Fue idea de ha abuela Tsunade que Sasuke llevara a Itachi a Ivywild. Itachi debía salir de casa, dijo la abuela. Necesitaba olvidarse de sí mismo y de los síntomas y progresos de su enfermedad. Sasuke pensó que probablemente su abuela también necesitaba salir un rato. Había sido más que generosa al acogerlos, pero tenía su vida y sus costumbres, que ellos habían interrumpido, y sus propios amigos, a los que descuidaba por atenderlos a ellos. Sasuke hacía cuanto podía para facilitarle las cosas. No podía esperar que dedicara al enfermo todas las horas del día.

Itachi, sin embargo, no estaba postrado en cama. Podía valerse por sí mismo bastante bien, aunque estaba débil. Podía vestirse y desvestirse solo, y era capaz de tomar la medicación para el dolor a las horas precisas. Pero alguien tenía que vigilarlo para que no se tomara una dosis demasiado alta y para que comiera con regularidad y tomara el aire y el sol. Otra buena razón para llevárselo al trabajo.

Itachi parecía a gusto estando al aire libre. Caminaba despacio por el jardín de Hinata, parándose de vez en cuando para oler una flor o acariciar una hoja. Hasta intento ayudar un poco a Sasuke y agarró una azada para quitar un matojo de malas hierbas.

Sasuke miró a su hermano un momento para asegurarse de que estaba bien, y después empuñó de nuevo la pala con la que estaba cavando una zanja para la cañería que alimentaría la fuente. El terreno del jardín delimitado por la valla era demasiado reducido y estaba demasiado lleno de plantas para que entrara la excavadora que había alquilado. Solo podría utilizarla cuando hubiera llevado la conducción de agua hasta el otro lado de la valla, pero de momento debía cavar a mano, pues no quería destrozar nada que Hinata quisiera salvar.

De pronto, oyó una puerta cerrarse y a Hinata gritar su nombre. Se dio la vuelta y vio que Itachi empezaba a caerse, tambaleándose como un espantapájaros sin relleno. Soltó la pala y saltó hacia él, en un intento desesperado por agarrarlo. Estuvo a punto de no conseguirlo.

—Allí —dijo Hinata desde la escalinata—. A la sombra de la terraza.

Sasuke le agradeció de corazón el ofrecimiento. Debería haber impedido que Itachi hiciera cualquier esfuerzo excesivo, debería haber estado más atento. El problema era que Itachi no soportaba que lo vigilaran como a un chiquillo. Detestaba que le dijeran lo que podía o no podía hacer. Era orgulloso y susceptible, lo cual era bueno en cierto sentido, pero hacía difícil saber cuándo había que dejarlo en paz y cuándo había que intervenir por su propio bien.

Aquel momento de debilidad duró solo un segundo. Itachi se despabiló enseguida y maldijo a Sasuke cuando este se negó a dejarle que se acercara por su propio pie al gran balancín que había en un rincón de la terraza. Hinata, comprendiendo que a Itachi no le gustaría que viera que su hermano tenía que llevarlo en brazos, se metió en la casa. Regresó con un vaso de agua fría cuando Itachi ya estaba sentado.

Por un instante, Sasuke sintió una punzada de celos; Hinata nunca le había llevado a él un vaso de agua, nunca se había mostrado tan preocupada por su salud. Pero, por supuesto, él tampoco se había desmayado nunca en su jardín.

Mirando a Itachi beberse el agua, observando la palidez macilenta de su cara, en la que crecía una barba dispersa, Sasuke le dijo con áspera firmeza:

—No he debido traerte. Descansa un minuto y luego te llevaré a casa.

—No te preocupes por mí, hermanito —respondió Itachi, irritado—. Estaré bien aquí. Tú sigue con tu trabajo.

—Mi trabajo es preocuparme por ti. Para eso estoy aquí —dijo Sasuke con paciencia, pero implacablemente—. Llevarte solo me costará unos minutos.

—He dicho que estoy bien. Me quedaré aquí sentado y te miraré ejercitar los músculos. Tal vez a esta amable señora no le importe hacerme compañía.

Sasuke temía que así fuera. Por eso, entre otras razones, estaba decidido a llevar a Itachi a casa. Sin mirar a Hinata, dijo:

—La señora Hyuga está ocupada. Venga, vámonos.

—No estoy ocupada —lo corrigió ella con voz clara—. Estaré encantada de sentarme un rato.

—No tiene por qué hacerlo ⎯dijo él, con voz crispada, y por fin se atrevió a mirar los rasgos fríos y hermosos de la cara de Hinata, el brillo azulado de su pelo, la larga y flotante falda de algodón de color lavanda que llevaba con una fresca blusa sin mangas.

Ella le lanzó una breve sonrisa sin mirarlo a los ojos y contestó:

—Lo sé.

Itachi miraba a uno y a otro, como si empezara a percibir las corrientes ocultas que fluían entre ellos.

—¿Lo ves? —dijo con satisfacción, haciendo un vago ademán hacia Sasuke—. Lárgate. No te necesitamos.

Sasuke sintió que los músculos del estómago se le contraían como si anticiparan un golpe, pero no podía hacer nada. Giró sobre sus talones y regresó al jardín, bajo el sol implacable.

Hinata, al ver alejarse a Sasuke, pensó que estaba irritado. Lo preocupaba su hermano, ¿y quién podía reprochárselo? Pero también estaba enfadado porque ella le hubiera llevado la contraria. Peor para él. Como diría Kurenai, que se fuera con viento fresco. Hinata quería hablar con Itachi.

Mirando a su alrededor, agarró una mecedora y la acercó al balancín. Mientras se sentaba, dijo con ligereza:

—Estos últimos días ha hecho un calor insoportable. Realmente no sé cómo Sasuke aguanta todo el día al sol.

Itachi miró a su hermano con un destello de orgullo en los ojos.

—Es fuerte como un elefante, puede aguantar cualquier cosa.

—La mayor parte del tiempo ni siquiera lleva la camisa puesta.

Él la miró, con una expresión dulce en sus ojos de color negro.

—A él, el sol no le afecta como a usted o como a mí. Sasuke tiene sangre india en las venas.

Cuando se hizo evidente que él no iba a explicarse, Hinata dijo:

—¿Quiere decir que su padre era un nativo americano?

—El mío no, solo el de Sasuke —su sonrisa era débil, como si hubiera esperado de ella una reacción que no había recibido—. En realidad, creo que era un mestizo, pero quién sabe. No se quedó el tiempo suficiente para que alguien averiguara algo sobre él.

—Comprendo ⎯dijo Hinata. Comprendía, sobre todo, que él intentaba impresionarla. Pero no estaba dispuesta a dejar que se divirtiera a su costa. Sin perder el aplomo, deslizó la mirada de Sasuke a Itachi. Había pensado que su delgadez y su tez pálida se debían a la enfermedad, pero al parecer se había equivocado, al menos en parte. Sin embargo, tampoco creía que Sasuke fuera inmune a los efectos del sol. Itachi estudió la cara de Hinata con expresión sarcástica.

—No, Sasuke y yo no nos parecemos mucho, ¿verdad? Mi padre era el típico blanco anglosajón protestante, una especie de viajante de la costa oeste que alejó a nuestra querida madre de todo esto —movió una mano con un ademán vago que pretendía abarcar Hillsboro, el estado de Luisiana, y los bosques que rodeaban la casa—. El padre de nuestra hermana pequeña, Sarada, era un asiático. Mi madre era una mujer típica de los años sesenta y setenta, y estaba decidida a demostrar su falta de prejuicios. Quería tener hijos de todas las variedades, o eso decía. Se metió de lleno en el papel de madre nutricia y soltera. No le importaba que los padres se quedaran o se fueran.

—Debía de ser una mujer poco común.

Los labios de él se curvaron en una sonrisa.

—Lo era, a su manera. Murió intentando dar a luz a un niño latino. Algo salió mal y ni ella ni el niño sobrevivieron. Supongo que se estaba haciendo mayor, porque por aquel entonces yo ya tenía dieciocho años.

—Yo... lo lamento —dijo Hinata, sin saber si lo decía por la pérdida de Itachi o por su impulso de fisgonear, que la había conducido hasta una historia tan íntima.

Él desvió la mirada.

⎯Supongo que no importa. Eso fue hace mucho tiempo.

Ella pensó que a Sasuke y a él sí les importaba, que posiblemente siempre les había importado, pero no se atrevió a decirlo. En vez de eso, dijo:

—Era usted muy joven para asumir tanta responsabilidad.

—¿Yo? ¿Responsable, yo? ⎯él se rió, con un sonido áspero y hueco—. Se equivoca de persona.

— Bueno, he supuesto que no había otro hombre en la familia.

—No lo había, aparte de Sasuke.

Ella recostó la cabeza contra el alto respaldo de la mecedora, balanceándose un poco mientras fruncía el ceño, pensativa.

—Pero él debía de tener, ¿cuántos? ¿Trece años? ¿Catorce?

—Más o menos. Pero nuestro hombrecito siempre fue muy fuerte y muy maduro para su edad.

—No entiendo qué trata de decir —dejó de balancearse.

—No, claro —contestó él con un filo de dureza, mirando a su alrededor—. Me imagino que usted siempre ha sido respetable. Apuesto a que no ha pasado hambre, hambre de verdad, ni un solo día en toda su vida. Siempre ha sabido exactamente quién era, de dónde venía, y cuál era su lugar en el mundo. Sin dudas, sin deseos salvajes, sin buscarse a si misma en el fondo de una botella o en el polvo blanco de alguna droga cuyo nombre ni siquiera sabe pronunciar...

Se calló, pero Hinata comprendió al fin. A los dieciocho años, Itachi era adicto a las drogas, de modo que Sasuke había tenido que asumir la responsabilidad de sacar adelante a la familia.

—Seguramente alguna institución estatal podría haberlos ayudado —aventuró ella.

—Oh, sí. Habrían separado a Sasuke y a Sarada para meterlos en hogares de acogida, eso habrían hecho. No, de ninguna manera. Cuando vinieron a llevárselos, Sasuke los engañó. Puede que sea un bastardo, pero es un bastardo muy listo. Pero, naturalmente, para entonces ya tenía a la vieja señora Haruno. Hinata sintió un escalofrío. La compasión que sentía por Sasuke, por todos ellos, casi le había hecho olvidar la clave de todas sus preguntas. Con los labios apretados, dijo:

—¿La señora Haruno? ¿Quién era?

—Nuestra casera, después de que Sasuke nos sacara a todos del asqueroso apartamento en el que vivíamos —Itachi hizo una mueca—. Tenía una casa enorme, con piscina, pistas de tenis, campo de golf, casa de invitados, casa para los guardeses, y hasta un chofer y un jardinero chino.

—El señor Wu — dijo ella en voz baja.

—¿Sasuke le ha hablado de él? Claro. Aquel viejo era su ídolo. Antes de que nos mudáramos, vivía en nuestra misma calle, en los límites del barrio chino. Decía que prefería vivir allí a vivir en la mansión de la señora Haruno. Creo que admiraba la sensatez de Sasuke. En cualquier caso, el señor Wu le daba algún dinero por ayudarlo en casa de la vieja dama después del colegio, siempre que Sasuke conseguía que alguien lo llevara hasta allí haciendo autoestop.

Hinata, mirando los tensos movimientos de Sasuke mientras este manejaba la pala, pensó que sabía que estaban hablando de él, aunque no pudiera oírlos. La luz del sol oscilaba sobre su pelo, tan negro y brillante como las plumas de un cuervo. El pelo negro y brillante de un indio.

De pronto, comprendiendo que Itachi la observaba con sonrisa maliciosa, reunió sus pensamientos dispersos. Como si la pregunta concentrara toda su atención, dijo:

—El señor Wu, ¿no tendría algo que ver con Sarada, por casualidad?

—¿Quiere decir que si era su padre? Cielos, no. Era un anciano con el pelo blanco y una barba hasta aquí —se llevó una mano a la altura del ombligo—. A Sarada le tenía mucho cariño, y yo salí un par de veces con su hijo mayor. En cualquier caso, después de la muerte de mamá, Sasuke tuvo el valor de preguntarle a la vieja señora Haruno si podíamos quedarnos en la casa de los guardeses, en la parte de atrás de la finca, ya que el señor Wu no la usaba.

—Se mudaron para burlar a las autoridades —dijo ella, aclarándose a sí misma la situación.

Él asintió.

—Sasuke dijo que a nadie se le ocurriría ir a molestarnos allí. Y resultó que tenía razón. A la vieja. naturalmente, solo le dijo que mamá estaba enferma, en el hospital. Ella se lo creyó durante tres meses o más... Durante el tiempo suficiente, en fin.

Hinata ni siquiera trató de disfrazar su aguda curiosidad.

—¿Suficiente para qué?

—Para ganársela. Nuestro Sasuke tiene mucho encanto, ¿o no lo ha notado? —la miró con una leve sonrisa jugueteando en sus rasgos delgados y una mirada sugerente en los ojos.

—Creía que había dicho que por aquel entonces tenía trece años.

⎯Y así es.

—Pero esa mujer...

—Entonces nos parecía muy vieja —dijo él con ligereza-—, pero supongo que debía de tener, eh, más o menos la edad que tiene usted ahora.

Edad suficiente para ser la madre de Sasuke; casi treinta años mayor de lo que él era entonces. Hinata frunció el ceño. Esa tal señora Haruno no podía ser la mujer con la que se había casado. ¿O sí?

—Usted ya ha oído esta historia, ¿verdad? —adivinó Itachi—. Pero no creo que haya sido Sasuke quien se la ha contado. A él le da demasiada vergüenza hablar de ello. Ella lo miró fijamente.

⎯¿Y a usted no?

Él sacudió la cabeza.

—No, pero yo no tengo modales, ni vergüenza, ¿sabe? La señora Haruno nunca me prestó mucha atención, ni siquiera cuando andaba por allí, lo cual no ocurría muy a menudo. A Sarada, en cambio, la trataba como a una muñeca, le compraba vestidos, la sacaba por ahí... Pero su verdadero amorcito era Sasuke.

⎯Por como lo dice, da la impresión de que había algo malo en ello —no se atrevía a decir claramente lo que pensaba.

—Sí, ¿verdad? Y lo había, en cierto sentido. Yo no soy perfecto, pero Sasuke tampoco. Él también comete errores. Y, como yo, paga por ellos. Con intereses.

Hinata percibió la amargura que subyacía en sus palabras. Pero estaba tan interesada en la vida de Sasuke que apenas le dedicó a los sentimientos de Itachi un pensamiento fugaz.

—¿Cuál fue exactamente su error?

—Decir que sí cuando la señora Haruno le pidió que se casara con ella.

Así que era cierto. Y, además, peor de lo que ella había imaginado. Una mujer lo bastante mayor para ser su madre. Cielo santo.

Sintió una náusea y comprendió que hasta ese momento no lo había creído. Por alguna razón, había creído que hablar con Itachi Uchicha le demostraría que Mamá Uzumakihabía mentido, o que había tergiversado algún rumor menos dañino.

Se había equivocado. Completamente.

—Supongo —dijo con suavidad— que todos cometemos errores.

—Unos más que otros —dijo Itachi con un débil suspiro.

Hinata quería ser absolutamente justa. Con suma delicadeza, dijo:

—Sasuke no parece haberse beneficiado mucho de ese extraño matrimonio.

—Depende de cómo lo mire. Gracias al dinero de la Haruno, él pudo convertirse en ingeniero y Sarada consiguió acabar los ocho años de la carrera de medicina y ahora es pediatra. En cuanto a mí... Bueno, durante mucho tiempo no tuve que preocuparme de buscar comida y techo. Solo de mantener mi hábito.

—Vivía a costa de Sasuke —habló sin pensar, y al instante deseó no haberlo hecho.

—Sí —contestó él, desviando la mirada—. Vivía a su costa.

Eso explicaba muchas cosas.

—Aun así, da la impresión de que Sasuke no consiguió mucho a cambio de su libertad, sobre todo teniendo en cuenta el tamaño de la propiedad que usted ha mencionado.

Él se encogió de hombros.

—Hubo algunos problemas con los hijos de la señora Haruno después de su muerte, pero aun así Sasuke se ocupó de todo el mundo. Y todavía se... —Itachi se detuvo.

Y todavía se ocupaba de él, concluyó Hinata mentalmente.

—Usted le guarda rencor por aquello —dijo, comprendiendo de pronto—. Preferiría que se hubiera quedado con todo el dinero. Preferiría que no estuviera aquí, con usted.

—Nadie le ha pedido que sea tan tremendamente generoso —dijo Itachi con aspereza—. No necesito que cuide de mí. No lo necesito para nada.

Sí, sí lo necesitaba, comprendió Hinata; y su amargura era directamente proporcional a su necesidad. ¿Lo sabía Sasuke? Sí, debía de saberlo, pues Itachi no hacía ningún esfuerzo por ocultarlo. Sasuke, sin embargo, permanecía a su lado. Le estaba prestando a su hermano su fortaleza porque tenía más que suficiente para compartir. Lo estaba ayudando a vivir porque tenía vida de sobra.

Hinata no quería pensar así. No quería sentir simpatía, ni admiración, por Sasuke, pues ello le dificultaría lo que debía hacer.

Pero lo haría. Ella no era una vieja ilusa dispuesta a dejarse engatusar por su encanto y sus músculos morenos. Ya veía lo que podía ocurrir. Le sería muy fácil llegar a depender de él, buscar en él fuerza y consuelo, aprender a añorar su sonrisa y su buen humor. Porque Sasuke estaba lleno de vida, y ella anhelaba un poco de ese calor para aliviar el frío que sentía. Por alguna extraña razón que no llegaba a entender, necesitaba desesperadamente sentir el gozo de estar vivo que latía dentro de Sasuke.

Ignoraba cuánto tiempo podría mantenerse apartada de él, teniéndolo tan cerca. Apenas habían trabajado juntos en el jardín unos días, pero Hinata ya echaba de menos su conversación, añoraba el estímulo de su compañía. No había ningún placer en mantenerlo a distancia, en darle órdenes y hacerle trabajar hasta que los vaqueros se le empapaban de sudor. En realidad, se sentía mezquina y avergonzada.

Al cabo de un momento de silencio. Itachi dijo en tono cansino:

—Creo que es hora de volver a casa, después de todo. Estoy muy... cansado. ¿Podría decírselo usted a Sasuke?

—¿Se refiere a la casa de su abuela, o a California? —preguntó Hinata.

Itachi tenía una mirada sombría.

—Las tres o cuatro veces que vinimos a visitar a la abuela Callie fueron los mejores momentos de mi niñez. Mamá solía volver a Luisiana cuando atravesaba un mal momento, por lo general cuando acababa de tener otro hijo. Una vez nos dejó con la abuela todo un verano. Lástima que no regresara para quedarse.

—No lo dice en serio.

—¿Usted cree? —la comisura de su boca se curvó—. De haber sido así, ahora yo sería un paleto sureño fuerte como un toro, en vez de un drogadicto con un pie en la tumba. Y Sasuke sería... —se interrumpió y tomó aire—. ¿Le importaría llamarlo, por favor?

Quería que Hinata hiciera aquel pequeño esfuerzo por él. ¿Por qué? ¿Para que no pareciera que estaba agotado? ¿Para que pareciera idea de Hinata? ¿O tal vez pensaba que a Sasuke lo molestaría tener que obedecerla delante de él? ¿Sería otra forma de socavar a su hermano?

Ella se puso en pie y se acercó a la barandilla. Alzó la voz y lo llamó:

—¿Sasuke? —al oír su voz, él alzó la mirada de la zanja que estaba cavando, y sus ojos negros brillaron como la obsidiana a la luz del sol. Enarcó una ceja inquisitivamente—. Creo que su hermano agradecería que lo llevara a casa.

Él la miró a los ojos un momento antes de asentir lentamente con la cabeza. Tal vez aquel gesto no fuera mas que una señal de asentimiento, pero pareció un instante de intensa comunicación. Ambos, pensó Hinata, se entendían muy bien el uno al otro. Tal vez demasiado bien.

Oyó que Itachi maldecía tras ella, pero no le importó

Más tarde, cuando Sasuke regresó de llevar a su hermano a casa. Hinata percibió el retumbar lejano de un trueno. Levantó la mirada del catálogo en el que estaba leyendo acerca de Monsieur Tillier, una antigua variedad de rosa de té que pensaba encargar para su jardín. El trueno retumbó otra vez: mas cerca, y más alto, como si quisiera que lo tomaran en serio. Por el rabillo del ojo, Hinata vio el fulgor de un relámpago a través de las cortinas de encaje que cubrían las ventanas. Contó solo hasta cinco antes de que el trueno resonara de nuevo. La tormenta estaba cerca.

¿Estaría Sasuke trabajando aún en el jardín? Tal vez se hubiera resguardado en la terraza. O hubiera buscado refugio en el garaje, si estaba en aquel lado del jardín.

Tendría que dejarlo entrar en la casa si el viento soplaba demasiado fuerte. En la terraza se empaparía, pues a veces la lluvia entraba bajo la cornisa del tejado, mojando todo el suelo hasta la pared de la casa. El garaje era, desde luego, bastante sólido y perfectamente seguro, en caso de que Sasuke tuviera la sensatez de refugiarse allí.

Por otra parte, habiendo crecido en California, quizá no supiera cómo eran las tormentas de fines de la primavera en Luisiana. Era enteramente posible que ignorara lo rápidamente que se desencadenaban y lo fuertes que podían llegar a ser. Hinata vaciló, agitando con nerviosismo el bolígrafo entre los dedos, mientras consideraba si debía ir a buscarlo.

Pero él era un hombre adulto, por el amor de Dios. Podía cuidar de sí mismo. No necesitaba que ella lo protegiera, ¿o sí?

¿No era eso lo que se suponía que buscaban los hombres jóvenes en las mujeres mayores? Sasuke podía ser un caso típico, pues había perdido a su madre siendo aún muy joven, y se había visto obligado a cuidar a otros cuando era él quien necesitaba cuidados.

Sí. Y tal vez la atracción que Hinata sentía por él no fuera más que una forma de sustituir a sus hijos, a los que Mamá Uzumaki le había arrebatado. O alguna otra engañifa psicológica de ese estilo. Sí, tal vez fuera así.

Oyó las primeras gotas de lluvia que se estrellaban contra las hojas satinadas de un magnolio, más allá de la ventana. Echó hacia atrás la silla con repentina decisión y se dirigió apresuradamente a la puerta principal.

Sasuke no estaba en el jardín delantero. Hinata se quedó parada un momento, absorbiendo la frescura húmeda de la lluvia, escuchando su tamborileo sobre el tejado e inhalando el olor a tierra mojada. El viento empujaba su pelo y giraba bajo su falda, refrescándola. Después, en la distancia, oyó el rumor del aguacero que marchaba sobre los bosques en dirección a la casa. Miró hacia el lugar de donde provenía aquel sonido y vio una densa y pesada cortina de lluvia,

Corrió hacia la escalinata y la bajó a toda prisa, inclinando la cabeza contra la lluvia que caía desde el tejado. Al llegar al último peldaño, giró a la derecha y siguió el umbral sinuoso que llevaba a la parte lateral del jardín. Al llegar a la puerta de la verja, se inclinó para mirar hacia el garaje.

Estaba vacío. Sasuke no estaba allí.

Volvió corriendo por el mismo camino y tomó el sendero que llevaba al otro lado de la casa. Allí, ninguna puerta bloqueaba el caminito de ladrillo que rodeaba el extremo curvo de la terraza y proseguía hasta la parte de atrás. La lluvia empezó a arreciar, y Hinata echó a correr.

Entonces lo vio, y se quedó completamente inmóvil.

Estaba sentado encima del aljibe, balanceándose sobre su cubierta de cemento con las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre las rodillas dobladas, en lo que a Hinata le pareció reconocer vagamente como la postura del loto. Tenía los dedos ligeramente curvados, los ojos cerrados, la cara perfectamente serena y vuelta hacia la lluvia que caía sobre él, empapándole el pelo, derramándose sobre sus hombros y corriendo en remolinos sobre su pecho desnudo y la plana superficie de su abdomen. La lluvia relucía, extendiéndose como una pátina sobre sus músculos y las venas prominentes de su cuerpo, vertiéndose sobre él con la misma naturalidad que si hubiera sido un poste de la valla o un árbol. El viento había refrescado el aire, pero él parecía no sentir el frío. Su piel brillaba, suave y morena, a diferencia de la de Hinata, erizada por el frío.

Paz. Placer. Apasionada alegría. Todas aquellas cosas irradiaban de él en olas que se extendían hacia ella como si quisieran arrastrarla. Hinata dio un paso. Y luego otro.

De repente, él abrió los ojos. Y las emociones que Hinata sentía se multiplicaron por cien. Sasuke le sostuvo la mirada, y la intensidad de aquellas emociones la asustó. Pero lo que más la asustaba era su deseo de responder, su profunda necesidad de ir hacia él y acompañarlo en aquel baño de lluvia. En su calor y en su paz. En su ardiente pasión por la vida.

Allí, de pie, se olvidó de respirar. Luego tomó aire, dando un ligero gemido. La cordura regresó al mismo tiempo que el aire a sus pulmones. Se dio la vuelta y su falda empapada giró sobre sus piernas, salpicando agua. Inclinó la cabeza contra la lluvia y corrió a refugiarse en la casa.

Hola

gracias a todas aquellas personas que dejaron un comentario, no saben lo feliz que me hacen. espero que les guste este nuevo capítulo.