Buenas! Siento el retraso pero estaba de vacaciones.
Además estaba un poco liada con el proceso de publicación de Caretas de papel que saldrá la semana que viene en Amazon (qué nervios!)
Mil gracias por seguir la historia, hacerla favorita o leerla.
Gracias por dejar vuestros comentarios: EmyMck, Eleeonis , lucyft013, begobeni12 , dibarbaran , NatachaParedes , looveparrilla , lcp15, KaruBlackbird , Guest , LiteratureloverE3 , Lrg chapter , BeaS , Anita, EmmaS92 , MClementineD , LyzzEQ , mills1 , dcromeror , LectoraMills, SnixRegal , kykyo-chan , Guest , LoreLane , PrincesseMal, Lxnasad, Tanin1323, Ikaauro.
Espero que os guste…
CAPÍTULO 19: SOLA CON MI SOLEDAD
Aunque mi alma se envuelva en tinieblas, resucitará de la luz perfecta; he amado a las estrellas con demasiado cariño para tener miedo de la noche-
(Sarah Williams)
"Hoy no podré ir a la Somnia Vera, me ha surgido una reunión y debo acudir". Regina releyó aquel mensaje una y otra vez. No sabía si añadir o quitar alguna cosa. Volvió a tomar otro sorbo de su mejor Coñac. No eran ni las nueve de la mañana, pero aquel picazón por su garganta le encantaba. Suspiró unas cuantas veces viendo la pantalla de su móvil, y pulsó para enviar aquel mensaje. Ya estaba hecho.
Al segundo, un golpe suave en la puerta de su despacho hizo que levantase la cabeza. Era su asistente Sydney con varias carpetas en la mano.
- ¿Deseosa de tomar un descanso Señorita Mills?
- ¿Cómo?
- Me refiero a que no ha ido a la asociación hoy – Aclaró el hombre – Debe de ser una pesadilla trabajar estando rodeada de niños.
No, no lo era. Para ella los niños no era su problema. Para ella el problema era Emma Swan, y por eso necesitaba aquel día sin estar al lado de la rubia, necesitaba aquel día de soledad.
- Esta empresa no se levanta sola – La voz de la empresaria era fuerte, incluso se perfilaba en su tono un poco de enfado – Hoy no quiero que me pase ninguna llamada, lo ha entendido, ninguna.
- Sí Señorita Mills – Para Sydney aquel día iba a ser un auténtico calvario. Aquellas semanas sin la presencia de su jefa había supuesto una calma para toda la oficina. Ciertamente ella llamaba de vez en cuando, pero nada que ver con tenerla de vuelta. Ella desprendía temor a cada paso que daba allí - ¿Desea que le traiga algo?
Regina miró su botella casi vacía de Louis XIII de Remy Martin.
- Quiero ver todos los informes de estas dos semanas de nuevo.
- Me he adelantado a su petición, y ya los traigo aquí- Si algo bueno tenía aquel hombre es que ya llevaba muchos años a las órdenes de aquella mujer, y podía adelantarse a ciertos requisitos. Con cuidado depositó los informes en la gran mesa y volvió a su posición inicial dando un paso hacia atrás. - ¿Algo más?
- Haz que me traigan otra botella de Louis XIII, hoy el día será muy largo y me quedaré aquí hasta bien tarde, no quiero que me falte nada.
- De acuerdo – Sydney sonrió por cumplir. Había notado que hoy era uno de esos días que era mejor ser invisible para su jefa. Aunque con suerte, y como ella misma había comentado, se metería en su despacho y no saldría en horas.
- Puede irse.
Y así fue, su asistente se marchó, y la empresaria se quedó mirando las carpetas que había traído. Por inercia, abrió el primer cajón y no pudo evitar sentir un nudo en el estómago cuando vio la carpeta amarilla. En ella estaba toda la información de la Señorita Swan. Estuvo a punto de abrirla y volverla a leer, pero enseguida volvió a cerrar el cajón. Hoy no quería pensar en ella, hoy necesitaba una distracción, así que se puso hacer lo mejor que sabía, se puso a trabajar.
Sin embargo, horas después, Regina no pudo evitar recapitular todo lo que había pasado el viernes. Lo había hecho todo el fin de semana y ahora no era muy diferente. Recordó la cena, el Pub, y esa sorprendente despidida, Emma le había besado, y ella había respondido. Aquellos minutos pasaban una y otra vez por su mente. ¿Qué era lo que había pasado? Ella presumía de tenerlo todo bajo un estricto control, pero, obviamente, en esta ocasión había errado. Miró la nueva botella de coñac que le habían traído, llevaba un ritmo más rápido que el habitual y ya se había tomado un tercio de ella. Se levantó para servirse otra y caminó por su despacho sin rumbo.
¿Qué había pasado? ¿Qué pretendía Emma besándola? ¿Qué pretendía ella besando a la rubia? ¿Le gustaba? ¿Estaba confundida? Más vueltas y más vueltas, sus pasos iban casi al compás de sus pensamientos. ¿Desde cuándo ella no tenía el control de todo? ¡Dios mío, sí su vida era una auténtica partida de ajedrez!
FLASH –BLACK: 2 AÑOS ANTES
- A veces creo que soy tu juguete Regina – Kath resopló por enésima vez – No puedes controlarlo todo, no puedes controlarme a mí… ¡No puedes!
- ¿Has terminado ya? – La empresaria se sirvió otra copa de coñac. Odiaba este tipo de conversaciones, este tipo de enfrentamientos. Para ella era una pérdida de tiempo. Y últimamente aquello se había convertido en una rutina.
- Odio cuando te pones así – Kath levantó las manos en señal de rendición. Sabía perfectamente cómo era la morena, y sabía perfectamente que era inútil intentar dialogar con ella, o no por lo menos estando así – Algún día algo no saldrá cómo tú pretendes, ¿sabes?... Algún día tu estúpido control no servirá para nada, y te encontrarás perdida Regina... ¿Y sabes qué es lo peor? Que tengo la sensación que yo no estaré para verlo.
La empresaria se tomó unos segundos antes de lanzar la réplica. Tomó otro sorbo de su coñac y lo saboreó en su paladar. Luego miró a su mujer a los ojos. ¿Cuándo se habían distanciado tanto? ¿Cuándo había olvidado lo que sentía por ella? A veces incluso había llegado a la conclusión de que tan solo eran dos extrañas bajo el mismo techo. ¿Era esto amor? Jamás había tratado mal a Kath, iban a comer, de compras, pasaban mucho tiempo juntas, al principio charlaban más, se reían, compartían cosas, celebraban otras tantas. Ella no era su juguete, pero eso no quitaba el hecho de que tenía bien claro que era otra figura de su tablero de ajedrez.
ACTUALIDAD
Más horas se acumulaban en el reloj, tantas cómo copas en su cuerpo. Jamás había deseado tanto que el día pasase. No obstante, mañana tendría otro problema. ¿Qué haría con Emma? ¿Debía simplemente hacer cómo que nada había pasado? ¿Se aprovecharía de la situación y acabaría con ella? Sopesó todo.
Por un lado, sería fácil llegar a la educadora y decirle que había sido una equivocación. Aunque la curiosidad de saber por qué Emma lo había hecho se superponía a toda acción que llevase esta dirección.
También, por otro lado, podría conquistarla. Jugar con ella y de paso acabar con ella. Pero, ¿a quién quería engañar? Con el paso de los días se había dado cuenta de lo inútil que era hacerla daño. Tan solo era persona normal, con un trabajo que amaba, y con un niño a su cuidado. Ella no había tenido la culpa de que le hubiesen trasplantado el corazón de su mujer. Y si algo había aprendido de todos estos años era que no todo el mundo resultaba su enemigo, aunque sus muros la protegiesen en este sentido.
Y aquí eran dónde acababan las opciones. No alcanzaba a pensar más allá. No alcanzaba a planear nada mejor. Su pensamiento estaba centrado en lo que había pasado y en el por qué.
De nuevo, volvió a repasar todo. Cada palabra, cada gesto, cada recuerdo, cada pensamiento. Y de nuevo volvía a ese beso. A esa sensación que le transmitió el calor de los labios de la rubia. Fueron unos minutos en el que dejó de pensar, en el que solo estaba disfrutando de aquello. Que, a pesar de no saber lo que hacía, sabía que por un instante era lo que ella quería. Correcto o no, se deleitó. El problema, el gran problema, es que ella no había planeado aquello. Ni siquiera se había imaginado que pudiera pasar. Era la primera vez que salía a cenar con una mujer sin ninguna otra pretensión. Para ella, Emma era solo su trabajadora. Estaba muy cómoda con ella, pero no la había mirado con esos ojos, o no que ella fuese consciente. Además, por lo que tenía entendido la educadora era heterosexual. Indudablemente, no le importaba que alguien saliese del armario por ella, era un orgullo, y lo había hecho en más de una ocasión como juego, con gente que ni conocía o empresarias con las que había tenía alguna que otra reunión, le parecía divertido ¿Quién no ha querido alguna vez hacérselo con una hetero? Pero este no era el caso, no había sido su objetivo. Y tampoco había notado ese comportamiento en Emma. No había notado un coqueteo previo, ni un interés por su parte. Hasta donde sabía no existía nada. ¿Había bebido demasiado Emma? ¿Estaba experimentando? ¿Había luna llena? Pero que estupidez de pregunta, ¿qué más daba la luna? Ni siquiera se había fijado sí había luna, ni siquiera se había fijado sí había gente paseando por la calle. Ella solo se había dado cuenta que aquel beso con sabor a desconcierto le había gustado. Pero aquello no podía ser. Así que intentó borrar aquellos recuerdos a base de alcohol.
Las horas fueron cayendo y con ellas el sol se fue ocultando. Regina podía escuchar claramente como la gente se iba marchando poco a poco del edificio. Para asegurarse se asomó a su gran ventanal. Efectivamente, las personas, pequeñas hormiguitas desde las alturas, iban abandonando el edificio. Seguramente los pocos que quedaban no tardarían mucho en marcharse. Ella debía hacer lo mismo, pero le gustaba aquella soledad de su despacho. Le gustaba el silencio que llenaba aquella gran estancia. En su casa también estaría a solas, pero no era lo mismo. Su casa la agobiaba, era como si se le echase encima y le dejase sin aire al entrar. Su despacho era su pequeño refugio. Siempre lo había sido. Entre aquellas cuatro paredes había tomado las decisiones más importantes de su vida, había sonreído, había discutido. Los mejores secretos aguardaban entre las esquinas. Miró a su alrededor contemplando su propio destierro de alguna otra presencia que no era ella. Sí, su despacho era su refugio.
Cambiando de tercio, caminó de nuevo a su mesa y observó su móvil. No había recibido respuesta de la educadora. Y aquello le cabreaba un poco. Pero lo que más le cabreaba era que daba igual lo que hiciese, daba igual si estaba distraída haciendo cosas de su trabajo o pensando en negocios o pensando en su despacho. La rubia iba y venía como pura obsesión. Maldijo. Solo había sido un simple beso, sí, un beso que no se lo había visto venir, pero al fin y al cabo era un beso. Además ya había pasado tres días desde que sucedió, aquello era ridículo, muy ridículo. Lo mejor era hablar con la Señorita Swan y decirle que aquel beso había estado fuera de lugar. Que ella era su jefa y no podía permitir cosas así. Sí, lo mejor sería eso. La próxima vez que viese a la educadora se lo diría. De hecho, mañana sin falta, sin miramientos. Directo y algo frío, porque así era ella, y no podía perder el control por una estupidez así.
Ahora más calmada, Regina volvió a sentarse. Aunque había ingerido una cantidad elevada de alcohol aún alcanzó para trabajar un par de horas más. Sin embargo, un golpe en su puerta interrumpió su concentración.
¿Y ahora quién era? Seguramente su asistente, aún no se había despedido. O también podía ser algún trabajador. Miró el reloj, eran las nueve de la noche, y aquello le parecía una insolencia por parte de quien fuera. Y la insolencia era algo con lo que ella no estaba acostumbrada a tragar. Odiaba cuando alguien se quedaba hasta tarde en la oficina trabajando y llamaban a su puerta para hacerse notar. Lo odiaba. Como pudo se levantó de su silla y caminó con ciertos problemas de coordinación. Cuando llegó a la puerta se paró y estiró un poco su ropa. Ya estaba acostumbrada a aparentar, así que puso su mejor gesto de indiferencia. Abrió la puerta y no pudo evitar que dicho gesto se desplomase al segundo. De todas las personas que podían estar allí de pie, aquella era la única a la que no esperaba.
- ¿Emma?
Continuará…
Qué os ha parecido? ¿Os gusta cómo se va desarrollando la historia? Las que me conocéis, ya sabéis que me gusta dar un paso hacia delante y dos hacia atrás, no me matéis.
Espero actualizar pronto;)
