Capitulo 6
Hinata observó la vasija que acababa de sacar del horno. Era muy ancha y poco profunda. Primero la había cocido por fuera y después la había esmaltado por dentro con un barniz verdeazulado, cristalino y ondulante. Estaba orgullosa del resultado. En realidad, era una de las mejores piezas que había hecho desde que, en los años que siguieron a la muerte de Naruto, había empezado a dedicarse en serio a la cerámica.
A Naruto nunca le había gustado que «perdiera el tiempo con sus cacharros», como solía decir. Parecía tener celos del tiempo que invertía en ellos, aunque Hinata intentaba mantenerse alejada del cobertizo salvo cuando él estaba trabajando. Naruto decía también que la arcilla le resecaba las manos, volviéndolas ásperas y obligándola a llevar las uñas demasiado cortas. Pero, por encima de todo, lo avergonzaban sus veleidades artísticas. Las mujeres de Hillsboro no solían dedicarse a la cerámica en su tiempo libre. La jardinería estaba bien siempre y cuando sirviera para algo práctico, como plantar verduras; Naruto podía al menos tolerar ese pasatiempo tradicionalmente femenino. Podía haber aceptado que Hinata se dedicara a bordar, a hacer punto, o incluso a pintar. ¿Pero qué sacaba de sus cuencos?, solía preguntarle.
Ella nunca había podido darle una respuesta tranquilizadora. Simplemente, le gustaba dar forma al barro suave y sensual, disfrutaba viéndolo tomar vida bajo sus manos, adoraba el momento en que abría el horno y veía cómo había transformado el fuego los colores y los dibujos. La cerámica la hacía sentirse segura y creativa, y en cierta forma satisfecha de sí misma.
El cobertizo era también su retiro, aunque tampoco podía explicar esa necesidad. Naruto la habría considerado una afectación ridícula; y, sin embargo, él había sido una de las personas más retraídas que Hinata había conocido nunca. Durante su matrimonio, él apenas salía, salvo para ir al trabajo. No le gustaba hacer nada en su tiempo libre, ni alternar con la gente. Era tan casero que a veces Hinata pensaba que Ivywild era para él una especie de santuario, como lo había sido para ella más tarde.
Esa semana, Hinata utilizó el cobertizo principalmente para mantenerse alejada de Sasuke. De cuando en cuando lo veía a través de los ventanucos, manejando el martillo hidráulico o tendiendo la cañería. En sus idas y venidas de la casa al cobertizo y del cobertizo a la casa, podía comprobar sus progresos con la fuente. En cierto sentido, podía tomar parte en lo que Sasuke hacía y, al mismo tiempo, mantenerse oculta.
Por lo menos había vuelto a trabajar con la cerámica después de muchos días sin tocarla. Esbozando una sonrisa, paso los dedos por el interior de la vasija, que todavía conservaba el calor del horno, y percibió la pátina suave del esmalte. Había pensado plantar en ella unas crasas y ponerla junto a la puerta trasera, pero le pareció una pena que la tierra ocultara su hermoso color. La dejaría sobre la mesa para que se enfriara mientras pensaba qué otro uso podía darle. Algo se le ocurriría, como siempre.
Volvió a su banco de trabajo y miró el gran óvalo de arcilla que había preparado con anterioridad. A su lado había desplegado la página de un catálogo de objetos de cerámica que mostraba un medallón inspirado en la Bocca della Verità, o «boca de la verdad». La reproducción, tomada del original de la iglesia de Santa María in Cosmedin de Roma, mostraba la cara de un hombre, semejante a la de una gárgola, con la boca abierta, la lengua fuera y el pelo y la barba formados por hojas estilizadas. Según la leyenda, la boca del original italiano se cerraba sobre la mano de aquel que dijera una mentira mientras tocaba su lengua. La ilustración recordaba también al sátiro de la tradición europea. Aquella cara esculpida representaba los aspectos más lujuriosos de la noche de Belanus, la noche del primero de mayo, durante la cual los antiguos paganos celebraban la fecundidad de la naturaleza.
La cara, y la idea que se ocultaba tras ella, había intrigado a Hinata desde el mismo momento en que la había visto. Igual de fascinante le resultaba la idea de esculpirla en barro. En lugar de encargar uno de aquellos medallones del catálogo, haría uno ella misma.
Puso las manos sobre la arcilla y empezó a aplastarla y a darle forma. No copiaba la imagen del catálogo, sino que la usaba más bien como muestra del tamaño y las proporciones. Le producía un intenso placer ver formarse aquella cara bajo la fuerte presión de sus dedos. Hundía los dedos en agua, acariciaba y apretaba, formando el relieve de la nariz, y las cejas. Con una paleta y un escalpelo, labraba las curvas y los surcos de las delicadas hojas.
El tiempo perdió su significado mientras se esforzaba en refinar y perfeccionar los rasgos de aquella cara de barro, formando texturas, creando contrastes. Se olvidó de que Akamaru estaba tumbado a sus pies, de que tenía hambre, y del calor sofocante que iba haciendo en el cobertizo a medida que avanzaba el día. Estaba contenta. Hacía años que no se sentía tan feliz.
A media tarde. Kurenai le llevó un aperitivo, refunfuñando sin cesar porque Hinata no había comido. Esta le dio las gracias distraídamente, se comió un pedazo de queso y dio un par de mordiscos a una manzana mientras observaba la plancha de barro. Después, dejó la manzana en el suelo para perfilar una curva. Cuando volvió a levantar la mirada, Kurenai se había ido y la manzana estaba cubierta de hormigas.
Algún tiempo después, una sombra se movió en el umbral. Akamaru levantó la vista, movió la cola y volvió a apoyar la cabeza sobre las patas. Sasuke. No podía ser nadie más.
Cuando entró, Hinata lo miró por encima del hombro. Él esbozó una sonrisa. Al ver el placer que contenía aquella sonrisa, ella recordó vivamente la tarde de la tormenta... y se sintió inquieta.
Volvió la mirada hacia la arcilla esculpida que tenía frente a ella. Sintió un estremecimiento de emoción. Sus dedos se crisparon alrededor de la paleta que todavía sujetaba, apretándola con fuerza.
La cara del fauno, que tan afanosamente había labrado en el barro suave y maleable, tenía un sorprendente parecido con Sasuke. Eran su amplia frente, sus cejas espesas y sus pómulos altos los que Hinata había plasmado allí, su pelo el que fluía en suaves ondas mezclándose con las hojas de parra. Su gozosa y fulgurante aunque serena vitalidad estaba labrada en la arcilla tal y como Hinata la había visto cuando él la miró a través de la lluvia. Pero había también algo que Hinata había percibido en Sasuke aquella primera noche, cuando había surgido de entre la maleza del jardín: en los labios ligeramente entreabiertos de la cálida sonrisa del sátiro se insinuaba un peligro latente, una promesa de placeres raros y prohibidos.
Hinata dejó la herramienta que sostenía, metió las manos en agua y tomó una toalla. Se secó las manos con fingida despreocupación, y luego extendió la toalla sobre la plancha de barro. Solo entonces se volvió hacia él.
—¿Ya ha terminado por hoy? —dijo con ligereza—. No me había dado cuenta de que era tan tarde. Él inclinó la cabeza.
—Hay algo que quiero enseñarle. Si es que puede parar un momento.
⎯Sí, claro ⎯el alivio de tener una excusa para alejarlo del cobertizo la empujó a mostrarse más cordial que en los días anteriores.
Sin embargo, en lugar de darse la vuelta para salir, Sasuke dio un paso adelante.
—¿Qué es eso?
Ella se puso rígida un instante, pero enseguida vio que se refería a la vasija que acababa de sacar del horno. Se movió para impedirle que viera lo que había sobre el banco de trabajo, tomó la vasija y se la enseñó mientras le daba una explicación.
⎯¿De veras lo ha hecho usted? —preguntó él, alzando la vasija hacia la luz, y le dirigió una mirada de sorprendida admiración.
—Con mis propias manos —dijo ella, algo tensa.
—Fantástico —musitó él, sacudiendo la cabeza.
Hinata sintió una satisfacción tan absurda como difícil de explicar.
—Solo era un experimento con el color.
—Me recuerda al fondo del mar —dijo él—. Las ondas de la arena y el sol refulgiendo a través del agua.
Ella comprendió que eso era exactamente lo que parecía, pero la sorprendió la total falta de afectación de sus palabras.
—Un puro accidente. En realidad, solo me interesaba el dibujo.
—A veces, las mejores cosas ocurren así, por accidente.
—¿Le interesa la cerámica? —comprendió que su asombro no resultaba tan halagüeño como el que había mostrado él.
Sasuke se encogió de hombros.
—He hecho algunas cosas. Sobre todo cosas grandes: urnas, pilas, columnas...
—Supongo que le enseñó el señor Wu.
—Sí —una seca sonrisa apareció en la comisura de su boca—. Al viejo le gustaban las glorietas, los pequeños estanques y esas cosas. Decía que eran el esqueleto de un jardín. No solía gustarle lo que encontraba en los viveros y en las tiendas de jardinería, y además los precios eran prohibitivos. Debería haber oído lo que decía al respecto, sobre todo en chino. Hizo traer una o dos piezas de Europa o de Asia, pero casi todo lo construía él mismo.
—Un hombre sorprendente.
—Sí —dijo él, bajando los párpados sobre su expresión como escudos protectorcs. Al cabo de un instante, dijo—. Tengo una idea para su vasija.
—¿Cuál?
—Prefiero enseñársela cuando esté acabada. Si no le gusta, solo tiene que decirlo.
Ella le lanzó una mirada dubitativa.
⎯¿No irá a hacerle un agujero?
—Ni lo sueñe.
La firmeza de su voz la reconfortó. Sasuke siempre había demostrado un instinto excelente. Además. Hinata tenía curiosidad por ver qué iba a hacer.
—De acuerdo —dijo, y luego añadió ásperamente—. Bueno. ¿Qué quería enseñarme?
La expresión de Sasuke cambió al percibir su tono. Dejó la vasija sobre la mesa.
—Sí, señora —dijo con logrado acento sureño mientras extendía una mano hacia la puerta—. Por aquí, señora.
Ella echó a andar delante de él, y descubrió que no la molestaba aquella broma. En cierto sentido, incluso se la agradecía. Sin embargo, también comprendía que entre las bromas y la familiaridad solo había un paso, y que ese paso tal vez la llevaría demasiado lejos.
Oyó, antes de verlo, lo que él quería enseñarle. Le lanzó una mirada y vio corroboración en sus ojos. Hinata se apresuró hacia la puerta de la parte lateral de la cerca. La atravesó y rodeó el extremo ovalado de la casa.
Allí estaba su fuente. El agua brotaba del delicado manantial, reluciendo a la luz declinante del atardecer, y se arqueaba saltando con líquida gracia, bailando bajo los rayos del sol y proyectando un arco iris antes de precipitarse en el cuadrado de ladrillo que Sasuke había construido. Su música acuática murmuraba en el aire con un sonido dulce y natural. La fuente, una corriente incesante, límpida y pura, apresada y sin embargo libre, albergaba el espíritu del río. Era todo cuanto Hinata había deseado, y sin embargo mucho más de lo que esperaba. Una sensación de plenitud estalló en su pecho. No podía dejar de sonreír.
Sasuke, acercándose a su lado, observó el fulgor de alegría que había aparecido en su rostro. El cansancio agotador de los últimos días se evaporó, como si nunca hubiera existido. Había conseguido su recompensa. Aunque Hinata no le dijera una sola palabra de gratitud, siempre recordaría aquel momento y sentiría que había merecido la pena.
Ella se volvió hacia él con una sonrisa tan radiante, una expresión tan diáfana y cándida que Sasuke sintió que el corazón se le contraía en el pecho. No lo impulsó ninguna decisión consciente, ninguna sucesión lógica de causa y efecto. Fue puro instinto lo que le hizo dar un paso hacia delante con los brazos abiertos.
Siempre recordaría la forma en que Hinata se precipitó en sus brazos, temblando. Contuvo el aliento y estrechó su cuerpo esbelto, flexible y suave, amoldándose a sus curvas y concavidades como si sus cuerpos fueran dos mitades de una misma cosa. Cerró los ojos y saboreó aquella sensación de plenitud sintiendo que la esencia de Hinata penetraba hasta el núcleo mismo de su ser. Después inhaló lenta y profundamente, y el perfume dulce y sensual de las rosas, los jazmines y el cuerpo cálido de Hinata penetró en su cerebro hasta dejarlo aturdido.
Aturdido y febril. Deseaba desesperadamente algo más.
Había creído que con una sonrisa de Hinata le bastaría.
Paciencia, paciencia. No debía precipitar las cosas. Debía soltarla, tenía que hacerlo inmediatamente. Debía retroceder. Ocultar el pálpito de su sangre. Decir algo, cualquier cosa, para relajar la tensión que se apoderaría de ellos en cuanto ella cayera en la cuenta de lo que había pasado.
Dios, pero la deseaba tanto... Deseaba que sonriera eternamente. Espontánea. Confiada. En sus brazos.
¿Era mucho pedir?
Un débil grito inarticulado de protesta brotó de la garganta de Hinata. Sasuke sintió que se disipaba el hechizo. Su expresión se suavizó, y la soltó. Enarcó una ceja, sonriendo mientras decía:
⎯¿Quiere hacer alguna otra fuente?
El perla de los ojos de Hinata parecía casi lunar. La suave tela vaquera de la camisa que llevaba vibraba al compás del latido de su corazón. Ella parecía al borde mismo de las lágrimas. Pero quizás aquellas lágrimas fueran de rabia: Sasuke no podía decirlo. Y en realidad no quería saberlo.
El suspiro de Hinata resonó en la quietud perfecta de la tarde. Con voz áspera, dijo:
—Esta es más que suficiente. Es maravillosa. Exactamente como la veía en mi cabeza, aunque no sé cómo ha podido adivinarlo.
Sasuke pensó en todas las cosas que Hinata sabía de él, en las cosas que Itachi le había contado. No podía explicárselas porque ella no le había preguntado, y, si le ofrecía sin más una explicación, parecería que pensaba que a ella todo aquello le importaba: o que pensaba tener derecho a esperar que lo creyera.
Pero, a pesar de todo lo que tenía contra él, Hinata se había mostrado generosa y dispuesta a perdonar, y lo suficientemente honesta como para no culparlo a él por sus propios impulsos, o condenarlo por aprovecharse deslealmente de su arrebato de gratitud.
Le estaba agradecida. Eso era todo.
En aquel momento, Sasuke comprendió lo que ya sabía: que Hinata Hyuga era inalcanzable. Pero también era algo más. Era hermosa y discreta y superior a todo cuanto él había imaginado. Y no era para él. Nunca lo sería.
Se tragó aquella amarga verdad. Luego asintió con el cuello rígido y dijo con serenidad:
—Me alegro de que le guste.
—Me encanta —dijo ella con la misma suave seguridad.
Él empezó a retroceder. Tenía que hacerlo, antes de hacer o decir algo completamente absurdo. Le dolía el pecho. Tenía los músculos agarrotados.
—Entonces, la veré mañana.
—El lunes —lo corrigió ella distraídamente, como si su mente estuviera en otra parte—. Hoy es viernes
—Sí, claro. El lunes, entonces.
Se volvió rápidamente, alcanzó la moto en unas pocas zancadas y se subió a ella. Salió a toda prisa, como si llevara atado a la espalda un cartucho de dinamita.
A la mañana siguiente. Hinata metió en el horno la plancha de barro. Por la tarde apagó el fuego y la dejó enfriarse toda la noche. Había pensado en destruirla, en borrar su insensatez comprimiendo de nuevo la arcilla en una bola suave e informe. Pero no pudo hacerlo. Tal vez fuera ridículo o supersticioso, pero tenía la impresión de que habría sido como destruir a Sasuke.
La plancha soportó el fuego sorprendentemente bien, teniendo en cuenta cuánto tiempo hacía que Hinata no realizaba una escultura en barro, y su inexperiencia. No tenía grietas, ni muescas en los bordes. Al día siguiente, mirándola con ojo crítico, Hinata pensó que podía haber labrado con mayor perfección algunas zonas, pero en general se sintió satisfecha.
Tenía, en realidad, el acabado que muchos ceramistas y escultores consideraban un signo del buen hacer, pensó Hinata, acariciando la recia mandíbula de la cara con la yema de los dedos. Tenía ganas de tocarla. Había plasmado el hoyuelo que aparecía en la mejilla de Sasuke cuando sonreía, y los pliegues en forma de abanico que se formaban en las comisuras de sus párpados. Sí, y las curvas sensuales de su boca no solo estaban bien moldeadas, sino que casi parecían reales, como si pudieran despertar a la vida en cualquier momento, moverse contra su propia boca y ...
Apartó la mano y la cerró en un puño. Al cabo de un momento, con gran esfuerzo, tomó la caja ancha y plana que había dejado a un lado. Puso dentro la plancha de barro, llevó la caja a la gran estantería que cubría una de las paredes del cobertizo y la colocó en la balda más alta. La empujó hacia atrás cuanto pudo, fuera del alcance de la vista. Se dio la vuelta, salió del cobertizo y cerró la puerta tras ella.
Pero no era tan fácil cerrarle la puerta al recuerdo de lo que había ocurrido el viernes por la tarde. Si cerraba los ojos, aún podía sentir los brazos de Sasuke a su alrededor, el instante perturbador en que se había apretado contra la dura calidez de su cuerpo. Había sido como hallarse en el centro de una tormenta eléctrica, atrapada en la llamarada de un calor blanco y ardiente, de una luz cegadora y una energía avasalladora. Nada la había preparado para aquella conflagración, ni para la oleada de deseo que había despertado en ella. Se había quedado asombrada, paralizada por sentimientos que había mantenido reprimidos tanto tiempo que ya apenas recordaba su existencia. Si es que alguna vez los había conocido.
Ignoraba si así era. Incluso en los primeros días de su matrimonio, cuando el amor era algo extraño y nuevo, no se había sentido tan vehemente, ni tan insegura de sus reacciones, de su voluntad.
Si un solo abrazo poseía tanta fuerza, ¿Qué efecto no le causaría un beso? Y si un beso era incluso más intenso, ¿cómo podría sobrevivir al poder sobrecogedor de...?
No. No pensaría en ello. Olvidaría que había tocado a Sasuke Uchicha. Y rezaría para que él hiciera lo mismo
Esa tarde, a última hora, Himawari y Boruto fueron a verla. Akamru salió a recibirlos brincando y gimiendo de alegría. El perro había sido un regalo de Navidad para los niños cuando Himawari tenía diez años y Boruto ocho, de modo que había compartido su infancia y su adolescencia. Pero había sido Hinata quien siempre le había dado de comer, lo cepillaba, lo sacaba a dar largos paseos por el bosque que había detrás de la casa, de tal forma que había acabado convirtiéndose en su perro.
Hinata estaba tan contenta de ver a sus hijos como Akamaru, tal vez incluso más. Salió a recibirlos a la escalinata y los envolvió en un cálido abrazo. Se parecían más a Naruto que a ella: tenían su mismo pelo rubio y sus ojos azules, que él había heredado de su padre. Boruto poseía la complexión musculoso de Naruto, pero Himawari tenía el cuerpo de Hinata. Era delgada, pálida y frágil en exceso, pensó Hinata.
Himawari no parecía feliz. Hinata hubiera querido preguntarle qué le sucedía, pero sabía que era inútil hacerlo.
Mientras los llevaba hacia la cocina, el sitio natural para hablar y relajarse, se le ocurrió que sus saludos habían sido más torpes que de costumbre. Intentó convencerse de que era normal. Hacía al menos, ¿cuánto?, ¿tres semanas desde la última vez que se habían visto?
Ellos estaban siempre tan ocupados: Boruto con los cursos de la universidad y los amigos. Himawari trabajando en el bufete de abogados y ocupándose de su casa y su marido. Hinata los llamaba cuando creía que podía encontrarlos, lo cual no sucedía muy a menudo. Era normal que no hubiera confianza entre ellos; no habían estado muy unidos desde la muerte de su padre.
Excusas. Buscaba excusas para disculparlos. Lo sabía, pero no quería afrontarlo.
Cuando se sentaron en torno a la mesa, las primeras palabras de Himawari dejaron inmediatamente clara la situación.
—Veo que la abuela tenía razón —dijo en tono de reproche—. Has destrozado el jardín.
—Pensaba que estaba arreglándolo, ocupándome de algunas cosas que había que hacer hace mucho tiempo.
La dolorosa certeza de que Himawari y Boruto estaban allí solamente porque su abuela había hablado con ellos hizo que su voz sonara baja y apagada.
⎯¿Era necesario poner una fuente?
Hinata se quedó mirándolos un momento, con expresión serena. Boruto desvió la mirada, pero Himawari la observó con semblante implacable. Hinata contestó suavemente:
—No, pero me apetecía tenerla.
⎯¿Pero por qué diablos...?
—Llámalo un capricho ⎯dijo Hinata secamente. El tono capcioso de su hija empezaba a crisparle los nervios.
—Un capricho muy caro, diría yo —comentó Himawari, con gesto de desaprobación—. ¿De dónde sale el dinero para pagar la pintura de la casa y los ladrillos y las cañerías, por no mencionar la mano de obra?
Hinata ladeó la cabeza.
—¿Qué es lo que te irrita más, cariño? ¿Los gastos de la obra o el hombre al que pago por hacer el trabajo?
—¡La abuela nos dijo que no te mostrarías razonable, y no la creí! —un color bilioso se extendió por la cara y el cuello de su hija, haciéndola parecer casi enferma.
—Dime, ¿por qué debería mostrarme razonable? No puedo creer que te quejes de que haya decidido limpiar el jardín, ni que te parezca mal que haya pintado la casa para impedir que se desmorone a mi alrededor.
Boruto se aclaró la garganta y lanzó a su hermana una mirada apaciguadora.
⎯A nadie le parece mal que limpies un poco el jardín y pintes la casa, madre.
El tono excesivamente razonable de su voz, rayano en el paternalismo, tan parecido al que empleaba Naruto cuando pensaba que Hinata empezaba a enfadarse, hizo que Hinata apretara los dientes. No quería ayudarlos en aquella absurda discusión.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Boruto estiró los hombros, sin atreverse a mirarla a los ojos, y se inclinó sobre la mesa de la cocina.
—La abuela está un poco enfadada por todo esto. Detesta que las cosas cambien en Ivywild, ya lo sabes. Dice que si te puedes permitir todas estas reformas, también podrás permitirte pagar mis gastos de la universidad.
—Sí, claro —dijo Hinata inmediatamente—. Tú sabes que lo habría hecho encantada si ella no se hubiera empeñado en asumir esa responsabilidad.
—Lo sé, pero no se trata solo de la matrícula. Están los gastos de la residencia y del coche, y los gastos diarios. La abuela iba a comprarme un Mazda nuevo antes de que pasara todo esto. Ahora, bueno... —se encogió de hombros.
La madre de Naruto se estaba apoyando en Boruto, utilizando la generosa asignación que le daba y la promesa de un coche nuevo para persuadirlo de que se pusiera en contra de Hinata. Lo más repugnante de todo era que su hijo había cedido a la presión.
No, no debía pensar así. Boruto se hallaba dividido entre ellas dos, como lo habían estado él y Himawari desde la muerte de su padre. Al día siguiente del funeral, Mamá Uzumaki se los había llevado a su casa. Había dicho que era por el bien de Hinata, para darle tiempo a que se recobrara sin que la molestaran las idas y venidas de un par de adolescentes. Hinata estaba demasiado confusa y aturdida para discutir: a duras penas había conseguido soportar el entierro. Sin embargo, habría querido estar al lado de sus hijos, poder abrazarlos y que ellos la abrazaran, para aliviar la pena y el horror que todos ellos sentían. Pero se los arrebataron, y pasaron semanas antes de que volviera a verlos. Cuando por fin los vio, la miraron con ojos acusadores. Desde entonces, nunca habían vuelto a actuar, ni a sentir, como el hijo y la hija que eran, como los chicos a los que ella tanto había querido antes del accidente.
—Me quedaba algo de dinero de mis padres —dijo—, y estos últimos años he tenido muy pocos gastos.. El dinero del seguro de... que recibí por la muerte de vuestro padre todavía está en el banco. Así que puedo pagar los gastos que Mamá Uzumaki no pueda permitirse, Boruto. Incluso podría comprarte ese coche. Pero dime una cosa. ¿De veras crees que tu abuela va a castigarte por lo que ella considera mis faltas?
—No lo sé —musitó él.
—Yo tampoco —dijo Hinata—, pero preferiría pensar que no.
Himawari dijo:
—Hay algo más de lo que tenemos que hablar, madre. Es una completa vergüenza que ese chico, ese tal Uchicha, ande rondando por aquí
El tono remilgado de su hija resultaba casi cómico, pero Hinata no se rió.
—Ese chico, como tú lo llamas, es unos cuantos años mayor que tú.
—Sí, ya, ¡pero es bastante más joven que tú!
—¿Y qué? No anda rondando por aquí, ¿sabes? Trabaja para mí, y mucho, además. Y te darías cuenta si dejaras de pensar en el dinero y miraras a tu alrededor
—Sí, ya veo que debe de resultarte de gran ayuda. En más de un sentido, seguramente.
—¡Himawari!
—¿Qué, madre? ¿Sabes lo que parece todo eso? ¿Tienes idea de lo que dice la gente? Yo siento vergüenza, y Konohamaru está absolutamente indignado. Ha rezado de rodillas todas las noches de esta semana para que abandones esta relación pecaminosa y encuentres la redención en el Señor. Incluso se levantó el miércoles en la iglesia y le pidió a la congregación que se uniera a él para pedirle a Dios por ti...
—¡Qué! — Hinata levantó la cabeza, atónita y furiosa.
Himawari parpadeó rápidamente.
—Bueno. ¿Qué esperabas? ¿Es que creías que íbamos a ignorar lo que ocurre? ¿Que podías hacer lo que se te antojara sin que nadie dijera una sola palabra?
—Creía ⎯dijo Hinata con voz clara— que mis hijos sentían algún respeto por mí. Creo que al menos alguien debería haberme preguntado si me estoy acostando con un hombre antes de empezar a rezar en público para que deje de hacerlo.
Los ojos de su hija adquirieron un brillo defensivo.
⎯Fue Konohamaru, no yo. Ya sabes cómo es.
Hinata lo sabía. El marido de Himawari, hijo mayor de una familia que pertenecía a una de las iglesias no confesionales más conservadoras, se tenía por un hombre profundamente religioso. Desaprobaba a la madre de su mujer porque ya no asistía a la iglesia. A Hinata le parecía un perfecto fanático. Pero nadie le había pedido su opinión cuando Himawari se había casado con él dos años antes.
—Konohamaru difícilmente podría haberse enterado de todo esto si tú no se lo hubieras contado —dijo Hinata—. No tiene ninguna razón para creer que Sasuke esté haciendo nada más que su trabajo, y no la tendría si tú, u otra persona, no lo hubierais convencido de lo contrario.
Himawari lanzó una risa chillona.
—¡Así que hace algo más que su trabajo!
—Yo no he dicho eso.
—Pero es cierto, ¿no? Por lo menos podrías admitirlo.
Hinata miró a su hija, asqueada porque las cosas hubieran llegado a aquel extremo, pero incapaz de ver cómo podía haberlo evitado. Con voz firme, dijo:
—Si me lo tienes que preguntar, es que no mereces que te conteste.
—Una respuesta muy cómoda, ¿no te parece? Sobre todo, si prefieres no mentir. Y tú nunca mientes, ¿verdad, madre? Nunca jamás.
—Basta ya, Himawari —fue Boruto quien habló, cortando el comentario sarcástico de su hermana. Pero no miró a Hinata a la cara.
Las palabras de Himawari sugerían que Hinata había mentido la tarde en que su padre había muerto. Hinata sabía que eso era lo que pensaban sus hijos, pero nunca antes se lo habían dejado tan claro.
Cruzó los brazos sobre el pecho en un gesto de defensa, y alzó la barbilla. Miró a Boruto y a Himawari y dijo:
—Pensad lo que queráis, a mí me da igual. Pero recordad esto. Soy viuda y no tengo que rendirle cuentas a nadie. Lo que yo haga no es asunto vuestro.
Himawari abrió la boca, pero Boruto le hizo un gesto tajante para impedir que contestara. Con mirada seria, dijo:
—Confía un poco en nosotros, ¿quieres, mamá? Nos preocupamos por ti sinceramente, de veras. Pero no puedes esperar que nos quedemos de brazos cruzados cuando está en juego tu seguridad.
—Mi seguridad —dijo ella en tono neutro.
—Sabemos quién es ese tipo y qué es lo que busca. Además, me he tomado la molestia de hacer algunas averiguaciones, y no me parece la clase de hombre con el que querrías relacionarte, aunque solo fuera para... eso.
Hinata dijo con desagrado:
⎯¿Para qué?
⎯No quiero ponerme desagradable, mamá, pero afrontémoslo. Los de su clase se aprovechan de mujeres solitarias y mayores como tú.
Ella no sabía si sentirse ofendida o echarse a reír.
—Te aseguro, Boruto, que aún no tengo un pie en la tumba, y creo que todavía soy lo bastante lúcida como para saber cuándo alguien intenta aprovecharse de mí. Créeme cuando digo que Sasuke Uchicha no ha intentado nunca sacarme dinero, ni de palabra ni de obra, y que no ha hecho o dicho nada que me lleve a pensar que podría intentarlo —era, pensó, la verdad exacta. Lo cual resultaba sorprendente, si se paraba a pensarlo.
—No, ya me lo imagino. Es demasiado listo.
⎯¿Qué se supone que quieres decir con eso?
—Esperará hasta después de que os caséis —respondió Boruto con aspereza.
Hinata levantó las manos.
⎯¡Ya me habéis casado con él! Bueno, supongo que al menos Konohamaru se alegrará. Así dejará de aburrir a Dios con sus plegarias para que yo deje de vivir en pecado.
—O, tal vez —prosiguió Boruto con agria insistencia— ese tal Uchicha esperará hasta que te mueras.
La irritación de Hinata se convirtió en fría rabia.
⎯Se acabó —dijo—. No aguanto que calumniéis a alguien a quien ni siquiera conocéis y que no os ha hecho nada a ninguno de vosotros.
—Mamá —dijo Boruto—, si quisieras escucharnos...
—He oído todo lo que necesitaba oír, muchas gracias. ¿Qué os hace pensar que podéis venir aquí y entrometeros en mi vida?
—¿Entrometernos? — rió Himawari—. Vaya, no te preocupes, que no volveremos a hacerlo. Vámonos. Boruto.
—Cállate, Himawari —dijo Boruto sin mirar a su hermana—. Mamá, la primera mujer de Uchicha Sasuke, una mujer madura, como tú, murió en California.
—Lo sé y, para tu información, era mucho mayor que yo, casi...
—¿Sabías que a él lo arrestaron por su asesinato?
Hinata sintió que la sangre se le retiraba de la cara. Se quedó súbitamente fría, helada hasta la médula de los huesos. Un escalofrío la recorrió, erizándole la piel.
—No —musitó.
—Lo suponía —dijo Boruto con satisfacción.
—No —repitió Hinata, pero no en respuesta al comentario engreído de su hijo. Fue una negación pura y simple. No quería que Sasuke fuera un asesino. No podía soportar que aquello fuera verdad.
Gracias a todos las personas que se han tomado el tiempo de leerme y a las que comentaron no saben lo feliz que me hacen y que me dan ánimos todos los días para continuar con esta adaptación.
