Capítulo 8

A Hinata le resultaba insoportable mirar.

Sasuke se había subido a la copa del pino. Estaba colgado a unos quince metros del suelo. Solo lo sostenían sus botas de escalada con clavos y el ancho cinto que rodeaba al mismo tiempo el enorme tronco del árbol y su cintura. Demostraba una confianza sorprendente en su equipamiento al estirarse para maniobrar con la sierra mecánica sobre una gruesa rama. Los músculos de su espalda se contraían y la camisa se le tensaba sobre los hombros. Tenía un aspecto poderoso, magnífico. Pero parecía estar en peligro.

Esa mañana, el ruido ensordecedor de la sierra mecánica había arrancado a Hinata de la cama. Cuando salió a ver qué pasaba, Sasuke ya había cortado una rama, que se había estrellado pesadamente contra el suelo, y se disponía a cortar la siguiente.

La tarde anterior, le había explicado a Hinata que primero cortaría las ramas más bajas, y después se subiría a lo alto de la copa para ir cortando el tronco por secciones, empezando desde arriba, para asegurarse de que el árbol no se desplomaría sobre la casa, el garaje, la valla o los arbustos del jardín. Hinata sabía que tenía que trepar hasta la copa del enorme pino para hacerlo. Pero no había comprendido el riesgo que aquello implicaba.

Sentía el impulso de gritarle que se bajara. Pero él no podría oírla con el ruido de la sierra, y seguramente, aunque la oyera, tampoco le haría caso.

La sierra despedía una lluvia de astillas y serrín amarillo. El olor resinoso del pino flotaba, denso, en el ambiente. La rama crujió y, cuando Sasuke retiró la hoja de la sierra, cayo pesadamente, silbando. Golpeó el suelo con un ruido ensordecedor. Hinata, de pie en la escalinata, notó que la tierra vibraba.

Sasuke podía caerse y estrellarse contra el suelo de la misma manera. O podía resbalar y la sierra mecánica cercenaría su carne cálida en décimas de segundo.

No, no podía mirar; sus nervios no lo soportaban. Se dio la vuelta y entró en la casa.

Aguantó dentro unos cinco minutos, pero tampoco soportaba estar allí, sin saber qué ocurría. Sacó del armario un par de vaqueros negros y una camiseta de cuello de caja y rayas blanquinegras y se los puso. Todavía era temprano. Kurenai aún no había llegado. Hinata tomó un melocotón del frutero de la cocina y se dirigió al cobertizo.

La noche anterior, después de que Sasuke y Kurenai se marcharan, había empezarlo a hacer otro fauno; aquello le había parecido preferible a vagar sola por la casa. Trabajó en él hasta muy tarde, intentando agotarse para no quedarse despierta pensando en Akamaru y atenta a todos los crujidos de la noche. Hasta entonces, gracias al perro, se había sentido segura en la vieja casona; pero Akamaru ya no estaba.

Aquella nueva plancha de barro, mucho más cercana al espíritu de la Bocca della Verità, representaba el rostro de un viejo con la boca abierta. Pero Hinata había prescindido de la fiereza del original y la había sustituido por un gesto de bondadosa probidad. El hombre del relieve parecía suponer que le dirían la verdad, en lugar de amenazar con las aciagas consecuencias que amenazaban a quien le mintiera.

La plancha estaba casi terminada. Y, de todas formas, Hinata no podía concentrarse. Estaba atenta a los largos silencios que se producían entre el zumbido de la sierra y los golpes secos de las ramas que caían al suelo. Pero, no obstante, podía encender el horno y preparar la plancha de barro para el fuego.

Al apartarse del gran horno, notó que faltaba la vasija azulada. Seguramente Sasuke se la había llevado para hacer algo con ella; fuera lo que fuera, había guardarlo el mayor secreto al respecto. ¿Pero dónde la había puesto? Hinata salió del cobertizo, en busca de la vasija.

Cuando por fin la encontró, apenas la reconoció. Sasuke la había convertido en un pequeño estanque. O quizás esa no fuera la palabra adecuada, pensó Hinata. En realidad, parecía mas bien un espejo de agua.

Sasuke la había puesto sobre el tocón de un árbol junto al que crecían helechos, musgo y una vieja yedra que trepaba por un arco de hierro. Estaba llena de agua hasta el borde, y por un lado reflejaba las ramas enmarañadas y nudosas de la yedra, y por el otro devolvía únicamente el azul claro del cielo. Colocada en perfecto equilibrio sobre el tocón, el agua que contenía reflejaba una quietud inmaculada. De cuando en cuando, una brisa rizaba su superficie y la sombra de una nube pasaba sobre ella. Mientras Hinata la miraba, parecía irradiar calma y paz infinitas. Ni el rugido ensordecedor de la sierra mecánica, ni el denso aroma de la madera recién cortada atenuaban su efecto.

Era tan simple: solo una vasija llena de agua. Y, sin embargo, el lugar que ocupaba y la intención con que había sido colocada la transformaban en algo parecido a una obra de arte. Hinata se dio la vuelta lentamente, buscando la copa del altísimo pino que sobresalía por encima del tejado de la casa para mirar a Sasuke.

Este se encontraba ya en lo más alto del árbol, con un pie apoyado en el tocón de una rama que había cortado minutos antes. Con los músculos crispados por la tensión, sujeto por el cinturón de seguridad, se apartaba del tronco para hacer un corte horizontal en él. Los brazos le temblaban por el traqueteo de la sierra. De la hoja de la sierra salían despedidas esquirlas de madera que rebotaban contra su cuerpo, se quedaban prendidas a su pelo, cubrían su pecho y sus brazos y las perneras de sus pantalones, y después caían como confeti fuertemente aromático.

Hinata oyó un ruido seco. La sección del árbol que Sasuke intentaba derribar se estaba desgarrando. Crujió al empezar a ladearse. Se balanceó, lista para caer. Sasuke apartó la sierra y la apagó. Se echó hacia atrás y hacia un lado, dejando que el cinturón de seguridad aguantara todo su peso, y se estiró cuanto pudo para apartarse del fragmento de tronco que comenzaba a desplomarse.

Por fin se partió. La sección cercenada golpeó contra el tronco y cayó pesadamente. El árbol se estremeció y osciló, meciendo a Sasuke de un lado para otro.

De pronto, el grueso cinturón que lo sujetaba se soltó, convirtiéndose en una serpiente marrón que se curvó contra el cielo. La sierra, sujeta al cinto, se columpió un instante y luego cayó, arrastrando con ella la faja de cuero.

Hinata contuvo el aliento. A través de la calina de sus ojos, vio que Sasuke se agitaba en el aire, estirando los músculos para aferrarse al tocón de una rama cortada. Se quedó colgado de una mano y se balanceó para intentar abrazarse al tronco, intentando al mismo tiempo sujetarse a él con los clavos de las botas.

Los clavos rasparon la corteza y resbalaron. Sasuke se soltó. Cayó erguido y desapareció tras el tejado de la casa, tras la copa cortada del árbol.

Hinata gritó: un sonido agudo, nítido, que se perdió bajo el retumbar del tronco que golpeaba contra el suelo. Luego echó a correr hacia la parte delantera de la casa.

En su mente bullía una escena espantosa teñida del color de la sangre. El aliento le raspaba la garganta dolorida. Una punzada como de cuchillo le traspasaba el costado, pero la ignoró y dobló velozmente la esquina de la casa. Mientras se deslizaba entre el garaje y la pared de la casa, intentaba alejar de su mente aquellas terribles imágenes en las que veía a Sasuke destrozado, empalado en una estaca de la cerca, o aplastado por la copa del árbol, o mutilado por la sierra mecánica...

Entonces, lo vio. Estaba tendido en un lecho de oscuras ramas de pino. Estaba tumbado con los brazos abiertos, arañado, magullado y medio enterrado entre pinochas, esquirlas de madera y fragmentos de corteza. Tenía los párpados cerrados y mortalmente quietos.

Hinata dejó escapar un sollozo y cayó de rodillas. ¿Qué debía hacer? ¿Llamar al número de emergencias? ¿Llamar al hospital para que mandaran una ambulancia? ¿O sería más rápido arrastrarlo hasta la motocicleta e intentar...? No, no podía hacerlo. No debía moverlo. Una ambulancia, entonces, cuanto antes.

Mientras esos pensamientos se agolpaban en su mente, extendió las manos temblorosas para quitarle los fragmentos de corteza de los párpados, la nariz, el hoyuelo de la mejilla... Miró sus piernas y sus brazos. No parecía tener nada roto. El montón de ramas cortadas había amortiguado la caída, pero debajo de Sasuke había una rama que podía haberle roto la espalda.

Le desabrochó apresuradamente la camisa manchada de sangre. Puso la mano sobre la superficie dura y arañada de su pecho, hundiendo los dedos en la suave mata de vello y apoyando la palma sobre su corazón.

Latía. Gracias a Dios.

Pero entonces sintió que su pecho vibraba con un movimiento parecido al de la risa

La voz de Sasuke sonó baja y entrecortada.

—Creo que el boca a boca me vendría bien para reanimarme, si quieres intentarlo.

Ella cerró los ojos y sintió las lágrimas en los párpados. Luego los abrió de golpe. Cerró el puño y le dio un puñetazo en el pecho.

—Maldito seas —dijo con los dientes apretados—. ¡Me has dado un susto de muerte!

—Eh, que yo también me he asustado —él la agarró de la muñeca cuando ella ya se disponía a golpearlo otra vez. Ten cuidado con los arañazos, ¿quieres?

Ella se estiró, con los ojos muy abiertos, y lo recorrió otra vez con la mirada.

—¿Seguro que no estás herido?

Él le lanzó una mirada cansada y burlona.

—¿Vas a pegarme otra vez si no lo estoy?

—Podría ser.

—Pues, entonces, tengo un golpe en la rodilla, una contracción en el hombro y un chichón en la parte de atrás de la cabeza del tamaño de un balón de baloncesto. ¿Puedes prestarme tu botiquín?

Con la cara tensa, ella dijo:

—Quizá, si de verdad lo necesitas.

—Me alegro, porque creo que sí lo necesito —hizo una mueca, se apoyó sobre un codo y le apretó la muñeca—. Puedes empezar ayudándome a levantarme.

Le dolieron todos los huesos del cuerpo cuando se incorporó. No recordaba la última vez que se había encontrado tan dolorido, excepto, tal vez, tras su primera pelea callejera, cuando tres tipos el doble de grandes le dieron una soberana paliza.

Había estado a punto de matarse. Solo había tenido un instante para elegir el lugar de aterrizaje. Después de golpear el suelo, había estado inconsciente un par de segundos. Pero podía haber sido peor, pensó, aturdido, mientras Hinata le pasaba un brazo alrededor de la cintura.

—¿Qué ha pasado ahí arriba? —preguntó Hinata.

Sasuke apoyó ligeramente una pierna para ver si podía caminar.

—Se rompió el cinto —logró decir entre dientes. Su hombro estaba bien, pero la rodilla tardaría varios días en recuperarse.

Ella le lanzó una mirada penetrante.

—Pensaba que lo habías revisado.

—Y lo hice. Hace un día o dos —esa mañana, no había vuelto a revisar el equipo. ¿Para qué, si parecía en perfecto estado?

Ella se quedó callada unos minutos mientras avanzaban lentamente por el caminito que llevaba a la escalinata. Luego dijo, irritada:

⎯No debí pedirte que cortaras ese estúpido árbol.

—No ha sido culpa tuya —dijo él suavemente, agradeciéndole su preocupación pese a que le estaba costando mucho esfuerzo subir los escalones—. Debería haber tenido más cuidado.

—Sí, eso es verdad —dijo ella con aspereza.

Él sonrió, sin poder evitarlo. Hinata parecía enfadada, pero en realidad su enfado era ficticio, y él lo sabía.

Ella tenía la mano estirada sobre su piel desnuda, metida bajo la camisa abierta, y las suaves curvas de sus pechos rozaban las costillas de Sasuke cada vez que daba un paso, renqueando.

Y, además, por fin iba a entrar invitado en la casa, aunque casi había tenido que matarse para lograrlo.

Ella lo llevó al cuarto de baño y le hizo sentarse sobre la tapa del inodoro. Era una habitación amplia y cuadrada, con un ventanal alto de cristales opacos, una bañera sin empotrar, un lavabo con pedestal, un radiador y una mecedora junto a la que había un revistero y un tiesto con un helecho. Sasuke lo recorrió todo con la mirada y después se quedó quieto, mirando a Hinata mientras esta llenaba el lavabo con agua caliente y sacaba un par de cosas de un armario poco profundo que colgaba de la pared. Empapó una toalla, la frotó con jabón y se volvió hacia él.

—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me lavaron como si fuera un niño —dijo Sasuke, disfrutando de la expresión compungida de Hinata.

⎯Y pasará mucho más si no te callas — lo informó ella.

—Sí, señora.

⎯No hagas eso —dijo, tensando los labios.

—¿Qué, señora? — su mirada era sumamente inocente.

⎯Comportarte como un sirviente cuando sabes perfectamente que no lo eres.

⎯Sí, señora, no lo haré más.

Ella apretó la mandíbula, pero no respondió.

Puso dos dedos bajo la barbilla de Sasuke y le pasó la toalla caliente por la cara, teniendo cuidado con los arañazos que le había dejado su breve pero íntimo encuentro con el tronco del árbol. Sasuke pensó que no le costaría acostumbrarse a aquello y suspiró de forma inaudible.

Ella, por supuesto, intentaba apartarse de él cuanto podía, estirando los brazos sobre los largos muslos de Sasuke. Este separó las rodillas y agarró a Hinata por la cintura para colocarla entre sus piernas. Ella estaba tan concentrada limpiándole la cara que apenas pareció notarlo. Sasuke dejó las manos sobre su cintura.

El cuerpo de Hinata era suave y flexible bajo la ligera camisa de algodón. Olía a jabón, a jazmín y a sol, y también, ligeramente, al aroma ácido de la arcilla. Sasuke tensó los dedos un instante, y luego la soltó con gran esfuerzo. Necesitaba pensar en otra cosa.

Dijo con voz levemente ronca:

—Lo haces muy bien.

—¿Podrías quedarte callado mientras te lavo la cara?

—Sí, señora.

—Te he dicho que no me llames señora —tenía una mirada furiosa.

—¿Por qué? ¿Es que te hace sentir como si fueras mi madre, o algo así?

—No —dijo ella, impaciente.

—Me alegro. Porque, de todas formas, no eres tan mayor como para ser mi madre.

—¿Ah, no? —exclamó ella—. Tengo por lo menos diez años más que tú.

—¿De veras? Bueno, dicen que no son los años lo que cuenta, sino el camino recorrido, y yo te llevo unos cuantos miles de kilómetros de ventaja, o tal vez más —dijo, satisfecho por haber encontrado una excusa para explicarle aquella peculiar teoría—. Además, pareces una niña. Es como si el tiempo se hubiera olvidado de ti mientras estabas aquí encerrada. Supongo que eso nos hace casi de la misma edad.

Ella se detuvo, y lo miró con asombro.

—Qué idea más absurda.

—Pues es mía —dijo él, sosteniéndole la mirada—. Llevo algún tiempo dándole vueltas. Ella no respondió y volvió a su tarea, pero una sombra de rojo vivo subió por el cuello abierto de su camisa y oscureció sus mejillas. Su rubor era tan intenso que parecía que se le había ido la mano con el colorete. Pero no llevaba ni una pizca de maquillaje. Su tez era fresca y clara y tan delicada que Sasuke podía ver las leves sombras de las venas de sus sienes y de su cuello. El olor dulcemente reconfortante que emanaba de ella se le subió a la cabeza como un trago de buen whisky.

Él también empezaba a oler a jazmín, bajo el olor a sudor y resina de pino, pues Hinata lo estaba lavando con su jabón perfumado. A Sasuke le encantaba. En realidad, estaba disfrutando de todo aquello en exceso, pensó cuando Hinata se inclinó, le quitó la camisa y empezó a quitarle esquirlas de madera, arena y manchas de sangre del pecho.

Las manos de Hinata se posaron junto a su pecho izquierdo. Mientras observaba la expresión fascinada de su rostro, Sasuke notó que trazaba con un dedo la forma de su tatuaje. Con voz apagada, ella dijo:

—Puede que tu dragón pierda la cola.

—Le crecerá otra vez —eso esperaba, al menos. Recordaba haberse golpeado el hombro contra el tronco del árbol mientras buscaba un buen sitio donde aterrizar.

—¿Significa algo? Quiero decir que por qué elegiste un dragón.

—Por varias razones, pero sobre todo porque trae buena suerte —dijo él—. El dragón es el símbolo oriental de la regeneración, de la posibilidad siempre presente de emprender una nueva vida y hallar la felicidad. Por eso representa la esperanza eterna.

—¿Y qué más?

—Bueno, también está la tradición de la lucha oriental, según la cual el dragón combate con paciencia e inteligencia, en oposición al tigre, por ejemplo, que utiliza la valentía y la fuerza. Además, antiguamente se creía que los dragones eran los guardianes de los tesoros y de los lugares sagrados. Luchaban hasta la muerte para proteger lo que custodiaban.

—¿Te dolió? Cuando te lo hicieron, quiero decir.

El se encogió de hombros.

—Un poco.

⎯¿Y, entonces, por qué te lo hiciste?

—Porque algunas cosas importan más que el dolor.

Hinata le lanzó una mirada comprensiva, y se azoró. Se dio la vuelta, se estiró para mojar la toalla, y después se giró, se inclinó sobre él y empezó a limpiarle los arañazos del abdomen. Él la agarró de la cintura con ambas manos para echarla un poco hacia atrás.

—Espera, deja que me levante —dijo él—. Estás en una postura muy incómoda.

Ella se apartó y le indicó el lavabo.

—Será mejor que te acerques aquí.

El se apoyó de costado contra la fría porcelana del lavabo. Al darse cuenta de que su pecho quedaba demasiado alto para que Hinata estuviera cómoda, abrió las piernas y se agachó un poco. Colocándola entre sus muslos, le preguntó:

—¿Mejor así?

—Creo que sí —respondió ella, pero mantuvo la mirada baja para no ver sus ojos. Todavía tenía las mejillas coloradas.

Siguió limpiándole el pecho. El roce suave de la toalla caliente sobre la piel despertaba la libido de Sasuke. Este notaba en los oídos los latidos de su corazón, y estaba casi tan aturdido como después de caerse del árbol. Intentó controlar su reacción, pero el esfuerzo le produjo un escalofrío involuntario que le puso la piel de gallina.

Ella le lanzó una mirada fugaz. Después volvió a su tarea, mordiéndose el labio.

La toalla rozó uno de los pezones de Sasuke, que al instante se endureció hasta parecer un borrador de lápiz de color marrón rojizo. Cuando Hinata volvió a levantar la mirada, él sacudió la cabeza con una media sonrisa. Haciendo su mejor imitación de Bogart en La Reina de África, dijo:

—No puedo hacer nada al respecto, señora.

Ella dejó la toalla y tomó un bote de alcohol y una gasa. Humedeció abundantemente la gasa y se la aplicó sobre el pecho.

—¡Ay! —exclamó él. Estaba tan concentrado en las curvas tensas, pero dulces de la boca de Hinata, que lo había pillado desprevenido.

—Te está bien empleado —musitó ella, frotando sin piedad los cortes y arañazos.

—Eso crees, ¿eh? ¿No estarás intentando que me resfríe?

Ella lo miró con impaciencia.

—Estoy intentando evitar que se te infecte.

—Un millón de gracias, pero creo que... ¡Ay! —exclamó, indignado, cuando ella le pasó la gasa por una zona particularmente arañada.

—¡No seas crío! —dijo Hinata con mirada desafiante.

—De acuerdo —replicó él, y la agarró por la parte superior de los brazos⎯. ¿Quieres que me comporte como un niño mayor, eh? ¿Tal vez incluso como un hombre?

Al ver la expresión de Sasuke, Hinata se alarmó. Entreabrió los labios y dijo:

—No, yo no...

Pero era demasiado tarde. Él la atrajo hacia sí, hundió los dedos en su pelo sedoso y la besó.

Hinata tenía un sabor delicioso: una mezcla de vaselina con aroma a manzana, un día de primavera y una mujer dulce, muy dulce. Sabía tan bien como Sasuke había imaginado, y su boca era igual de cálida y suave. Y él estaba loco. Pero hasta los locos tenían suerte algunas veces.

Hinata quería hacerse la ofendida, quería mantenerse fría y firme. Pero sabía que había provocado a Sasuke, que incluso lo había hecho a sabiendas. De modo que, cuando extendió las manos sobre la piel satinada de Sasuke, sintió fluir a través de ella una mezcla de ricas sensaciones y remordimientos. Entre la hilera de toallas rosas, frascos de sales de baño y bandejas llenas de jabones perfumados, él parecía muy sólido, fuerte y avasallador. ¿Cómo podía ella resistirse a un hechizo tan poderoso, a un abrazo tan firme y sin embargo tan suave, a un deseo tan intenso...?

La magia del beso de Sasuke, ardiente y aniquiladora como el fuego del dragón, quemaba sus dudas, encendiendo un deseo largamente enterrado. Hinata se movió contra él, emitiendo un suave murmullo, y sintió la presión de la lengua tersa de Sasuke.

Este la estrechó más fuerte entre sus brazos. Ella deslizó los dedos sobre su pelo y cerró los puños sobre aquella seda negra, al tiempo que se apretaba contra sus muslos. Deseaba, necesitaba sentir su dureza. Su calor era como un bálsamo; su firmeza, una incitación insoportable.

Él acarició con la lengua las delicadas superficies del interior de sus labios, y jugó suavemente con la lengua de Hinata. Sus caricias cuidadosas, delicadas, arrebatadoras, avivaron el fuego dulce y mágico que ardía dentro de ella hasta que sus pensamientos alentaron peligrosas esperanzas. Ambos respiraban el mismo aire, mezclaban sus olores y el latido de sus corazones. Y él era su compañero, su igual en la vivencia y el deseo, su alma gemela, la otra mitad de un todo.

Sí, y ella era una viuda tan ingenua y necesitada que no solamente había sucumbido a los encantos de Sasuke Uchicha sin apenas presentar resistencia, sino que además ni siquiera había sido capaz de darse cuenta a tiempo de lo que iba a ocurrir.

Gimió suavemente, puso las manos sobre los hombros de Sasuke y se apartó. Tenía los ojos muy abiertos, y los labios le temblaban. Buscó su mirada, esperando encontrar allí una expresión de triunfo o de complacencia por haberla llevado a su terreno.

Pero en sus ojos no había nada. Nada, salvo, quizá, valentía, paciencia y arrepentimiento.

Fue él quien, para disgusto de Hinata, pareció recobrarse primero.

—Vaya, señora Hyuga —dijo con una leve sonrisa, y sacudió lentamente la cabeza—. Había oído hablar del poder curativo de los besos, pero no tenía ni idea de que fuera tan eficaz. Si esto no me cura, nada podrá hacerlo.