Buenas! Aquí os traigo una nueva actualización.
Muchas gracias por vuestra opinión y por vuestras ideas: Ikaauro , Lrg , LoreLane , Guest, ruth maria , LyzzEQ , SnixRegal , dibarbaran , Antrilewis Leylayx , PrincesseMal , Rakeli , BeaS , kykyo-chan , LectoraMills , EmmaS92 , lcp15 , Guest , LiteratureloverE3, begobeni12 , 15marday.
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Espero que os guste!
CAPITULO 26: LA PARTE OSCURA DE LA FELICIDAD
A veces nos derrumbamos hasta tal punto que incluso la idea de la felicidad nos asusta. Los ojos del corazón se acostumbran a la oscuridad e incluso la luz más suave se vuelve cegadora. (Mathias Malzieu)
FLASH BLACK – 3 AÑOS ANTES
Las cosas no iban bien, ella lo sabía de sobra, no obstante, siempre tenía la esperanza de que aquello cambiase.
- No es que me vaya a la guerra.
- Pero te vas – Dijo Emma. No se volvió, seguía mirando los atrayentes colores del atardecer, eran demasiados hipnotizadores para no sucumbir. Además, si se daba la vuelta, si veía como Killian hacía la maleta, solo encontraría dolor.
- Debo hacerlo, mi barco zarpa esta noche para seguir con las investigaciones en La Isla Grande de Tierra de Fuego – La rubia no dijo nada, así que su novio siguió hablando – Es mi trabajo, amor.
- Lo sé.
Emma por fin se dio la vuelta. En este último año su relación había cambiado mucho. Se había enfriado. Ella no le echaba la culpa solo a él, sabía que había sido cosa de los dos. Sus trabajos, y últimamente la salud de Henry, rasgaban sus tiempos, tanto que apenas se veían o hablaban.
Killian le había planteado que le acompañase en su aventura con su hijo. Pero ella había rechazado la propuesta. Estaba en ese momento en el que había encontrado su lugar. Amaba su trabajo, su vida, sus amigas. Amaba vivir con Henry en aquella ciudad. Además, dadas las nuevas circunstancia de la salud de Henry, no quería estar lejos de un hospital. Seguramente sería una tontería, un constipado mal curado, pero estaba convencida que estar de viaje continuamente no era lo mejor que podrían hacer.
- Nos os quiero dejar solos… Sois muy importante para mí – Y Killian no mentía. Emma y su hijo eran una pieza fundamental en su vida. Sin embargo, su trabajo también lo era. Había nacido para explorar el mundo, conocer nuevas culturas, conocer nuevas especies. Ya había estado muchos años frente a un ordenador, mas no contemplaba la posibilidad de asentarse de aquella manera. Había retrasado este viaje mil veces por la rubia. Sin embargo, ahora las cosas habían cambiado. Su relación había entrado en un punto muerto. Debían ser ellos mismos. No era egoísta este planteamiento, era su realidad.
- Lo sé – Emma se quedó contemplando aquella gran maleta. ¿Se estaba equivocando? ¿Aquel era su destino? ¿Su felicidad? ¿Debía dejar todo su mundo y emprender una aventura al lado de la persona que amaba? – Pero estaremos bien – Con aquellas tres palabras, Emma calmó su mar de dudas. Si realmente hubiese estado preparada para dar el paso e invertir su vida, lo habría hecho. Algo la empujaba para no moverse, a permanecer en aquella ciudad, a que su rutina apenas cambiase – Además, esto no significa el fin, ¿no?
Killian dejó de meter sus últimas prendas en la maleta. No giró su cabeza, solo contempló la maleta como el que vislumbra un horizonte perdido. ¿Aquello era el final? Esperaba que no fuera así. Quizá su postura de irse había sido muy interesado por su parte, pero necesitaba probar que aún podía ser un gran explorador. Suspiró internamente. Emma era una mujer maravillosa, y eso que la había conocido en su peor momento, pero ahora ella estaba bien. Era fuerte y sabía perfectamente que podía vivir sin él. Podrían seguir con su relación, seguir hablando cada día a través de internet o cada dos días, contarse sus cosas, intentar no echarse mucho de menos. Estaban pasando por una mala racha, era cierto. Pero también era cierto que juntos podían superar todo tipo de obstáculos, o por lo menos, así lo deseaba él. ¿Acaso aquello no era amor verdadero? Aunque siempre rondaba la posibilidad de que aquello terminase allí, en aquella habitación, que nunca saliesen del punto muerto, que nunca lograsen la felicidad juntos.
- ¿Es el final? – Emma no pudo con aquel silencio implantado. Necesitaba una respuesta y su novio parecía ausente. ¿Deseaba que aquello fuera el final? Su situación era triste, parecía que ninguno estaba dispuesto a luchar, y eso en el fondo significaban muchas cosas, pero sobretodo significaba que, tal vez, no estaban hechos el uno para el otro - ¿Killian?
ACTUALIDAD
- ¿Killian? - Emma rompió aquel silencio
Regina no escuchó más, se alejó de la puerta antes de ser vista. En su mente solo había un nombre, Killian. Al principio no reaccionó, pero las palabras "el gran amor de mi vida" desbordaron a la morena. ¿Qué hacía allí? ¿Aún seguía en la vida de la educadora? ¿Y en qué sentido? Los celos, sí, esa cosa extraña para la empresaria, invadieron cada célula de su cuerpo. Como un huracán caminó por los pasillos. No estaba lista para este tipo de sentimiento, debía centrarse únicamente en localizar al médico de Emma.
Y fue con este pensamiento con el que Regina convivió lo que le restaba de aquel día. Llamó a su secretario, se hicieron las indagaciones oportunas y, dado su estatus, consiguió una entrevista con todo el equipo médico al día siguiente.
Sin embargo, todas estas gestiones no saciaron los pensamientos de la morena. Al contrario, podía notar a la perfección que estaban en su interior encontrando una fisura por la que salir. Necesitaba evadirse de alguna forma. Así que se preparó para ir al trabajo. Era tarde, pero algo podría hacer en la oficina. Sí, eso sería lo mejor, una distracción. Estaba a punto de salir cuando cambió de idea. Ella era una mujer fuerte, que solía enfrentarse a cosas peores que unos simples celos.
Caminó hasta el mini bar. ¿Celos? Se rio internamente. Eso era imposible, nunca había tenido celos, ni siquiera por Kath. Además, Emma era libre, no tenían una relación estable. Estaban empezando algo, eso era todo, una aventura más. Regina se sirvió un coñac sin hielo. Algo fuerte, pensó. Con el primer sorbo vino también la gran pregunta, ¿era solo un ligue pasajero? No, no podía traicionar la realidad, Emma no era una más. Lo supo desde el primer día que la conoció, lo supo desde el primer día que empezó a sentir cosas por ella, y lo supo en el mismo milisegundo que sintió el roce de sus labios.
Otro trago.
El no poder hacer nada, el imaginarse mil cosas entre ellos dos, quemaba. Quemaba tanto que la oprimía el pecho de tal manera que hasta su respiración era diferente. ¿Qué podía hacer ella? Nada, se autocontestó. No podía absolutamente nada. No sabía mucho de la vida de Emma, de su pasado. Solo sabía que ese tal Killian había sido el amor de su vida. No sabía si seguía en ella, si aquella visita era meramente cortesía o algo más. Sí estaban, sí no estaban. Lo único que sabía era que la rubia amaba su trabajo y que nunca había estado con una mujer. Poco más. Así que, tal vez, solo la estuviese utilizando. Tal vez aquel era su destino juntas, una simple transacción.
Regina bebió otra vez dirigiéndose a uno de sus grandes ventanales.
Por primera vez sentía impotencia de que aquello fuera a terminar así, de aquella manera. Y es que en primera instancia, quería que las cosas fueran diferentes. Se estaba volviendo adicta a esa mera posibilidad. Adicta a creer, por primera vez, que podía existir algo que ella no pudiese controlar. No obstante, del mismo modo, también era adicta a la certeza de que en este mundo lo único que le quedaba esa su propia oscuridad, y aquello le rasgaba por la mitad.
Regina se perdió en aquellas luces borrosas de la ciudad. Era increíble, de noche podían ser perturbadoras. No había detalles en los que centrarse, todo parecía difuminado. En cierto sentido, su vida también era así. Miró de nuevo su gran salón. Estaba oscuro y tampoco se podía apreciar con nitidez ninguna cosa que valiese la pena, solo la soledad. Porque eso es lo único que reinaba en su vida, la soledad.
Con aquel pensamiento también vinieron a la mente todos los otros pensamientos que estaba intentando suprimir, ¿quién era exactamente Killian? ¿Emma seguía enamorada de él? ¿Mientras ella estaba sola, Emma estaba con él? ¿En qué punto se encontraban ella y la educadora? ¿Acaso ella ocupaba algún lugar importante en su vida?
Cada pregunta la carcomía por dentro, cada imagen de ellos juntos comprimía su diafragma. Su corazón bombeaba con fuerza y su ira iba en aumento. Se sentía desbordada e incluso idiota. Quería gritar. Quería zanjar aquello con uno de sus desprecios. Ella no podía consentir aquello, no podía consentir que unos supuestos celos le llevasen a la locura.
- ¡Basta! – Gritó Regina en alto para intentar calmarse. Pero fue inútil. Sus pensamientos eran punzantes, negativos. Su mente empezó a cosechar imágenes que no existían. Imágenes de Emma riéndose de ella. Imágenes de Emma con aquel hombre, en la intimidad.
La empresaria empezó a admitir que estaba vertiendo celos con aquella actitud. Nunca antes había sentido tal malestar por una persona, pero ¿por qué? ¿Por qué Emma podía hacerla feliz en un hospital con solo un sándwich y ahora estaba al borde de quemar cualquier cosa que le hiciese pensar en ella?
Respiró profundamente. Luego caminó casi hasta la entrada, encendiendo una de las luces del salón. No quería ver su propia oscuridad. Fue entonces cuando decidió actuar por un mero impulso. Decidió ir a buscar a Emma. Aquello le estaba matando, y quería solventar el asunto lo antes posible. Quería saber qué pasaba. Quería volver a controlar la situación. Si aquello era el final no quería esperar, lo quería ya.
Con determinación dejó su copa de coñac y cogió las llaves del coche. Luego observó la hora. Por sus cálculos, Emma debería haber salido ya del hospital, y lo más seguro es que estuviese en casa. Aún no era muy tarde para poder hablar con ella.
De camino a casa de la rubia. Regina practicó en voz alta todo tipo de conversaciones. Conversaciones más íntimas, que desechó al instante. Conversaciones frías, que también desechó. Conversaciones directas con las que abarcaba muchos escenarios. Estas últimas fueron las que más tiempo la consumió. Tanto fue así que enseguida llegó a su destino.
Aparcó cerca de la puerta apagando el motor. Acto seguido inhaló profundamente ¿Qué hacía allí? ¿Tanto le había afectado que Emma hubiera tenido la visita de aquel hombre? Aquello era irracional, insensato. Sacado de toda lógica. ¿Qué hacía allí? Definitivamente había perdido todo tipo de control y ahora se sentía absurda. Emma era libre y no podía juzgar su relación por una simple visita.
La calma precedió a la tempestad. Todos los pensamientos dañinos empezaron a disiparse. Su intolerancia a aquella situación se desvaneció. Miró en dirección a la puerta de la rubia y volvió a inhalar profundamente. Mañana hablaría con ella, y no para reclamar o para exigir explicaciones que calmasen sus inseguridades. Hablaría con ella para ir conociéndola. Hablaría con Emma incluso para conocerse a sí misma. Porque estaba claro que la rubia no era una más, estaba claro que los sentimientos que procesaba por ella iban más allá de una simple aventura. Aquellos pequeños celos habían removido su mundo, su vida. La habían llevado incluso al frenesí de plantarse por la noche en su casa para acabar con sus voces, para volver a su rutina de no sentir.
Mañana sería otro día, recapacitó. Arrancó el coche echando un último vistazo a aquella puerta. Y entonces sucedió.
Killian salió del edificio, seguido de Emma. Se pararon justo en la entrada y comenzaron a hablar. Regina podía observar perfectamente sus movimientos gracias a una farola que había encima de ellos. Parecían ajenos a ella. Podía marcharse y ellos no se darían cuenta. Pero no lo hizo, se quedó allí, bajo la sombra que le proporcionaba su coche. Apagó el motor y permaneció observando. Su conversación parecía divertida. No paraban de reírse y de tocarse mutuamente con pequeños gestos cariñosos. Cuando parecían que ambos ya estaban a punto de despedirse y tomar rumbos diferentes, llegó lo que para Regina fue lo peor, Emma y aquel hombre comenzaron a andar juntos hacía algún destino en común. La empresaria volvió a mirar su reloj. Era tarde, y por la salud de Emma, lo más seguro es que fueran a la casa de él y no a dar una simple vuelta. Volvió a mirar al edificio de la rubia, pero ya no estaban en su campo de visión.
Ya no había celos paseando de la mano de la cólera. Regina pudo sentir el crujido figurado de su corazón. Ese desgarre de sentimientos. Ya no se sentía impotente, sentía un dolor difícil de explicar. No quería que aquello acabase así, pero obviamente, aquello acabo allí, con Emma paseando bajo la luz de la luna con otra persona que no era ella.
Arrancó el coche y se dirigió a su casa.
Al llegar, la casa que antes le pareció solitaria, ahora lo era más aún. Las paredes parecían tomar vida y caminar hacia ella, ahogándola. Dejó su bolso y se dirigió a retomar lo que estaba haciendo antes de marcharse, se dirigió a seguir bebiendo. Aquello era lo único que sosegaba lo que estaba sintiendo en aquel preciso momento.
Las horas pasaron y con cada copa, a pesar de que no fueron muchas, su actitud fue cambiando. Pasó de estar en un estado afligido a estar decidida a cerrar aquel capítulo corto de su vida. Emma ya estaba fuera de sus planes de futuro. Sin embargo, no estaba fuera de sus pensamientos. Estos giraban en torno a la rubia. En cómo había sido su historia, en lo que sentía estando con ella, en todo lo que había temido que pasara y al final pasó, aunque no lo tuviese planeado. En este punto experimentó rabia que la intentó tapar con indiferencia. Sin embargo, fue en vano, las voces de su cabeza no cesaron, las imágenes de Emma siguieron desfilando por su mente como un gran tren de mercancías. Se mezclaban imágenes de ella sola con imágenes con él. Otra vez se encontraba en el mismo punto que estaba al principio de la noche. Otra vez su desvarío la desbordaba con todas las cosas que la rubia pudiera estar haciendo en la casa de él. Otra vez no podía evitar no pensar. Los celos la estaban jugando una mala pasada, y no podía controlarlos. Era como si no fuese ella misma. Y a esto había que sumar que estaba metida en la tristeza de haber perdido a Emma, porque, la había perdido ¿Verdad? Aunque no estaba muy segura de esto, porque tampoco estaba muy segura de que alguna vez la hubiese tenido. Toda su relación había sido muy extraña, desde el principio hasta el día de hoy. Cómo se conocieron, sus peleas o desacuerdos, esos sentimientos ocultos, las mentiras que se agolpaban por salir, la impresión de estar feliz cuando estaba en compañía de la educadora. Todo era muy distinto a lo que acostumbraba, todo.
Regina tomó la decisión de beber todas esas copas que tenía pendiente. Se había estado controlando desde el principio de la noche. Pero ahora las necesitaba más que nunca, quería mermar toda su conciencia. El alcohol era el único que podía silenciar sus demonios. Era el único que la hacía no torturarse, olvidar.
Regresó al mini bar y cogió una botella, esta vez de Whisky. Dejó el antiguo vaso y apresó otro. No quería que los sabores se mezclasen. Sonrió internamente. Sí, así era ella. Incluso en la soledad de su casa podía redimir a la fría empresaria que llevaba dentro. Ahora todo era perfecto. Su plan era comportarse como siempre con la rubia. Hacer como que no había pasado nada. Con la única excepción de matar todo sentimiento que tuviera por ella y toda probabilidad de llegar a pensar que tenían una relación que no fuera meramente profesional. Ser impasible.
En ese mismo instante, en su propia renovación de concepciones sobre su futuro juntas, el timbre del portal sonó.
Demasiado tarde, rumió. Seguramente serían algunos críos haciendo la gracia nocturna. Sin embrago, al minuto volvió a sonar. Regina, cabreada por la situación, se dirigió con paso decidido al telefonillo.
- ¿Quién es? – Su voz era severa, la auténtica voz de una reina malvada. No estaba dispuesta a soportar más juegos.
- Soy Emma.
Continuará…
Qué os ha parecido este capítulo? Os gustaría más celos? No me he portado muy mal... aunque todo puede pasar entre ellas dos :P
Espero vuestras opiniones!
