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-¿Lo tienes? –dijo Ranma nada más entrar por la puerta y ver a Ukyo tras la barra.

-Vaya, ¡hola a ti también! ¿Hemos olvidado los modales? –Le miró con una ceja alzada aunque claramente divertida su amiga, mientras él se acercaba para sentarse frente a ella.

-Perdona, tienes razón...estoy de los nervios. –Se pasó una mano por el pelo, alborotándolo aún más.

La chica le ofreció un vaso de agua fresca mientras se apoyaba en la barra, notando que un par de clientes la miraban sin disimulo, ella se giró y les guiñó un ojo, haciendo que estos se sonrojaran y volvieran de nuevo la mirada a sus platos. Ranma la miró y entornó los ojos.

-¿Qué? –inquirió ella. –Oye, ¿por qué tan nervioso? Sabes que está loquita por tus huesos, todos lo sabemos...no es como si te fuera a decir que no.

-Yo que sé Ukyo...mírala...es médico nada menos. Yo no tengo mucho que ofrecerle, ni siquiera he empezado en serio con los torneos locales, por no hablar de los nacionales. Yo...no soy gran cosa.

Chasqueando la lengua y tirando un trapo a un lado, la joven habló directamente: -Oye, eres idiota. –Él la miró con fastidio –No me mires así, porque lo eres. Es como si no conocieras a esa chica después de qué, ¿siete años? Espabila, ella no quiere un casoplón, ni joyas, ni lujos...se nota a la legua que con tu atención le basta hasta para respirar. Todos vemos cómo te mira, menos tú, que eres un obtuso.

El chico pensó momentáneamente en sus palabras, pensando en que si eso fuera cierto, por fin tendría lo que llevaba años queriendo: una relación de verdad con la chica de sus sueños.

Aún con expresión dubitativa, planteó: -¿Tú crees?

Ukyo dejó escapar un quejido lastimero por lo negado del chico y le puso sobre la barra, ante él, una cajita azul.

-Más te vale hacer las cosas bien, porque no me hice a un lado para que la cagaras ahora.

Ranma cogió entre sus dedos la pequeña caja y lentamente la abrió. Contenía una finísima cadena de plata con un pequeño dije en forma de estrella. No se atrevió a tocarlo por miedo a estropearlo, así que cerró de nuevo la cajita con sumo cuidado.

-¿Cómo se lo digo? –Quiso angustiado algo de guía.

-Por dios Ranma, échame un cable ¿quieres? –Le dijo la chica incrédula. -Dale uso a esa cabecita que tienes, seguro que se te ocurre algo cuando la tengas delante.

-¿Y si me quedo en blanco como un idiota? ¿Y si no puedo articular palabra cuando llegue el momento y se piensa que precisamente soy eso, idiota y no avanzamos nada? O peor, se pensará que soy un memo al que no le gusta como mujer y me dejará definitivamente y ¡auch! –Se sobresaltó el chico al notar un capón en la coronilla. -¿Qué haces, bruta?

-¡¿Quieres por el amor de dios, parar?! Me estás poniendo nerviosa –la chica miraba al techo desesperada por la actitud de su amigo. –A ver, maldita sea Ranma, no es tan difícil, sino la humanidad se habría extinguido hace mucho, ¿no crees?

El muchacho asintió distraído y se sonrojó ligeramente al pensar en lo que Akane y él podrían hacer para aportar a la causa de que la humanidad continúe. -¡Auch! –Otro capón en la cabeza le sacó de su ensoñación. -¡Quieres parar de hacer eso! –Se sobó la zona golpeada.

-¡Que te centres! –La chica suspiró derrotada y ya sin poder más, decidida le propuso ayudarle: -Vamos, ensayemos. Imagina que soy Akane y piensa más o menos qué me dirás.

-¡No puedo hacer eso! –dijo el chico negando con la cabeza.

-¿Por qué no? Míralo como un ejercicio de calentamiento previo al combate. –El chico la miró dubitativo. –Así tendrás una idea más o menos en tu cabeza de lo que quieres decirle y cómo empezar la conversación.

La chica, viendo que su amigo no iba a tomar la iniciativa, bufó, sacudió la cabeza y sonriendo, se puso ante él. Ranma la miró con reticencia pero pensó que no sería tan mala idea después de todo, así que jugueteando con la cajita en sus manos cerró los ojos.

-Bueno Ranma...me alegra que hayas venido por aquí...-comenzó su amiga mostrándose algo tímida, bastante metida en el papel.

-Eh sí, si...eh...-miró a su amiga quien a pesar de seguir sonriendo, sabía lo que pensaba: si seguí así de elocuente Akane pensaría en serio que soy idiota. El chico carraspeó y se recompuso todo lo que pudo, envarándose en su asiento y sacando pecho. –En fin...me alegro de que podamos estar un rato a solas por fin, ¿sabes? Nunca lo tenemos demasiado fácil.

-Es cierto, yo también me alegro.

-Creo que no he tenido ocasión de decírtelo antes pero...hoy estás muy guapa. –Añadió algo tembloroso.

Ukyo, escondió un poco la cara haciendo ver que estaba sonrojada y con timidez le contestó: -Vaya, muchas gracias.

El chico la miró e imaginó a Akane sonrojándose y mirando a otro lado para disimular, lo que le hizo sonreír y tomar algo más de valor.

-Verás, seguro que ya te lo imaginas, p...pero hay un motivo por el que quería verte a solas esta tarde.

-¿Hay un motivo? –El chico asintió. –Pues, tú dirás. –La chica se acercaba a su lado lentamente y le miraba expectante.

Ranma cogió aire y lo retuvo un par de segundos antes de proseguir.

-Sé que nunca lo hemos tenido fácil, han sido muchos los problemas que hemos tenido y los malentendidos, pero a pesar de todas esas cosas...hay algo que siempre he deseado, casi desde el primer momento en que te vi.

-Oh... ¿a qué te refieres? –preguntó inocente la chica, imitando a Akane.

-Yo, sé que no tengo mucho que ofrecerte, ni soy nadie importante ni sé bien qué será de mí en el futuro, pero sé lo que quiero en él...es a ti...Deseo que seas mi novia, porque ambos así lo queremos, no porque nadie así lo haya esperado nunca...-el chico comenzó a mover nervioso de nuevo la cajita entre sus manos- Deseo abrazarte, consolarte y hacerte reír de diversión siempre que tenga ocasión...y deseo besarte a cada minuto del día...por favor, acepta este regalo y si te sientes igual...dímelo, y paso a paso, juntos, veremos a dónde nos lleva todo.

Se hizo el silencio y extrañado, Ranma miró a su amiga, quien se había quedado sin habla y le miraba con ambas cejas alzadas, incrédula.

-¿Y bien? –Preguntó el chico, totalmente ajeno a la sombra de una persona que se escondía tras la puerta de entrada y que seria, miraba al frente aguantando los resquicios de su corazón roto, tomando así una decisión definitiva.