Música: Mad Girl - Emilie Autumn
iii. Tres para una niña
Karin aún no ha cumplido los doce años y no está segura de poder cumplir otro más (en el fondo, muy en el fondo, desea no tener que hacerlo). Su habitación es fría, cuatro altas paredes blancas, no hay ventanas a través de las cuáles mirar el cielo una vez más. Una última vez. ¿Hace cuánto que no alza la cara para contemplar las estrellas? Ha sido en otra vida, parece. La risa es un recuerdo pálido, desgastado como la ropa que usa o las expresiones de lástima de las enfermeras cuando entra a los barracones.
Las condiciones higiénicas no son terribles y se come lo necesario, pero nunca en exceso. Morir por una infección, un resfriado agravado o inanición no son opciones que barajee. Las enfermeras y los guardias dicen que la gente tampoco muere de tristeza.
Y, de cualquier manera, Karin lo presiente, que no vivirá otro año, que antes agotará la fuerza y compartirá el destino que tuvo mamá, media vida atrás. La posibilidad ha echado raíces en su mente, los síntomas del cuerpecillo exhausto, al que cada vez le cuesta más salir de la cama, no hace sino afirmar que la conclusión de ese intento de vida está cada vez más cerca. Le pesan los huesos cual si estuvieran hechos de plomo.
Karin ha dejado de preguntarse si es doloroso o si algo le espera al otro lado. ¿Qué es un instante de gran dolor cuando de un mordisco alguien te arranca una porción de vida (y dignidad, acaso se le agota la dignidad más rápido que la vida)? A veces tiene la impresión de que lo que aquellos ninjas sorben de su cuerpo es su espíritu mismo, y otras, que lo mismo daría si empezasen a masticar su carne, que no dolería más de lo que ya le está doliendo.
En la existencia de seres superiores no ha dejado de creer. Ha memorizado cada nombre, de cada dios que conoce. Por las noches, recita sus nombres: no porque espere recibir un favor, sino porque parte de lo que defiende el peso de su vida, parte de su fuerza (no el chakra, lo otro, lo otro) consiste en un sordo resentimiento por aquellos que vieron morir a mamá y nada hicieron. Leyendas ha leído unas tantas, sobre espíritus enfadados, seres vengativos. A Karin le consuela un poco, si acaso, pensar que podría terminar como uno de ellos. Un demonio hecho de puro rencor que evite que otras madres y otros hijos sean torturados (mamá estaba tendida, fría su mano, quieta, terriblemente quieta, lo que más recuerda Karin de su madre era lo quieta que estaba debajo de una sábana blanca).
Cuanto más se hunde en esa laguna oscura de alquitrán que es su odio, más agradece la interrupción que tira de ella y evita que se ahogue, que se convierta en lo horrible, en lo mismo que aborrece, porque un destino peor que ser consumida poco a poco o la quietud de la muerte, es convertirse en lo que causa daño.
—¿Qué haces todavía en la cama? —brama la voz de un guardia. Karin se limita a elevar un poco la cabeza, que de pronto le da mil vueltas—. ¡Levántate, mocosa holgazana!
Hubo otro tiempo, cuando estaba un poco más viva, en que una orden semejante hubiera bastado para hacerla levantarse de un salto, cuadrarse como el mejor soldado y aguardar el siguiente mandato.
Ahora, está más muerta que viva. Baja la cabeza, apoyándola de nuevo contra el colchón. Cierra los ojos. Está demasiado muerta como para gritar mientras una mano áspera le sujeta con fuerza el tobillo y la arrastra con brutalidad fuera de la cama y por todo el pasillo.
