Sasuke no fue a trabajar el lunes por la mañana. El domingo por la noche, Itachi empeoró y fue ingresado en la sala de urgencias del hospital local. Estaba bajo observación. Cuando, a primera hora de la mañana, la abuela Tsunade dejó la habitación de Itachi para ir a casa y descansar un poco, Sasuke le pidió que llamara a Hinata y se lo explicara. Después, se pasó el resto del día con Itachi mientras lo sometían a toda clase de pruebas agotadoras.
No había dudas sobre el diagnóstico básico, ni tampoco sobre las causas de su más reciente colapso: alimentación insuficiente combinada con medicación excesiva. Los médicos cambiaron la prescripción de su medicación contra el dolor y lo mandaron otra vez a casa.
El martes, cuando Sasuke aparcó frente a Ivywild, todo estaba extrañamente tranquilo y silencioso. Por fuera, todo parecía perfectamente normal. El coche de Kurenai estaba en su lugar habitual, en el garaje, detrás del viejo Buick de Hinata, y un olor a cebolla y ajo frito indicaba que el ama de llaves estaba haciendo algo apetitoso para comer. Sasuke vislumbró a Hinata a través de una ventana del cobertizo, atareada en sus cuencos. La fuente funcionaba a la perfección, y el agua saltaba y caía con un sonido semejante al de la lluvia cayendo desde un tejado.
Pero a Sasuke le hubiera gustado que alguien saliera a recibirlo. Akamaru, por lo menos, podía haberle dado la bienvenida ladrando.
Akamaru, eso era lo que faltaba. El gran perro no había aparecido en la terraza para advertir a su ama de que un vehículo aparcaba en la entrada, no había salido corriendo a recibirlo, en busca de una palabra amable y una caricia, como hacía últimamente. Debía de estar con Hinata, montando guardia como un buen perro. O bien ella lo había encerrado otra vez, por alguna razón. Pero, naturalmente, también podía estar por ahí, cazando conejos o visitando a alguna novia.
Dejó de pensar en el perro al notar que Hinata había empezado a atar un hermoso rosal trepador de la variedad Zéphrine Drouhin a la pérgola que había sobre la puerta lateral, que él había reparado la semana anterior. Recogió la cinta adhesiva verde que Hinata había estado usando y se dispuso a acabar la tarea.
El rosal estaba cubierto de rocío, pero la cinta estaba seca. Sasuke frunció el ceño al darse cuenta de que el rollo de cinta verde no llevaba mucho tiempo junto al rosal. ¿Habría interrumpido Hinata la labor por la llegada de Kurenai, o tal vez una llamada telefónica? ¿o tal vez lo había oído llegar y había huido al cobertizo porque no se atrevía a mirarlo a la cara después de lo que había ocurrido el viernes por la tarde?
No, seguramente no. Probablemente ella no había vuelto a pensar en aquel fugaz abrazo. El hecho de que él se hubiera pasado el fin de semana fantaseando sobre aquel incidente no significaba que a ella le importara lo más mínimo, de una manera o de otra. No había ninguna razón para pensar que Hinata se tomaría la molestia de evitarlo deliberadamente.
Cuando acabó con el rosal, se acercó al enorme pino que Hinata quería cortar, y alzó la vista hacia sus ramas inmensas, que se destacaban contra el cielo. Todavía no había revisado el equipo de escalada, ni le había vuelto a recordar a Kurenai lo de la sierra mecánica. Por otra parte, las rosas que Hinata había encargado para los nuevos macizos tampoco habían llegado. El árbol podía esperar.
Se dirigió hacia el garaje, rodeó el destartalado coche de Hinata y abrió el capó. No estaba tan mal como había pensado. Una buena limpieza, un cambio de aceite, un par de correas nuevas, un poco de agua y de cera, y quedaría como nuevo. Unos minutos después, estaba metido hasta los codos entre manguitos resecos y filtros llenos de grasa, preguntándose qué diría Hinata cuando descubriera en qué estaba gastando el tiempo.
Primero, haría funcionar el coche; luego, haría que Hinata se montara en él. Quizás ella nunca sería suya, pero no podía soportar verla encerrada allí. La casa era antigua y hermosa, y él sabía que la adoraba; pero había vida más allá de sus altos muros. Tener un jardín no era suficiente; se lo haría comprender a Hinata, por mucho que le costara. Iba a sacarla de Ivywild aunque tuviera que dejarse la vida en el empeño.
Estaba de rodillas, quitando un neumático deshinchado, cuando oyó un ruido. Se detuvo para escuchar.
Volvió a oírlo: un suave gemido. Dejó el neumático, se puso en pie y salió del garaje. Observó el jardín, girando la cabeza lentamente mientras escuchaba.
Nada. Sin embargo, estaba casi seguro de haber oído al perro de Hinata.
—¿Akamaru? —lo llamó en voz alta, y luego dio un silbido.
El perro respondió con un gemido. El sonido procedía de la arboleda que bordeaba el río, en la parte trasera de la casa. Sasuke salió corriendo en aquella dirección.
Akamaru intentaba arrastrarse, escarbando con sus grandes patas entre la maleza y el fango. Movió débilmente la cola al ver a Sasuke. Había dolor en la negrura insondable de sus ojos. No podía levantar la cabeza. El hedor que exhalaba y la baba que festoneaba su hocico no dejaban lugar a dudas
—¿Qué ha pasado, pequeño? —dijo Sasuke suavemente, agachándose a su lado—. ¿Quién te ha hecho esto?
El perro emitió un sonido débil y sacó la lengua. Tenía sed. Sasuke extendió una mano hacia su cabeza, con la intención de tomarlo en brazos y llevarlo corriendo al veterinario. Pero, al girar el cuello inerte del animal, vio que los grandes y suaves ojos del animal empezaban a apagarse.
—Oh, Akamaru —musitó, acongojado, y le acarició suavemente la cabeza—. ¿Qué va a decir Hinata? ¿Cómo se lo tornará? ¿Qué va hacer sin ti?
Justo entonces, oyó que Hinata gritaba. Se giró y vio que corría hacia él desde el cobertizo. Su primer impulso fue mantenerla alejada, impedirle que viera al perro, pero ya era demasiado tarde. Estaba pálida y sus ojos parecían enormes. Miraba fijamente el cuerpo tendido, blanco, del animal.
Cayó de rodillas al lado de Sasuke. Este se apartó. Ella tendió los brazos hacia el perro, pero le temblaban las manos. Vio sus ojos vacíos, las moscas que empezaban a arremolinarse a su alrededor. Un insoportable gemido de dolor salió de su garganta.
Akamaru le lamió los dedos una vez. Sus costados palpitaron en un último y trabajoso estertor. Después, murió.
Hinata se giró hacia Sasuke con los ojos llenos de rabia y de dolor.
—¿Por qué lo has hecho? —gritó—. ¿Por qué has tenido que matarlo?
Sasuke se quedó paralizado unos segundos, como si se hubiera vuelto de piedra. Luego se puso en pie.
Hinata sintió que el aliento se le helaba en la garganta cuando él se irguió lentamente sobre ella. Tenía la amargura petrificada en el rostro, los labios tensos; el cuerpo rígido por la rabia contenida, los músculos contraídos.
—Su perro ha sido envenenado —dijo con implacable serenidad—. Ocurrió hace horas. Yo no estaba aquí —le dio la espalda con tenso aplomo y empezó a alejarse.
Envenenado. Hinata miró el cuerpo de Akamaru, comprendiendo súbitamente. Sí. Oh, Dios, sí. Las pruebas eran evidentes: la espuma alrededor del hocico, el rictus que dejaba al aire los dientes apretados, aquel hedor intolerable. Ella había crecido en el campo, hubiera podido reconocer aquellos síntomas si no la hubiera cegado la sospecha. Se quedó sin aliento, como si las breves palabras que Sasuke había dicho en su defensa hubieran sido golpes asestados contra su pecho.
— ¡Sasuke! —él no se detuvo, no se dio la vuelta, fingió no haberla oído—. ¡Sasuke, espera! Te oí llamarlo. Cuando me asomé, te vi inclinado sobre él. Pensé que...
Su explicación entrecortada no surtió efecto. Él siguió caminando.
¿Por qué iba a escucharla? Ella lo había juzgado y hallado culpable en cuestión de segundos, sin ninguna prueba, sin molestarse siquiera en pensar que tal vez las cosas no fueran lo que parecían. Y todo porque una vez lo había visto derribar a Akamaru en un abrir y cerrar de ojos.
Pero no solo era eso, claro. Las cosas terribles que se decían de él habían contribuido a sus sospechas.
Un gigoló que se aprovechaba de mujeres mayores. Arrestado por asesinato.
Hinata no podía quitarse aquellas cosas de la cabeza. Si él era capaz de matar a una mujer, ¿por qué no a un perro?
Sí, ¿pero y si todos se equivocaban... Mamá Uzumaki y Boruto, y hasta Itachi Uchicha? Aquella idea la perseguía sin cesar. Ella misma había sido juzgada y condenada in absentia por las habladurías de sus vecinos y familiares. ¿Por qué no iba a sucederle lo mismo a Sasuke? Y, si así era, si él era inocente, ella había cometido un terrible error.
Hinata sabía lo que era ser injustamente acusada. Conocía el dolor y la rabia inútil que llevaba como un peso sobre los hombros. Conocía la humillación de no ser creída; estaba familiarizada con la soledad, su única defensa contra la infamia, contra quienes la miraban con ojos acusadores.
Se puso en pie y corrió tras Sasuke. Cuando lo alcanzó, lo agarró del brazo y lo hizo girarse.
—Sasuke, lo siento —dijo, buscando sus ojos, oscuros como el cuervo—. No quería decir eso. Por favor, yo... —se le quebró la voz, anegada por la llegada repentina de las lágrimas. De pronto sentía ganas de llorar por Sasuke, por ella misma, y también por Akamaru y por todo lo que había significado para ella.
Sasuke sintió que la compasión lo embargaba. Su expresión cambió.
—No llores —musitó, extendiendo una mano para enjugarle las lágrimas.
—No puedo evitarlo —dijo ella, frotándose las mejillas con la mano—. Todo es tan... tan terrible.
—Sí —él tomó aliento y suspiró. Apartó la vista de ella, cuadró los hombros—. Entra en la casa. Yo iré por una pala.
No hacía falta preguntar para qué.
⎯No puedo dejar que lo hagas solo. Akamaru era mío, era mi responsabilidad. Ojalá... Lo dejé salir anoche, de madrugada, y sabía que no había vuelto esta mañana, pero no le di importancia porque a veces se iba y tardaba en volver.
—¿Lo dejaste salir? ¿Por qué?
—Creo que oyó algo, porque ladraba y arañaba la puerta.
—No debiste... — se calló, apretando los labios como si quisiera impedir que salieran las palabras.
—Lo sé ⎯gritó ella, pasándose la mano por el pelo, aturdida—. No debí dejarlo salir, ¿pero como iba a imaginar que pasaría esto?
—Iba a decir que no debiste abrir la puerta. ¿Y si quienquiera que estuviera ahí fuera estaba esperando a que Akamaru saliera de la casa?
Ella lo miró fijamente.
—No lo había pensado.
—Pues piénsalo ⎯dijo él con aspereza.
—Y, ahora, Akamaru está muerto.
—Exacto —dijo con voz seca—. Akamaru está muerto —desvió la mirada—. Bueno, ¿me traes una manta, o voy yo por ella?
Envolvieron al gran perro en una colcha vieja y lo enterraron bajo un roble viejo y enorme, no muy lejos del riachuelo. Era un lugar agradable, un pequeño claro donde crecía la madreselva y la brisa soplaba, cantando, entre las ramas oscuras. Aunque Hinata no era especialmente devota, pronunció en silencio una plegaria. Sasuke señaló la tumba con una piedra de pizarra plana colocada de canto y clavada en el suelo. Después, regresaron a la casa en medio de la cálida quietud del día de primavera.
Sasuke apenas había hablado, pero se había mostrado amable y eficiente, y le había evitado a Hinata los aspectos más duros del enterramiento. Mientras caminaba a su lado, ella sentía la compasión y el afecto que emanaban de él en oleadas, envolviéndola con una sensación de inagotable consuelo.
Hinata no podía evitar preguntarse qué habría ocurrido si Sasuke hubiera estado allí cuando murió Naruto, si hubiera podido contar con su comprensión y su fortaleza cuando todos los demás la habían abandonado. Debía reconocer que era extraño pensar así de un hombre que podía ser un asesino.
Pero sin duda no lo era. Si lo hubieran condenado por la muerte de su mujer, estaría en la cárcel. A no ser, por supuesto, que hubiera recibido una de esas sentencias suaves por las que era célebre la justicia de la muy liberal California. En ese caso, sin duda habría habido circunstancias atenuantes.
Y, aunque todo lo que la gente decía fuera cierto, lo único que ella tenía que hacer para protegerse era evitar rendirse a los encantos de Sasuke.
Debía abandonar su absurda idea de hacerlo trabajar y después despedirlo sin ninguna compensación. Para empezar, aquella idea ponía en peligro su serenidad mental. Pero, sobre todo, no le ofrecía ninguna garantía. Sasuke no le había dado ninguna razón para pensar que tuviera segundas intenciones en lo que a ella concernía, y era ridículo concederle crédito a las cosas que contaba Karin Uzumaki. Sasuke se merecía una oportunidad. Era lo menos que podía hacer para demostrarle su gratitud por la ayuda que le había prestado.
Cuando llegaron a la puerta lateral, Hinata se volvió para mirarlo. Él le devolvió la mirada con expresión vacía; deliberadamente vacía, pensó ella, y se preguntó en qué estaría pensando, qué vería cuando la miraba así.
La pregunta que surgió de sus labios sonó áspera, brusca, imprecisa.
—¿Te quedarás?
Él la miró con un fugaz destello de afecto.
—¿Por qué iba a marcharme?
El corazón de Hinata se aceleró, poseído por el más puro terror. Debía de estar loca por lo que acababa de decir, por lo que pensaba hacer. Pero no se sentía loca. Se sentía firme, desafiante. Sentía una profunda empatía que le era completamente desconocida, una profunda compasión por un ser humano al que todo el mundo quería convertir en un excluido. Como habían hecho con ella.
—Por lo que dije antes —contestó al cabo de un momento.
Él miró a lo lejos distraídamente.
—Tenías tus razones.
—Debería haberte preguntado qué pasaba, haberte escuchado.
—¿Lo harás la próxima vez? ⎯preguntó él secamente.
—Sí, por supuesto —era mentira, y ella nunca mentía. Pero había veces en que era demasiado peligroso decir la verdad.
—Entonces —dijo Sasuke suavemente—, me quedaré mientras me necesites.
Aquello era lo que ella quería oír. A veces, valía la pena arriesgarse
Hinata dejó a Sasuke junto a la puerta y entró en la casa. Él estaba trabajando en algo. Hinata pensó que probablemente estaba reparando el cortacésped, pues tenía las manos manchadas de grasa.
Kurenai estaba en la cocina; Hinata oyó el murmullo bajo de la radio que el ama de llaves solía tener encendida, y el ruido del agua en el fregadero. Caminó en aquella dirección, sintiéndose cansada y abatida.
Kurenai, que estaba frente al fregadero, se dio la vuelta al oírla entrar y la miró con preocupación.
—¿Ya lo habéis enterrado? —Hinata asintió tristemente—. ¿Y tú? ¿Te encuentras bien?
Hinata se encogió de hombros y suspiró.
—Me siento como si hubiera perdido a un miembro de mi familia.
—Y así es, en cierto modo. Akamaru ha sido casi tu única compañía estos últimos años.
Hinata no contestó; se acercó a un armario y sacó una taza, se sirvió un café de la cafetera que siempre estaba lista, y se lo llevó a la mesa.
—Has debido preguntarle a Sasuke si quería un café.
—Él nunca toma café, ¿no lo has notado? —Hinata hizo una mueca—. Y yo también debería dejar de tomarlo.
Kurenai se secó las manos con un paño y se acercó a mirar el guiso que cocía en una cacerola negra de hierro.
—Pero si ese es el único vicio que tienes...
—Podías sentarte y hacerme compañía — sugirió Hinata.
—Si quieres —dijo la mujer mayor, con cierta aspereza.
Hinata observó a su ama de llaves mientras ésta se preparaba una taza de café. Sintió que se le crispaban los nervios cuando Kurenai finalmente se sentó frente a ella, sirviéndose azúcar con un movimiento preciso que hizo repicar musicalmente la cucharilla contra las paredes de la taza. Por fin, Hinata dijo:
⎯Hay algo que te preocupa, ¿no? Algo que yo debería saber.
—Tú ya tienes bastante de qué preocuparte —dijo Kurenai, sacudiendo la cabeza—. No quiero darte más quebraderos de cabeza.
Con voz tensa, Hinata le preguntó:
—¿Es sobre Sasuke?
—Sí. Bueno, en realidad, es sobre ti y sobre Sasuke, y también sobre Itachi. Circulan tantos chismes por ahí, que es difícil saber a quién se refieren.
Hinata se cubrió los ojos con los dedos; empezaba a dolerle la cabeza.
—Creo que será mejor que me lo digas.
—¿No has notado que últimamente hay más tráfico por aquí?
—¿Sí? Ah, supongo que te refieres a esos dos o tres coches que han pasado delante de la casa.
—Más de dos o tres, y eso sin contar los que reducen la velocidad para echar un vistazo. Buitres, eso es lo que son, esperando ver si la moto de Sasuke está aparcada ahí fuera, aunque no sé qué diablos pretenden averiguar con eso —Kurenai sacudió la cabeza sin mirar a Hinata a los ojos—. Y, además, parece que ese idiota de tu yerno le pidió a Dios que te perdonara por cometer fornicio con...
—Eso lo sé —la interrumpió Hinata.
—Entonces, supongo que te imaginarás que esto es lo más excitante que ha pasado en esa iglesia desde que sorprendieron al director del coro con la mujer del diácono en la vicaría. Esas viejas arpías echan espumarajos por la boca con solo pensarlo.
Hinata no pudo evitar sonreír, que era posiblemente lo que pretendía su ama de llaves. Sacudió la cabeza ligeramente y dijo:
—Ya se les pasará.
—Lo dudo —dijo Kurenai con tristeza. Hinata ladeó la cabeza inquisitivamente—. Parece que hay alguien empeñado en que este asunto no se olvide. Ayer por la tarde, me pararon dos personas en la tienda para preguntarme si había visto una copia de la carta que anda circulando por ahí.
—¿Qué carta?
—Yo diría que una carta envenenada, en la que, según dicen, se llama al pan pan y al vino vino, y se habla del ya sabes qué. Y la cosa no acaba ahí.
—¿Qué quieres decir? —el dolor de cabeza de Hinata se había convertido en una aguda punzada.
—La carta dice que Itachi tiene sida. Que ha venido a morir aquí.
Hinata masculló una maldición. ¿Cómo podía alguien escribir una carta semejante? Debían de estar locos. No había otra explicación. ¿O sí?
—Supongo que no habrá forma de impedir que Sasuke se entere.
—Lo dudo. De todas formas, imagino que él ya sabrá a lo que se enfrenta, ¿no te parece?
—Creo que sí. Pero todo esto es tan... —se interrumpió; le faltaban las palabras para expresar su abatimiento y su aseo.
—¿Vergonzoso? —dijo Kurenai—. Pues sí.
—Me refiero a que las habladurías ya son bastante feas por sí solas, pero ponerlas por escrito y meter a Itachi de por medio es añadir el insulto a la infamia. Itachiestá muy enfermo. ¿Cómo va a sentarle todo esto? Y, además, alguien ha envenenado a Akamaru —Hinata se pasó la mano derecha por el pelo—. ¿Qué está ocurriendo, Kurenai? Yo no lo entiendo.
El ama de llaves sacudió la cabeza.
—Yo tampoco, sinceramente —hizo una pausa—. ¿Quién crees que habrá escrito esa carta?
La pregunta, Hinata lo sabía, era retórica. Al mirar los ojos rojos de la mujer que tenía frente a ella, comprendió que ambas estaban pensando en la misma persona. Dijo lentamente:
⎯Sin duda cree que hay algo entre Sasuke y yo. ⎯Kurenai asintió.
⎯Sí, y no le gusta nada que le plantes cara.
—Siempre le ha gustado meter cizaña utilizando el correo. Según decía Naruto, le encanta mandar cartas a los periódicos y unirse a campañas contra toda clase de fechorías.
—No hay nadie más santurrón que un pecador reformado —masculló Kurenai, haciendo una mueca.
—¿Cómo dices?
La otra mujer pareció sorprendida.
—Bueno, ¿y qué dirías tú que es, si no?
—¿Estamos hablando de Mamá Uzumaki? —preguntó Hinata, vacilante.
—No sé tú, pero yo sí.
—Pero ella siempre ha despreciado a los que se apartaban del buen camino, siempre habla de ellos como si fueran lo más bajo sobre la faz de la tierra.
—Pura hipocresía —dijo Kurenai dando un bufido—. Yo podría contarte un par de cosas que te pondrían los pelos de punta.
Por lo común, Hinata sentía escasa inclinación por el chismorreo. Siendo tan celosa de su intimidad, le desagradaba husmear en las vidas de los demás. Pero también era cierto que sentía poco interés por ellas. Los libros y las ideas siempre le habían parecido más importantes. Pero aquel caso era distinto. Ahora, ella estaba personalmente involucrada, quisiera o no
Con mirada firme, le preguntó a Kurenai
—¿Cómo qué, por ejemplo?
—Bueno —comenzó a decir el ama de llaves, y alzó una mano para atusarse los rizos blancos; después, se alisó el delantal sobre su rotundo vientre—, puede que no lo creas, pero allá por los años cincuenta yo era todo un torbellino. Hacía poco que había terminado la guerra, ¿sabes?, y las chicas nos volvíamos locas por cualquier cosa que llevara uniforme. Solíamos juntarnos en pandilla para ir a Leesville. Quedábamos con soldados de Fort Polk y nos íbamos a cualquier club donde tocara una banda. ¡Si nos hubieras visto bailar! Eso sí que era baile, y no esos brincos que se dan hoy en día.
Sonriendo. Hinata pregunto:
—¿Mamá Uzumaki era de tu pandilla?
⎯No, claro que no. Ella ya estaba casada y tenía dos niños pequeños. Su marido y ella tenían toda clase de problemas, andaban siempre como el perro y el gato. Él bebía a escondidas, o eso decían, y ella tenía muy mal genio. A él le gustaban las faldas, y ella era terriblemente celosa. Recuerdo que una vez hasta tuvo que intervenir la policía. Al parecer, se pelearon porque él había bebido. El marido no quería discutir, así que se fue a la cama. Y ella calentó el aceite en el que había estado friendo patatas para la cena, y se lo vertió en el oído.
⎯¡Uf! ⎯dijo Hinata, estremeciéndose.
—Sí, esa mujer era todo un carácter, ya lo creo —dijo Kurenai, sacudiendo la cabeza —. Pero yo pensaba más bien en otra forma que tenía de vengarse de él. Su marido era camionero y de vez en cuando trabajaba de noche. Y, cuando eso sucedía, solíamos encontrárnosla en los bares de Leesville, siempre acompañada de algún soldado. No sé si lo hacía por gusto o si de esa forma se ganaba algún dinero extra, pero de lo que estoy segura es de que no estaba en casa, cuidando de Naruto y Karin.
Hinata puso el codo sobre la mesa y apoyó la barbilla en la palma de la mano, mirando a Kurenai. Al cabo de un momento, dijo:
—No puedo creerlo. Sencillamente... no puedo creerlo.
—Lo sé, pero a menudo la gente no es lo que parece. En cualquier caso, su marido la dejó al poco tiempo; simplemente se fue una noche y ya no regresó nunca. Alguien dijo que había escrito una vez, por el cumpleaños de Naruto, pero después, nada. Al cabo de un tiempo. Sadie sentó la cabeza, se marchó de esta casa. se compró otra en el pueblo y se entregó a la religión. Lo demás, ya lo sabes ⎯Hinata sacudió la cabeza, asombrada. Luego frunció el ceño—. ¿Qué pasa? —preguntó Kurenai.
Hinata quitó el codo de la mesa y tomó un sorbo de caté. Hizo una mueca y dijo:
— Sólo estaba pensando que una mujer capaz de verter aceite hirviendo en el oído de su marido sería capaz de cualquier cosa.
—Yo también lo creo —dijo Kurenai. Hinata vaciló.
—¿Incluso de matar a Akamaru
—A ella nunca le gustó el perro, ¿verdad?
Eso era cierto, pero Mamá Uzumaki siempre había temido a Akamaru. Le costaba imaginarse a su suegra acercándose a él con una hamburguesa envenenada. Lo cual no significaba, por supuesto, que no la hubiera dejado fuera mientras el perro estaba encerrado en la casa, a fin de que la encontrara más tarde.
Sintió un escalofrío y sacudió la cabeza para alejar aquella imagen. No quería pensar en ello. Con voz tensa, preguntó:
—¿Qué voy a hacer?
—Creo que podrías empezar por conseguir una de esas cartas.
—Dudo que alguien quiera darme una.
—No —dijo Kurenai—. Pero puede que a mí me dejen echarle un vistazo, hacer una fotocopia.
—¿Y luego qué? —preguntó Hinata—. Si resulta que ha sido Mamá Uzumaki, ¿qué puedo hacer? ¿Denunciarla por uso indebido del correo, o algo así? ¿Demandarla por difamación?
—Yo diría que se asustaría si creyera que sospechamos que está detrás de todo esto.
Hinata se frotó las sienes, aturdida por el dolor.
—Entonces, ¿debo ir a hablar con ella? Supongo que podría hacerlo.
—Sería mejor que quedarse de brazos cruzados.
Lo cual era una verdad innegable.
Kurenai apuró su café, echó hacia atrás la silla y se levantó para llevar la taza al fregadero. Por encima del hombro, dijo:
—Por fin encontré esa sierra que quería Sasuke. ¿Puedes decirle que la saque del maletero de mi coche antes de que me vaya?
—Sí, claro.
—Deberías tomarte algo para el dolor de cabeza —añadió Kurenai en tono severo.
—Lo haré —dijo Hinata, percibiendo la preocupación que se ocultaba tras la brusquedad de su ama de llaves. Pero aún pasó algún tiempo antes de que pudiera moverse.
Hola
espero que hayan tenido una muy buena Navidad y que el año que viene se mucho mejor :)
