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Akane sorbía su nariz y con el dorso de la mano se limpiaba las lágrimas por...había perdido la cuenta de cuántas veces había llorado en esa última semana.

En silencio se dedicaba a guardar las últimas prendas que quedaban, delicadamente dobladas, en su maleta de viaje. Miró el reloj y con cierto alivio comprobó que sólo quedaba una hora para tener que irse al aeropuerto. Esa semana había sido dura no, insufrible. La noticia de la ruptura había caído como un balde de agua fría sobre la familia, es lo último que esperaban. No les culpaba, ella también.

Su padre se había mostrado francamente preocupado por el futuro del Dojo, ahora que ella había expresado su deseo de marcharse y no continuar con el arte, al menos no como centro de su vida. El chico no había aparecido en ningún momento desde el día anterior, cuando se vieron por última vez fuera de la discoteca.

Tras una conversación eterna que parecía no tener fin, Akane propuso que si a todos les parecía bien, Ranma continuara el tiempo que quisiera en esa casa, dando clases e impartiendo la técnica a todo el que así lo deseara para que no se perdiera. Su padre y él serían socios, por así decirlo.

''Pero hija, -le habló Soun una vez que estuvieron a solas. –No lo entiendo, de verdad...que yo pensaba que amabas a ese chico. ¿De verdad es esto lo que quieres?''

Akane recordaba la mirada preocupada de su padre y cómo había dado en el clavo.

''Es lo que necesito, papá. Ha sido mucho tiempo y de corazón, creo que es lo mejor.''

''¿Ranma está de acuerdo con esto? –Le preguntó su padre contrariado''

''Akane le miró por un segundo y suspiró derrotada. –Lo acepta, y es lo que importa.''

''Soun cabizbajo, abrazó a su hija rodeando sus hombros con un brazo y la atrajo hacia sí. –Te voy a echar tanto de menos, Akane...ojalá todo fuera diferente.''

La joven cerró los ojos con fuerza, desechando las últimas lágrimas que le quedaban por salir y con decisión cerró la maleta y la arrastró para bajarla de la cama, cuando un sonido sordo le llamó la atención.

Miró al suelo y ahí estaba, enmarcada, la foto que Nabiki les había hecho a Ranma y a ella el día de su graduación. Se la entregó ayer por la noche mientras las tres hermanas pasaban una última noche juntas, hablando y riendo antes de que la pequeña se fuera realmente lejos.

Se agachó para coger la foto y pasó los dedos sobre el cristal. Ella sonreía tímidamente a la cámara, y Ranma hacía lo mismo mientras que con un brazo la sostenía de la cintura y con su mano libre, se rascaba la nuca.

Era una foto bonita, natural. Eran ellos antes de que Akane fuera pisoteada por el monstruo del rechazo. Con cuidado dejó la foto sobre la mesilla, buscó un post-it y escribiendo sobre él, lo pegó en una esquina del marco.

No le había visto en 6 días. No había vuelto por la casa en todo ese tiempo.

-¡Akane, el taxi acaba de llegar! ¡Vamos hermanita, es la hora!

Suspiró y comprobó que había estado un buen rato sumida en sus pensamientos. Con lentitud cogió la enorme maleta y bajó las escaleras, donde sus hermanas, su padre y Genma la despidieron con pesar y tristeza. La pequeña se marchaba a hacer su vida a otro país, sin saber cuánto tiempo tardarían en volver a verla.

-Mi pequeña...-La abrazó su padre. Ella se aferró a él con fuerza, intentando con toda su alma no volver a llorar. –Llámanos en cuanto llegues, por favor. –Ella asintió contra el pecho de su padre. –Y no olvides que aquí tienes tu casa.

Detrás, oyó como su hermana Kasumi sollozaba levemente y cómo Nabiki la consolaba.

-Akane. –La llamó Genma, lo que la hizo separarse levemente de su padre y mirar al hombre que hasta hace poco era su futuro suegro. -Lo siento mucho. Te deseo lo mejor y...siento que no esté aquí.

Sabía que se refería a su hijo. La chica asintió agradecida, no pudo responder a esas palabras. Dando una última y rápida ronda de abrazos se encaminó al taxi y cuando éste se puso en marcha, se despidió de su hogar y su familia una última vez entre promesas de que llamaría, comería y que no trabajaría demasiado.

La chica, acomodándose en el asiento trasero del taxi no pudo evitar suspirar, gesto que no pasó desapercibido para el conductor.

-Es difícil decir adiós.

Akane le miró y sonrió con tristeza. –Mucho. –Le respondió en un susurro apenas audible.

Todo el tiempo hasta que se subió al avión, no podía parar de darle vueltas a todo lo que había pasado en los últimos siete años de su vida. La llegada de Ranma, otras prometidas, sus incansables pretendientes que la retaban a la mínima para salir con ella, las veces que Ranma la había salvado o defendido...cuando casi se casan...

Se había prometido que una vez que subiera a ese avión, no iba a volver la vista atrás. No iba a lamentar su decisión ni iba a pasar un solo día deseando que las cosas hubieran sido diferentes, ni auto compadeciéndose.

Ese avión la llevaba a su nueva vida, la llevaba a su destino y pese a la enorme tristeza que sentía, no podía estar más impaciente por empezar de cero.

Ranma por su parte, a diferencia de lo que pensaba la joven de cabello azul, no había dejado de observarla en todo momento desde que salió por la puerta de su casa en dirección a ese condenado taxi.

Escondido tras la esquina de una casa vecina, la miraba. Dios, hasta con esa mirada triste e hinchada por llorar, era como una visión. Con ese ligerísimo vestido blanco y su pelo lacio, parecía un ángel. Y cómo odiaba verla como un ángel cuando lo que era no era más que un demonio.

Observó al taxi partir. Cuando se perdió en la lejanía, avanzó hasta entrar en la casa y fue directo al Dojo, colocó el saco de boxeo y sin miramientos, comenzó a atizarlo. Toda la rabia, el sentimiento profundo de tristeza, necesitaba opacarlo por el desprecio que ella le había mostrado, cuando él sólo quería abrirle su alma y ser uno solo con ella por el resto de sus vidas.

Golpe tras golpe, ni siquiera paró cuando sus nudillos empezaron a sangrar. Golpe tras golpe, se recordaría que nunca más se iba a sentir así.

Akane Tendo había marcado un antes y un después en su vida, y desde ese momento el que marcaría las reglas en su vida, en su carrera y en sus relaciones, sería él.