N/A: Saludos, habitantes del inframundo. Rápidamente os aviso que esto va de Karin Uzumaki (porque planeaba publicarlo en su cumpleaños y ya veis, tarde como siempre), pero igual he metido mi cuchara tanto que no acaba pareciéndose a Karin y puede que terminéis preguntándoos "¿Quién es esta tipa?". Eso es, mayormente, intencional de mi parte, porque si bien amo a Karin, también sé que los involucrados en su desarrollo canónico la trataron pero que mal tirando a terrible y yo siempre ando intentando arreglarla para convertirla en el personaje que merece ser. Ya me dirán si me quedo a medio camino o de plano mejor la dejo como estaba.
También decir que se hace alusión a SasuKarin, pero eso es por pura obligación moral de la escritora hacia los rasgos canónicos esenciales del personaje y, muy a pesar mío, el gustillo que pilló Karin por el Uchiha sí es esencial. Advierto: no esperéis que aborde dicho gustillo con demasiada fidelidad canónica porque si lo hiciera, moriría tras estallar en combustión espontánea.
Un par de oneshots y seis drabbles de naturaleza emo que intentan ahondar en la psique de Karin Uzumaki a lo largo del tiempo. Están inspirados en la canción de cuna "One for sorrow". No gozarán de orden cronológico porque aquí, en esta fosa infernal, no hacemos eso xD
Y nada, que si no os he espantado todavía, espero la lectura resulte agradable.
Exoneración: Ninguno de los personajes que reconozcan, el mundo o demás elementos son de mi propiedad. Kishimoto y una serie de estudios de cuyos nombres no logro acordarme son los dueños y quienes lucran con esto, alabados sean. El summary corre a cuenta de Ikol (curiosamente, también una urraca), personaje de Journey Into Mystery de Marvel.
Música: Broken - Lucas King.
- Magpie -
[Urraca]
i. Una para la tristeza
Sobre el borde de la bañera, los brazos reposan inertes; de la punta de sus dedos escurre agua al exterior. Los ojos escarlatas miran las cosas que no están allí, fijos en el cielo raso con la atención distraída propia de los gatos.
La gotera del grifo golpea rítmicamente la superficie de la tina; en la habitación contigua, el murmullo del radiador es constante y, a la vez, el ruido blanco que le impide cortar, de una vez por todas, los lazos con la realidad. Karin parpadea rápido, haciendo un recuento de lo que todavía es capaz de percibir con alguno o varios de sus sentidos.
—El baño, el departamento, la guarida. Agua, radiador, gotera.
Karin susurra, como si se tratase de una oración. Para ella, los dioses son abstracciones entretenidas pero ineficientes, sin ninguna utilidad práctica. No es a ellos a quienes eleva sus aleatorias y extrañas plegarias. Sabe que, de existir, los oídos divinos nunca han prestado atención o demostrado ningún interés en sus súplicas. Por ende, Karin reza a la única deidad digna del esfuerzo: su cordura.
Procura su sanidad mental con mimo. Es lo único realmente suyo y, dadas las circunstancias de su juventud, un tesoro frágil que corre el riesgo de quebrarse si baja a guardia, si alguien da un golpe con fuerza suficiente mientras ella está distraída.
La línea se desdibuja eventualmente. De modo que, para trazar una vez más los límites entre locura y razón, Karin se aferra a lo mundano y, cosa curiosa, en el proceso se las apaña para hallar la formidable belleza en la cotidianeidad.
Tiempo ha, aprendió que, en su caso particular, los conceptos belleza y paz son altamente intercambiables, palabras cuya semántica encierra más o menos los mismos elementos: se trata de sinónimos.
— Baño, departamento, guarida, agua, radiador, gotera —repite, deslizándose un poco más dentro de la bañera, hasta que el agua le llega al cuello. El movimiento genera ondas y otros sonidos. Cuando todo vuelve a estar en calma, cae en la cuenta de aquello que avasalla el ruido y la realidad misma. Lo que está allí y cobra vida a partir de la ausencia de todo lo demás—. Silencio —agrega a la lista, su voz frágil perturba el mundo entorno a la bañera.
Justo entonces, abre mucho los ojos, sorprendida y aterrada por la repentina revelación del silencio como el enemigo. Los ojos escarlatas que ven las cosas que no están allí lo contemplan de la misma forma que se encara una aberración, un monstruo de pupilas dilatadas a punto de lanzar el primer zarpazo.
Asustada, Karin cierra los ojos, apretando los párpados con fuerza, y se sumerge completamente. La propagación del sonido es distinta dentro del agua. El silencio no es abrumador. ¿Cuánto tiempo -se pregunta-, cuánto tiempo podrá permanecer sumergida antes de que la necesidad de aire le obligue a emerger? ¿Cuánto tiempo podrá luchar contra la sensación? ¿Y si…? Vale, es una idea, nada más, pero ¿y si no saliera de nuevo?
Se agotará el aire en sus pulmones y el pecho arderá. La lucha por oxígeno la conoce demasiado bien de sus años de infancia. Sabe, del mismo modo, que hay cosas mucho peores que ser incapaz de respirar.
Debajo del agua, abre los ojos y deja escapar una parte del aire contenido, produciendo burbujas que, en conjunto con la cálida luz de las velas aromáticas, crean un bonito momento sin contornos que es, además, todo sonido.
Una oleada de calma la deja anestesiada momentáneamente.
Karin solía pensar que moriría joven. En ciertas circunstancias, la muerte se convierte en una suerte de consuelo y ella tuvo, durante largo tiempo, la certeza de que no alcanzaría la adultez.
Quizá ésa es la razón bajo la cual ampara un puñado de sueños que no son grandiosos, sus no muy alocadas ambiciones y las pocas pistas que posee acerca de su futuro. Las cosas simples: caminar a través de paseos flanqueados por enormes árboles, la calidez del sol en el verano, dormir sin temor, una sonrisa, tranquilidad, cordura, orden, el aroma de un perfume justo después de ducharse.
Cuando niña, Karin no se atrevió a anhelar libertad siquiera, pues el concepto era abstracto y complejo en extremo para una mente infantil. La libertad era un peso con el que una niña como ella no hubieran sido capaz de avanzar.
Y a pesar de todo —Karin medita—, en un rincón que la luz alumbra de vez en cuando, delatando la presencia de verdades fugitivas, allí, en un remanso de la memoria y el razonamiento donde reside quien es ella realmente, es también donde ha guardado siempre la esperanza de ver días mejores, la oportunidad de soñar en grande, de ser cosas excepcionales.
En ese sentido, acompañar a Sasuke fue una dicotomía desde el comienzo. Incluso en su peor momento, el joven Uchiha fue la luz que alumbraba aquellos recovecos donde anidaba su deseo de cosas excepcionales. En términos de chakra, fue un resplandor corrupto, viciado, pero el único capaz de iluminar lo que Karin prefería ignorar. Fue simplemente lógica, aunque basada en subjetividades, la elección de seguirlo.
Karin olvidó, en algún punto, ya encandilada por el chakra de él, que la luz que Sasuke proveía era fuego, no tan diferente a las llamas negras que invocaba con la mirada. Olvidó —o quizá omitió— que quemaba, que consumía y sofocaba al acabarse el oxígeno. Y eso fue, decididamente, ilógico, lo viese por donde lo viese.
Tuvo miedo, pero en cuanto a luz, únicamente lo tenía en él, así que, no exenta de cierta vergüenza, se aferró a las razones y motivos que mediante Sasuke podía alcanzar, cuando, de otra manera, deambulaba, existiendo, pero sin vida, sin tranquilidad, sin nada.
Sabía que Sasuke se aprovecharía tarde o temprano, que era una pieza en el tablero, valiosa, pero no indispensable. Por triste que resultase, él era, quizá, lo más cercano que tuvo a un amigo durante mucho tiempo.
Dentro del agua, la sensación desagradable en el pecho le ruega emerger: una opresiva mezcla de llanto y asfixia. El pánico es un chispazo que pronto tornará en un incendio. Karin no lo sabía: se puede llorar dentro del agua.
Fue tan mala amiga para Sasuke, como él para ella: recuerda los ojos oscuros y las pestañas largas aleteando bajo el intenso sol, y piensa hasta lo obsesivo, se abruma con la memoria de toda la tristeza que Sasuke guardaba detrás, que se intuía en su forma de caminar, que enredaba sus sentidos cada vez que lo tenía lo suficientemente cerca como para percibir su chakra.
No sabía cómo arreglarse a sí misma y, naturalmente, no supo arreglarlo a él. Faltó tiempo y, más aún, valor para cruzar al otro lado, para planear y ejecutar la forma de traerlo de vuelta. Karin estaba demasiado ocupada en obtener aquello que necesitaba de él. Y no es que no le importase su bienestar o su felicidad, pero Karin quería que ambas se obtuviesen según sus propios deseos, apenas molestándose en entender y descubrir los demonios del niño Uchiha, apenas deteniéndose a meditar si el bienestar que ella quería para Sasuke, era el que él necesitaba. Actualmente, la vergüenza es más intensa que el dolor. ¿Qué hizo entonces y por qué no dijo lo que debía? Falló hasta el último momento.
«El último momento…».
Soporta pensar en la mayoría de las razones, pero contemplar que fue su cobardía… No lo soporta. Ojalá pudiera borrar de su memoria la imagen borrosa de Sasuke en aquel puente, esa teofanía detrás de lágrimas y postrimera tristeza, donde la fría estrella que había seguido —porque significaba algo grandioso donde pocas cosas apenas tenían una razón de ser, porque incluso en ese caos había cierta matemática—, explotaba en una supernova, espectacular y catastrófica, para terminar convirtiéndose en un agujero negro. Y allí, en el vórtice donde antes había estado él, no hubo más luz, no para ella.
Enlazada como había permanecido hasta entonces al chakra de Sasuke, el intento infructuoso de asesinato dejó una cicatriz que hoy en día todavía lleva, pues se desprendió de él de repente y con violencia, mientras esa energía que lo envolvía y recorría fluctuaba de horrible manera ante sus ojos, capaces de ver las cosas que no parecen estar allí.
[Uno. Un poco de aire escapa por sus fosas nasales.]
Cierra los ojos, concentrándose en su propio flujo de chakra y busca la cicatriz. Demasiado obvia, todavía duele. Parte del veneno que Sasuke supuraba en aquel entonces infectó la energía de Karin. No ha podido extraerlo, decantarlo de sí misma. Al contrario, tiene la impresión de que actualmente es más tóxico que nunca.
[Dos. El pecho arde ante la necesidad de aire.]
Karin suele perseguir la idea de que es feliz y todo es de la forma en que debería ser, que sí halló la forma de arreglar su vida, de darse propósito, de encontrar la lógica en el caos, que tuvo la oportunidad de un futuro contra todo pronóstico.
La huella repugnante, esa cicatriz producto más de su propia estupidez que de la crueldad de Sasuke, aquella que resiste tiempo y cualquier remedio circunstancial, que no puede lavar y, últimamente, ni siquiera ignorar, le anuncia que, sí, quizá tiene belleza, pero que la tranquilidad no es sinónimo de felicidad.
[Tres. Si la respira, el agua ahogará el dolor.]
La verdad araña su mente, mortífera, cruel como el silencio e igual de triste, insoportable, y exige ser afrontada. De golpe, Karin expulsa el aire restante en un grito agónico, de dolor puro, de insatisfacción y arrepentimiento. Agota lo que le queda de aire porque allí abajo el sonido se propaga de forma diferente y su voz rota es más bien como una canción.
