Una vida normal

Era tan frustrante. Aquella entrevista la había sacado de sus casillas. Que incluso aquellos que no la conocían la emparejaran con él, ya era lo último que le faltaba. Llevaba tiempo sopesando la posibilidad de pedirle que se fuera, que tuviera su propia casa. Si no lo hacía era únicamente por Trunks. Otras personas tenían hijos sin estar juntas. Ella no le iba a impedir nunca verle y estar con él. Pero dudaba sobre uno de los mejores momentos del día, cuando estaban los tres juntos, antes de que Trunks se durmiera. Trunks no había vuelto a querer que ninguno de los dos faltara. Ese momento se perdería. Sería muy extraño que él viniera solo para ese rato y desde luego ella tampoco se veía haciendo lo mismo, si Trunks se quedara a dormir en casa de su padre.

Por otra parte, estaba segura de que eso no impediría los constantes intentos de seducción del maldito alien. Le costaba horrores resistirse pese a hacer todo lo posible por no coincidir con él a solas. Si lo hacía y la ocasión era propicia, estaba perdida. Había llegado incluso a sentir vergüenza de sí misma por su falta de determinación, ya que él, realmente, jamás la había forzado. Ella era la que acababa cediendo, como en aquella ocasión por su cumpleaños, a los tres meses de resucitar.

Él se había comportado como un auténtico troglodita, golpeando a Yamcha sin razón alguna. Su amigo no volvió. Arruinó todo el ambiente relajado, con el resto de sus amigos, que también parecían convencidos de que eran pareja. Esa noche, ilusa de ella, quiso hablar con él para tratar que entendiera. La única forma de evitar esos malentendidos era que él se comportara como lo que realmente eran, dos personas con un hijo en común y vidas independientes, que no tenían más compromiso entre ellos. Como le dijera ya en su día, ella no iba a considerarse su pareja solo por un estúpido ritual, no habiendo nada más por parte de él.

Ella le volvió a recalcar que no era su mujer y que él no tenía ningún derecho a decidir sobre sus amigos. Que en realidad el gesto de Yamcha había sido completamente inocente, pero ni aunque no lo hubiera sido. Ella solo se pertenecía a sí misma y si quería compartir su cuerpo con otro era asunto de ella únicamente. Como si se quería tirar a un cuerpo entero de bomberos. Él la asustó, apresándola en el pasillo, con ambas manos a cada lado de su cara, y capturándola con su cuerpo contra la pared.

- Si tanto sexo quieres yo te lo puedo dar -susurró amenazadoramente a su oído. Lo peor fue que aquella estúpida frase la excitó por completo y empezaba a darse cuenta de que él lo podía notar-. Tú también me deseas, no puedes negarlo, puedo olerlo -Le confirmó sus sospechas, rozando ligeramente los labios contra su oreja.

- No quiero sexo -contesto con voz temblorosa, mientras lo empujaba levemente para separarlo de ella.

- Mentirosa -Escuchó como la aspiraba. Sus labios bajaron por su cuello apenas rozando, encendiéndola aún más.

- No miento, no quiero solo sexo -trató de explicarle al imbécil. Él se separó ligeramente para mirarla a los ojos, como intentando comprender lo que ella le estaba diciendo.

- Hace unos meses no tenías tantas exigencias -Volvió a acercar su cara para besarla en la boca con una suavidad que la desarmaba. Lo había visto entrenar y pelear muchas veces. Podía ser brutal en el campo de batalla, pero cuando la intentaba seducir era todo lo contrario. La hacía sentirse como el tesoro más delicado, casi venerada.

- Te odio -"Te amo", hacía meses que lo sabía, ya antes de morir, pero no quería ofrecerle algo que él no le iba a poder devolver ni apreciar-. No quiero esto -insistió entre el goteo de besos por sus labios.

- ¿Y por qué me sujetas? -Rio ligeramente él separándose. Tenía razón. Sin percatarse, había rodeado su cuello con sus brazos, sujetándolo contra ella. La verdad era que había echado mucho de menos estar con él. Notar el tacto de su piel, su voz en la intimidad, esa mirada solo para ella. Quizás no era tan malo dejarse llevar, solo una vez más. Lo atrajo sin resistencia por parte de él.

- Te odio -"Te amo", repitió, mientras lo rodeaba con sus piernas y él la cargaba, llevándola a su habitación, como un trofeo. El bastardo había vuelto a salirse con la suya y no sería la última vez.

Continuará...