Una vida normal
Los abuelos le habían dicho que su madre volvería pero hasta que no la volvió a ver, de pie, en la cocina, hablando con la abuela, no se lo acababa de creer. Sí que sentía su ki mientras entrenaba con su padre. Pero había pasado tanto de tiempo, casi una tercera parte de su vida. La espera de volverla a ver se había hecho muy, muy larga.
Mientras ella había faltado, su padre, fue su nueva fuente de información. A pesar de encontrarse muy a gusto con él, todavía le imponía mucho respeto. Había algo en él que le daba miedo. Su madre siempre le había parecido llena de luz, por el contrario, él, era todo el contrario, tenía algo oscuro que no podía identificar a qué era debido. Por otro lado, había descubierto que su padre también sabía muchas cosas. Por eso, siempre se debatía entre ser discreto, para evitar atraer aquel lado oscuro, y hacer cosas para captar su atención, para que no lo dejara de lado, tomando más tiempo en sus entrenamientos en solitario que en los ratos que pasaba con él.
Cuando era más pequeño y la casa estaba siempre llena con los amigos de su madre, todo el mundo hablaba muy bien de aquel Son Goku. Ahora que estaba pasando más tiempo con su padre creía que este era mucho mejor. Sí que era cierto que Son Goku también estaba lleno de luz y no le provocaba nada de miedo. Pero su padre no había dejado de estar con él desde que acabaron la gran fiesta de juegos de guerreros. Y aún con aquella oscuridad y que, de vez en cuando, lo mandaba callar, también era cierto que le había enseñado y explicado muchas cosas que él le había preguntado. Y antes de volver a ver a su madre lo tranquilizó. Si su padre creía que él era capaz de tratar con su madre sin volverle a hacer daño, pues entonces tendría que ser verdad.
Así que con toda su alegría corrió a tirarse en sus brazos, abrazándola con cuidado de no estrechar demasiado, riendo y llorando a la vez. Estaba contento porque estaba viva. Estaba triste y arrepentido porque lo había matado él. Tenía miedo que ella lo rechazara. Tenía confianza en las palabras de su padre. Tantas emociones contenidas que no se atrevía a levantar la cabeza para mirarla y comprobar qué sentía ella.
- Trunks! -exclamó sorprendida-. ¿Como... Qué... Cuándo...? ¡Has crecido!... Entonces ¿No ha sido un sueño? ¿He muerto? -Él continuaba abrazándola, con la cabeza entre sus piernas. No quería volver a perderla. Un olor salado le llegó de repente y finalmente levantó la mirada. Su madre lo miraba entristecida con lágrimas que le empezaban a saltar de los ojos. Se empezó a separar de ella. Ella había recordado y ahora ya no lo querría. Y apenas cuando iba a escapar a toda prisa, ella lo abrazó con aquella ternura que tanto había añorado, dándole besos por toda la cara.
- ¡Lo siento! ¡Lo siento mucho, madre! -osó decir-. ¡Yo no quería! -gritó volviéndose a coger a ella.
- Lo sé, amor, lo sé. No hace falta que te disculpes. No estoy para nada enfadada.
- Y ¿Por qué lloras, pues?
- Lloro de felicidad ¿No sabías que también se puede llorar de felicidad? -Lo apartó para mirarlo en los ojos y sonriéndole.
- ¿De felicidad? -Él no lo entendió. Su padre siempre decía que solo lloraban los débiles por las desgracias que les pasaban. Decía que los saiyajins no lloraban.
- Sí, lloro de felicidad de poderte volver a ver, de poderte volver a abrazar, de volver a estar en casa y de estar viva -Rio eufórica mientras lo volvía a abrazar y a besuquear-. ¡Te quiero tanto! ¡No sabes cuando te quiero!
- Yo también madre. Tenía miedo que me llegaras a odiar -Todavía lo tenía.
- ¿Odiar? ¡Nunca! Nada de lo que puedas hacer me haría odiarte -Le dijo acariciándole la cara. La miró a los ojos y pudo ver que le decía la verdad. Y desde hacía más de nueve meses pudo volver a respirar con tranquilidad.
Continuará...
