Capítulo 4

Hinata miraba hacia el exterior a través de los cristales laterales que rodeaban la puerta principal. La madre de su marido avanzaba por el camino. Gorda y con forma de pera, aquella mujer tenía el pelo de un color rojo. Su vestido era una especie de saco de poliéster. Bajo el brazo llevaba un bolso de piel de cocodrilo de imitación, y sus zapatos eran demasiado pequeños para sus pies hinchados. Escudriñaba el jardín con mirada penetrante. Sus labios pálidos y amorfos describían una línea tensa; su piel arrugada estaba salpicada de manchas oscuras.

El corazón de Hinata se aceleró hasta alcanzar un ritmo sofocante. Pero no sabía por qué; en realidad, esperaba aquella visita. Solo la sorprendía el hecho de que su suegra hubiera esperado a que Kurenai y Sasuke se marcharan. Kushina Uzumaki no solía malgastar saliva cuando nadie podía oírla.

Justo en ese momento, Akamaru salió corriendo desde la parte de atrás de la casa, ladrando y gruñendo como si se hallara ante un enemigo jurado. Y al fin y al cabo así era, pues siendo aún un cachorro el perro había desarrollado una profunda antipatía hacia Mamá Uzumaki. No había peligro de que la atacara. pero la anciana mujer parecía creer todo lo contrario, y cada vez que lo veía se apartaba de él chillando, lo cual, naturalmente, solo enfurecía aún más al animal.

Hinata abrió la puerta y llamó a Akamaru; luego esperó a que su corpulenta suegra subiera trabajosamente los escalones y entrara. Akamaru subió tras ella, pero Hinata le impidió el paso, si bien le acarició la cabeza para demostrarle que no estaba enfadada con él.

—Asqueroso animal —masculló Kushina desde la seguridad del largo pasillo—. ¡No sé por qué no lo haces sacrificar!

Hinata ignoró aquella sugerencia. Cerró la puerta y dijo tan amablemente como pudo:

—¿Qué tal está, Mamá Uzumaki? Hacía mucho tiempo que no venía por aquí.

—Demasiado, según veo. ¿Qué demonios has hecho con el jardín?

—Solo lo he limpiado un poco. Tendrá que reconocer que estaba un poco descuidado.

—Eso no es excusa para arrasar con todo —dijo la mujer—. Y no mc digas que lo has hecho tú sola, porque se muy bien que no es así.

Así pues, como Hinata había imaginado, ya sabía lo de Sasuke. Por otra parte, su suegra no podía dejar pasar la oportunidad de insinuar que Hinata era una perezosa. Pero aquel era un reproche tan viejo y gastado que ya no le escocía. Kushina siempre había deplorado el hecho de que Hinata conservara a Kurenai después de que sus dos hijos dejaran de usar pañales. La señora Uzumaki no tenía ayuda doméstica, y no entendía por qué diablos la necesitaba Hinata. Pero, desde luego, olvidaba convenientemente que ella se había mudado de Ivywild. la vieja casa de la familia de su marido, con sus inmensas habitaciones, sus delicados suelos de tarima y sus antigüedades que acumulaban polvo, en cuanto se había hecho evidente que el señor Uzumaki la había dejado para siempre.

Cuando Hinata y Naruto se casaron, la casa llevaba muchos años vacía. A Mamá Uzumaki le había encantado la idea de que Hinata se hiciera cargo del viejo caserón, aunque, por supuesto, había mantenido su interés de antigua propietaria. Como este se traducía en una inspección quisquillosa de las instalaciones y en una forma de señalar cualquier negligencia que demostraba más acritud que tacto, nunca, ni siquiera en vida de Naruto, había sido una invitada bien recibida.

—No pensaba decirte nada —masculló Hinata mientras cerraba la puerta. La otra mujer se dio la vuelta.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que si quieres beber algo. ¿Café? ¿Zumo? ¿Té helado?

—a sabes que a estas horas nunca bebo café, ni tampoco té. Supongo que no tendrás un agua de Perrier, verdad?

—No creo —dijo Hinata secamente.

—Entonces, olvídalo —Mamá Uzumaki se dio la vuelta y se dirigió al salón. Se dejó caer sobre una silla muy tiesa, cruzó sus gruesos tobillos, dejó el bolso sobre su regazo y cerró las manos sobre él como si temiera que alguien fuera a robárselo . No puedo quedarme mucho tiempo —dijo, como si Hinata la estuviera agobiando con su hospitalidad—. Solo he venido porque creo que es mi deber hablarte de ese joven al que tienes por jardinero.

—¿Te refieres a Sasuke Uchicha?

—¿A quién, si no? Supongo que no habrá otros jovencitos merodeando por aquí.

—No —dijo Hinata con sencillez. Sabía que la conversación las llevaría inevitablemente a aquella cuestión. Se dejó caer sobre el mullido sofá y esperó a ver qué decía la madre de Naruto.

—Tiene que irse.

—Supongo que habrá alguna razón.

—Varias, en realidad —contestó la otra mujer con aspereza—. Para empezar, no es bueno para tu reputación que alguien como él ande rondando por la casa a su antojo.

—No creo que pueda decirse que «ronda a su antojo» por la casa cuando lo único que hace es su trabajo.

—Entra y sale cuando se le antoja, y además va montado en esa estrafalaria motocicleta, como si fuera una especie de Ángel del Infierno. El no es de nuestra clase.

—¿Y de qué clase es? —Hinata cruzó los brazos sobre el pecho y se recostó en el sofá.

—¿Y lo preguntas? Pero si está tan claro como la luz del día. No hay más que ver sus cabellos rebeldes y sus pendientes.

—Solo lleva un pendiente. Y ahora muchos hombres los llevan.

Su suegra añadió con desdén:

—Y, por si eso fuera poco, lleva un tatuaje. ¡Y lo exhibe para que todo el mundo pueda verlo!

—Sí, y además es de California —dijo Hinata con dulzura fingida.

—¡Exacto! Seguro que tiene la cabeza llena de ideas extrañas. Sobre política, religión...

—Sexo —añadió Hinata para ayudarla. Sabía que su suegra siempre había tenido dificultades para pronunciar aquella palabra.

Mamá Uzumaki lanzó un suspiro perfectamente audible.

—¿Y tú qué sabes de eso? ¿Qué habéis estado haciendo aquí los dos? Ya me imagino que nada bueno, siendo tú una viuda y él un... ¡un no sé qué!

Hacía mucho tiempo que Hinata no sentía aquella rabia casi dolorosa. Con la voz tensa, dijo:

—¿Un hombre joven y guapo?

El asco crispó la cara arrugada de la otra mujer.

—¡Aquí está pasando algo! Estoy segura.

—No seas ridícula —dijo Hinata secamente—. Aquí no pasa nada, salvo que estoy limpiando el jardín y plantando una rosaleda, y Sasuke me está echando una mano. Bueno, también va a pintar la casa, pero...

—¡Ahí lo tienes! ¿Lo ves? —exclamó triunfalmente la otra mujer—. Se está apoderando de ti. Encontrará más y más cosas que hacer hasta que no puedas librarte de él. Ese hombre es un buscón, Hinita.

—Oh, vamos, eso es absurdo.

—¿Es que no lo ves? ¿Tan ingenua eres que no te das cuenta de lo que pretende?

—Al parecer, sí. ¿Cómo es que estás tan segura si ni siquiera lo conoces?

Kushina Uzumaki dio un hondo suspiro y agarró su bolso con sus dedos gordos y blanquecinos.

—Estoy segura de que te tiene hechizada. Esto es terrible. Acabará en tu cama, si no lo ha hecho ya. Empezará a pedirte dinero. Te sacará hasta el último penique que tengas.

—Oh, esto es ridículo —exclamó Hinata, enrojeciendo de indignación.

—¡Lo hará! Es un gigoló, ¿es que no te das cuenta? Se aprovecha de las mujeres mayores y solas. Puede que tú no seas tan vieja como otras a las que ha engañado, pero vives sola y no tienes amigos. Eres una presa fácil. Sonreirá y te hará toda clase de cumplidos, y luego se aprovechará de ti, a menos que te libres de él.

A Hinata no la sorprendió que su suegra pensara de aquel modo. Kushina era la clase de mujer de la que se nutría la prensa sensacionalista. Le encantaban los telepredicadores y participaba en todas las campañas de cartas públicas promovidas por el ala derecha del partido conservador. A pesar de la repugnancia que le producía el sexo normal, sentía una morbosa atracción por los secretos de alcoba más lascivos y extravagantes, y siempre estaba dispuesta a creerse a pie juntillas las peores infamias sobre la gente más respetable.

Hinata replicó con voz tensa:

—No hay ni un ápice de verdad en lo que acabas de decir. Lo único que quieres es asegurarte de que en Ivywild no cambia nada, incluida yo misma. Te gustaría que no volviera a mirar a ningún hombre.

—¡Hinata!

—Es la verdad. Crees que debería enterrarme aquí porque Naruto está muerto.

—¡Oh! —Mamá Uzumaki se echó hacia atrás, llevándose una mano al pecho—. ¿Cómo puedes decir tal cosa?

—Porque es así. ¿Crees que no sé lo que piensas? ¿Crees que no me doy cuenta de que quieres que me encierre aquí como castigo por haber causado la muerte de Naruto? ¡Siempre lo he sabido!

—Te estás poniendo histérica. Dices cosas que no sientes...

—Debería habértelo dicho hace mucho tiempo. Tú piensas que yo maté a Naruto a propósito y llevas años diciéndoselo a todo el mundo. Crees que debería haber ido a prisión, y para ti Ivywild es un sustituto de la cárcel. No te importa a quién tengas que herir mientras puedas mantenerme encerrada aquí, en el lugar que me corresponde.

La mujer mayor se irguió lentamente. Con los ojos entrecerrados, dijo:

—De acuerdo, ya que quieres hablar de ello, hablemos. Sé que tú mataste a mi Naruto. Nunca, ni siquiera al principio, fuiste una buena esposa para él. Tú te creías mejor que mi hijo, más guapa, más inteligente, y conseguiste que él también lo creyera. Siempre has sido indolente, fantasiosa y arrogante, siempre leyendo o encerrada en el cobertizo con ese barro asqueroso. Y lo que es peor, nunca fuiste una buena madre para tus hijos. No quiero ni pensar lo que dirán Himawari y Boruto cuando se enteren de lo que estás haciendo.

—Y, naturalmente, tú te asegurarás de que se enteren —Hinata sintió una punzada en el pecho al pensar en que sus hijos oirían las cosas terribles que saldrían de la boca de su suegra.

—Tienen derecho a saberlo —dijo la mujer, apretando los labios—. Tú nunca fuiste más inteligente que mi Naruto. Ni siquiera eres capaz de darte cuenta de lo que pretende ese tal Sasuke.

—No sabes lo que dices. No sabes nada de Sasuke, ni de su vida.

—Cualquier tonto se daría cuenta de lo que es. No hay más que oír las cosas que va diciendo por toda la ciudad su propio hermano.

El hermano de Sasuke. El temor a lo que podía seguir a continuación crispó los nervios de Hinata.

—¿Qué cosas?

—El propio Itachi Uchicha le dijo a Karin, en la peluquería, que tu Sasuke vivía con una mujer mayor que él en San Francisco. Al parecer empezó siendo su jardinero, pero luego consiguió mucho más. La muy estúpida hasta se casó con él. Y cuando murió, le dejó todo su dinero.

—Eso no es cierto —musitó Hinata. Pero a su protesta le faltaba convicción. Karin, la hermana de Naruto, era siempre la primera en enterarse de todo.

—Sí, sí lo es. Pregúntaselo a él si no me crees. ¡Pregúntaselo!

La otra mujer tenía una expresión de exultante triunfo. Hinata le dio la espalda. No podía desmentir aquellos rumores. ¿Cómo iba a hacerlo, si provenían del propio hermano de Sasuke, de aquel hermano que se estaba muriendo?

Cuando su suegra se marchó, Hinata vagó por la casa, demasiado nerviosa para pensar en la cena, incapaz de estarse quieta en ningún sitio. No quería creer lo que se decía de Sasuke y, sin embargo, todo parecía encajar fatalmente. ¿Por qué, si no, había aparecido él de la nada para ofrecerle su ayuda? ¿Por qué había trabajado tanto? La gente no hacía nada por nada; aquella era una de las sentencias preferidas de Naruto. Y, a su pesar, a menudo había resultado cierta.

Pensó en la preocupación y el afecto que le había parecido ver en los ojos de Sasuke. Todo mentira. ¿Por qué iba a sentir tales cosas por una mujer de su edad? No había ninguna razón, salvo que pretendiera conseguir algo de ella.

Hinata cruzó los brazos sobre el pecho y siguió dando vueltas. Casi había llegado a creerle, había estado a punto de dejar que la convenciera. Se sentía como una ingenua estúpida y sentimental.

Él tenía que marcharse. Le pagaría por lo que había hecho y lo despediría. Pero aquello no le parecía suficiente. Se sentía traicionada y quería hacerle pagar por ello, por inspirarle emociones que no había querido volver a sentir nunca más.

Sin embargo, no estaba enamorada de él, ni nada parecido. ¿Cómo iba a estarlo? Apenas lo conocía.

Pero él había conseguido conmoverla. Por él, se había aventurado a salir de su soledad protectora.

Estaba furiosa. Sentía que la rabia circulaba por su sangre como un veneno. ¿Cuánto tiempo hacía que no sentía una emoción tan intensa? Casi lo había olvidado. En cierto sentido, se sentía bien, como si estuviera realmente viva.

Sasuke le había dicho que toda una vida se extendía frente a ella. Pero él era un embaucador de mujeres maduras, un gigoló.

Un gigoló. ¿Era posible?

Debía de serlo, tenía que serlo. No cabía otra explicación.

Se quitó la banda elástica que sujetaba su pelo y se la guardó en el bolsillo de los vaqueros. Se pasó los dedos por el cabello abundante, como si ello pudiera ayudarla a calmarse. No, no despediría a Sasuke Uchicha. Con despedirlo no le bastaba.

Le haría trabajar como una bestia, y a cambio no le daría más que su salario. Que siguiera adulándola y haciéndole cumplidos, que no conseguiría nada. Que perdiera el tiempo pensando que había otra ilusa deseando caer en sus brazos. Después, cuando hubiera acabado su trabajo en el jardín, ella sonreiría amablemente y se libraría de él.

Caer en sus brazos. Dios, qué idea más absurda. ¿Era eso realmente lo que Sasuke quería de ella? Si así era, tal vez pudiera darle alguna esperanza, jugar un poco con él para...

No. ¡Qué estúpida era!

Sin embargo, de esa forma, él pensaría que había conseguido su objetivo. Y después, cuando se librara de él, se sentiría tan utilizado y furioso como ella se sentía en ese momento.

¿Cómo lo haría? ¿Se atrevería?

Probablemente no, pero la idea le resultaba fascinante. Realmente fascinante. Lo cual sin duda significaba algo, aunque Hinata no sabía qué.

Al cruzar el comedor, se tropezó con su reflejo en uno de los ventanales que había detrás de la pesada mesa de caoba y de las sillas. Fuera había caído la noche sin que ella lo notara, convirtiendo la ventana en un espejo. Hinata vio que tenía la cara pálida y el pelo revuelto. Parecía enloquecida. Quizá, al fin y al cabo, había sido una suerte que Sasuke no estuviera allí cuando había llegado su suegra. Si la hubiera visto en aquel estado, habría pensado que estaba loca.

Y tal vez fuera cierto. Hinata se acercó a la ventana, apoyó una mano contra su reflejo y observó sus ojos brillantes. Luego bajó los párpados e inclinó la cabeza para apoyar la frente contra el frío cristal.

No quería sentirse así, atrapada otra vez entre el dolor, la culpa y la desesperación. Creía haber dejado atrás todo aquello, haber conseguido sentirse a gusto en su aturdimiento.

Había estado enamorada de Naruto, desde luego. Se había fugado con él nada más acabar el instituto porque necesitaba escapar de su casa, de su madre, que se emborrachaba y les gritaba sin cesar a su padre y a ella. Irónicamente, sus padres habían muerto en un accidente de automóvil siete semanas después de su boda.

Naruto. Sintió un peso en el corazón al pensar en él. La había amado con silenciosa y servil devoción, y ella se había mostrado agradecida. Se había quedado a su lado por afecto y compasión. A veces, se había preguntado por aquella pasión ciega, que desafiaba a la muerte, sobre la que leía en los libros pero que no se creía capaz de sentir.

Si cerraba los ojos, podía recordar la última discusión con su marido. Todo había empezado por una tontería, aunque en aquel momento les había parecido muy importante. Naruto quería comprarle una camioneta a su hijo de quince años. No veía nada de malo en que Boruto condujera por las carreteras secundarias antes de sacarse el permiso. Pero Hinata sabía que Boruto no se conformaría con eso. Era un chico inmaduro y mimado, al que su abuela daba siempre todo lo que quería. Boruto iría a toda velocidad por la autopista antes de que la camioneta hubiera cumplido una semana. Se mataría, o mataría a alguien. +

Pero había sido Naruto quien había muerto. Hinata lo había matado, y después se había sumergido en aquella soledad culpable. Pero ella sabía que la razón no era que la muerte de su marido le hubiera importado demasiado, sino que no le había importado lo suficiente.

Estaba muy cansada. Las lágrimas le quemaban los ojos como ácido. No intentó contenerlas.

¿Qué diablos ocurría?

Sasuke cerró la tapa de una lata de pintura y se hizo esa pregunta por enésima vez.

Había planeado empezar desde el principio con Hinata, utilizando toda clase de estratagemas para hacerla salir de la casa. Pero no había sido necesario. Cuando llegó a Ivywild, ella lo saludó con una brillante sonrisa, le dio una lista con aproximadamente un millón de cosas que hacer, y desapareció en el cobertizo de la parte trasera de la casa. Salía de vez en cuando, le indicaba los errores que había cometido o los problemas que debía resolver, y después se marchaba otra vez.

No comió con él en la terraza, pero se dejó caer por allí para supervisar sus progresos, como si él no fuera capaz de hacer nada sin que no lo vigilara. Se mostraba correcta pero firme, y evitaba cualquier signo especial de consideración o amabilidad. Le daba órdenes y esperaba de él que las obedeciera. Nunca lo miraba a los ojos.

Sasuke no había trabajado tanto en toda su vida, y aun así ella no parecía darse por satisfecha. Estaba cansado de todo aquello.

Al menos, la casa ya casi estaba pintada. Solo le quedaba acabar una pared. Después podría limpiar el compresor y quitar el papel que cubría las ventanas. Y más tarde tendría una charla con la señora Hyuga,

La encontró en el cobertizo. El edificio, que se hallaba detrás del garaje, databa de la misma época que este y estaba construido con idéntica madera. La construcción se remontaba probablemente a fines de los años veinte o principios de los treinta. Era bastante grande y tenía hileras de pequeños ventanucos en tres de sus lados y un suelo de tablones de pino sin pintar.

Junto a la pared del fondo había un banco de carpintero cubierto de herramientas que debía de haber pertenecido al marido de Hinata. Una de las paredes laterales estaba recubierta enteramente por estanterías atestadas de bolsas y cajas de utensilios. Un gran horno negro ocupaba un rincón. En el centro había un torno de alfarero sobre el que estaba inclinada Hinata, con las manos hundidas en la arcilla.

Cuando Sasuke apareció en la puerta, Akamaru, tendido junto a ella, alzó la enorme cabeza y empezó a gruñir. Sasuke se detuvo. Era la primera vez que veía al perro en muchos días.

Hinata levantó la cabeza y lo miró. El se quedó en el umbral, con la puerta abierta. Normalmente, cuando él se acercaba, Hinata le ordenaba al perro que se fuera. Akamaru había aprendido a tolerarlo, siempre y cuando su ama le confirmara cada mañana que Sasuke era bien recibido. Esta vez, Hinata no abrió la boca.

Akamaru se levantó. Con el pelo erizado, parecía el doble de grande. Avanzó un poco con el cuello estirado, gruñendo.

Sasuke se quedó donde estaba. No le temía particularmente al perro, pero no quería hacerle daño otra vez delante de Hinata.

Akamaru siguió avanzando, mostrándole los colmillos, pero aminoró el paso. Se paró a unos metros de Sasuke y se agachó, gruñendo. Sasuke, inmóvil, le sostuvo la mirada. El perro gruñó una vez más y luego apartó la mirada. Gimió un poco y por fin se echó al suelo.

Sasuke se agachó y extendió una mano para que el perro se la lamiera.

—Buen chico —murmuro, hundiendo los dedos en el denso pelaje del animal—. Buen perro.

La arcilla a la que Hinata estaba dando forma se derrumbó bruscamente. Ella la aplastó sobre el torno con ambas manos, golpeando con saña la masa húmeda y maleable. Con voz fría le preguntó:

—¿Quería algo?

Él podía haberle dado muchas respuesta, pero no confiaba en que fueran civilizadas. Decidió comportarse con neutralidad.

—No sabía que era ceramista.

—Hay muchas cosas que no sabe sobre mí.

—Voy aprendiendo poco a poco —eso era verdad, quizá demasiado—. ¿Qué está haciendo?

—Un cuenco.

Eso no le decía absolutamente nada. Sasuke se quedó mirándola un momento, con los ojos fijos en la expresiva claridad de su rostro. Lo que veía allí, estaba seguro, era desprecio.

⎯De acuerdo —dijo, tenso, poniéndose en pie y apoyando una mano en la jamba de la puerta—. ¿En qué me he equivocado?

Ella lo miró con tranquilidad.

—En nada, que yo sepa. ¿A usted se le ocurre algo?

—El otro día, cuando salimos con la moto, no di la vuelta cuando me lo pidió, y lo lamento. Entonces no la comprendía. Pero ahora sí, ¿de acuerdo?

Ella esbozó una sonrisa fugaz, fría y desprovista de significado.

—Desde luego. No piense más en ello.

—No pretendía molestarla, ni obligarla a hacer nada que no quisiera hacer.

—Usted no me obligó a hacer nada, Sasuke. Yo sé lo que hago.

El hecho de que hubiera empleado su nombre debería haberlo alegrado. Pero, en lugar de eso, lo hizo sentirse como un empleado a sueldo. Y eso era justamente lo que era, supuso él. Con voz seca, dijo:

—Si todo va bien, ¿por qué ha dejado de trabajar conmigo en el jardín?

—Prefiero hacer otras cosas.

Él no tenía derecho a quejarse; eso era lo que más lo irritaba. Quería tener aquel derecho. Pero si ella prefería que las cosas fueran así, también podría soportarlo.

—He acabado de pintar. A no ser que tenga otra idea, me gustaría empezar con la fuente.

Sin mirarlo, ella dijo:

—Creo que ese pino grande, el de al lado de la valla, da demasiada sombra. Podría cortarlo. Si es que sabe cómo hacerlo sin que caiga sobre la casa.

Esperaba que él se negara. Pero Sasuke no le daría esa satisfacción.

—De acuerdo. Primero tendré que cortar las ramas más grandes de la copa, así que necesitaré equipo de escalar para subir hasta arriba.

—El cinto y los clavos de mi marido están por ahí.

—¿Él escalaba?

Las manos de Hinata se detuvieron, enterradas en el barro que moldeaba con movimientos violentos y rápidos.

—Era técnico de la compañía telefónica... Y muy bueno.

«Tenía que preguntarlo», pensó él con resignación. Cambiando de tema ligeramente, preguntó:

—Y si tenía equipo de escalar, ¿por qué no cortó el árbol?

—A él le gustaba ese pino —ella lo miró un instante—. Tendrá que pedirle a Kurenai la sierra mecánica. Creo que su marido tiene una para cortar leña.

Sasuke creía recordar que el marido de Kurenai era mecánico y tenía toda clase de herramientas.

—Lo haré. Pero, mientras tanto, puedo empezar a reunir los materiales para la fuente. Necesitaré tubería de plástico, juntas, y otras cosas. Y debería alquilar un martillo hidráulico, o pagar a alguien para que haga el trabajo.

Ella volvió a aplastar la arcilla.

—¿Intenta preguntarme si tengo dinero suficiente?

Su tono le hizo apretar los dientes. Crispado, replicó:

—Intento preguntarle si tengo su autorización para gastarlo.

⎯Sí, siempre y cuando me enseñe una copia de las facturas. Por lo demás, mis finanzas no le interesan.

—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó él, frunciendo el ceño.

Hinata lo miró fijamente.

—¿He puesto el dedo en la llaga?

Ella lo sabía. Sasuke ignoraba cómo lo sabía, pero estaba seguro. Cielos. Creía haber dejado atrás todo aquello; pero no. Seguía arrastrándolo, como un pedazo del papel higiénico pegado al zapato. Aunque, en realidad, qué importaba. Ya había salido airoso una vez. Volvería a hacerlo.

—Para que lo sepa —dijo enérgicamente, empujando la puerta y alejándose—, no es su dinero lo que me interesa.

A la mañana siguiente, Sasuke encontró la ocasión de hablar con Kurenai. Hinata acababa de encerrarse en la casa, después de darle instrucciones para que quitara las hojas manchadas de pintura de los arbustos. Como si él no supiera que había que hacerlo.

Ella no le había dicho ni una palabra sobre la pintura. Sasuke no esperaba exactamente un cumplido, pero le habría gustado que hiciera algún comentario.

⎯¿Qué mosca le ha picado? ⎯le preguntó, irritado, al ama de llaves cuando esta le llevó un vaso de agua—. ¿Por qué no quiere ni darme la hora?

Kurenai lo miró con sus hermosos ojos sagaces.

⎯A veces se pone así. Normalmente, cuando su suegra viene por aquí, o cuando viene Karin..., su cuñada, ¿sabes?

⎯¿Por qué? ¿Es que la ponen nerviosa?

⎯Podría decirse así. Pero, sobre todo, la critican... Son las personas más criticonas y agoreras que he visto en toda mi vida. Nunca tienen nada bueno que decir sobre nada, ni sobre nadie.

Sasuke hizo girar su vaso de agua.

—¿Crees que le han hablado de mí?

—No me sorprendería. Y ellas tienen más que callar que nadie. Karin Uzumaki es una pobre diabla. Siempre lo ha sido. Pero le gusta causar problemas. En cuanto a la suegra, esa se la tiene jurada a Hinata.

—¿Por la muerte de Naruto?

Kurenai asintió.

—Hizo todo lo que pudo para que la arrestaran, llamó a todo el mundo, movió todos los hilos a su alcance. No consiguió nada, gracias al sheriff. Tonery siempre ha sido muy bueno con Hinata. Dijo que cualquier necio podía darse cuenta de que no mataría ni a una mosca.

—Pero ella cree que lo hizo. ¿Lo sabías?

Kurenai asintió.

—Me extraña que te lo haya dicho. ¿,Te contó algo de sus hijos?

—No mucho.

—De eso tampoco suele hablar... Supongo que le duele demasiado. Ellos también creen que lo hizo. La suegra les metió en la cabeza esa idea absurda —el ama de llaves se calló un momento, recordando—. Aunque, bueno, tal vez fue también la forma en que Hinata actuaba en aquella época. Ella nunca dijo que no hubiera querido hacerlo, ¿sabes? No fue capaz de explicar qué ocurrió exactamente.

—Qué raro.

—Sí —dijo Kurenai, y suspiró profundamente—. Es extraño, pero no pudo abandonar a Naruto mientras vivió, y tampoco puede dejarlo ahora que está muerto.

—¿Crees que quería hacerlo? Dejarlo, quiero decir —hizo la pregunta con demasiada ansiedad, sin poder evitarlo.

—Cualquier mujer lo habría dejado. Naruto era un hombre sombrío. No era precisamente el alma de la fiesta. Siempre parecía atormentado, ¿comprendes? Pero lo que importa es que él estaba convencido de que Hinata quería abandonarlo. Por eso corrió tras ella aquel día.

⎯¿Ella te lo dijo?

—Cielos, chico, no hacía falta. Yo estaba allí.

Él la miró con asombro.

—¿Tú viste lo que ocurrió?

—Lo vi salir tras ella, vi la expresión de su cara. El resto, solo lo oí ⎯sacudió su blanca cabeza—. Habían empezado a discutir por su hijo, Boruto, por algo que Naruto quería comprarle, pero luego se mezclaron otras cosas, como qué podía o no podía hacer Hinata en el jardín. Naruto aullaba como un loco cuando salió tras el coche. Le decía que haría lo que ella quisiera si se quedaba. Daba lástima, la verdad.

Sasuke se quedó callado, intentando imaginarse cómo se sentiría si pensara que iba a perder a Hinata. Por supuesto, primero tenía que imaginar que la tenía. Ninguna de las dos cosas le resultaba fácil. Respiró hondo y dijo con energía:

—Hinata quiere que corte ese pino de ahí, el de la valla. Dice que puede que tú tengas una sierra mecánica.