exterior el tiempo suficiente para que el sol coloreara su naricilla recta y bajo las uñas de sus largos dedos aristocráticos se acumulara el polvo.

Esa mañana, ella había salido de la casa con las manos enguantadas y un sombrero de paja en la cabeza.

Trabajar a su lado era al mismo tiempo un placer y un fastidio. Ella quería conservarlo todo, lo cual amenazaba con convertir el jardín en un espantoso revoltijo. Pero a él no le importaba. Y no tenía derecho a quejarse.

Además, Hinata sentía tal devoción por los seres vivos que intentaba salvar a cada tortuga, rana, lagarto o serpiente que se interponía en el camino del hacha o la pala de Sasuke. Esa mañana se había pasado una hora persiguiendo de un lado a otro del jardín a una cría de conejo, para asegurarse de que encontraba la salida del cercado.

Como premio a su paciencia, Sasuke podía permanecer a su lado mientras ella trabajaba y gozar del increíble olor a rosas, jazmín y cálida feminidad que exhalaba su piel. Había logrado que fuera ella en persona quien le diera las órdenes, órdenes que Hinata solía disfrazar de amables peticiones. Sasuke podía mirarla cuando ella se agachaba con sus pantalones vaqueros cortos y ajustados para arrancar un bulbo o quitar un par de paletadas de tierra. Había conseguido hablar con ella siempre que quería. Y a veces, cuando menos lo esperaba, Hinata le brindaba una sonrisa.

Era la clase de mujer por la que, en otro tiempo y en otro lugar, Sasuke podría haber dado la vida. Pero, tal y como estaban las cosas, se conformaba con sacarla de su exilio voluntario y ver que empezaba a vivir de nuevo. Ignoraba por qué aquello le interesaba tanto. Quizá fuera porque necesitaba distraerse y mantener la mente ocupada. O quizá porque odiaba que ella despilfarrara su vida.

Sí, y quizá fuera un idiota por pensar que era así de simple.

Estaban comiendo en la terraza. Sasuke tenía problemas para comerse la hamburguesa casera de Kurenai, pese a que estaba buena. Se le cerraba la garganta cada vez que miraba a Hinata, sentada cómodamente a su lado. Estaba cansada y acalorada, y la camiseta mojada de sudor se le pegaba a la piel en los sitios adecuados. Se le habían soltado algunos mechones de la larga trenza que le caía sobre la espalda, y tenía una mota de polvo en las pestañas negras. Sasuke no había visto nada tan hermoso en toda su vida.

—Estese quieta —dijo, y extendió una mano, le rozó la mejilla y le cerró suavemente el párpado con un dedo para quitarle el pedacito de hoja seca de las pestañas.

Ella parpadeó, y luego le sonrío.

—Gracias.

Resultaba increíble que una sola palabra lo hiciera sentirse como un gigante, listo para saltar por encima de un rascacielos, salvar al mundo, o ejecutar sobre la mesa ejercicios lascivos que harían que ella lo pusiera de patitas en la calle en un abrir y cerrar de ojos.

Hinata lo miraba con expresión levemente inquisitiva. Sasuke pensó que debía de haberse ruborizado, pues la brisa que soplaba en la terraza le parecía repentinamente fría. Se quitó la brizna de hojarasca de los dedos con un soplido, tomó su vaso de agua y dio un largo trago.

—No come mucho, ¿verdad? —dijo ella en tono de suave reproche—. Por lo menos, en comparación con lo que trabaja.

—Como lo suficiente —dijo él escuetamente. Lo último que deseaba de Hinata era su preocupación maternal. Ella frunció el ceño.

—Solo me preguntaba si lo hacía a propósito, por alguna de esas ideas californianas sobre la comida sana.

—Supongo que podría decirse así —dijo él finalmente—. El viejo para el que solía trabajar creía que comer en exceso causaba toda clase de problemas. Las ratas gordas mueren pronto, solía decir. Era chino y se reía de la dieta americana mientras removía sus extraños guisos de arroz y verduras. Pero tenía ochenta y seis años y la última vez que lo vi gozaba de buena salud.

—¿Trabajaba de jardinero para él?

Sasuke asintió rápidamente, contento de que ella recordara lo que le había dicho aquella primera noche.

—El señor Wu era jardinero. Él me enseñó todo lo que sé sobre plantas, además de muchas otras cosas.

Ella sonrió con ironía.

—¿La sabiduría de los venerables ancianos y todo eso?

—Usted ha visto demasiadas películas viejas de Charlie Chan —contestó él con una mueca—. El señor Wu sabía mucho de meditación zen y de artes marciales, pero nunca le oí citar a Confucio.

—¿Artes marciales? ¿Eso también se lo enseñó él?

El se encogió de hombros.

—Solo para hacer ejercicio.

—Yo pensaba que con la jardinería ya hacía suficiente ejercicio —dijo ella secamente, inclinando la cabeza.

—Eso creía yo también —contestó él con una leve risa. Su mirada se deslizó por los suaves pechos de Hinata, que se alzaron cuando ella giró la cabeza y arqueó la espalda para aliviar la tensión de los músculos. ⎯Pero el señor Wu sabía cómo cambiar la mentalidad de una persona.

—Creo que echa de menos California. Me refiero a que esto debe de parecerle muy distinto.

—La echaba de menos —contestó él, sacudiendo lentamente la cabeza mientras la miraba—. Pero ya no. Ella evitó su mirada. Recogió con un dedo una semilla de sésamo que se había caído del pan de la hamburguesa.

—Pero volverá, supongo.

¿Volvería? Así lo creía antes. Ahora, ya no estaba tan seguro. Sintió que el cerebro se le pegaba al cráneo al verla ponerse la semilla de sésamo sobre la lengua rosada, y dijo:

—No creo que vuelva pronto.

—¿Por su hermano? ¿Es que él no quiere marcharse?

Ella evitaba hablar de lo que a él le interesaba, lo que significaba que lo comprendía mejor de lo que Sasuke suponía. Aunque tal vez solo fueran imaginaciones suyas. Al cabo de un momento, él dijo:

—Itachi está bien aquí. Por lo menos, todo lo bien que puede estar. No sé si se... marchará algún día.

—Eso está bien. Significa que esto le gusta.

Él la miró fijamente.

—Sí, pero no me refería a eso.

—Oh —ella levantó la cabeza—. ¿No querrá decir que...?

Él asintió lentamente y giró la cabeza justo a tiempo para ver a un arrendajo azul posándose en la baranda. En voz baja, dijo:

—No saldrá de esta.

El canto del arrendajo sonó con fuerza en medio del repentino silencio. Después de un momento, ella dijo suavemente:

—¿Él lo sabe? —Sasuke asintió con la cabeza, pues no se atrevía a hablar—. ¿Cuánto años...?

—En octubre cumplirá treinta y cinco. Cinco más que yo —dejó la cuestión de su edad sobre el tapete. Por la forma en que ella había vacilado al hacer la pregunta, había supuesto que era eso lo que quería saber.

—¿Él...? Quiero decir que si... ¿lo lleva bien?

—No —dijo Sasuke con firmeza—. Creo que no —en realidad, Itachi no lo llevaba nada bien, ¿y quién podía reprochárselo?

—Es afortunado por tenerlo a usted a su lado.

Era la última cosa que esperaba oírla decir. Lo sorprendió tanto que se echó a reír.

—No creo que él estuviera de acuerdo.

—Kurenai me ha dicho que su abuela le ha contado que se queda usted con él toda la noche.

—Alguien tiene que cuidarlo y darle la medicación. Mi abuela se ocupa de él durante el día, pero necesita descansar —lo sorprendió que Hinata hubiera hablado con Kurenai sobre él. Arqueó las cejas al preguntarse el porqué.

Ella se ruborizó ligeramente bajo su mirada.

—El primer día, lo vi echarse una siesta después de la comida. Kurenai me dijo que probablemente lo necesitaba, y me contó la razón. No ha vuelto a hacerlo, así que solo quería decirle que no me importa que lo haga, si lo... necesita.

Lo que necesitaba tenía poco que ver con el dormir, aunque sí mucho con el acostarse.

—Se lo agradezco —dijo cautelosamente—, pero me echo un rato por la tarde, mientras la abuela Tsunade hace la cena.

—Como quiera —ella se encogió de hombros.

—¿Insinúa que estoy tan bajo de forma que no puedo pasar sin una siesta? —preguntó él en un débil intento por bromear y cambiar de tema.

La mirada de ella se deslizó por su pecho. Él se había dejado la camisa sin abrochar para estar más fresco. Hinata sonrió con ironía.

—No, claro que no.

Él apretó los labios para no sonreír. No le gustaban los cumplidos, pero tampoco era inmune a ellos.

Dejó su plato a un lado y se recostó en la silla. Su mirada se posó sobre la pintura desconchada de la barandilla del porche. y se agarró a aquel tema como a un salvavidas.

—¿Cuándo fue la última vez que pintó la casa?

Ella se encogió de hombros.

—Hace seis años, tal vez siete. Sé que lo necesita, pero...

—Ya le dije que es una pena que esto esté en este estado. Es una casa espléndida.

—Lo sé —dijo ella tristemente—. Pero resultaría muy engorroso.

—También le dije que yo podía hacerlo.

⎯Tardaría una eternidad.

«Exactamente», pensó él. Pero solo dijo;

—No tanto. Es sorprendente lo rápido que se avanza con una cuantas latas de pintura y un compresor.

⎯¿Un compresor?

Él alzó una ceja.

—No es nada nuevo.

—No, pero Naruto siempre lo hacía a la manera tradicional, con un rodillo.

—Naruto era su marido, ¿no?

Ella asintió, con la mirada fija en el plato. Dejó lo que le quedaba de la hamburguesa como si hubiera perdido el apetito. Sasuke notó que se ponía un poco pálida. No era de extrañar, teniendo en cuenta lo que Kurenai le había contado.

—No es culpa suya que él muriera —dijo con voz grave—. No deje que eso la obsesione.

⎯Usted no sabe nada sobre ese asunto —sus ojos brillaron cuando lo miro.

⎯No, salvo lo que me han contado. Pero tengo el suficiente sentido común como para saber que una mujer que es incapaz de hacerle daño a una tortuga, jamás mataría a un hombre —allí estaba, expuesto a la luz del día. Sasuke esperó a que ella le dijera que desapareciera.

Hinata apartó la mirada y tragó saliva.

—Una cosa no excluye necesariamente a la otra.

—¿Quiere decir que de verdad lo mató?

⎯Puede que lo hiciera —tenía la cara colorada y una arruga había aparecido entre sus cejas.

—Oh, sí, claro —Sasuke había esperado que ella estallara, que defendiera su inocencia

—Puede que lo viera acercarse antes de sacar el coche del garaje marcha atrás. Tal vez hubiera podido pisar los frenos pero no lo hice.

Estaba mortalmente seria. Por extraño que pareciera, realmente creía que podía haber matado a su marido a propósito.

—Claro, y puede que pensara que él era lo bastante inteligente como para no ponerse en medio. Diablos, cualquiera lo pensaría.

—Pues no todo el mundo lo pensó.

—Olvídese de la gente y siga con su vida.

—Eso es fácil de decir, pero no puedo... —se detuvo, dio un profundo suspiro llevándose las manos a la cara, y luego volvió a bajarlas, como si apartara los recuerdos de aquel horror.

—No importa. De todas formas, no recuerdo a qué venía todo esto. Yo... Estábamos hablando de pintar la casa. Si realmente quiere hacerlo, puede comprar lo que necesite en la ferretería del pueblo y cargarlo a mi cuenta.

—Sí, pero también podríamos irnos ahora mismo al pueblo para que usted elija los colores —dijo él intencionadamente, y aguardó la respuesta con interés.

—Oh, no creo que sea necesario. El blanco servirá.

—Con las ventanas en verde, supongo —dijo con tono sarcástico, demostrando su decepción.

⎯¿Qué hay de malo en ello? Es lo tradicional. Así ha sido siempre.

—Es aburrido.

—Supongo que le gustaría pintarla como una de esas casas de colores de San Francisco.

Estaba tan asombrada que parecía animada y llena de vida. Y no se equivocaba respecto los gustos de Sasuke. Él dijo en su defensa:

—A los victorianos les gustaban mucho los colores.

—En esta zona, no. Después de la Guerra Civil, la gente solo podía permitirse pintar las casas de blanco, ¿lo sabía? Y así ha sido desde entonces.

—En fin, no quiera Dios que vayamos contra la tradición. ¿Quiere blanco envejecido o blanco brillante?

—Envejecido.

—Debería haberlo imaginado.

Ella se quedó callada un momento, mirándolo. Luego, se levantó.

—Bueno, creo que es hora de que volvamos al trabajo.

La tarde pasó rápidamente, al menos para Hinata. El sol estaba en lo alto un momento y, al momento siguiente, proyectaba largas sombras azuladas sobre la tierra. Hinata estaba luchando con una madreselva que se había abierto camino entre las ramas de un retoño de espirea. Ya había decidido que la única manera de deshacer aquel lío era cortar ambas plantas, cuando oyó un leve ruido justo a su espalda. Se giró con las tijeras de podar abiertas de par en par entre las manos.

Sasuke se apartó y descargó un golpe con la mano. Las tijeras cayeron al suelo y Hinata sintió las muñecas entumecidas bajo los guantes. Se agarró la mano izquierda con la derecha y se la apretó, mirando a Sasuke.

Este se acercó, maldiciendo en voz baja, y la tomó de las muñecas. Le quitó los guantes y los tiró al suelo. Le hizo girar las palmas hacia arriba y mover las articulaciones, observándole la cara en busca de algún signo de dolor. La tensión de su rostro se difuminó en parte al no ver ninguno. En voz baja, dijo:

—No quería hacerle daño. Solo ha sido un acto reflejo.

—Lo sé —contestó ella, reprimiendo un escalofrío al sentir el calor de sus manos morenas—. No me ha hecho daño. Solo me he asustado.

Él le lanzó una mirada rápida y penetrante.

—Sí, bueno, yo también. No sabía que estaba armada y era peligrosa. Hinata podía enfadarse por aquello, o dejarlo pasar. Decidió no darle importancia.

—¿Quería algo?

Él apretó las manos sobre sus muñecas un instante y después la soltó.

⎯En realidad, sí. Iba a preguntarle si puede enseñarme dónde nace el arroyo. Necesito saber cómo es su área de drenaje al norte de aquí.

—Supongo que habrá alguna razón —al darse cuenta de que seguía frotándose la muñeca, hizo un esfuerzo por dejar de hacerlo. Él inclinó la cabeza y le dirigió una sonrisa forzada.

—Estaba pensando en canalizar parte del agua del arroyo hacia su fuente

—¿Pero para qué? —ella frunció el ceño—. ¿No bastaría con uno de esos aparatos que hacen circular el agua?

—Sí, pero tendría que renovar el agua constantemente, o la de la fuente se pudriría al cabo de un tiempo —reprimió una sonrisa—. Además, siento debilidad por los proyectos relacionados con el agua, ¿y qué sentido tiene ser ingeniero si eliges el camino más fácil?

—Dudo que quiera atravesar el bosque para seguir el curso del arroyo. Ahí detrás no hay más que maleza. Y serpientes.

—Me parece que es usted quien no quiere —dijo él—. Pero no importa. Usted solo tiene que indicarme el camino, y yo me haré una idea desde la moto.

—Si lo que quiere es que lo guíe con mi coche... —al ver que él sacudía la cabeza. Hinata se calló.

—Yo estaba pensando en llevarla conmigo en la moto.

—¡Ni lo sueñe! ⎯ella se debatía entre el asombro, la incredulidad y la rabia, sin saber cuál de esas emociones dominaba su cabeza.

—¿Por qué? ¿Teme caerse?

—No, pero...

—Nada de peros. O confía en mí, o no confía en mí. ¿Cuál es el problema?

—Usted no lo entiende —dijo ella, un tanto ansiosa.

—Pues explíquemelo.

—A mí no me gustan las motos —miraba a los lejos, mas allá de él, mientras hablaba.

—No hace falta que le gusten. Solo tiene que montarse en una. Ella apretó los labios.

—Esto es ridículo. No tengo que darle explicaciones. Sencillamente, no pienso ir.

—Es usted una cobarde —dijo él suavemente. Hinata lo miró fijamente.

Hinata lo miró fijamente.

—No tiene derecho a decir eso. Usted no sabe lo que pasa cuando salgo de aquí. ¡No lo sabe!

—¿Por qué está tan segura? Usted no es la única que tiene problemas —dijo él, haciendo un fugaz ademán con la mano—. Sé una cosa, al menos, y es que salir de Ivywild le produce una especie de fobia. Si no se libra de ella, acabará encerrada dentro de la casa, y ya nunca podrá salir.

Ella se mordió el labio y luego dijo con voz casi inaudible:

⎯¿Y eso le parece tan malo?

—Sería un crimen —dijo él sin dudarlo—. Aún le queda mucha vida por delante. ¿Va a dejar que se le escape? ¿Va a permitir que el miedo le dicte lo que puede o no puede hacer?

Aquella idea era nueva para Hinata, que no estaba segura de que le quedara más vida, ni más valor, ni nada que valiera la pena.

—Escuche —empezó a decir.

—No, escuche usted —respondió él, apoyando los puños sobre las caderas—. Es solo un paseo en moto. Lo único que tiene que hacer es sujetarse. No iré muy rápido, no la tiraré y usted podrá elegir el camino. ¿Qué más quiere?

—Que me deje en paz —dijo ella dulcemente.

—Ni lo sueñe —dijo él con una sonrisa sesgada—. No, si quiere tener esa fuente.

Ella lo miró fijamente, preguntándose si la amenaza que parecían esconder sus palabras sería producto de su imaginación. ¿Sería capaz de abandonar el proyecto de la fuente si no lo acompañaba? Era muy posible que fuera así de terco.

Hinata no quería ponerlo a prueba, y ello le resultaba al mismo tiempo molesto y deprimente.

—De acuerdo —dijo, inclinándose para recoger los guantes que él había tirado—. ¿Cuándo quiere ir?

—Ahora mismo —dijo él al instante. Estaba claro que pensaba que Hinata se echaría atrás si esperaban. Era posible que tuviera razón, aunque ella no lo admitiría nunca.

—Entonces, voy a decírselo a Kurenai.

⎯Ya se lo he dicho yo —dijo él, y tuvo el valor de sonreír. Se dio la vuelta y caminó hacia donde se encontraba su Harley, en la entrada de coches.

Ella lo miró alejarse; observó el movimiento ligero y seguro de sus piernas, la forma en que sus vaqueros se ajustaban a las líneas tensas, atléticas de su espalda, el modo natural en que movía los brazos, como si se sintiera a gusto con su cuerpo. Él esperaba que lo siguiera, estaba sumamente seguro de que lo haría.

De entre todos los ejemplares de machos engreídos y arrogantes que Hinata había conocido, aquel se llevaba la palma. Y ella no estaba dispuesta a salir trotando tras él como una doncella india azorada, acalorada y confusa solo porque él deseara su compañía.

Sasuke se giró, la miró con una sonrisa cálida, casi acariciante, y le tendió la mano.

—¿Viene?

Ella lo siguió. No sabía por qué, pero lo hizo. Era preferible a que la llamara cobarde.

Sasuke la condujo directamente a su motocicleta, sin darle tiempo a protestar. Pasó una pierna por encima de la máquina, la sujetó con fuerza apoyando los pies en el suelo, y ayudó a Hinata a subir tras él. Cuando ella se sentó, Sasuke le hizo poner las manos en su cintura. Pero ella las apartó enseguida. Él ladeó la cabeza para ocultar su decepción.

—Es más grande de lo que creía —dijo ella, casi sin aliento.

—¿Nunca había montado antes? —preguntó él, sonriendo un poco para sus adentros por el doble sentido de aquellas palabras.

—Nunca.

—Siempre hay una primera vez para todo. ¿Lista para cabalgar... por la carretera?

—Hágalo de una vez y deje de hablar tanto —dijo Hinata entre dientes.

Él la miró fugazmente por encima del hombro, preguntándose si Hinata sabría lo que estaba pensando. Pero no; ella tenía una expresión tensa y no se reía. Sasuke giró la llave de contacto, dejó que la moto rugiera, y arrancó.

Hinata se agarró al asiento, pero ello no bastó para mantenerla sujeta cuando la moto despegó. Dando un ligero gemido, pasó los brazos alrededor de Sasuke y se aferró a su camisa. Él sintió sus pechos apretados contra su espalda: una suavidad cálida, deliciosa. Hinata apoyó la mejilla entre sus homóplatos. «Perfecto», pensó él, y una sonrisa asomó a la comisura de sus labios. «Simplemente perfecto».

Se echó un poco hacia atrás y redujo la velocidad. Sin duda su pasajera se lo agradecería. Además, así el paseo se prolongaría. Al cabo de un momento, Sasuke giró la cabeza y gritó:

—¿Voy demasiado deprisa?

—No, está bien —contestó ella por encima del ruido del motor, pero no parecía muy segura.

Sin embargo, Sasuke se estaba portando bien; como el espíritu mismo del comedimiento. Condujo por la carretera asfaltada y luego, sin un murmullo ni una vacilación, tomó el camino de arena y gravilla que ella le indicó. No se exhibía y mantenía la moto completamente derecha. Solo se detenía para mirar los acueductos y puentes que cruzaban el río a lo largo de su sinuoso descenso hacia Ivywild.

Era un riachuelo de tamaño mediano, cuya corriente alimentaban cierto número de arroyos que mantenían sus aguas frescas y limpias. En él desembocaban también varios cauces secos que, según supuso Sasuke, debían llevar aguas altas durante las lluvias de primavera e invierno. El río servía asimismo de desagüe a una serie de cerros bajos que bordeaba sus meandros a lo largo de varios kilómetros. El cauce había sido represado en varios puntos, formando pequeños embalses que, sin embargo, apenas habían reducido la velocidad de sus aguas.

Sasuke comprendió enseguida que el río serviría para sus propósitos

—Ya he visto suficiente —dijo cuando se pararon junto a una fragorosa cañería de hierro—. ¿Qué hacemos ahora?

—Volver a casa —contestó ella con firmeza.

Él asintió lentamente.

—De acuerdo. Pero antes quiero ver adónde lleva este camino.

Le pareció que ella protestaba, pero justo en ese momento arrancó la moto y no oyó lo que decía.

Era un camino polvoriento, una senda arenosa y abrupta que serpenteaba entre los bosques. Sobre cada promontorio había unos cuantos árboles viejos, que parecían haber estado alineados al lado de casas en otros tiempos. A fines del siglo XIX, toda aquella región había estado cubierta de granjas con pastos y campos de labor que se extendían sobre las colinas redondeadas hasta donde alcanzaba la vista. Eso al menos decía la abuela Tsunade, que aún recordaba muchos nombres de antiguas familias y podía decir quién lo dejó todo y se marchó a la ciudad para trabajar en una fábrica, quien emigró a Texas, y quién sirvió en la Gran Guerra, o en la Segunda Guerra Mundial, y nunca regresó. Resultaba extraño pensar en toda aquella gente que había vivido y trabajado, tenido hijos y desaparecido sin dejar otro vestigio que los árboles que habían dado sombra a sus vidas.

—¡Dé la vuelta! — le gritó Hinata al oído—. ¡Tenemos que volver!

El asintió, pero no le hizo caso se sentía libre, feliz y afortunado por estar vivo mientras serpenteaba por las revueltas del camino sin asfaltar, moviéndose sin cesar entre el sol brillante y la sombra oscura de los árboles. Deseaba seguir corriendo eternamente. No recordaba cuándo había sido la última vez que había sentido un placer semejante al de correr por aquel camino con Hinata Hyuga aferrada a él.

—¡Pare! —gritó ella zarandeándolo tan fuerte que la motocicleta se tambaleó—. Este camino lleva a la autopista. ¡Nos estamos acercando demasiado al pueblo!

Ella tenía razón. Doblaron una curva y, un poco más adelante, apareció un cruce con una señal roja de stop. Sasuke podía frenar bruscamente y derrapar, o podía frenar despacio y parar la moto a corta distancia de la carretera, por donde los coches pasaban a toda velocidad. Llevando a Hinata detrás, no le quedaba elección. Frenó lentamente.

Ella estaba temblando; Sasuke lo notó cuando detuvo la moto junto a la señal de stop. Hinata sentía un miedo irracional que escapaba a su voluntad. Sasuke se maldijo para sus adentros por haber sido tan imprudente.

—¿Qué quiere que hagamos? —preguntó por encima del hombro con suavidad—. ¿Volvemos por la autopista o por donde hemos venido?

Los coches pasaban en ambas direcciones frente a ellos. Sus ocupantes giraban la cabeza para mirarlos. Hinata hundió la cara contra la espalda de Sasuke.

—Por donde hemos venido —respondió, con voz trémula—. Por favor. Ahora mismo.

—Como quiera —describiendo un amplio círculo, él tomó el camino de vuelta.

Cuando aparcaron frente a la casa, Hinata se encontraba mejor. Al menos, había dejado de temblar. Sin embargo, se bajó de la moto sin decir una sola palabra y se alejó a toda prisa. Atravesó el jardín y subió corriendo la escalinata. La puerta se cerró de golpe tras ella.

Sasuke maldijo suavemente, apretando con fuerza el manillar de la moto. Se había comportado como un imbécil. ¿Por qué no le había hecho caso? ¿Por qué no había regresado cuando ella se lo había pedido?

No había comprendido su estado. No había creído que aquella fobia de la que le había hablado fuera algo tan arraigado. Le había resultado fácil sacarla de la casa y, por alguna razón, había pensado que le resultaría igualmente fácil hacerla recorrer el resto del camino.

Pero, mientras contemplaba el jardín de Ivywild, comprendió que aquel recinto vallado era una especie de extensión de la casa. Hinata no podía soportar salir más allá de sus límites, o eso parecía.

Mirándolo bajo aquella luz, le pareció casi un milagro que hubiera accedido a acompañarlo en la moto.

Hinata había confiado en él más de lo que Sasuke creía; había confiado en que cuidaría de ella y la protegería, manteniéndola oculta.

Y la había defraudado. Después de aquello, tendría suerte si volvía a sacarla de la casa otra vez. En realidad, tendría suerte si conservaba el trabajo.

Pero aquella idea le resultaba insoportable. Había estado demasiado cerca. Ahora tendría que empezar de nuevo.

Pero lo haría. Sí, lo haría. No le quedaba elección.