Capítulo 11

—¿Por qué?

La pregunta parecía bastante natural, pero al hacerla Hinata sintió que estaba tentando a la suerte. Sasuke parecía

distinto aquella noche; había algo extraño en su forma de moverse, en su manera de hablar. En cierto sentido, ello

hacía que Hinata también se sintiera distinta. Sabía que su pregunta entrañaba algún peligro, pero no le importaba.

Había conducido a Sasuke a un dormitorio de la parte central de la casa y le había dado una toalla para secarse.

Había estado a punto de dejarlo para que se secara, pero se había dado la vuelta cuando ya estaba en el umbral.

Dejó caer aquella pregunta, sabiendo que él la comprendería. Sasuke se quedó callado un momento, mirándola desde

el centro de la habitación, con la toalla entre sus manos fuertes .

—Porque no me gustan los merodeadores —dijo al fin—, y odio pensar que alguien pueda aprovecharse de

que estés aquí sola.

—Yo no soy responsabilidad tuya.

—¿Ah, no? —preguntó él, y sonrió.

Una sonrisa encantadora. Como había dicho Itachi, para Sasuke era muy sencillo. La luz que prendía en sus

ojos era lo que la retenía, pensó Hinata. Era serena y grave, pero también parecía reírse de ella, de él y del mundo,

invitándola a compartir la broma. Y ella deseaba compartirla. Lo deseaba muchísimo.

Intentando combatir aquella debilidad, Hinata dijo:

—No quiero serlo, sé cuidar de mí misma.

La sonrisa de Sasuke se hizo más amplia, como si aquella fuera la broma más divertida de todas.

—No puedo evitarlo. Eres la clase de mujer a la que un hombre desea cuidar.

La textura aterciopelada de su voz, la intención que creyó entender en ellas, y las palabras mismas le produjeron

un estremecimiento.

—Tengo una pistola —lo informó, alzando la barbilla—, y sé cómo usarla.

—Me alegro por ti. ¿Pero alguna vez has disparado a algo un poco más peligroso que una lata vacía?

—No. ¿Y tú?

—Yo tengo otros métodos de defensa —dijo él, y empezó a secarse los hombros con la toalla. Continuó sin interrupción—.

¿Conoce a alguien que tenga un Lincoln?

Era una pregunta fácil.

—Mamá Uzumaki. Karin, la hermana de Naruto. La mitad de los médicos y abogados del pueblo. Tu abuela.

Es una marca muy popular, y además es el único concesionario de coches que todavía funciona por aquí.

Él frunció el ceño mientras se pasaba la toalla por el pelo; luego la tiró sobre el brazo de una silla y empezó a

desabrocharse la camisa. Era hora de que lo dejara solo, pensó Hinata.

—En fin, si tienes todo lo que necesitas, creo que será mejor decir buenas noches.

Él la miró de arriba abajo.

—Claro —dijo bruscamente—. Buenas noches.

Ya en su cuarto. Hinata apagó la luz y se tumbó en la cama con dosel. Arropada hasta la barbilla, escuchó la

lluvia. Todavía caía con ritmo sostenido. Los relámpagos resplandecían más allá de las ventanas con el fulgor

constante y de baja intensidad que Hinata siempre asociaba con la amenaza de los tornados. Confiaba en que no se

estuviera fraguando uno. El viento causaría un desastre en el jardín, aunque no tocara la casa.

Ella, sin embargo, se sentía a salvo del tiempo. Siempre había sido así, en Ivywild. La vieja casona se había

resistido a las tormentas durante más de un siglo. Aguantaría unas cuantas más.

También se sentía a salvo de cualquier amenaza, al menos por el momento. Era una insensatez, y lo sabía...,

dadas las cosas que la gente decía de Sasuke Pero así era.

Pensó en cómo lo había visto antes, de pie en el jardín, silueteado por el fuego plateado de los truenos que

resplandecía en su pelo y arrancaba destellos a su pendiente, dándole una apariencia sobrenatural, como salida de

un mito o de un sueño. Había deseado salir a su encuentro, tocarlo, como no había deseado nada en toda su vida.

En lugar de eso, lo había invitado a entrar.

Debía de estar loca.

Invitar a su casa a un asesino, a un hombre que se aprovechaba de mujeres mayores. Sí. ¿Y se sentía segura?

Sí, por extraño que pareciera.

Él no dormía. Hinata oyó el crujido familiar de ciertas tablas del suelo; Sasuke caminaba por el vestíbulo, iba de

una ventana a otra del salón, pasaba junto a su puerta y revisaba el resto de las habitaciones. Le pareció que salía al

porche trasero y se quedaba allí un momento, y que luego entraba de nuevo.

¿Qué pasaría si se levantaba y lo seguía, si se acercaba a él en la oscuridad? Si lo rodeaba con sus brazos y se

apretaba contra él, ¿la abrazaría él? ¿La llevaría a la cama y la amaría mientras caía la lluvia y los truenos relucían

en sus ojos?

No se atrevía, por supuesto; no podía ni tan siquiera atreverse a soñar tal cosa. Pero aquella idea la hizo removerse,

inquieta, sobre el colchón y apartar las sábanas para aliviar la súbita oleada de calor que la embargó.

Hacía mucho tiempo que pensamientos semejantes no la atormentaban. Resultaba perturbador que la

acometieran en ese momento. Tal vez cualquier hombre atractivo y apuesto pudiera haberlos despertado, pero

Hinata no lo creía. En realidad, estaba segura de ello.

Se sentía viva, excitada, por tener a Sasuke en la casa. Podía ser simplemente la sensación de clandestinidad situación, el placer secreto de hacer algo que sabía que todo el mundo consideraría escandaloso. También podía

ser que estuviera disfrutando de encontrarse al borde del peligro, después de tantos años insulsos y tristes.

Se había sentido razonablemente contenta con la monotonía infinita, segura, de su existencia antes de que Sasuke

apareciera ante su puerta. Ahora, todo había cambiado. Podían decirse muchas cosas de él, pero no que fuera triste.

Sasuke había vuelto al vestíbulo; Hinata reconoció el chasquido de una tabla de la tarima junto a la mesa de

mármol, aunque no podía oír sus pasos sigilosos. El se detuvo junto a su puerta, escuchando. Hinata se quedó inmóvil;

el corazón le martilleaba en el pecho.

¿Qué haría si Sasuke abría la puerta y entraba, si se deslizaba en la cama junto a ella? Si la abrazaba. La tocaba.

La cubría con su peso cálido, duro. No lo sabía, no podía imaginarlo.

Él siguió andando. Hinata dejó escapar el aliento en un largo y silencioso suspiro. El ruido de la lluvia sobre el

tejado repiqueteaba en sus venas, en su mente. Pasó mucho tiempo antes de que se desvaneciera en el silencio, y

mucho más antes de que ella se hundiera en el sueño.

Por la mañana. Sasuke se había ido. Su cama estaba hecha: nadie la había usado. Era casi como si Hinata hubiera

soñado que había estado allí... salvo por la rosa recién fresca, mojada por la lluvia, que había en un jarrón, sobre la

mesa de la cocina. Y cuando él apareció a su hora habitual, sonrió pero no le deseó los buenos días.

El día pasó, de algún modo. Sasuke aprovechó el fresco de las primeras horas para cortar el césped y podar al

otro lado de la valla, y no se acercó a la casa. Comieron juntos, pero no dijeron nada de la noche anterior, ni de la

que se acercaba. Después, él siguió cortando el césped. Cuando se marchó al final de su jornada, el aire llevaba el

olor dulce de la hierba cortada secándose al sol.

Hinata se bañó temprano e intentó leer un rato. Sasuke iría; estaba segura. Y, aun así, se sobresaltó y dejó caer el

libro al oír que llamaban a la puerta.

La luz que salía de la casa se reflejó en sus ojos cuando Hinata abrió la puerta. También iluminó el sacó de

dormir que llevaba, enrollado, bajo el brazo.

—Hola —dijo Hinata, y de inmediato pensó que el saludo sonaba estúpido y agitado en labios de una mujer

adulta. Sasuke se había duchado antes de ir; Hinata sintió el olor a limpieza, a jabón y el perfume sutil de una loción

con aroma a madera y hierbas.

Él sonrió gravemente.

—Creo que dormiré aquí fuera, en el porche, si no te importa.

—¿Por qué iba a importarme? —preguntó ella, aunque por alguna razón le importaba. Parecía como si él estuviera

rechazando su hospitalidad, o como si se considerara a sí mismo poco más que un perro guardián, como

Akamaru, que también solía dormir en el porche. Hinata abrió la puerta de par en par y añadió—: Pero no sé por qué

quieres hacerlo

—Creo que es lo mejor —dijo él, entornando los párpados—. Este es mejor sitio para vigilar. Tú puedes hacer

como si no estuviera.

Sí, claro. Podía hacerlo; nada más fácil. Desde luego.

—Lo que tú quieras —dijo ella en tono formal.

—Lo que yo quiero... —empezó a decir con voz contenida. Se detuvo, apretando los labios para impedir que

salieran las palabras—. Así oiré si viene alguien, y podré dar de vez en cuando una vuelta por fuera sin molestarte.

—Pero si alguien viene, también te verán enseguida —dijo ella.

Al percibir la preocupación que había en su voz. Sasuke se sintió conmovido. Nunca se le había cruzado por la

imaginación que ella temiera que le hicieran daño. No podía recordar la última vez que alguien, aparte de la abuela

Tsunade, se había preocupado por lo que le ocurriera. Aquello lo hizo sentirse humilde. Y al mismo tiempo le produjo

una asombrosa sensación de invulnerabilidad.

—No te preocupes por mí —dijo suavemente—. Estaré bien.

Ella se apresuró a decir:

—No estoy preocupada. ¿Pero y si viene alguien y no lo oyes?

—Lo oiré.

—Bueno, si estás tan seguro —se mordió el labio un momento—. No tienes por qué hacerlo, ¿lo sabes,

verdad?

—Lo sé —dijo él, mirándola con una lenta sonrisa—. Pero voy a quedarme de todas formas, si a ti te da igual.

—No es que me importe. pero...

—¿Pero qué?

—Todavía no sé por qué te preocupas por mis problemas.

—Si te dijera que es porque estoy locamente, apasionadamente enamorado de ti, ¿me creerías? —preguntó,

ladeando la cabeza.

Ella lo miró fijamente, con expresión divertida.

—No.

Lástima. Él lo intentó otra vez.

—Supón que te dijera que aliento deseos extremadamente impropios respecto a tu cuerpo.

—Me parece sumamente improbable.

El rubor de Hinata era evidente a pesar de la penumbra; estaba inquieta y le temblaba la voz. Era hora de retirarse.

—¿Tú crees? ¿Y si te dijera que tengo un sentido de la responsabilidad exagerado respecto a mis mayores?

—¡Vaya, muchas gracias!

—Supongo que eso tampoco sirve —dijo, con tono apesadumbrado—. Bueno, entonces no me queda más que

la verdad, y es que me están saliendo canas de tanto preocuparme por que estés aquí sola. Quiero decir que, si algo

te ocurriera, adiós a mi trabajo, ¿y qué haría entonces?

—Canas, ¿eh?

—Claro. ¿Ves? —inclinó la cabeza y señaló una parte donde sabía que le crecían unas pocas.

Ella se puso de puntillas para mirar. Sorprendida, dijo:

—Es verdad que tienes canas.

—Uno de estos días compararemos las tuyas y las mías —contestó él rápidamente, irguiéndose—. Eso, por no

mencionar mis arrugas.

—Son las líneas de la sonrisa —lo corrigió ella, mirando los pliegues de las comisuras de sus ojos.

—Exactamente. Años contra vivencias, ya te lo dije —la miró fijamente para asegurarse de que captaba el

mensaje. Ella parpadeó—. Ahora que ya sabes que solo estoy protegiendo mis intereses, ¿está todo aclarado?

Ella permaneció callada tanto tiempo que Sasuke empezó a alarmarse; después, movió la cabeza.

—¿Qué voy a hacer contigo?

Era un comentario demasiado bueno para dejarlo pasar. Además, se sentía tan aliviado que estaba aturdido y

fuera de sí. Sonrió con audacia y dijo lentamente:

—Lo que quiera, señora. Todo lo que quiera.

De acuerdo —dijo ella, apartándose de él bruscamente—. Después de tener esta pequeña charla, creo que el

porche tal vez sea el mejor sitio para ti, después de todo.

Sasike vio la puerta cerrarse tras ella; la luz se apagó. Tomó aire y luego lo soltó dando un suspiro que terminó

en un estremecimiento. Hinata no le había creído ni una sola palabra. Había pensado que todo era una broma, o eso

al menos le había dado a entender. Él no sabía si alegrarse o lamentarlo.

Dejó el saco de dormir en el suelo y se agachó para desenrollarlo. Se tumbó sobre él de espaldas, juntando las

manos tras la cabeza. Hacía fresco allí fuera, a pesar de lo calurosa que era la noche. El porche cubierto había sido

construido para dormir en las noches de verano, antes de que existiera el aire acondicionado, y estaba orientado de

cara a los vientos dominantes. La brisa llevaba el olor de la madreselva y el aroma penetrante del jazmín que

crecía en el jardín italiano. Los sonidos melodiosos de las fuentes llegaban hasta él como una suave armonía

tripartita. Sería tan fácil dormirse, pensó, si estuviera allí para dormir...

Pero no era así. No, claro que no. Y haría bien en recordarlo.

Hinata se obligó a recorrer todo el camino hasta su cuarto sin detenerse. Al entrar en la estancia en penumbra,

se apoyó en la pared y cerró los ojos.

No, no pensaría en ello. No lo haría. De todas formas, él no lo había dicho en serio. Solo se estaba burlando de

ella.

Era curioso, pero ya no se sentía mayor que Sasuke. Era algo que tenía que ver con el aplomo que él demostraba,

y con la certeza de que tenía muchas más experiencias que ella. Por no hablar de las canas.

«Locamente, apasionadamente enamorado...»

Sus labios se curvaron en una sonrisa al recordarlo. Aunque no fuera sincero, había conseguido que ella se

sintiera mejor. ¿Encanto? Sí, desde luego, Alec tenía encanto de sobra.

Sin embargo, ¿y si lo había dicho en serio? ¿O acaso quería que así lo creyera para franquearse la entrada en su

casa? Pues le había funcionado, ¿no? En cierto sentido, al menos, pues estaba durmiendo en el porche.

Sí, pero podría haber traspasado el vestíbulo. ¿Por qué había rechazado aquella ventaja si lo que quería era

seducirla, llevársela a la cama, llevarla al huerto o como quiera que se dijera?

Pero, en realidad, la palabra «seducción» tenía muchos otros significados, pues implicaba persuasión, por no

hablar de cierta sutileza en lo referente a lo físico. Sí, y era muy propio de ella distraerse con la semántica.

¿No era eso exactamente lo que Sasuke estaba haciendo, sin embargo: seducirla con su ingenio y sus sonrisas,

con su preocupación por su bienestar y su seguridad, y por las cosas que le proporcionaban placer? Tal vez no

fuera del tipo sofisticado y empalagoso, cargado de cumplidos, gestos grandilocuentes y regalos caros, pero ello

no hacía menos eficaces sus métodos.

Ella no tenía intención de sucumbir. Sería estúpido, después de las advertencias que había recibido.

¿Por qué se habría interesado por ella? No era rica, ni famosa. Solo tenía una cuenta bancaria decente y la

mitad de una casa que había heredado junto con sus hijos, según las leyes de herencia de Luisiana. Ninguna de las

dos cosas merecía la atención de un auténtico caballero de fortuna. ¿Pero por qué, si no por el dinero, se había

acercado a ella?

Le estaría bien empleado si ella aceptaba su oferta y lo utilizaba como él pensaba utilizarla a ella. Si aceptaba

el placer fugaz que él le ofrecía y no le daba nada a cambio, no podría culpar a nadie, más que a sí mismo.

¿Pero podía hacerlo Hinata? ¿Se atrevía? ¿Podía hacer el amor con él dejando a un lado los sentimientos?

¿Podía tratar el sexo como la comida: algo que se tomaba en respuesta a un apetito? ¿Podía mantener su corazón a

raya si dejaba que Sasuke la tomara en sus brazos?

Por qué no? Los hombres lo hacían sin cesar, ¿verdad?

Pero la sola idea le parecía fría, mecánica, inhóspita. Cuerpos entrelazándose en la oscuridad. Carne contra

carne, y cada uno de ellos intentando desesperadamente obtener placer del otro sin entregarse nunca. Un mero...

¿cómo era aquella frase ramplona? ...un mero intercambio de fluidos corporales. ¿Qué sentido tenía, si al acabar

los dos volverían a estar tan solos como cuando empezaron?

Además, ¿qué demonios le diría cuando volviera a trabajar a la mañana siguiente? «No trabajes mucho, cariño.

Reserva tus fuerzas para esta noche».

Cielo santo, no.

Entonces, ¿por qué rebuscaba entre sus principios y sus inclinaciones menos admirables en busca de

respuestas para una situación que tal vez nunca se produjera? No tenía ninguna prueba de que Sasuke la deseara en

ningún sentido. Solo había bromeado; como cualquier hombre de su edad. «Era una broma, señora, solo una

broma. ¿No lo entiende?».

Sí, lo entendía, claro que sí. Una broma a su costa.

Se apartó de la pared y se acercó a la cama. Se tumbó de espaldas en su postura habitual, se arropó con la sábana

y cerró los ojos con fuerza contra la quemazón de las lágrimas. Y cuando la noche acabó, el único vestigio de

Sasuke era una rosa de su propio jardín.

La noche siguiente, no lo esperaba hasta después de las diez. Hinata había descubierto al fin que esperaba a

que oscureciera para que su entrada pasara inadvertida. Esa noche era la noche de Belanus, y habría aún mucha luz

cuando regresara. Aquel secretismo le parecía un poco de capa y espada, pero no le importaba. Empezaba a

gustarle fingir que Sasuke no era más que su empleado a la luz del día, y luego recibirlo de noche como a un amante

secreto.

Había sacado limonada y unas galletas suaves y cremosas que Kurenai había hecho esa tarde. Se las comieron

sentados en la escalinata de atrás, hablando de forma inconexa. Él quería saber si el ama de llaves había dicho algo

de su vigilia nocturna. Kurenai no había dicho nada, pues él había sido muy discreto: no había deshecho la cama, no

había dejado ni un plato ni una taza en el fregadero. Nada. Aparentemente, nadie había visto su moto, ni había

reparado en sus idas y venidas. Al menos, ningún rumor lo situaba de noche en casa de Hinata. Fuera así o no, esta

tenía la agradable sensación de que estaba burlando a los difamadores.

Pero sabía que no debían tentar a la suerte, y por eso no salían adonde pudieran verlos. Hinata leyó un rato después

de volver a entrar en la casa una fascinante novela medieval que Kurenai le había recomendado. Pero no pasó

mucho tiempo antes de que apagara la luz. Se quedó tumbada un rato, preguntándose si el suelo del porche no sería

demasiado duro para Sasuke a pesar del saco de dormir, si necesitaría una almohada, o si tendría calor y le iría bien

un ventilador. Podía levantarse y preguntárselo, como probablemente haría una buena anfitriona.

Excusas. Se ordenó a sí misma parar y dormirse, se acomodó y realizó ejercicios de respiración hasta que se quedó dormida.

Se despertó sobresaltada una hora después. Estaba aturdida por el sueño, pero lo bastante alerta como para

saber que algo no iba bien. Un ruido resonaba al borde de su conciencia. No conseguía retenerlo, pero sabía que lo había oído.

Se apoyó sobre un codo, retiró la sábana que la cubría y se deslizó fuera de la cama. Su bata yacía a los pies de

la cama: la agarró y se la puso. Descalza, con paso seguro, cruzó la habitación en penumbra, se quedó escuchando

un momento en la puerta, y luego la abrió y salió al vestíbulo.

En ese instante, el pomo de la puerta principal giró con un chasquido suave, furtivo. Hinata se puso rígida, se

quedó completamente paralizada al reconocer el mismo sonido que la había despertado. Se dio la vuelta y cruzó

rápidamente el vestíbulo en sentido contrario. Puso ambas manos sobre la puerta trasera y la abrió con cuidado,

intentando impedir que las viejas bisagras chirriaran. Cuando salió al porche, vio el saco de dormir de Sasuke. Estaba

vacío.

¿Dónde estaba? ¿Sería él quien intentaba abrir la puerta principal? Era improbable. Sasuke estaba a su lado

cuando había echado la llave, para asegurarse de que el cierre era seguro.

Habría oído al merodeador y habría ido a investigar? ¿Estaría en el jardín delantero, vigilando a quien

intentaba entrar? ¿,O habría quedado tendido allí fuera, herido después de luchar con el intruso?

Hinata se rodeó el cuerpo con los brazos, intentando controlar los temblores que la sacudían. Pensar. Tenía que

pensar. ¿Qué podía hacer?

Volver a entrar en la casa era una insensatez. Quienquiera que estuviera en la puerta podía estar ya en su

interior. Pero tampoco podía quedarse donde estaba... No, porque Sasuke podía necesitar ayuda. Pero si salía corriendo

en la oscuridad, podía entorpecer lo que estuviera haciendo para protegerla.

La noche más allá de los cristales del porche no era muy oscura. La luz densa y plateada de la luna llena lo

iluminaba todo con su fulgor. Brillaba sobre la hierba, se reflejaba, titilando, en los cristales de agua agrupados

junto a un rincón del césped, y convertía las hojas de los árboles y los arbustos en formas recortadas en cristal

oscuro. Bajo su resplandor, había pocos sitios donde esconderse.

¿Dónde estaba Sasuke?

Hinata no podía quedarse allí, esperando a que volviera, esperando a que el merodeador la encontrara. Tenía

que hacer algo, aunque se equivocara.

Se dio la vuelta, salió del porche y cerró la puerta de cristales con exquisito cuidado. Bajó sigilosamente la

escalinata y se escabulló por el sendero hacia la esquina de la casa. Se detuvo junto al antiguo aljibe y miró

rápidamente a su alrededor. Nada se movía, salvo las formas grisáceas de los árboles que agitaba de cuando en

cuando la brisa. Hinata no podía oír otro sonido que el ruido del agua y el canto amortiguado de los grillos y las

ranas del bosque.

La belleza sobrenatural de la luz de luna y de la vida vehemente que fluía a través de ella la cautivó. Pero no

tenía tiempo para detenerse, pues cada mancha de sombra podía esconder un peligro desconocido, y cada paso

podía llevarla frente a quienquiera que hubiera matado a Akamaru. El corazón le martilleaba en el pecho. Le sudaban

las manos, a pesar de los escalofríos que la recorrían. Le costó un enorme esfuerzo moverse. Se deslizó

suavemente junto a la pared en sombras. Dio dos pasos. Se detuvo a escuchar. Dos pasos más.

Cuando llegó a la esquina redondeada de la casa, se puso de puntillas para mirar al otro lado. Nada se movía

bajo el cielo. Dejó escapar un gemido de angustia. Si no había nadie, ¿adónde habrían ido? Se dio la vuelta bruscamente,

aterrorizada de pronto al pensar que pudieran estar tras ella.

Nada. Suspiró trémulamente.

¿Dónde diablos estaba Sasuke y qué hacía? ¿Y qué hacía ella escondida allí, jugando al gato y al ratón con algún

fisgón? Si hubiera sido más lista, habría buscado su pistola y la habría llevado consigo. Pero no se le había

ocurrido. Cerró los puños, intentando mantener a raya el miedo. Al mismo tiempo, sintió una rabia amarga por no

poder estar ya segura y oculta en su propia casa.

Oculta. Aquella palabra afloró con facilidad. ¿Tenía razón Sasuke , entonces? ¿Se estaría escondiendo realmente,

asustada de la vida y del vivir? Era posible, y sin embargo no era capaz de señalar con precisión el momento en

que había decidido no volver a salir de Ivywild. Su repugnancia a salir en el coche y enfrentarse a la gente se había

convertido en una total reclusión tan gradualmente que no se había dado cuenta.

Ahora había sido arrancada de su casa, forzada a salir a la noche iluminada por la luna. Pero no tenía sitio

adónde ir. Lo único que podía hacer era encontrar a Sasuke.

Sintió la llegada de las lágrimas, pero las reprimió. No se compadecería de sí misma. Ni se dejaría acorralar y

amenazar sin resistencia. Reclamaría su paz, haría lo que quisiera con su casa y su tierra, con su tiempo, su dinero

y su vida, y nadie la detendría. Nadie.

Lo cual estaba muy bien, pero seguía temblando de miedo. Se obligó a moverse otra vez por el sendero.

El agua de la fuente brincaba y caía entre las rosas nuevas, de hojas brillantes. El perfume de las clavellinas,

mezclado con la fragancia de las rosas, se elevaba como un vapor por el aire cálido. Hinata giró junto a la escalinata

frontal, rodeó el estanque de ladrillo de la fuente y se dirigió a la puerta de la valla. Se quedó parada, con las

manos apoyadas sobre un poste. Sobre ella, las rosas Zéphrine Drouhin movían sus pálidas cabezas, cuyo color

rosa oscuro la luna volvía gris violáceo.

Entonces, lo oyó: un roce de pisadas tras ella, un susurro en el sendero, al otro lado de la esquina que ella

acababa de doblar. ¿La había visto quien estuviera allí? ¿Sabían dónde estaba?

Hinata no esperó a averiguarlo. Abrió la puerta y la atravesó. Después agachó la cabeza y echó a correr.

Corrió a lo largo de la verja y por el camino que llevaba al garaje; luego giró y lo rodeó. El jardín trasero se extendía

ante ella, un espacio resplandeciente, sombreado por los árboles y arbustos que bordeaban la tapia trasera

de la casa. Hinata tenía que cruzarlo para alcanzar la escalinata trasera. Una vez dentro de la casa, buscaría la pistola.

Si podía asustar al intruso, tal vez luego podría encontrar a Sasuke. Con la mirada fija en los dibujos geométricos

que formaban los escalones iluminados por la luna y su sombra negra, hizo un último esfuerzo.

Algo grande y oscuro saltó de repente ante ella. Hinata gritó, intentó girarse, pero chocó contra un muro cálido

y duro como una roca. Brazos como cables de acero la rodearon, obligándola a detenerse. Cuando tomó aire para

gritar, una mano firme le tapó la boca. Un aliento cálido le acarició la mejilla y agitó su pelo; Sasuke musitó junto a

su oído:

—Por fin te encuentro.

se apretó contra él. Le castañeteaban los dientes. Intentaba recuperar el aliento. Temblaban de forma tan incontrolada que la voz le salió en jadeos entrecortados:

—Pensaba que... que eras...

—Cielo santo, ¿por qué? —le quitó la mano de la boca y la abrazó.

—Oí el pomo de la puerta... girar, y tú te habías... ido.

—Solo quería asegurarme de que estaba bien cerrado. No quería asustarte.

Sasuke le había dicho antes algo sobre hacer una ronda alrededor de la casa. Como un policía de guardia, quería

asegurarse de que todo estaba cerrado. Ella se había asustado sin motivo. Saberlo era un alivio, pero no hacía

desaparecer el doloroso residuo de terror que le quedaba. Sacudió la cabeza en silencio y se apoyó contra su cuerpo;

necesitaba sentir su sólida presencia para recuperar el equilibrio. Su mejilla rozó la piel suavemente cálida de

Sasuke allí donde su corazón latía con una cadencia regular, incesante. No llevaba camisa. Aquel descubrimiento

sorprendente penetró en la mente de Hinata y la tranquilizó como nada podía haberlo hecho.

—Lo siento —musitó él, acariciándole el pelo una y otra vez, acunándola tan suavemente como si fuera una niña—. Lo siento.

—Tenía tanto... miedo —dijo ella contra la firmeza de su hombro musculoso—. Miedo de que tu hubiera pasado algo.

—No me ha pasado nada, ni me pasará —le aseguró él. Ella le pasó un brazo alrededor de la cintura para abrazarlo

más fuerte, y él le puso el pelo detrás de la oreja y le acarició la mejilla—. Eh, mírame. He dicho que estoy bien.

Ella se echó hacia atrás un poco para mirar su cara. En los rasgos en sombras de Sasuke había preocupación y remordimiento.

Y también un reflejo de algo que le hizo emitir un sonido suave, jadeante.

Sasuke la deseaba. El deseo irradiaba de sus ojos, de su voz, de sus caricias. Estaba bajo control por el momento,

pero aún así era perfectamente visible.

Ella también lo deseaba. Lo había deseado desde la primera noche en que él emergió de entre la maleza del

jardín como un antiguo guerrero abriéndose paso a través de un bosque encantado. Lo deseaba allí, en ese preciso

momento, con una vehemencia repentina y temeraria a la que no le importaba quién o qué fuera él, ni lo que sucedería

después.

La luz de la luna se derramaba cálidamente a su alrededor, benigna y acogedora. La noche murmuraba de

deseo y lujuria. Se agitaba a su alrededor como una sustancia corpórea, incitándolos a una pasión que era dulce,

natural y desprovista de culpa.

—¿Hinata? —dijo él, y su nombre salió de sus labios más parecido a una súplica que a una pregunta.

Ella alzó la mano y trazó con los dedos la línea de su boca, como había deseado hacer tantas veces. Acarició el

hoyuelo de su mejilla como si estuviera moldeado en cálida arcilla. Pasó los dedos suavemente por su garganta y

a lo largo de su clavícula, hasta el dragón que se enroscaba sobre su hombro. Dejó escapar un suspiro de placer y

plenitud, como si sintiera dentro de ella su piel levemente broncínea y atesorara aquel recuerdo.

—Sí —contestó; su voz era al mismo tiempo un ruego y una respuesta.

Por un fugaz instante, lo miro a los ojos y vio que se enturbiaban, convirtiéndose en estanques serenos. Después,

él bajó los párpados. Inclinó la cabeza y se apoderó de su boca.

Él sabía a la frescura de la noche y a deseo, a dulce provocación y a promesa. Era la seguridad que ella necesitaba,

pero también el peligro que temía. La abrazó con reverencia, vacilando, con un atisbo de desesperación.

Luego, con un leve gemido, su abrazo cambió, haciéndose más audaz. Su beso se convirtió en un ansia hambrienta,

exigiéndole que compartiera su ardor, que aceptara su dominio.

Ella lo deseaba, y lo hizo. Se le erizó la piel, la sangre le palpitó en las venas. El sentir su cuerpo contra ella le

produjo una violenta oleada de calor que desvaneció el temor que sentía y dejó en su lugar alegría. Suspirando, se

abrió para él, se movió hacia él, pidiendo más, dándolo todo.

La intensidad de su abandono era conmovedora. Ignoraba cuánto deseaba que la tocara. La desarmó, borrando

de su mente toda precaución. Deseaba sentir su piel desnuda contra el cuerpo de Sasuke, necesitaba sentir sus manos

y su boca sobre su propio cuerpo. Ardía en deseos de tenerlo dentro de ella, de que llenara su vacío con su pálpito

vehemente.

Sasuke se tambaleó al sentir que ella se movía, apretándose más fuerte contra él. El sabor dulce de su repentina

rendición se le subió a la cabeza como un vino denso, potente. Aturdido, tomó lo que le ofrecía y pidió más. Sentía

un deseo feroz, y un miedo atroz a que ella no supiera lo que hacía. Con los labios y la lengua, la incitó a un frenesí

semejante al suyo.

No debía hacerlo, y lo sabía; aún no había perdido del todo el control. Si hubiera sido el hombre que ella se

merecía, se habría retirado, hubiera esperado a que ella estuviera menos vulnerable. Se estaba aprovechando de su

miedo y su soledad, permitiendo que su deseo se impusiera a su deber. Reconociéndolo, se maldijo a sí mismo.

Pero ella era tan hermosa, tan perfecta. Sus curvas parecían hechas para sus manos. Hinata respondía a sus más

ligeros movimientos como si sus mentes estuvieran tan mezcladas como sus cuerpos. Él no podía resistir ni un instante

más, y no lo intentó. Tomaría cuanto ella le permitiera: su suavidad, su gracia y su dulce pasión. Las usaría

para construir una memoria común, de los dos. Y si no podía retenerla a su lado, atesoraría aquel recuerdo hasta

que fuera viejo y arrugado, y necesitara su fuego para darle calor a su último aliento.

Estaba indefenso, abierto a cuanto ella deseara de él. Ella podía usarlo, herirlo, hasta destruirlo. Podía hacerlo

inadvertidamente, con una caricia, una palabra, una mueca. Podía hacerlo aún más fácilmente diciéndole que se

marchara. Probablemente lo haría; sería casi inevitable, con el tiempo.

Pero hasta entonces, Hinata sería suya, lo supiera ella o no, lo aceptara o no. La poseería, la saborearía y la

absorbería, la llevaría hasta el último bastión de su alma. La haría suya hasta tal punto que, cuando él se hubiera

ido, Hinata lo necesitaría como el alimento y el agua, y nunca jamás volvería ningún hombre a satisfacerla.

Había una cosa más que podía hacer por ella.

Se inclinó, la tomó en brazos y echó a andar hacia el jardín italiano. Se agachó bajo el pórtico y penetró en su

corazón umbrío. Allí, junto a la Bocca della Verità, la dejó en el suelo.

—Te quiero —le dijo, sosteniéndole la mirada y poniendo la mano en la Boca de la Verdad—. Eres mi vida.

Nunca volveré a amar a otra mujer como te amo a ti, nunca desearé ni necesitaré a otra persona como te deseo y te

necesito a ti en este momento. Nunca te haré daño, nunca te abandonaré a menos que me pidas que me vaya. Te lo

juro. ¿Me crees?

¿Lo creía? Hinata no lo sabía, ni podía encontrar las palabras para explicarle lo poco que le importaba. No, en

ese momento, no mientras la luna los envolvía con su luz esplendorosa y la brisa de la noche acariciaba su piel caliente.

Pero él exigía una respuesta, y ella no podía soportar dejarle saber que no podía darle ninguna.

Extendió una mano, pasó los dedos sobre los músculos de su pecho, apoyó la palma contra él y lo acarició en

círculos suaves por el simple placer del contacto. Con voz suave dijo:

—Creo que me quieres ahora, en este lugar, en este momento. No pido más.

Él emitió un sonido de alivio, y también de desesperación. La tomó de las manos y la atrajo hacia sí. Luego

tomó su boca otra vez, como si tuviera sed de su aliento dulce, húmedo.

La rodeó con los brazos, sintiendo las puntas duras de sus pechos que presionaban contra él, la superficie plana

de su vientre contra su miembro ardiente, el roce elástico de sus muslos que parecían firmes y suaves incluso a través

de los vaqueros que llevaba él. La quería desnuda y bajo él, agitándose, suplicante. Y la tendría. En ese preciso

momento.

Bajó las manos por la espalda de Hinata y acarició la suave curva de sus caderas a través de la seda de la bata

y el camisón. Luego, lentamente, comenzó a recoger los pliegues de la tela, subiéndola, mientras hundía la lengua

en el néctar de su boca. No podía contenerse, no podía parar. Hinata tenía un sabor tan delicioso que se estremecía

por dentro con la agonía del placer. Con movimientos bruscos aunque pretendía ser tierno, apresurado aunque

deseaba ser pausado, subió la tela y, liberando la boca de Hinata, le quitó ambas prendas.

Luego se detuvo, asombrado por la perfección de alabastro de su cuerpo y por su completa inconsciencia hacia

su propia belleza, por el misterio de sus ojos, sus manos abiertas y los bellos rizos de la abertura entre sus

muslos, solo una pizca más oscuros que su cabello, que se agitaba, temblando, a su alrededor.

Debía de estar loco, enloquecido por la luna y la abstinencia durante el tiempo que llevaba trabajando para

aquella mujer. Era una locura, pero no podía moverse, no podía extender las manos y tocarla. Un respeto reverencial

se lo impedía, porque en el fondo sabía que no tenía derecho a hacerlo.

Hinata, incómoda bajo su mirada devoradora, dio un paso adelante. Bajando los párpados, puso las manos

sobre su cinturón y desabrochó la hebilla y el botón, bajó la cremallera de sus vaqueros. Dejó que sus dedos

vagaran por la superficie dura y plana de su vientre, disfrutando de aquella sensación, antes de deslizarlos bajo el

elástico de los calzoncillos y por sus caderas.

Él era tan fuerte, tan poderoso, que Hinata sintió un estremecimiento que podía haber sido miedo, o tal vez

anhelo. Lo tocó suavemente, acariciándolo, recorriéndolo con los dedos, la palma de la mano, la muñeca. Él lo

aceptó; aceptó, también, sus manos sobre las curvas duras de sus glúteos cuando ella se los apretó, atrayéndolo con

firmeza hacia ella. Dejó escapar un suave gemido y, liberado de su trance, la arrastró consigo y se tumbaron sobre

las baldosas del suelo, todavía calientes por el calor acumulado del día.

Se movían a la par, absorbiendo la esencia del otro con labios y lengua, buscando los puntos más sabrosos y

placenteros. Ella le lamió el lóbulo de la oreja y probó el brillo plateado de su pendiente, sintió su fuego. Él acarició

sus pechos y los mojó con la lengua, haciendo que sus pezones se endurecieran y sonrojaran, brillando a la luz

de la luna. Ella pasó la lengua por su piel firme y morena, saboreando su salobridad. Él le lamió desde el cuello

hasta las rodillas y otra vez hacia arriba, deteniéndose de vez en cuando para explorar más profundamente alguna

zona. Sus gemidos y gritos suaves, sus jadeos y palabras entrecortadas llenaban el aire. Sus sombras se agitaban y

arqueaban, y luego se confundían interminablemente.

Por fin se unieron, maravillados, ardientes, en un súbito estallido de gloria. Por un instante, Hinata miró la cara

de Sasuke, sobrecogida por la expresión salvaje, arrolladora, de sus ojos negros. Él abrió los dedos de una mano para

cubrir uno de sus pechos, y el tamaño y el fuerte contraste de aquella mano sobre la carne pálida de Hinata era

extraño, embriagador. Ella dejó escapar un suspiro cuando Sasuke pellizcó el pezón suavemente, y tembló bajo

aquella exquisita tortura, arqueándose hacia él. Lentamente, él movió una mano hacia el lugar por donde estaban

unidos para estimular el placer de Hinata mientras la observaba con una expresión ardiente, sensual. Ella podía

haber sentido miedo o repugnancia por su dominio; pero, en lugar de eso, ardía de deseo. Estiró una mano para

tocar la de Sasuke, para apretarse más contra él. Sus labios formaron una súplica silenciosa.

De pronto, Sasuke perdió su aplomo. Dejó escapar un gemido áspero, y se hundió dentro de ella. Febril y

desesperado, la poseyó con vehemencia, dejando que sintiera su poder. Ella lo tomó y respondió con el suyo,

aferrándose a él, rodeándolo con brazos y piernas.

La noche latía sobre ellos, a través de ellos, resonando en su sangre en medio de aquel ritual atávico, de

aquella magia rítmica que perlaba la piel de ambos de sudor, palpitaba en sus corazones y atravesaba como en un

murmullo sus mentes. Su amor era viejo y nuevo al mismo tiempo, un lazo espiritual y un glorioso arrebato físico.

Más allá de la razón o el entendimiento, se movían y golpeaban y usaban el uno del otro. Ella sentía su dureza

caliente, recubierta de seda, empujando, llenando el vacío de su soledad. Él se hundía en la profundidad líquida y

en su embrazadura satinada y comprendía que aquel era el único hogar que conocería, el único que necesitaría.

Con el cuerpo tenso y la mente enturbiada, intentaban convertirse en uno solo; dos partes de un todo. Y se

acercaban cada vez más, cada vez más.

Él la tomó de las manos y se las apretó con fuerza, entrelazando los dedos al tiempo que le levantaba los brazos

por encima de la cabeza. Le dejó sentir su peso, y raspó su vientre y sus pechos con la suave fricción de su vello

corporal. Luego tomó su boca y la llenó como llenaba su cuerpo, ansioso por alcanzar el contacto pleno al sentir

los primeros estertores de su orgasmo.

Ella se arqueó hacia él con un suave grito al sentir la agitación interna de su alma, y se contrajo a su alrededor

con deseo convulsivo. Él respondió con un último embate violento.

El mundo se enturbió, retrayéndose a su antiguo esplendor, mientras la luna descendía sobre ellos, iluminando

sus cuerpos sudorosos, ofreciéndole la liberación de la locura, el beneficio de la paz. A su alrededor, la noche de

verano cantaba, preñada de vida, desafiando a la muerte; y ellos formaban parte de todo aquello.