Capítulo 10

Cuando Sasuke apareció a la mañana siguiente, Hinata estaba plantando rosales. Habían llegado la tarde anterior,

en la furgoneta marrón del reparto: doce rosales en macetas de plástico. Hinata los había regado en abundancia y

había cortado sin contemplaciones las flores y los capullos nuevos para que conservaran su vigor. Esa mañana las

estaba plantando antes de que hiciera demasiado calor.

Se incorporó al ver que Sasuke se dirigía hacia ella con paso vivo y ligero. Sus muchos arañazos y magulladuras

empezaban a cicatrizar, y ya no cojeaba. Parecía tan seguro de sí mismo, que Hinata sintió una punzada de

desesperación.

Pensó en recordarle que lo había despedido, en decirle que se fuera y no volviera nunca. No quería hacerlo,

pero sabía que sería lo mejor. Aunque, de todas formas, ¿qué sentido tenía? Él seguramente no le haría caso.

Sasuke se inclinó para agarrar la pala que Hinata sostenía, pero esta la mantuvo con firmeza. Él la miró

fijamente. Ella sintió que se le aceleraba el corazón. Soltó bruscamente la pala y dejó que él la agarrara. Una

expresión de triunfo iluminó la oscura superficie de los ojos de Hinata, pero de sus labios no salió ni una palabra.

Plantaron juntos las rosas, las abonaron y las regaron. Se movían a la par, sin apenas hablar, comprendiendo

intuitivamente los gestos del otro, anticipándose a sus necesidades, como si llevaran años trabajando codo con

codo. Resultaba extrañamente satisfactorio, a pesar de que el sol caía a plomo y estaban empapados de sudor.

Después, tomaron café y cruasanes en la terraza. O, mejor dicho, ella tomó café y él una infusión.

Miraban el sol que caía, implacable, más allá de la cornisa del tejado, y apenas hablaban. Les parecía mejor

así. Él bostezó una vez, cubriéndose la boca con el puño. Al instante, ella hizo lo mismo.

Sasuke se río un poco y luego la risa desapareció de su rostro. Dijo suavemente:

—¿Anoche estabas demasiado asustada para dormir?

—Estaba un poco nerviosa —admitió ella.

Sasuke vaciló, como si quisiera decir algo, y después desvió la mirada sin decir nada.

Al cabo de un momento. Hinata preguntó:

⎯¿Y tú, por qué no has dormido?

—Tengo demasiadas cosas en la cabeza —contestó él.

Ella abrió la boca para preguntarle a qué se refería, pero la expresión hermética y dura de su cara la disuadió.

Juntos trabajaban a gusto. Los proyectos y las tareas compartidas daban a su relación una apariencia

impersonal. Sin embargo, algo más profundo se agitaba entre ellos. Ambos lo sabían, aunque preferían ignorarlo.

Pero resultaba difícil obviarlo cuando paraban y se miraban a la cara el uno al otro.

Al cabo de un rato, se levantaron y volvieron al trabajo.

Esa mañana marcó la pauta de los días siguientes. Solo variaban las tareas que emprendían y el lugar donde

tomaban sus almuerzos improvisados. Hicieron muchas cosas: podaron los arbustos, cambiaron de lugar algunas

plantas, abonaron y regaron, limpiaron y quemaron sin cesar durante varios días.

Sasuke acabó de talar el pino, cortándolo en secciones de un metro y medio de longitud; después, llevó rodando

los troncos hasta el borde del bosque, donde los colocó formando cuadrados para hacer compost. A la mañana

siguiente, apareció con varios sacos de materiales para hacer piedra artificial apilados en la parte de atrás de la vieja

camioneta de la abuela . Hinata y él se pasaron tres días construyendo un pórtico de estilo italiano con

columnas de diverso tamaño.

Al final de la semana, el jardín había empezado a adquirir su aspecto final. Los macizos de rosas de la parte

delantera, en torno a la fuente, habían tomado forma con la adición de clavellinas, salvia azul y margaritas

africanas, todo ello festoneado con un seto de boj. Las grandes camelias y los demás arbustos plantados en los

rincones de la valla añadían equilibrio y perspectiva al conjunto. Los magnolios habían sido despojados de sus

ramas bajas a fin de subrayar sus augustas proporciones, y los rosales viejos de las glorietas aportaban armonía y

claridad.

El lado derecho de la casa se había convertido en un rincón especial. La tapa del antiguo aljibe sostenía una

colección de macetas hechas por Hinata y llenas de geranios europeos. Enfrente, a lo largo de la valla, una pérgola

se arqueaba sobre un banco, y en medio del arriate de arbustos que se extendía más allá se abría un estanque

rectangular, lleno de nenúfares, sobre el que caía, desde lo alto de una columna, el agua de un surtidor.

En el rincón izquierdo de la parte de atrás, el nuevo pórtico italiano señalaba la entrada a un jardín romano, en

el que, junto a un sendero de baldosas, crecían la albahaca, el orégano y el tomillo. El centro, también enlosado,

estaba flanqueado por columnas coronadas con macetas de hiedra, vides y áloe. Al fondo, en medio de la pared sin

desbastar, colgaba la Bocca della Verità de Hinata.

Al otro lado de la casa, en una de las paredes exteriores del garaje, habían colocado un gran sátiro báquico esculpido

por Hinata. Sasuke lo había convertido en una fuente de la que, a diferencia del original al que imitaba, no

brotaba vino, sino agua. Esta caía sobre un pilón adornado con plantas acuáticas. A ambos lados de la escultura

habían plantado vides, con la idea de que, algún día, llegaran a enmarcar la figura del sátiro.

Junto al porche trasero, al lado de la vasija marina de Hinata, pusieron otros espejos de agua para formar lo que

Sasuke se complacía en llamar un jardín zen. Una vasija mas honda recogía el agua de un surtidor que goteaba

delicadamente, produciendo ondas que se extendían, rizándose, hasta los bordes del recipiente, y retornaban otra

vez al centro con el ritmo constante del latido de un corazón.

El jardín cobraba vida día a día. El agua atraía a los pájaros, las ranas y las libélulas. Sapos, camaleones y lagartos

de cola azul aparecían entre la vegetación. Las mariposas volaban describiendo tirabuzones, y las abejas

zumbaban laboriosamente entre las llores. Hinata observaba todo aquello y sonreía, sintiendo que su espíritu se

relajaba y se expandía en aquel espacio único que Sasuke y ella habían creado con sudor, esfuerzo, y también, por

qué no, con amor.

Pero la paz duro poco. Fue el propio Sasuke quien la rompió.

Estaban tomando un almuerzo tardío sobre una manta vieja tendida sobre las baldosas del jardín italiano, a la

sombra de un cedro. Hinata había acabado de comer y estaba sentada con las rodillas alzadas, mirando a Sasuke, que

apuraba una lata de refresco. La línea morena de su garganta, la forma en que se movía al tragar, le producía una

extraña sensación en el abdomen. Estaba tan concentrada que apenas notó que Sasuke bajaba la lata vacía, la

estrujaba con una mano y luego decía sin mirarla:

—¿Te importaría sacar tu coche del garaje?

Hinata sintió el impulso inmediato de negarse, pero lo reprimió. En lugar de eso, le preguntó:

⎯¿Para qué?

Él se giró hacia ella y la miró fijamente

⎯Tengo que cortar el césped y las enredaderas del otro lado de la cerca. Al fondo del garaje hay un

cortacésped, pero no puedo alcanzarlo a menos que muevas el coche.

La petición era razonable. Sin embargo, una de las principales razones por las que Ivywild se encontraba en

semejante grado de dejadez era que Hinata no soportaba subirse al coche, y, por lo tanto, no podía usar el

cortacésped.

—No creo que funcione —dijo, con voz deliberadamente indiferente.

—¿E1 coche o el cortacésped?

—Ninguno de los dos —dijo ella con crispación.

—El cortacésped no hace falta que funcione, porque puedo arrastrarlo fuera para echarle un vistazo. El coche

creo que funcionará, porque ya lo he revisado. Le he cambiado unas cuantas piezas, y también le he puesto una

batería nueva. Lo he arrancado para probarlo, pero no quería moverlo sin decírtelo —se quedó esperando, con

expresión impasible

—¡No tenías derecho a hacer eso!

Él se encogió de hombros.

—Alguien tenía que hacerlo.

—Yo no te lo he pedido.

—Pero tampoco dijiste que no lo hiciera. Vamos, Hinata. No tiene importancia. Solo tienes que sacar el coche

marcha atrás.

—¿Sabes que...? —empezó a decir ella, pero se interrumpió.

—Sí, lo sé —dijo él con aspereza—. Y también sé que uno no se libra del miedo sucumbiendo a él. Hasta

ahora lo has hecho muy bien; has salido de la casa y pasas cada vez más tiempo fuera, trabajando conmigo. Es

hora de dar un nuevo paso.

—Oh, por favor —dijo ella, burlona—, no te pongas zen conmigo. No soy una idiota, ni una niña a la que puedas

embaucar. No quiero conducir ese coche. No sé cómo decírtelo más claro.

—Lo que está claro es que tienes miedo.

Ella apretó más fuerte los brazos alrededor de las rodillas.

—¿Y qué? Todo el mundo tiene miedo de algo. Hasta tú.

Un brillo de sorpresa apareció en sus ojos.

⎯¿De qué tengo miedo yo?

—Del fracaso —dijo ella sin vacilar—. De fallar a la gente, sobre todo a los que dependen de ti, a los que quieres.

Te esfuerzas tanto porque crees que con eso lo arreglarás todo. Pero no entiendes que no todo puede arreglarse.

—No te pongas existencialista conmigo —dijo él, devolviéndole la pelota—. Por lo menos, yo lo intento.

A ella le costó un gran esfuerzo sostener su mirada. Buscando una apoyatura más sólida, dijo:

—Da igual, porque, de todas formas, las ruedas del coche están en mal estado.

⎯No, ya no lo están.

Ella entornó los ojos.

—¿Le has puesto ruedas nuevas a mi coche?

⎯¿Y qué si lo he hecho?

—¿Qué te hace pensar que voy a pagar unas ruedas que no quiero?

—No tienes que hacerlo. Eso corre de mi cuenta.

—Pero tú no puedes permitirte... —-empezó a decir ella, pero se detuvo al advertir la súbita crispación del

rostro de Sasuke. Tomó aire y lo soltó lentamente—. Devuélvelas.

⎯No —contestó él con firmeza.

—Pues buscaré las llaves y sacarás el Buick tú mismo, porque yo no pienso hacerlo.

Ella observó un momento y después dijo:

—Parece que el otro día te gustó que te llevara en brazos.

—Quizá consigas meterme en el coche a la fuerza —lo desafió ella, alzando la barbilla—, pero no conseguirás

que lo conduzca.

—¿Te apuestas algo?

En su cara no había ni rastro de una sonrisa. Con acerba ironía, ella dijo:

—Oh, claro. Con una amenaza lo consigues todo. ¿Qué clase de actitud es esa?

—La mía.

Ella estaba temblando, pero no sabía si era por miedo a hacer lo que él le pedía, o por la rabia que le producía

que la obligara a hacerlo. Con los labios apretados, le dijo:

—No puedo.

—Sí, sí puedes.

—¡No! ¡Te lo juro, no puedo!

—Demuéstramelo —dijo él—. Deja que vea cuánto te afecta y demuéstrame que soy un bastardo por

obligarte. ¿Por qué te resulta tan difícil?

—¡No quiero que me veas! —las lágrimas le quemaban los ojos. Parpadeó rápidamente, intentando retenerlas.

—¿Por qué? ¿Qué más te da? A ti no te importa lo que yo piense.

—Sí, sí me importa —sus palabras, no del todo coherentes, procedían de algún lugar remoto de su interior.

—Entonces, hazlo por mí —dijo él con suavidad—. Porque yo te lo pido.

¿Cómo iba a hacerlo? Cielo santo, ¿cómo? Pero si no lo intentaba, él la tomaría en brazos y la metería a la fuerza

en el coche. No quería pasar por aquello, no lo necesitaba. Otra vez no. Sin embargo, él no iba a desistir, no cejaría

hasta que ella diera su brazo a torcer. Así que, qué más daba. Cuanto antes, mejor.

Se levantó tambaleándose y se dirigió al porche trasero de la casa. Las llaves del coche estaban colgadas en el

perchero de bronce que había junto a la puerta, en el mismo sitio donde las había dejado cinco largos años antes.

Las agarró, y al sentir el frío del metal en la palma de la mano, la recorrió un escalofrío.

Kurenai, que estaba fregando los platos, se dio la vuelta y le preguntó, preocupada:

—¿Qué pasa? ¿Por qué gritabais?

—Por nada —dijo Hinata. No quería hablar de ello, ni siquiera quería pensar en ello. Si conseguía vaciar su

mente, tal vez pudiera hacerlo. Sí, eso liaría. Debía dejar la mente completamente en blanco. Se alejó de Kurenai y

abrió bruscamente la puerta trasera.

Se lo demostraría. Sí, eso haría. Hombres, todos eran iguales. Así había salido de la casa aquel día, el día de la

muerte de Naruto, dando un portazo, y había recorrido a toda prisa el camino de cemento que llevaba al garaje.

Estaba tan dolida y furiosa que apenas sabía lo que hacía, ni hacia dónde se dirigían sus pasos.

Naruto le había dicho que trabajaba demasiado en el jardín, que descuidaba la casa y a los niños para

dedicarse en cuerpo y alma a unos rosales que, además, costaban demasiado caros. Pero si se podían permitir una

camioneta para Boruto, también podían permitirse unos cuantos rosales, y ella iba a ir a comprarlos ese mismo día,

en ese mismo momento, le gustara a Naruto o no.

El garaje, como siempre, olía a fertilizante mezclado con aceite rancio y polvo viejo. Abrió la puerta de golpe

y se sentó tras el volante. Puso la llave en el contacto. La giró y oyó el ruido del motor. Se giró para abrocharse el

cinturón de seguridad.

Automáticamente. Sin pensar. Miró por el retrovisor. No había nada tras ella. Metió la marcha atrás y pisó el

acelerador. No pensar, no recordar. Moverse. Girarse y mirar por encima del hombro derecho, solo para

asegurarse. Así había visto a Naruto aquel día, apareciendo desde el jardín delantero. Naruto, corriendo tras ella,

gritándole y…

¡Sasuke!

Sasuke estaba detrás del Buick.

Hinata pisó el pedal del freno con todas sus fuerzas. ¡Demasiado tarde! El parachoques golpeó contra algo,

produciendo un ruido sordo. El golpe la lanzó hacia delante, contra el cinturón. Durante un instante se quedó

sentada, completamente inmóvil. Luego, dando un gemido, dobló los brazos sobre el volante, se inclinó sobre él y

se deshizo en lágrimas.

La puerta del coche se abrió de golpe. Sasuke se inclinó, extendió el brazo, puso el freno de mano y apagó el

motor. Luego la agarró del brazo y la sacó fuera, acunándola contra él, abrazándola, susurrándole al oído.

—Está bien, no ha pasado nada. No me has dado, no me has dado. Las ruedas traseras han chocado con un

tronco, nada más.

Ella lo oía, pero apenas entendía sus palabras. Se abrazó a él, atrapada por aquel horrible recuerdo y por un

pánico nuevo, distinto.

Sasuke le sujetó la nuca con una mano y ella escondió la cara en el hueco de su cuello.

—Cálmate. Has pisado el freno en cuanto me has visto, tan rápido como era humanamente posible.

¿Comprendes, Hinata? Intentaste parar, lo intentaste. Frenaste, pero de todas formas chocaste con el leño, igual

que chocaste con tu marido aquel día. No pudiste parar. Era imposible, ¿es que no lo ves? Mueve el coche, y verás

las marcas del frenazo que lo demuestran. ¿Me oyes, Hinata? Intentaste parar, pero no pudiste. Fue un accidente.

Solo fue un accidente.

Sasuke sentía una angustia intensa, desgarradora. Sentía el dolor de Hinata, su terror y su aflicción como si

fueran propias. Sentía las lágrimas ardientes que humedecían su camisa y seguían fluyendo, cayendo sin cesar.

No había imaginado que sería así. Esperaba que ella se enfadara, pero que al mismo tiempo se sintiera aliviada

al saber que era inocente. Se había preparado para un chaparrón de recriminaciones y quejas, pero no para aquello.

Y no había imaginado que le resultaría tan duro de aceptar, que cada lágrima de Hinata lo quemaría como si fuera

ácido.

Había querido liberar a Hinata de sus miedos, no causarle una angustia mayor. Al notarla temblar en sus brazos,

sintió una opresión en el pecho y un nudo en la garganta. Solo podía pensar en acunarla suavemente y esperar

el castigo que merecía.

Pero era tan dulce abrazarla, tan dulce que ella se lo permitiera... Podría quedarse así para siempre, hablando

sin sentido, acariciándole el pelo, grabando en su memoria la sensación de sus cálidas curvas, de su suave

feminidad. Incluso disfrutaba de su dependencia, de su debilidad, de una forma extraña..., excesiva.

—No llores, Hinata —dijo, con la voz quebrada, hablando contra su pelo—. Por favor, no llores. Tenías razón.

Tengo miedo de fallarle a la gente a la que quiero, miedo de equivocarme, de fracasar, de no hacer bien las cosas.

Me he pasado, pero creía que era por tu bien. Y sigo pensando que todo acabaría bien si quisieras montarte en el

coche e intentaras...

Ella se puso rígida, en parte por la impresión, pensó Sasuke, pero también por la rabia. Alzó la cabeza y dijo con

incredulidad:

⎯¿Quieres que vuelva a subirme al coche?

—No es un monstruo, solo es una máquina hecha de metal y plástico. Solo hace lo que tú le ordenas.

⎯¡Casi te atropello! —su expresión cambió—. Creía... ¿Has dicho que choqué contra un tronco? —él

asintió—. ¿Insinúas que... que lo tiraste detrás del coche para que chocara contra él? ¡Maldito canalla!

hinata se aferró a su camisa y lo zarandeó, pero Sasuke apenas se movió.

—Eso es cuestión de opiniones —dijo ella con rabia—. En cualquier caso, ¡me da lo mismo! Eres el hombre

más insoportable, arrogante y falto de principios que he conocido nunca. Apuesto a que ni siquiera querías arreglar

el cortacésped.

—Te equivocas. Me gustaría echarle un vistazo ahora mismo. Te agradecería que tuvieras la bondad de volver

a meter tu bonito trasero en ese coche —era una pura provocación, tan arrogante y descarada como espontánea.

Pero no le importaba que Hinata lo insultara, mientras dejara de llorar.

—¿Ah, sí? —exclamó ella, entornando los ojos—. ¿Y tú por qué no vuelves a ponerte, y vemos lo rápido que

eres capaz de saltar cuando te...? —se detuvo, tomó aire y se llevó una mano crispada a la boca.

Él esbozó una sonrisa.

—Te pongo furiosa, ¿eh?

—No quería decir eso —dijo ella: su expresión había cambiado—. Oh, Sasuke...

—Lo sé. No te preocupes. Además, tengo la piel muy gruesa y la cabeza muy dura. No podrías hacerme daño

aunque lo intentaras —la agarró del brazo y la llevó de nuevo hacia la puerta abierta del coche—. Voy a apartar el

tronco y a meterme contigo en el Buick. Esta vez, saldrás marcha atrás con toda facilidad. Luego miraremos las

marcas de los frenos

Ella se resistía a avanzar. Le temblaban tanto las manos que Sasuke pensó que tendría que sacar el coche él mismo.

Por fin, ella apretó los dientes e hizo avanzar el coche marcha atrás. Cuando el Buick estuvo fuera, Sasuke le

enseñó dos pares de marcas de frenazos: una negra y reciente, la otra difuminada y recubierta de polvo y hojas. Al

ver que la tensión desaparecía del rostro de Hinata, no pudo evitar preguntarse por qué nadie se las había mostrado

antes.

Pero era fácil de adivinar. Nadie la había escuchado. A nadie le había preocupado cómo se sentía por la muerte

de su marido, por los pensamientos culpables que giraban en círculos dentro de su cabeza. Y nadie se había molestado

en ofrecerle respuestas.

Él lo sabía porque lo había experimentado, una y otra vez.

Pero Hinata Hyuga era una mujer muy fuerte. Cuando todo acabó, se volvió hacia él y le sonrió con

expresión de alivio y serenidad. Su voz sonó clara y tranquila cuando dijo:

—Gracias. Sasuke.

Gracias. Después de lo que le había hecho. El se sintió como si le hubiera dado una medalla. Una medalla que

se le clavó en el corazón.

La tarde se tornó opresivamente calurosa y húmeda. Sasuke se puso a trabajar en el cortacésped; le cambió las

bujías, limpió el carburador, quitó los residuos de gasolina del depósito y afiló las cuchillas. Pero no quiso ponerlo

en marcha porque Hinata estaba descansando. Después de mirarlo trabajar unos minutos, había ido a tumbarse en

el balancín del porche delantero. Llevaba tanto tiempo quieta que Sasuke pensaba que estaba dormida. Sonrió al

pensarlo, porque ello significaba que se sentía segura a su lado. También le pareció una señal de que, en parte, se

había liberado de la culpa y de la angustia y había recuperado la paz. Eso esperaba, al menos.

Hinata se levantó poco antes de la hora a la que Sa solía marcharse. Para entonces, se había levantado el

viento y amenazaba lluvia. Sasuke acabó pronto y se marchó a casa. Hasta consiguió descabezar una breve siesta

antes de que la abuela Tsunade lo llamara para cenar.

A medianoche estaba de nuevo en Ivywild, sentado en el banco, bajo la pérgola. Se había llevado un

impermeable que había encontrado en el armario de su abuela. La lluvia que amenazaba poco antes se había

desvanecido, pero durante la hora anterior se había formado por el noroeste una masa de nubes negras. En ese

momento se cernía sobre la casa, y su panza plana se estremecía como si contuviera gigantescos embriones de

relámpagos, en lugar de lluvia.

Sasuke no había llevado la Harley hasta la casa; la había dejado aparcada en el bosque, a unos kilómetros de distancia,

carretera abajo. Hinata no debía saber lo que hacía, lo que había estado haciendo cada noche desde que

encontrara la pisada. Todo el mundo tenía sus puntos flacos, y el de Sasuke era su repugnancia a mostrar delante de

una mujer sus impulsos más absurdos. Sabía que hacer de guardaespaldas resultaba un poco melodramático, pero

al fin y al cabo era él quien se quedaba sin dormir. Si a él no le importaba, a los demás tampoco tenía por qué

importarles.

Pero a Hinata le importaría, por supuesto. Se preocuparía e insistiría en que se fuera hasta que él se viera obligado

a hacer algo drástico para hacerla callar. La mayoría de los métodos que imaginaba no contribuían precisamente

a hacerle más llevadera la vigilia. Pero hacían que las horas pasaran más rápidamente.

También lo ayudaba ver de cuando en cuando la sombra de Hinata a través de una ventana. Eso, y mirarla en

las raras ocasiones en que salía a la terraza y caminaba arriba y abajo, disfrutando del aire fresco de la noche. La

forma en que su pelo y su vaporosa bata se agitaban y refulgían a la luz de la luna alimentaba las fantasías de Sasuke.

Esa noche, sin embargo, las nubes habían tapado la luna. Pero al cabo de unos días habría luna llena. Y la luna

llena marearía la noche de Belanus, la noche que señalaba el principio del verano. Sasuke se preguntaba si Hinata lo

sabía, si conocía las impúdicas leyendas asociadas a aquella noche y a los sátiros que ella seguía esculpiendo.

Durante la noche de Belanus, solía decir el señor Wu, los paganos que reverenciaban a la diosa Tierra se

ataban flores y cintas en el pelo y bailaban desnudos entre los trigales para celebrar la vida, el amor y la

fecundidad. Después hacían el amor a la luz de la luna para sellar el vínculo entre la madre tierra y sus hijos. A

Sasuke le parecía una costumbre muy juiciosa.

El sátiro, por otra parte, era el símbolo de la lujuria que esperaba agazapada en la oscuridad o eso habían

creído los padres del Cristianismo. En realidad, aquella tradición era una metáfora de la sensualidad que latía en

todos los seres de la naturaleza, y de la forma en que la luna llena y la noche calurosa afectaban a los amantes.

Si Hinata ignoraba las implicaciones de sus esculturas. Sasuke no se las revelaría. Si las conocía, aquello arrojaba

una luz completamente distinta sobre la cuestión.

Sasuke se removió, incómodo, en el banco de piedra. Sería mejor que pensara en otra cosa, en cualquier cosa.

Últimamente, sufría a menudo aquel irremediable estado de excitación. Lo sorprendía que nada, ni siquiera el

trabajo agotador, le impidiera reaccionar así al pensar en abrazar a una mujer. Pero no a cualquier mujer, sino a la

viuda Uzumaki. A la señora Hyuga. A Hinata. Gruñó para sus adentros al darse cuenta del efecto que le producía

solo pensar en su nombre.

Esa noche había luz en el salón, y también en el dormitorio. Debía de ser casi medianoche y Hinata todavía

estaba levantada. Quizá fuera por la siesta que se había echado esa tarde. O quizá no pudiera dormir pensando en

lo que pasaba a su alrededor. O en aquella tarde, cuando él la había abrazado.

En fin, mejor sería que él pensara en otra cosa.

Aquella vigilia lo obligaba a descuidar a Itachi. Se sentía mal cargar a la abuela con aquella

responsabilidad, pero ella lo entendía. De todas formas, su hermano parecía sentirse mejor con la nueva

medicación. Dormía durante periodos más largos y parecía menos abatido. Incluso se manejaba mejor.

Y, además, no pasaría mucho tiempo vigilando a Hinata. No tardaría mucho en averiguar qué estaba pasando

en Ivywild.

La tormenta se acercaba. El viento, cada vez más fuerte, zarandeaba los árboles del bosque que había tras él y

arrastraba sus hojas. El rugido amortiguado del trueno sacudía el aire. El relámpago se agitaba en lo alto del cielo

nocturno, proyectando una luz azulada que saltaba de nube en nube.

Sasuke oyó el coche segundos antes de verlo al fulgor de un rayo. Bajaba por la carretera lentamente.

Él se levantó del banco con un movimiento suave, saltó la valla y se deslizó sigilosamente hacia la linde de la

arboleda. Apenas había alcanzado las sombras de los árboles cuando el vehículo dobló la curva y pasó muy despacio

junto a la entrada de coches de Ivywild. Era un modelo antiguo de Lincoln; su potente motor apenas se oía

por encima del ruido del viento y los truenos. Era de color claro, pero con aquella oscuridad era imposible

distinguir su tono exacto. Sin embargo, una cosa era evidente. Quienquiera que estuviera al volante no pretendía

nada bueno. Iba con los faros apagados.

Sasuke salió en su persecución, maldiciendo por lo bajo. Corrió, oculto entre las sombras de la arboleda,

intentando acercarse lo suficiente para ver la matrícula. Pero tenía que acercarse mucho, porque apenas había luz.

No le fue posible. O el conductor había visto lo que quería, o, al ver las luces de la casa encendidas, había

preferido no arriesgarse a que lo descubrieran. Pisó el acelerador y se alejó rápidamente carretera abajo.

Sasuke lanzó unos cuantos juramentos y se quedó parado, mirando el vehículo que se alejaba. ¿Qué demonios

estaba pasando allí? Tenía que haber algo más de lo que le habían contado, pero no tenía ni la más remota idea de

lo que podía ser.

Justo cuando se dio la vuelta para regresar a la casa, empezaron a caer las primeras gotas de lluvia. Eran frías,

pero tan esporádicas que Sasuke no se apresuró. Se metió las manos en los bolsillos, retrocedió lentamente por la

cuneta, se acercó a la valla y la siguió en dirección a la pérgola. Volvió a saltar por encima de los postes y aterrizó

en una parte del arriate de flores que había dejado convenientemente desnuda.

Un trueno rugió y resonó como el disparo de un cañón. Al instante siguiente, un relámpago produjo una explosión

de luz blanca. Sasuke se quedó inmóvil, asombrado por aquel súbito estallido de energía; se quedó con los

pies clavados al suelo, bajo aquel fulgor deslumbrante, antes de que el mundo volviera a sumirse en la oscuridad.

Cuando la luz ya se desvanecía, vio una pálida forma que se movía entre las sombras de la terraza. Aquella forma

avanzó y se inclinó sobre la barandilla.

La voz de Hinata, perfectamente firme y carente de expresión, llegó flotando hasta él en la oscuridad.

—Será mejor que entres —dijo—. Es una gran tentación dejar que te chamusques, pero no creo que fueras un

buen abono para mis rosas.

—Me arriesgaré —dijo él secamente.

Ella cruzó los brazos. Al cabo de un momento, dijo:

—¿Qué tal si te pongo en nómina?

—¿Qué dices? —su voz era lacónica, impasible.

—Está visto que necesito un guardia nocturno. Podrías dormir en el trabajo.

Seguramente Hinata no pretendía decir lo que parecía..., o lo que él quería interpretar. Con tono desconfiado,

preguntó:

—¿Qué quieres decir?

—No puedo dormir sabiendo que estás ahí fuera, con esta tormenta. Esta casa tiene seis habitaciones.

Seguramente alguna te gustará.

—No lo dudo, ¿pero qué dirán los vecinos? —él intentaba resistirse, pero temía que fuera una batalla perdida.

—¿Quién va a enterarse?

—Mi abuela e Itachi, por ejemplo.

—¿Y dónde creen que estás ahora? —preguntó ella, irritada—. Entra, te estás mojando.

Era cierto. Pero Sasuke ni siquiera lo había notado. Se quedó donde estaba, debatiéndose, y descubrió que no era

ni la mitad de noble de lo que pretendía ser. Por fin, dejó de luchar.

Olii. se que últimamente no me he tomado el tiempo de agradecerle por el apoyo a esta adptación, pero déjenme decirles lo gratificante que es leer el apoyo de cada una, mil gracias.

no sabes lo feliz que me hacen y sin mas ojala les haya gustado este capítulo.