Música: Birden - OST de Zankyou no Terror.


ii. Dos para la alegría

Se han detenido junto al arroyo, está atardeciendo. El pescado humea sobre el fuego, hoy Sasuke se ha encargado de la pesca y Juugo ha cocinado.

Los árboles que flanquean el río son altos, de copas espesas que oscurecen lo que hay debajo. Tienen enormes troncos y gruesas raíces que se hunden, de vez en cuando, en el agua que corre sin prisa sorteando enormes rocas.

Sobre una de estas piedras redondeadas por la corriente, Suigetsu se ha sentado a descansar. Su postura es laxa, acusa el cansancio tras la prolongada travesía. La espalda encorvada, la cabeza echada hacia delante, entre sus hombros; las manos apoyadas sobre la roca. Una de sus manos, la que recientemente se ha lastimado, continúa sangrando. El agua a su alrededor se tiñe de rojo.

Karin camina descalza a través del río, mojándose los pies hasta los tobillos. Se acuclilla frente al compañero herido y, sin cruzar una sola palabra, tira de la mano y la sujeta para comenzar a curarla.

—Ha sido tu culpa —le dice. Ella levanta la cara, empujando las gafas sobre el puente de su nariz—. Si te quedaras donde debes por una maldita vez…

—Supongo que sí —admite Karin sin que un solo músculo de su rostro se mueva para gesticular la respuesta que el chico espera.

—Anda ya, ¿a ti qué te ha picado? —Él la mira con una mueca—. Nunca desaprovechas la oportunidad para intentar partirme la cara. —Suigetsu aparta la mirada hacia un lado, haciendo un puchero, el gesto casi le provoca reír—. No es divertido molestarte si no respondes.

—Te parto la cara cuando sé que te lo mereces —replica Karin. Alza una ceja antes de concentrarse en la mano que sostiene mientras lleva a cabo el ninjutsu médico—. Y también sé reconocer cuando me he equivocado. No voy a pedirte perdón, de eso puedes estar seguro, pero tampoco negaré que he debido quedarme detrás de los arbustos, justo como me dijiste.

Un lapso de silencio. La vida nocturna del bosque consiste en notas únicas, de armonía primigenia, capaz de disuadir la extenuación del viajero.

—¿Te han dicho que eres rara como el infierno, Karin? —Suigetsu le ha devuelto toda su atención e inclina un poco la cabeza sobre el hombro derecho, observándola como un espécimen nuevo de insecto—. Porque lo eres.

Karin resopla y se pone de pie. Ha concluido con la mano del chico. Al respirar profundo, el aroma de la cena le hace recordar que no ha probado bocado desde el día anterior. También huele a musgo, a tierra mojada, a leña verde obligada a arder. Y los sonidos, en nombre del cielo, cada hermoso sonido. Los bichejos en el bosque, el arroyo avanzando lentamente; si se concentra, Karin podría conectarse a través de su chakra con la energía de cada criatura en los alrededores.

Se siente parte de la realidad, parte del orden del mundo, en consonancia con lo que, en muchas otras ocasiones, parece rechazarla. Ahora que es parte del equipo, puede sentirse útil y con un propósito. Este grupo variopinto es lo más parecido a una familia que ha conocido.

Abre los ojos, sonríe de medio lado y alza el brazo para dejar caer un coscorrón sobre la cabeza de Suigetsu con gran fuerza.

—¡Como me vayas diciendo rara una vez más, cara de pescado…! —grita antes de dar media vuelta y encaminarse hasta la hoguera, desde donde Juugo y Sasuke observan con aburrimiento la escena.

Se acomoda frente a ellos, al otro lado del fuego, y vuelve a resoplar.

—Juro que lo intento, pero ese niñato me saca de mis casillas… —refunfuña.

Más tarde, cuando todos se han ido a dormir, Karin vuelve junto al río. A través del dosel arbóreo puede ver algunas estrellas brillando en un cielo, diáfano como el agua que corre entre sus pies descalzos. Apoya las manos sobre la tierra, enterrando los dedos en la hojarasca. De cara al cielo, el viento mece la vegetación y sus rojos cabellos.

Karin le dedica una sonrisa a su presente, más consciente que nunca de su conexión con ese mundo del que ella está aprendiendo a sentirse parte.