Capítulo dos.

En algún punto de la noche regresé de la inconsciencia en mi "sueño profundo" y mi mente —como ya era costumbre— me atormentaba con los recuerdos de la primera vez que la vi, así como de nuestra historia.

Flashback.

Había salido con demasiado tiempo de mi residencia, puesto que equivoqué la hora de mi primer junta y tenía un estimado de cuarenta y cinco minutos libres. Mi chofer hacía tiempo ruleteando por las calles cuando un pequeño pero pintoresco café llamó mi atención, se llamaba: "Buaireadh" (perdición).

Se encontraba en una pequeña esquina. Lejos estaba de ser una fastuosa franquicia moderna, del tipo en donde preparan café mercenariamente y sin contemplaciones por detalles que lo enriquezcan.

No me pareció extraño que al entrar estuviera lleno, así que me abrí paso entre algunos clientes que esperaban su turno en la barra. A lo lejos, justo en una esquina, ubiqué una mesa diminuta y personal.

La tomé de inmediato.

Una agradable música en guitarra instrumental sonaba de fondo muy suavemente.

Una linda chica con rostro infantil no tardó en ofrecerme con amabilidad un menú. Yo le sonreí y lo dejé a un lado. Realmente solo tomaría un "espresso", así que esperaría a que regresara a recoger mi pedido.

Pero el tiempo comenzó a transcurrir y nada que volvía. Levanté mi vista del celular y la enfoqué en la barra: La cantidad de personas parecía no disminuir. Al contrario.

Entonces la vi…

Era una visión hecha mujer. Y por lo que pude observar la "Barista de la cafetería". No hacía falta preguntarle a nadie para saber de inmediato que era la principal fortaleza y atracción de la pequeña empresa, pues la demanda a su alrededor era formidable.

¿Cómo es que lo sé si estoy situado en una esquina?. Pese a todo el ajetreo, desde mi ángulo podía contemplarla nítidamente.

Aprovechando esto me crucé de brazos y la admiré un poco más.

Parecía hacer magia con sus delicadas manos sobre cada taza que tomaba. No sabía en realidad que trazaba con la espuma de la leche, pero los rostros de satisfacción delataban la aceptación de cada entrega. No era común encontrar a una mujer realizar este oficio de tan exquisita manera, y como plus: la mezcla de esa delicada pero exótica belleza en sus facciones, en la elegancia de sus ademanes. Sabiéndose orgullosa de lo que hacía y poseedora de esta habilidad hipnotizante y digna de embelesar tanto a caballeros como a las damas.

Por desgracia el timbre de mi teléfono sonó. Era Tom que se encontraba preocupado porque casi era la hora pactada y yo no me encontraba en el corporativo.

Desconcertado miré mi reloj de mano. ¿Cómo era posible que poco más de 30 minutos pasaran tan rápido?.

Colgué con él rápidamente, no sin antes asegurarle que me vería en menos de cinco minutos.

Realmente me fui de ahí dando un último vistazo a la mujer que me hubiera gustado conocer, o al menos escuchar su voz. Traté de hacer contacto visual, pero fue inútil, se encontraba absorta y ni siquiera sintió mi mirada.

Mi día transcurrió con normalidad. Como presidente de Brower&Conrwell Copr. —empresa fundada con mis primos— era mi diario vivir una fila interminable de juntas pues siempre hay contratos que elaborar, además de revisar y evaluar licitaciones y ofertas. De este campo nos encargábamos Stear y yo pues somos ingenieros civiles. El departamento legal está administrado por Archie.

Al inicio éramos un desastre, apantallantemente inexpertos, pero con el tiempo —pese a provenir de familias con alta cuna— logramos forjarnos un nombre a base de ética y responsabilidad. Siendo así que en el presente despuntamos como una de las mejores opciones en la competencia.

Recuerdo haber llamado a Archie para ir a comer. Mi secretaria reservó en el lugar de siempre, pero su voz preocupada cambió mis planes…

—Lo lamento Tony… estoy entrevistando a las postulantes. Margaret se va de incapacidad en una semana y esto debe de quedar listo. Estoy muy atrasado. Créeme que quisiera escaparme de todo pero es imposible.

La imagen de un Archibald tan desesperado como casi nunca, provocó que me riera de él como cuando éramos adolescentes.

No le causó gracia.

—Deja de burlarte y mejor ayúdame.

—¿Cómo dices? —Pregunté aun recomponiéndome del ataque que hacia estragos en mi estómago.

—"Todos para uno y uno para todos". Has llamado por tu propia mano, así que ahora te mueres en la raya conmigo.

—¡Por Dios hablas como si estuviéramos en guerra!. ¡Son solo entrevistas de trabajo para tu asistente!. ¡Anda deja eso para después de la comida!—Lo animé.

—Definitivamente no tienes idea de lo que hablas. Pero te voy a explicar. Se suponía que Margaret haría el primer filtro hoy, pero con las benditas contracciones de "Braxon Hicks" aumentando en su último trimestre se ha puesto toda intensa y hormonal. Así que, apelando a su derecho legal, dejó el trabajo botado sin importarle mi situación. Justo ahora estoy con veintidós mujeres esperando afuera de mi despacho.

—¿No has avanzado nada? —Pregunté sin asombro y con cierta burla en mi tono. ¿Qué tan difícil podría ser?.

—Solo cuatro —escuché que exhalaba con frustración—. Anda Tony somos casi hermanos. Ayúdame en esto y te invito a cenar a donde tú quieras.

Volví a soltar una carcajada.

—¿Crees que soy una de tus conquistas para que me convenzas con una "cenita"?.

—Está bien… Te llevo al pub ese de mala muerte que tanto les gusta a ti y a Stear.

—¡Hecho!. Ahora bajo.

No es que estuviera ansioso por ayudarle, ni por ir al pub —Stear y yo éramos asiduos—. Lo hacía porque al parecer el lugar carecía de toda la presencia y hasta la higiene mínima necesaria para mi refinado y elegante primo. El que estuviera dispuesto a convivir entre: motociclistas chopper, maldicientes, barbados y ebrios enfundados en pantalones y chaquetas con estoperoles era demasiado tentador.

Cuando bajé el par de pisos que nos dividían mi estado de ánimo cambió radicalmente de la felicidad al miedo. Sí, miedo.

Mi primo no se equivocó en lo absoluto en su descripción, pues una fila de señoritas muy bien vestidas esperaba su turno para entrar a la oficina de Archie, pero nunca me advirtió que me sentiría como si fuera el cervatillo que estaban dispuestas a cazar. Pocas veces me he sentido tan intimidado, pero en mi defensa… la mayoría me repasó por completo. "Empoderadas y sin recato". ¿Cómo han sobrevivido ellas a nosotros…?.

Comencé mi camino por el largo pasillo con una aparente seguridad pero la mirada perdida en un punto fijo.

"Si no hago contacto visual no olerán el miedo. Si no hago contacto visual no olerán el miedo". Me repetía como mantra.

Todo iba bien hasta que la vi de nuevo —como si el cielo y el destino estuvieran jugando ajedrez con mi vida, y yo, el simple peón que desplazaban a su entero antojo—. ¡Dios! ¡Dos veces el mismo día!. Seguramente su turno recién terminaba o había pedido un pase de salida para llegar aquí.

No portaba el uniforme de la cafetería. Traté de no enfocarme tanto en ella, no quería que descubriera mi embeleso. Usaba un traje sastre con falda, y no despegaba la vista de su celular.

Parecía ser la única que se encontraba envuelta en su mundo y no me quería comer.

Cuando llegue a la puerta de mi primo entré sin llamar. Sé que no era cortés pero si necesario. Conociéndome era capaz de cometer una imprudencia y no quería espantarla. Gracias a Dios la pequeña castaña en turno ya terminaba su entrevista.

Me senté frente a él, quien me sonreía con sorna.

—¿Y bien…?. ¿Qué tal te sentiste?.

—Creo que Margaret fue algo cruel al dejarte el filtro a ti —afirmé con una pesada exhalación al tiempo en que repasaba mis cabellos—. Son muchas y son… son… —quería encontrar la palabra adecuada para no sonar grosero.

—Son como muchos hombres hemos sido con ellas. Lo sé. Por lo que observo te dieron el mismo trato que a mi. Pero anda vamos a dividirnos el trabajo. A uno le tocaran diez y a otro once. Tú ocuparás mi privado de aquí atrás. —Miró su reloj—. Si nos damos prisa saldremos poco antes de las seis y nos dará perfectamente tiempo de ir al "tugurio ese" que tanto te gusta.

Mientras lo observaba como dividía los currículos mis ojos no perdían detalle de cada una de las fotografías. Rogaba a mi buena suerte que estuviera entre las aspirantes de mi lado.

Archie repartió diez y cuando llegó a la onceaba, se le quedó mirando unos segundos, para con hoja en mano decirme:

—Te dejaré a esta… —sonrió—. Creo sin temor a equivocarme que es totalmente tu tipo.

Conteniendo ese hormigueo que no sentía por nadie desde que era un inexperto adolescente, tomé el folder y la miré…

—No puedes negar que es hermosa… tiene unos ojos bellísimos. ¿Estás seguro de qué…?

Me interrumpió con un ademán en la mano.

—Por supuesto. Esa mujer es un primor, pero no me fio de las que posan con cara de "yo no fui" para un puesto de asistente.

—Oye…—reclamé—. Rayaste en la misoginia —lo regañé— tu madre no te educó para ser tan prejuicioso.

Evidentemente se arrepintió. Lo vi exhalar por la frustración de hacer algo que no quería para después repasar ambas manos por su cara.

—Lo sé… disculpa, soné como un completo patán. Es solo que estoy algo harto y aún queda camino por recorrer. No la juzgaré, si quieres yo lo hago, dámela. —Extendió una mano que se quedó vacía.

—No lo sé… mejor lo hago yo. A veces puedes ser muy voluble. Yo seré más imparcial.

—Sí como sea… pero empecemos ya por favor.

Así comenzamos y con ello la eterna fila de solicitantes fue descendiendo. El reloj marcaba las cinco con treinta minutos y yo la había dejado hasta el final para tomarme el tiempo necesario. Sé que hacía mal al ayudarla sin conocerla, pero algo en mi interior me lo exigía.

Tan solo dos llamados a la puerta hicieron que mi corazón se brincara un latido por la expectativa.

—Adelante —Respondí con seguridad.

Sé que jamás podre saber con exactitud que rostro puse, pero lo que sí puedo describir es el escalofrío que recorrió mi cuerpo. Más bien… como una carga de electricidad.

La foto no le hacía justicia en lo más mínimo. Tenía presencia y elegancia. Mucho de ambas. Sus ojos eran casi cristalinos. No sentía las dobles intenciones que me provocaron las otras chicas. Sé que me estaba sonriendo por cortesía, pero desde ese segundo supe que perdería todo por ese par de luceros.

—Tome asiento señorita por favor —su nombre en mis labios fue otra descarga pura.

—Gracias… —Su voz era delicada.

—Bien… —me levanté a servirme una copa mientras la dejaba a mi espalda. Necesitaba calmar los crecientes nervios o notaría el temblor de mis manos— háblame un poco de ti.

—¿Qué quiere saber?. —La seguridad en sus palabras me gustó y mucho.

—¿Tienes familia?. —Pregunté con más confianza, creo que el alcohol y la falta de alimento comenzaba a relajarme.

—Sí. Mis dos padres trabajan y tengo una hermana mayor que también le es útil a la sociedad. Le prometo que no tengo antecedentes si es lo que está pensando. —Comentó con una ironía velada y oculta bajo una ínfima sonrisa.

Su respuesta me apenó un poco. Yo solo quería saber más de ella.

—No, no, tú disculparás. Es solo protocolo. Mejor dime: ¿Por qué te interesa trabajar en Brower&Cornwell Corp.?

—Porque recién termino la universidad hace un par de años y aunque he trabajado primero para pagarme mis estudios, y ahora en otra cosa… sentí que ya era tiempo de ejercer mi carrera.

—La cual es….

—Ingeniero civil —Respondió con orgullo.

Esta vez casi se me salen los ojos por la incredulidad y respondí con un descarado entusiasmo repentino.

—¡Eres ingeniero!. ¡Pero qué haces tratando de ser asistente!.

Su risa inundó el pequeño privado y mi impetuosidad quería invitarla a cenar.

—Pues como me han rechazado en el departamento de "Estructuras"…

¡Dios… voy a matar a Stear! —pensé.

—¿En dónde dices que estudiaste?.

—Harvard. Sé que mi familia es de clase media y que no podíamos darnos un lujo como ese, pero me ofrecieron un plan y una excelente beca, así que todos hicimos el esfuerzo y acepté.

—No puedo creerlo… No entiendo como viniendo de ahí no obtuviste el puesto.

—Creo con todo respeto señor que en ese momento mi perfil no era el adecuado. Ni siquiera pasé a la primer ronda.

—Pero hablamos de la mejor universidad que existe.

—Lo sé… pero a la secretaria del señor Cronwell no pensó lo mismo. En ese tiempo estaba algo pasada de peso y bueno… las demás chicas se miraban perfectas.

—Podrías demandarnos por discriminación… —Respondí con vergüenza. Menos mal Stear había cambiado de secretaria, si no alguien despertaría sin empleo la mañana siguiente.

Por un momento continué con mis cavilaciones cuando su risa hizo que pusiera toda mi atención en ella.

—No es para tanto no se preocupe. Ya iré escalando de a poco.

—No lo dudo. Por lo que se ve, eres hermosa por dentro y por fuera.

Posterior a algunas preguntas más tratando de contener mi curiosidad, me despedí de ella deseándole suerte para obtener el puesto.

Más tarde en el pub y tras unas cuantas pintas…

—Bueno… pero si es que le dieron con tubo a Tony —Comentó alegre Stear. Sus mejillas de a poco se habían puesto rojas por el calor del alcohol— solo hay que mirarle la cara de borrego que pone cuando habla de ella.

La risa de Archie —que al final estaba igual que nosotros— sonó escandalosa por todo el pub.

—¡Ya lo perdimos!.

—Creo que haciendo honor al buen hermano que eres, debes redimir el comportamiento de mi secretaria pasada y contratarla.

—No dudo que sea buena, pero también la otra chica lo es… y no estoy tan ebrio para dejarme engatusar Stear.

Otra ronda de cervezas llegaba.

—No niego que si la contratas me ayudarás muchísimo pues la vería todos los días. Pero de igual manera la invitaré a salir. Quiero tratarla.

—¡En serio te gusta y mucho!.

—No tienes idea Archie.

Al terminar designamos al conductor. Según esto era Stear, aunque en mis recuerdos los tres nos encontrábamos igual de ebrios y acabamos en la misma casa.

Los días necesarios pasaron, y finalmente —por convicción de mi primo— mi afrodita se encontraba en la nómina de la empresa.

A partir de ahí todo transcurrió muy rápido.

Yo buscaba cualquier pretexto para bajar al departamento de Archie. Me hacía el día verla y platicar un par de minutos diarios.

Ella a veces era muy tímida o mejor dicho reservada pero muy amable en su trato. Imaginaba que no quería faltar a las políticas de la empresa, pues ningún empleado podía relacionarse en un plano emocional.

Conforme las semanas avanzaban las sonrisas fueron mucho más francas y su trato profesional de tanto en tanto fue relajándose.

Confieso que me costó mucho el que aceptara de mi parte una invitación a cenar, pero al cabo de tres meses por fin lo logré. Ella me encantaba y creo que lo sabía. Mi cara de enamorado era algo que tanto Stear como Archie no dejaban de criticarme.

Nunca olvidaré ese viernes por la noche. Era nuestra primera cita. Pensaba pasar por ella a su casa pero no me lo permitió. No entendía el por qué.

La cité en el "Meritage" y en punto de las nueve de la noche apareció ante mis ojos. Portaba un vestido rojo merlot casi tan oscuro como la sangre. Mis pupilas no pudieron evitar dilatarse. Sus curvas resaltaban pero en el tono perfecto. Se miraba soberbia. Casi podía adivinar la tersura de su blanca piel que se pronunciaba bajo su escote.

La saludé con un beso en la mano, como si fuera un caballero con costumbres del siglo pasado, y ella no pudo evitar sonrojarse, pues varios comensales nos miraban curiosos ante la escena tan poco usual en estos tiempos.

En esa cena terminé de descubrir las cualidades que poseía. Como sus modales refinados al sentarnos a la mesa. Solo porque me decía que su familia había sufrido carencias se lo creía, pero al parecer, en efecto hicieron muchos sacrificios para darle la mejor educación.

Con cada minuto que pasaba percibía lo afines que éramos.

Lejos de la oficina estaba relajada. Reía con frescura y cada que lo hacía se le marcaban unos hoyuelos maquiavélicamente adorables en sus mejillas. Se expresaba con soltura y vocabulario.

De lo que me percaté de inmediato, fue como llamaba la atención de los caballeros que pasaban junto a nosotros, pero no me molestó en lo absoluto, al contrario, una sensación que podría describir cercana al "orgullo" se manifestó repentinamente en mi pecho. Como un pequeño calor abrazador que me envolvía.

Ella era todo y tanto que me era indefinible en esos momentos. Me mostró sin atisbos su compasión, pero también la vehemencia y convicción por defender sus puntos de vista cuando tocamos temas sociales.

Era tierna, idealista, inteligente, congruente e insoportablemente bella.

Jamás me había enamorado —en una vida donde literal puedes "morir de amor" debes tomar tus precauciones— y no podía decir que para ese momento lo estaba, pero algo florecía en nuestro interior, eso era seguro. Sí, en plural. Mi hechicera tampoco podía ocultar sus reacciones ante mi compañía, los gestos de coquetería, las atenciones como caballero que le prodigaba y por qué no: la buena respuesta a mi cortejo.

Ambos disfrutábamos de la lectura, la buena música, y pese no haber experimentado como yo deportes extremos sentía empatía y mucha curiosidad, por lo que de inmediato la invité a volar en parapente.

No supo cómo decir que no, puesto que no se lo permití.

Todo en ella me cautivaba. Como si con la flauta de Hamelín me fuera caminando gustoso al pozo de la perdición que eran sus ojos.

¿Pero quién lo habría pensado?.

Ella solo transmitía energía positiva ante mi. Su plática era interesante, compartíamos profesión, y el que no fuera una muñequita de aparador me enardecía los sentidos. Yo no buscaba una novia trofeo.

En un punto del encuentro nuestros dedos se rozaron sobre la mesa, y cuando nerviosa se mordió un labio yo quise hacerlo por ella.

Al despedirnos, dibujó una hermosa sonrisa sobre esos labios ligeramente carnosos y rosas. Después me dijo con su voz suave:

—Muchas gracias por todo "Tony", me he divertido mucho.

Santo cielo… en realidad me doy cuenta de que me he quedado con la boca abierta, que parezco un ridículo bachiller. Pero el escuchar mi nombre de pila y no un "Sr. Brower" me dejó sin habla.

Ella nota mi turbación, pero me pregunta con esa tierna, bajita y tan femenina voz que a veces emite:

—¿Te encuentras bien Tony…?.

Reacciono de inmediato y le sonrío.

—Discúlpame. Pensarás que soy un tonto. No tienes nada que agradecer. Soy yo quien debe hacerlo. Y más porque pronto viajarás conmigo. No te arrepentirás te lo garantizo.

Se sonrojó de nueva cuenta y tras un beso rápido en mi mejilla la miré desaparecer entre la multitud.

Ese fin de semana fue maravilloso, compartimos todo, y el mostrarle una experiencia que había anhelado por tanto tiempo forjó nuestro primer vínculo: Confianza. Después de todo, lanzarte al vacío con tu cuerpo como único recurso para mantener el equilibrio bajo un gigantesco dosel, con el riesgo de caer con un cambio de corriente en el aire, es toda una experiencia. Pero confiarle tu vida a otra persona lo vuelve más complejo aun.

Cuando tocamos tierra y soltamos los arneses su cabello ondulaba salvaje e indómito, ya que en algún momento de la caída perdió su liga. Luchaba contra el viento y hacía hasta lo imposible por mantenerlo en su lugar. Yo me acerqué para ayudarla aunque de nada serviría. Estábamos en un campo abierto.

Tras pasar unos infructíferos minutos…

—Es imposible… seguro me veo horrenda… —Me dijo en un último intento de contener su larga cabellera.

—Te ves hermosa…

No pude contenerme y acaricié su rostro con ternura. Ella cerró los ojos al instante.

La privé de mi tacto y me aventuré a besar su frente mientras una de mis manos lentamente se colocaba entre su cuello y su quijada.

Bajé con suavidad mi brazo hasta rodear casi por completo su cintura. Me estaba volviendo loco por lo que anticipaba, y ella no hacía nada por detenerme, pues estaba tan anhelante como yo.

Su respiración comenzaba a ser errática, más no abría los ojos.

Sin más, cerré el espacio entre nosotros y la besé.

Sentir sus labios trémulos fue delirante, fui el dueño de sus emociones por un segundo. Me rodeó el cuello con sus manos y pronto se dejó llevar por el momento. Pude notar que no tenía mucha experiencia, pero yo me encargaría de enseñarle y aprender cosas nuevas a su lado.

Cuando no separamos no pude evitar que la oración brotara sola de mis labios:

—Di que aceptas ser mi novia… —imploré en voz baja.

Comenzó a llorar y entre besos me dijo: "Sí".

A partir de ese momento fuimos inseparables.

Regresando al trabajo, arreglé con una floristería el que mandaran al corporativo un ramo con diferentes tipos de flor cada día, pues en un juego conmigo, insistió en que adivinara cuál era su preferida.

De inmediato pensé en comenzar con orquídeas.

Ella era tan diferente que me parecía igual de especial y nada lejos de su inusual belleza. Grande fue mi sorpresa ante mi falta de éxito. Pero eso no abstuvo que un desfile de Margaritas, Tulipanes, Lirios, Gerberas, Magnolias, Azucenas, Jazmines y rosas rojas pasaran por su escritorio.

Entonces un día me di cuenta de que había tratado prácticamente con todo… pero ella no era de un pensamiento estandarizado… ¿Y si ya había dado con la flor, mas no con el color?.

Fue de esta manera que tratamos de nueva cuenta con todos los tulipanes y su gama de color, pero nada paso. Después de un mes entero y algo desesperado, opté por unas sencillas rosas blancas y entonces: ¡BINGO!.

Ese día para celebrar ella me propuso ir a cenar a un restaurante italiano que tenía ganas de conocer.

Para ese momento me reconocía por entero enamorado y era incapaz de decirle que no. Podía pedirme lo más absurdo del mundo que con placer lo haría todo.

Esa noche nos entregamos mutuamente… Reconocer su cuerpo palmo a palmo fue el afrodisíaco perfecto para terminar de hundirme en este laberinto que ella representaba.

Todo era felicidad pura y adictiva. Tanto mi padre, como mis tíos y primos le daban le daban el visto bueno a nuestra relación.

Más todo cambió el día en que me enteré que debía viajar a España por una licitación que habíamos ganado.

Serían tres meses fuera, y mi corazón se angustiaba con el solo hecho de imaginarme lejos de ella. Se había vuelto parte de mi vida tan rápidamente que alejarla de una manera tan brusca era inconcebible, así que hice lo que cualquier persona cuerda y enamorada habría hecho: Le pedí matrimonio esa misma noche.

En mi arrebato no me puse a pensar en que no podría ofrecerle una boda de ensueño como la que seguramente soñaba, no obstante, una vez más me sorprendió emocionándose, aceptando entre lágrimas casarse conmigo y diciéndome que eso era lo único que importaba.

Fue un festejo pequeño. Por muy ridículo que parezca ahí conocí a sus padres ya que siempre estaban trabajando.

Como fuera, partimos un par de días después.

En Barcelona —específicamente— todo fue miel. Éramos una pareja de recién casados, nada podía ir mal. Ella se portaba aún más amorosa, comprensiva y tierna que cuando fuimos novios. Durante nuestra estadía, me sentí un poco culpable por el tiempo que pasaba sola, así que la presenté con algunas esposas de mis socios.

Su carácter se tornó mucho más extrovertido. Era de esperarse que pronto hicieran relaciones y se la llevaran de paseo prácticamente hasta que yo regresaba a media tarde.

Fue el mejor trimestre de mi vida. No obstante, cuando volvimos a Boston las cosas comenzaron a cambiar de tanto en tanto.

Lo primero que me asombró fue que rechazó mi oferta de trabajo. Ella siempre me contó que anhelaba ejercer, pero al prometerle un tiempo de entrenamiento a mi lado —para que aprendiera sobre la práctica cómo es el desenvolvimiento de un ingeniero civil— me rechazó. Al instante mi expresión fue de incomprensión, pero cuando me comentó que deseaba ser madre pronto y estar para nuestros hijos en todo momento, me desarmó por completo. Claro que había pensado en hijos, pero no quería asustarla.

Mi corazón no podía hincharse más de felicidad.

Si bien es cierto que me habría encantado que desarrollara su potencial, tampoco puedo criticar a las mujeres que son "madres presentes". Creo que todo rol es respetable mientras la convicción sea el principal elemento para moverlo. Y ella… había sufrido la ausencia materna durante toda su vida, yo no era nadie para contradecir sus intenciones.

La búsqueda del futuro bebé Brower no tardo en comenzar. Dejamos cualquier método anticonceptivo. Fueron dos meses de momentos intensos. No nos costó nada practicar. Nuestro deseo era desenfrenado y a provechábamos cualquier ocasión para entregarnos. Salvo los pocos momentos que compartíamos con mi familia o la de ella.

Habíamos creado nuestra burbuja de ensueño, o eso es lo que quise creer…

Hace poco más de un mes, una tarde regresé temprano a la casa porque me había olvidado de unos papeles que necesitaba revisar. Cuando estaba por entrar a mi despacho escuché su risa y la de alguien más, pero sabía bien quien era. Mi esposa era visitada con regularidad por la única amiga de la infancia que le conocía: "Madeline", así que decidí saludar al salir, aunque hubiera preferido no hacerlo.

Cuando estaba por tomar el picaporte para terminar de abrir la puerta que se hallaba a tres cuartos de su totalidad, las risas que sonaban unos quince minutos antes ya no existían, no obstante, Madeline le hablaba a ella con pesar en su voz. Llegué a pensar que trataban alguna confidencia íntima o que conversaban sobre algún problema de ella, pues su voz sonaba acongojada. Más cuando me retiraba la escuché con claridad:

—Por favor recapacita. Sé que siempre fue tu sueño vivir a este nivel, pero no puedes seguir a su lado si no lo amas.

—Ya hemos tenido esta conversación muchas veces Madeline. Sabes perfectamente que si no lo hacía de esta forma se iba a ir a España y no pensaba perder tantos meses de trabajo. Solo él me ha ofrecido esta vida. No pienso regresar a la mediocridad de la clase media.

—¡Es que hablas de él como si fuera un objeto y no lo es!. ¡No es correcto que lo trates así!

—Pues para mi sí, y baja la voz que no quiero que la servidumbre te escuche. No puedo negar que es muy atractivo, no por algo adoro que me lleve a la cama. Lo deseo pero no lo amo. Esa es la realidad. Siempre ha sido demasiado cursi.

—Lo que haces no está bien… tengo miedo que un día la vida te lo cobre todo…

—Créeme Madeline que no siento pena alguna. Todos los hombres se manejan por sexo y le he entregado mi cuerpo sin miramientos.

—¿Pero y si quedas embarazada?. ¿No has pensado en las ilusiones que plantaste en su corazón?. Le prometiste una familia.

—Eso lo tengo controlado no te preocupes.

—Pero eso que yo creo que…

—¡Suficiente!. ¡No quiero seguir hablando de lo mismo cada que nos vemos!, Si quieres puedes ir a contarle todo. La única que se verá ridícula eres tú. Anthony jamás va a poner en juicio mi palabra contra la de nadie.

Fin de Flashback