Capítulo 9
⎯Bueno, ¿qué tal te va con la hermosa viuda?
La pregunta surgió de la penumbra del atardecer; Itachi estaba sentado al otro lado del porche de la casa de la abuela Tsunade. Sasuke giró la cabeza en aquella dirección, pero solo vio la fina silueta de su hermano. Si cualquier otra persona le hubiera hecho aquella pregunta, no se habría molestado en contestar.
— No me va de ninguna manera.
⎯¿Qué pasa, hermanito? ¿Estás perdiendo tu encanto?
Sasuke no quería recordar lo que había ocurrido en el cuarto de baño de Ivywild. Había salido al porche en busca de un poco de paz y tranquilidad. Estaba oscureciendo; olía a las chuletas de cerdo que su abuela estaba friendo en la cocina, y el canto de un chotacabras resonaba a lo lejos, en el bosque.
⎯Quizá — respondió finalmente, en tono burlón.
—No te lo tomes tan mal. Tendría que ser una mujer muy valiente para aceptarte después de conocer tus pecados.
⎯De lo cual tú te encargaste ⎯dijo Sasuke suavemente⎯, ¿verdad?
—Solo intentaba ayudarte.
—Sí, claro.
—Eh, a las mujeres les encantan los aventureros, ¿no lo sabías? —dijo Itachi con sorna.
Sasuke le lanzó una dura mirada.
—Sí, pero la idea de que intenten aprovecharse de ellas no les parece tan romántica.
Itachi dejó escapar una risa apagada y dijo:
—Creo que tendrás que esforzarte un poquito más. Así resultará más interesante.
—¿Y quién quería que fuera interesante? —dijo Sasuke con rabia contenida.
—Vaya, sí que estás irritable. ¿Qué ha pasado? ¿Se resistió a tus atenciones viriles? ¿Fue ella quien te hizo todos esos arañazos?
—No tiene gracia —Sasuke miró hacia el otro lado del porche.
Su hermano se movió en su asiento; luego, suspiró.
—Sí, supongo que tienes razón. Olvídalo, ¿quieres?
Sasuke se recostó en su vieja tumbona metálica y no respondió. Podía sentir bajo su mano las capas de pintura que cubrían el brazo de la silla. El mismo la había pintado varias veces durante sus visitas de verano. Contando las capas de pintura, uno podía hacerse una idea aproximada de lo viejas que eran las sillas del porche.
Itachi habló de nuevo desde la penumbra.
—¿Qué ocurrió?
Sasuke se lo contó. Sabía que su hermano necesitaba distraerse y escuchar el sonido de una voz humana para recordar que no estaba solo. Por eso habían ido a casa de la abuela Tsunade. Itachi no soportaba el silencio de su apartamento de California.
—Cielo santo, Sasuke —dijo su hermano cuando acabó—, no hacía falta que intentaras matarte para impresionar a esa mujer.
Bajo el ácido desdén de la voz de su hermano había preocupación, o eso le pareció a Sasuke; resultaba difícil saberlo, tratándose de Itachi. En realidad, había muchas cosas que Sasuke no sabía de él. Hacía años que apenas se trataban. Itachi había vivido solo desde que Sarada y Sasuke se mudaron a la casita de la mansión Chadwick. Hasta que cayó enfermo.
⎯No habría sido especialmente peligroso, si todo hubiera estado tal y como lo dejé —dijo Sasuke.
⎯¿Y no lo estaba?
⎯No exactamente —dijo, sin ninguna entonación—. Alguien había cortado el cinturón de seguridad.
Itachi lo miró a través de la oscuridad. Por fin dijo en tono incisivo:
⎯¿La viuda?
⎯No seas absurdo.
—Entones, ¿piensas que alguien quiere quitarte del medio?
—Eso parece.
⎯Bueno, y entonces, ¿por qué no te vas? Dile a la señora que lo dejas.
—Lo haría —dijo Sasuke lentamente—, si no fuera porque ella podría encontrar a otro.
Su hermano se echó a reír.
—¡Tiene gracia! ¿Y a quién iba a encontrar?
—No sé. A ti, por ejemplo.
—Ojalá —Itachi se quedó callado un momento. Luego dijo—. Vamos, ella ni siquiera me miraría, y tú lo sabes.
—Quizá sí, quizá no. Pero por eso le contaste los detalles más sórdidos de mi pasado, ¿no es cierto? Se trataba de eso. Desearías que ella o que cualquier otra mujer pudiera verte tal y como eras antes.
—Cielo santo, Sasuke —en el tono de su hermano había un dolor real. Demasiado real.
Sasuke respiró hondo y soltó el aire lentamente. Se frotó la mejilla, cuya piel arañada empezaba a cicatrizar.
—Olvida lo que he dicho, ¿quieres?
—No, tienes razón —dijo Itachi con brusquedad desde su lado del porche—. Supongo que a veces adopto esa actitud, y empiezo a pensar que, ya que yo no puedo ver la luz, todo el mundo debería quedarse a oscuras. Tengo celos de ti porque eres fuerte y sano, y siempre sales bien parado, sea lo que sea a lo que te enfrentes. Así que, sí, le conté a la viuda algunas cosas sobre ti. ¿Te he causado algún problema?
—No, no —dijo Sasuke, poniéndose en pie y dirigiéndose hacia la puerta de la casa—. Nada que no pueda arreglar.
Itachi, mirándolo marchar, dijo para sí:
—Justo lo que pensaba.
La abuela Tsunade estaba mezclando los ingredientes para hacer pan de maíz en un gran cuenco de barro azul. Se volvió al oír entrar a Sasuke. Pequeña y nerviosa como una gallinita, su pelo castaño y canoso, muy corto, parecía rodear su cara como un suave plumón. Sus ojos, inteligentes y vivaces, sostuvieron la mirada de su nieto un instante, antes de volver a su tarea.
Por encima del hombro, le preguntó:
—¿Ya habéis vuelto a discutir Itachi y tú?
—Supongo que sí —contestó él con morosa resignación—. A veces no sé lo que le pasa.
—Hace lo que puede. Ataca a todo el mundo, como si así pudiera atacar también a la enfermedad —dijo—. A veces, las cosas son así.
Sasuke sabía que tenía razón, pero no por ello se sentía mejor. Cambió deliberadamente de tema.
—¿Quieres que te ayude con la cena?
—Lo tengo todo bajo control —dijo mientras colocaba la masa del pan de maíz en una bandeja y la metía en el horno—. Siéntate y cuéntame algo. He oído lo que le estabas diciendo a Itachi sobre tu caída.
—Debería habérmelo imaginado —dijo él con divertida resignación. Pero en lugar de hacer lo que ella le pedía, se acercó a un armario y empezó a sacar platos y vasos para poner la mesa—. En fin, ¿tienes alguna idea de quién podría querer quitarme del medio?
Ella se acercó al fregadero y puso en remojo el cuenco que había usado para mezclar la masa.
—En realidad, no. Pero esta tarde he hablado con Kurenai.
—¿Ah, sí? ¿Y qué te ha dicho?
—Quería asegurarse de que estaba al corriente de los últimos rumores que corren por el pueblo.
Sasuke le lanzó una rápida mirada. Había percibido una vaga insinuación en su voz.
Su abuela le habló de la carta difamatoria y del revuelo que se había armado en la iglesia del yerno de Hinata.
Él empezó a maldecir por lo bajo, pero ella continuó:
⎯Kurenai no me lo dijo, pero en la peluquería oí a un par de mujeres que hablaban de ese asunto de la muerte del marido de Hinata. Decían que en todo eso había algo muy raro.
—Juicio por chismorreo —dijo él desdeñosamente.
⎯Así somos los americanos —comentó ella.
Sasuke se volvió hacia la mesa y colocó cuidadosamente los tenedores a la izquierda de los platos. Evitó mirarla a los ojos.
—¿Crees que debería retirarme, dejar en paz a esa mujer?
Ella chasqueó la lengua suavemente.
—No sé. A mí me parece que aquí se está cociendo algo.
Sasuke sonrió.
—¿A qué te refieres?
⎯Ya sabes, chico listo —contestó ella con sarcástico afecto — . En cualquier caso, es difícil saber si tú eres el remedio o la enfermedad. Pero no creo que vayas a dejarlo hasta que lo averigües.
—Sí, ese no es mi estilo ⎯dijo él, sacudiendo la cabeza—. Un rasgo que heredé de ti, supongo.
Su abuela tampoco desistía fácilmente. Nunca había abandonado a su hija, ni a sus nietos. A pesar de lo lejos que estaban, siempre había velado por ellos.
Ella se acercó por detrás y le rodeó la cintura con los brazos para darle un rápido abrazo.
⎯Eres un buen hombre, Sasuke ⎯dijo—. Siempre he estado orgullosa de ti.
—Gracias, abuela —se apoyó contra ella, agradecido por su afecto y su comprensión, y le puso una mano sobre las muñecas, que ella había apoyado sobre la hebilla de su cinturón. El abrazo lo reconfortó.
—Solo me pregunto... —se detuvo.
Percibiendo algo extraño en su voz, Sasuke sintió que se le contraían los músculos del estómago.
—¿Qué?
—¿Estás seguro de que sabes lo que haces? No sé. ¿Qué es lo que te retiene realmente en casa de los Hyuga? ¿Es el trabajo, el dinero? ¿La mujer? ¿O es que la historia se repite, como suele decirse?
El se quedó inmóvil.
⎯¿Tú crees que tengo algo que demostrar?
—Creo que te obsesiona conseguir que las cosas salgan bien, para variar.
—Puede ser —dijo él, mirando a lo lejos, ausente—. O quizá sea una mezcla de todo eso.
—Sea lo que sea, ten cuidado, ¿quieres? Yo... no quisiera que te ocurriera nada.
—Tendré cuidado.
—Más te vale —dijo ella con firmeza, y luego se aclaró la garganta. Dio un paso atrás, tomó entre las manos el rebelde pelo de Sasuke, y le dio un tirón⎯. ¿Qué te parece si te corto el pelo después de cenar?
No era la primera vez que le hacía esa sugerencia, Y no sería la última. Él le lanzó una mirada blanda por encima del hombro.
—Ni lo sueñes.
—No me lo digas, déjame adivinar. A las chicas les gusta.
—A algunas, sí —dijo él, sintiendo otra vez el placer estremecedor de los dedos de Hinata entre su pelo.
—Estarías guapísimo con el pelo corto —dijo ella en tono lisonjero.
Él esbozó una media sonrisa.
—¿Y ahora no?
—Ahora pareces un pordiosero —comentó ella.
—Pero tú me quieres de todas formas, ¿verdad?
Ella suspiró.
⎯¿Y no te queremos todas?
—No, no todas —se rió con un sonido breve, suave.
—Bah, no te preocupes por eso —dijo ella, frotándole suavemente la espalda antes de alejarse para echarle un vistazo al pan de maíz, que empezaba a perfumar el aire—. Solo es cuestión de tiempo.
Él la miró, preguntándose si era tan fácil adivinar lo que pensaba. O si tal vez su abuela creía que había algo de verdad en las habladurías que circulaban sobre él y la viuda Huyga.
Si hasta su abuela empezaba a creerlo, ¿qué no pensarían las gentes de Hillsboro? Sasuke no lo sabía.
A la mañana siguiente, en Ivywild, lo primero que oyó cuando apagó su moto fue el sonido de un martillo. Procedía de la parte de atrás de la casa. Aquel ruido lo llevó hasta el jardín trasero.
Hinata estaba allí. Estaba intentando clavar un clavo en una estaca del cercado, con más energía que eficacia. Pero no fue eso lo que hizo que Sasuke se parara en seco.
Hinata llevaba unos pantalones cortos de punto de color turquesa, una camiseta a juego sin sujetador y unas sandalias de tiras tan ligeras que parecía ir descalza. El pelo, recogido en una trenza, le caía por la espalda casi hasta la cintura. Tenía la piel humedecida por el esfuerzo, y la camiseta se le ajustaba de tal forma a los pechos redondos y firmes que podía percibirse cada uno de sus movimientos. Parecía tener dieciséis años. Estaba deliciosa.
Sasuke se acercó a ella por detrás. Extendió una mano hacia el martillo y dijo:
—Espera, deja que lo haga yo.
Ella dio un chillido y se giró. Sasuke agarró el martillo justo a tiempo para evitar que lo golpeara. Por su propia seguridad, tendría que andar con más cuidado cuando se acercara a ella.
Hinata se calmó inmediatamente y dejó escapar un suspiro de alivio. Luego se estiró y, con una mirada furiosa, dijo:
—¿Pero por qué demonios apareces detrás de mí de esta manera?
—Iba a echarte una mano —dijo él blandamente, pero no pudo evitar sonreír.
El recuerdo del beso del día anterior se agitó entre ellos un instante. Estaba allí, en medio del tenso silencio, en la forma en que se estremecían los dedos y los labios de Sasuke, en el modo en que se entreabría la boca de Hinata. Al fin, él desvió la mirada. Hinata hizo lo mismo. Sasuke pensó que seguramente, al igual que él, había decidido que era preferible ignorar lo sucedido. Que tal vez lo olvidarían si no le daban importancia.
Pero al apartar la mirada, sus ojos se posaron sobre la camiseta de Hinata. Le costó un gran esfuerzo mantener las manos quietas al ver cómo se movían las suaves turgencias de sus pechos bajo la tela de algodón. Metió una mano en el bolsillo de atrás de su pantalón y con la otra apretó el martillo.
—No te esperaba al menos hasta dentro de una hora —dijo ella con cierto tono de reproche—. ¿Por qué has venido tan temprano?
Sasuke había querido sorprenderla. Se había imaginado que se levantaría al alba para trabajar en el jardín, y que se retiraría al interior de la casa en cuanto él apareciera. Pero, en ese momento, confesárselo no le pareció una buena idea. Así que dijo:
—Ayer no hice la jornada completa. Ella frunció el ceño y lo miró de arriba abajo.
—¿Seguro que estás en condiciones de trabajar?
—Claro. Yo me recupero enseguida.
—No tienes por qué hacerlo. El trabajo puede esperar. Seguirá estando aquí cuando estés listo.
—Ya estoy listo —contestó él, sonriendo para sus adentros por el doble sentido de sus palabras—. Estoy preparado... Quiero decir que estoy bien. Perfectamente —miró hacia otro lado, sintiéndose incómodo bajo la mirada de Hinata. Reparó en la caja que había en el suelo. Parecía contener una pieza de terracota esculpida—. ¿Qué es eso?
Hinata se lo dijo, aunque parecía algo azorada y un poco reticente, como si esperara algún comentario adulador.
—Una Boca de la Verdad, claro —dijo él, arrodillándose para mirar la pieza—. He visto otros relieves de faunos inspirados en Baco o en las cuatro estaciones, pero ninguno como este. Este tiene tu estilo. Es más suave, menos agresivo —temiendo haber hablado de más, señaló con la cabeza el clavo que ella había intentado clavar en el poste—. ¿Vas a colgarlo ahí?
Ella asintió con la cabeza. Sasuke se puso en pie, se acercó al poste y, con un par de golpes de martillo, colocó el clavo a la profundidad adecuada.
—Exhibicionista —masculló ella.
Él le lanzó una media sonrisa. Alzó la pesada plancha de terracota y la colgó, ajustándola según las indicaciones que Hinata le daba desde la distancia. Luego retrocedió hasta donde ella estaba para admirar la pieza. Parecía haber estado siempre allí, salvo por el hecho de que estaba demasiado nueva y limpia. Sasuke tuvo una idea.
—¿Sabes lo que necesitas?
—No, pero supongo que vas a decírmelo.
Él no hizo caso y añadió:
—Unas columnas.
—¿Unas columnas? —repitió ella, atónita.
—Sí, ya sabes, unos fustes altos. Al estilo griego, romano o tal vez maya —cuando Hinata pareció comprender, él continuó—. Las columnas son fantásticas para poner plantas colgantes, y podríamos utilizar una para poner un surtidor. Se cubriría de musgo antes de que te dieras cuenta. Un dintel y un par de columnas, y ya tienes un pórtico, una entrada para cualquier espacio ajardinado que quieras delimitar... Quizás algo con reminiscencias italianas, o españolas.
—O inglesas, si le das el aspecto de Stonehenge.
—Exacto —dijo él, contento de que hubiera seguido su explicación con tanta facilidad.
—¿Y de dónde vamos a sacar nosotros las columnas? A él le gustó que dijera «nosotros».
—Podemos hacerlas de piedra artificial, con un encofrado de acero y cemento para las más altas. No costaría mucho, si lo hacemos entre los dos.
Ella le lanzó una larga mirada, como si supiera, o sospechara, qué estaba tramando. Sasuke se preguntaba si sería una buena estrategia psicológica intentar sacarla de la casa y ampliar sus horizontes. En su opinión, no podía hacerle ningún daño.
—¿Sabes dónde se pueden encontrar los materiales? ⎯preguntó ella al fin.
Él asintió, ocultando una sonrisa.
—Claro. Déjamelo a mí.
Hinata no volvió a entrar en la casa. Se puso un par de guantes de faena y ayudó a Sasuke a apilar y quemar las ramas del pino cortado. El no sabía si lo hacía porque sabía lo vapuleado y dolorido que se encontraba, o porque se sentía culpable. Pero no tenía nada que objetar. Le gustaba su compañía, aunque fuera también una tortura.
Se sentía aturdido al mirarla recoger brazadas de ramas. Cada vez que Hinata se agachaba, los pantalones cortos se le subían por los muslos, poniendo a prueba su cordura.
Pensó en volver a trepar al árbol y acabar de cortarlo para huir de aquella tentación. Pero no estaba seguro de que su rodilla lo soportara. Abandonó la idea e intentó dejar de mirar a Hinata.
La tentación desapareció, de todos modos, con la llegada de Kurenai. Hinata entró con ella en la casa para hablar del menú de la comida, y ya no volvió. A Sasuke, aquello lo molestó. Le dio la impresión de que Hinata había estado buscando una excusa para escapar de su lado
Acabó de apilar las últimas ramas de pino sobre la hoguera. Después, como podía vigilar el fuego desde el garaje, retomó la puesta a punto del coche, que había abandonado la semana anterior. Tenía ganas de acabarla. Al día siguiente compraría los neumáticos; sus finanzas podían permitirse aquel pequeño dispendio.
Fue después de la comida cuando encontró la pisada. Estaba impresa en la tierra que había bajo la ventana del cuarto de Hinata, allí donde él mismo había arrancado de raíz una mata de sasafrás. Parecía la huella de una zapatilla deportiva. Apoyó sobre ella su bota de trabajo para asegurarse de que no era de su pie. No lo era, desde luego. La pisada era mucho más pequeña, y sus contornos eran completamente diferentes. Por otra parte, era demasiado grande para ser de Hinata, y Kurenai usaba siempre zapatos de suela plana de los que solían llevar las enfermeras y las camareras.
Alguien espiaba a Hinata. ¿Debía decírselo? No quería asustarla, pero no tenía elección. Ella abrió la puerta y arqueó una ceja.
Sasuke le preguntó enseguida:
—¿Tienes un minuto para ver una cosa?
—¿Qué estás tramando ahora? —contestó ella, apoyando una mano sobre la cadera.
Él ya se había dado la vuelta. Se giró de nuevo hacia ella. —Nada —dijo, cortante—. Ven y echa un vistazo.
—Arréglatelas tú solo. Yo estoy ocupada —empezó a cerrar la puerta. Él extendió una mano para impedirle que la cerrara del todo. No estaba de humor para juegos. Con voz dura, le dijo:
—Esto no es una broma, ni un truco para hacerte salir. Quiero que veas una cosa. O vienes por propia voluntad, o te llevo. Lo que tú quieras.
A Hinata casi le parecía que Sasuke Uchicha tenía dos personalidades distintas y que podía pasar de una a otra en un instante. A veces era un chico con una luz maliciosa en la mirada, y otras era duro y agresivo, y parecía tener mil años. En cualquier caso, la desconcertaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Entornó los ojos y dijo:
—No voy a ir a ninguna parte hasta que me digas qué es tan importante que ni siquiera puedes comportate civilizadamente... ¡Eh!
Se quedó sin aliento; Sasuke la levantó como si fuera una pluma. Se dio la vuelta, bajó los escalones con ella en brazos y rodeó la esquina de la casa. Cojeaba ligeramente por la herida de la rodilla, pero la noche de descanso parecía haberle sentado de maravilla. Ella le pasó un brazo alrededor del cuello y se aferró con una mano a su camisa. Al mismo tiempo, intentaba controlar el latido errático de su corazón y el lento fluir de una sensación que corría por sus venas y parecía terror, pero no lo era.
Era evidente que había cometido un error. Pero no iba a comerte otro resistiéndose. Dignidad, eso era lo que necesitaba. Dignidad, compostura y aplomo para dominar la situación.
Con voz suave y dulce, a pocos centímetros de su oído, dijo:
—Estás despedido.
Él dio un respingo, pero respondió sin inmutarse:
—No puedes despedirme porque me marcho.
—Bien.
—Bien. Pero la próxima vez que contrates a alguien, podrías al menos no intentar esconderte.
Ella se puso tensa.
—¡Yo no me escondo!
—A mí no me engañas. ¿Por qué te encierras, si no?
—Puedo elegir no ver a nadie sin que eso signifique que me escondo.
—¿Ah, sí? Yo creo que tienes miedo.
—¡No seas ridículo!
—Temes que la gente te vea. Te da pánico lo que digan, aunque sabes que solo hablan de ti porque sus vidas son tan mezquinas y aburridas que ni siquiera merecen un comentario.
—¡Eso no es cierto!
—¿Ah, no? —replicó él, lanzándole una mirada sagaz—. Pues entonces es que tienes miedo de mí.
—Eso sí que es absurdo. Tú eres la única persona, aparte de Kurenai, que no me hace sentir...
—¿Cómo? —preguntó él cuando ella se calló—. ¿Como si no tuvieras derecho a vivir porque tu marido murió? ¿Como si debieras encerrarte a cal y canto, como una criminal, porque no mereces andar por ahí libremente?
—Yo no me siento así —dijo ella ásperamente.
—Yo creo que sí. ¿Pero quién hace que te sientas así, si no somos ni Kurenai, ni yo? ¿Tu suegra? Ella no debería tener tanto poder sobre ti. ¿Tus hijos? ¿Por qué te preocupas tanto por ellos cuando ellos piensan tan poco en ti?
Ella estaba temblando.
—Me gusta estar sola —dijo, alzando la barbilla—, y me gusta mi casa. Aquí tengo todo lo que necesito.
—Te hace sentirte segura —contestó él.
—Exacto —exclamó ella, triunfante.
—Pues no te sientas tan segura —dijo él. Se detuvo junto a la ventana del cuarto de Hinata y la dejó en el suelo
Al principio, ella no comprendió a qué se refería. Luego, con un gesto brusco, Sasuke le indicó la pisada bajo la ventana.
Hinata se quedó sin aliento al ver la marca en la tierra. El miedo la atenazó con sus fríos dedos. Estremeciéndose, dijo:
—¿Un ladrón?
—Puede ser. Pero quizá —añadió suavemente— solo sea alguien sumamente interesado en lo que haces cuando te encierras en casa. ¿Había ocurrido antes algo parecido?
Ella sacudió la cabeza.
—No, porque Akamaru siempre andaba por aquí.
—Pero ya no está —sus palabras estaban cargadas de significado. —¿No creerás que alguien se ha librado de él solo para...?
—No sería la primera vez.
—¿Pero quién ha podido ser? —preguntó ella, desesperada—. ¿Quién haría una cosa así?
—Cualquiera —contestó con dureza—. Tú eres una mujer hermosa que vive sola y apartada de todo el mundo. Lo sorprendente es que no haya ocurrido antes.
Ella cerró los puños y le dio la espalda mientras exclamaba:
—¿Por qué ocurre todo esto ahora? Akamaru, todos esas horribles habladurías, alguien que me espía... ¿Qué he hecho yo?
Él la agarró del brazo y la obligó a girarse para mirarlo. Con voz áspera. dijo:
—¡Tú no has hecho nada! No debes pensar que esto es culpa tuya.
—Entonces, ¿de quién es? —preguntó ella, intentando en vano desasirse.
—Quizá mía. Quizá de nadie. ¿Quién sabe? ¡Pero no es culpa tuya!
—¿Cómo lo sabes? Tú no tienes ni la menor idea de cómo soy, ni de lo que hice o no hice. ¡Ni siquiera eres capaz de imaginar lo que soy capaz de hacer cuando tengo una buena razón!
Una leve sonrisa curvó los labios de Sasuke. Sacudió la cabeza y dijo en voz baja:
—Apostaría todo lo que poseo a que no eres capaz de hacerle daño a nadie a propósito. Pero tienes razón en una cosa: no te conozco lo suficiente para imaginar las cosas que eres capaz de hacer. Pero te prometo una cosa. Algún día llegaré a conocerte hasta ese punto.
Aquellas palabras se derramaron sobre ella como una bendición. Deseaba creerlas, lo necesitaba más que cualquier otra cosa que hubiera soñado.
Pero no se atrevía a creerlas, y se puso a la defensiva. Dijo con énfasis:
—No tientes a la suerte.
La sonrisa de Sasuke se hizo más amplia, más dura. La soltó y apoyó los puños cerrados sobre las caderas.
—¿Y qué vas a hacer? —le preguntó, suavemente burlón—. Ya me has despedido.
—Puedo llamar a la policía —no sabía de dónde había surgido aquella amenaza. Solo sabía que no podía bajar la guardia.
—Hazlo —dijo él, y en el fondo de sus ojos se agitaron oscuras sombras—. No sería nada nuevo.
Hinata no lo había dicho en serio. ¿O sí? ¿Y qué había querido decir él? ¿Que lo rumores eran ciertos, que estaba familiarizado con la policía porque había ido a prisión por el asesinato de su esposa, de aquella mujer mucho mayor que él?
⎯Pero, si lo haces —continuó él después de una breve pausa—, tendrás que vértelas con tu viejo amigo el sheriff Tonery. ¿Estás segura de que eso es lo que quieres?
Ella lo miró con asombro. No quería vérselas ni Tonery con ni con nadie, ¿pero cómo lo sabía Sasuke?
—Vete —musitó—. Vete y déjame en paz.
—Lo haría si creyera que iba a servir de algo —contestó él con firmeza—. Pero no lo creo. Al menos, por ahora. Así que tendrás que seguir aguantándome.
—Eso es lo que tú te crees —le espetó ella—. No puedes trabajar para mí si no te pago.
Él se rió suavemente.
—Vamos, Hinata, esto no tiene nada que ver con el trabajo. Pero tú ya lo sabes, ¿no es cierto?
—No. No lo sé ⎯logró decir ella, a la defensiva.
—Yo creo que sí —dijo él, con expresión serena—. Y también sabes que no puedes esconderte de esto, ni de nada... Ya no.
