Los personajes no me pertenecen. Son propiedad del estudio MAPPA
LA DIVERSIÓN EN LOS TIEMPOS DE PANDEMIA
– ¡Yuuri! – Lloriqueó el ruso con voz infantil. – Me aburro. ¡Hagamos algo divertido!
– Pero si estamos haciendo algo divertido. – Contestó el pelinegro con voz monótona. Estaba demasiado concentrado siguiendo el hilo de la película.
– Tú te estarás divirtiendo solo. ¡Yo no!
– Bueno, ve con Makkachin entonces. – Hizo un esfuerzo para escuchar lo que decían los protagonistas en la pantalla.
Víktor paseó la mirada por el living de su hogar. Efectivamente, el enorme caniche marrón descansaba sobre su colchón, a un lado del ventanal que daba a una preciosa vista de San Petersburgo. En otro momento, ese paisaje lo incitaba a salir, ahora sólo le recordaba lo que no podía hacer. Se dirigió perezosamente hacia donde estaba su perro. Le acarició las orejas, tal como a él le gustaba, con la intención de despertarlo. Éste abrió un ojo y, al cerciorarse de quién era aquel que interrumpía su adorada siesta, bostezó con sueño, y se acomodó hacia el otro lado, dándole la espalda a su dueño.
Víktor suspiró frustrado. ¡Cielos! La cuarentena estaba volviéndolo loco. No entendía cómo Yuuri podía verse tan sereno, disfrutando una película policial, como si el mundo no se estuviera yendo al mismísimo infierno. Hablando de eso, se acercó a la mesada donde había uno de los cinco frascos de alcohol en gel (los otros tres estaban repartidos entre sus chaquetas) y se colocó un poco de esa transparente sustancia entre las manos. A continuación, volteó su mirada hacia su hogar, buscando desesperado algo en lo que canalizar su aburrimiento.
¿Podría preparar un rico postre para Yuuri? Seguro, si no fuera porque el día anterior casi provoca un incendio en su cocina por su intento de merienda. Y no, no fue el pastel que se quemó cual carbón en navidad el verdadero problema. Sino por olvidar la tetera en la hornalla, con lo cual, se le derritió el mango de plástico. ¡El mango! Víktor casi rompe en llanto si no fuera porque… Ah no, es cierto. Sí rompió en llanto, mientras su paciente novio intentaba arreglar ese desastre.
¿Quizá podría intentar alguna manualidad? Probablemente, si no fuera porque cuando experimentó con trozos de madera, con tal de armar un portarretratos para regalarle a su adorable novio, casi se atraviesa la mano con un clavo. Eso sin contar con que, efectivamente, se golpeó un dedo con el martillo. No, definitivamente, las delicadas manos del patinador no estaban hechas para enfrentarse a herramientas tan peligrosas.
¿Ejercicio? Ya los hizo esa mañana, y no le apetecía en ese momento. ¿Pintar? No, no tenía ni siquiera crayones. ¿Leer? Ya había leído todos los libros de su casa, incluyendo los que el japonés había traído consigo una vez que se mudaron juntos. ¿Tocar un instrumento? Sólo tenía ollas con las que improvisar unos tambores – muy caseros – pero lo descartó al imaginar la cara que pondría su pareja. ¿Aprender un idioma? Se le daban bien las lenguas extranjeras, pero no era algo que le llamara la atención en ese instante. ¿Limpieza? Ni falta hacía, ambos habitantes eran extremadamente pulcros. ¿Qué podía hacer?
De pronto, cruzó por su mente la idea de llamar a algunos de sus compañeros. ¡Pero por supuesto! ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Rápidamente, corrió hacia su celular. Buscó el número entre sus contactos y marcó el botón de llamada. Esperó pacientemente hasta que la familiar voz del otro lado contestó.
– ¿Hola?
– ¡Yurio! ¡Qué bello es oírte! ¿Qué cuentas de nuevo?
– ¿Bromeas? Estoy encerrado como si estuviera en un maldito zoológico. Lo único nuevo por aquí sería el color de la bola de pelos que Portya acaba de escupir encima de mí.
Víktor puso cara de asco. Nunca jamás imaginaría al gato de su amigo en esa situación. Ya suficiente tenía con Makkachin, y sólo los dioses sabían cómo sufría a la par de su mascota cuando éste se enfermaba.
– Oye, estoy demasiado aburrido. ¿Qué te parece si realizamos una video-llamada?
– Olvídalo. Estoy viendo una película. Es muy buena, es sobre un sujeto que investiga el asesinato de su mujer, pero el criminal esconde sus huellas constantemente. Apuesto mis patines a que fue su compañero del FBI.
– Oh vamos, no seas cruel Yurio. Enciende tu cámara. – Pidió el mayor con voz melodiosa.
– Ya te dije que no.
– Yurio. Por favor. – Puso su cara de niño a punto de llorar. Obviamente Yuri no lo vería porque aún tenía la cámara apagada.
– Demonios, está bien. – Vaya, la carita no habrá funcionado, pero evidentemente su voz hizo todo el trabajo.
Acto seguido, Víktor posicionó su celular frente a él, y encendió la cámara. Desde allí, pudo ver al rubio desparramado sobre un sofá color ocre, con una mata de pelos encima. Intuyó que sería su mimado gato.
– Oye, ese conjunto es adorable. ¿De dónde lo sacaste?
– Tch, es mi pijama. – La expresión de su rostro le indicaba la obviedad.
– ¿Todavía? Pero si son las 4 de la tarde. ¡No me digas que no te has vestido en lo que va del día! – Exclamó genuinamente sorprendido. – Dime que al menos te bañaste. – Enseguida se arrepintió de preguntar aquello.
– Por supuesto que no. No es necesario, después de todo no puedo salir a ningún lado.
Y al igual que la realidad, esa conversación tampoco lo estaba llevando a ningún lado. Después de todo, Víktor no quería saber los antihigiénicos hábitos que presentaba el adolescente. Esperen. ¿Eso son restos de comida enredados en su cabello?
– ¿Por qué pones esa cara, viejo? ¿Acaso te repugna saber que no me he bañado? – Indagó el joven ruso con una sonrisa maliciosa. – Oh, ¿qué ocurriría si te digo que llevo tres días sin bañarme?
– Basta Yurio. No quiero saber eso. – Gimoteó Víktor con una mueca.
– Y qué decir de mi casa. Como no recibo visitas, no es necesario que la ordene. – A continuación, giró su cámara, y le mostró una vista panorámica de la sala de estar de su casa.
Tal como lo anticipó, allí pareció haberse librado la Batalla de Waterloo, pues había ropa tirada por doquier, los zapatos desparramados por el suelo, platos y vasos amontonados en una pila sobre la mesa de descanso. ¿Y qué rayos era eso verde sobre una caja que pareció contener pizza en algún momento? De repente, el estómago de Víktor comenzó a revolverse.
– Vaya Yurio. Es una alegría que vivas solo. De lo contrario te habrían echado por sucio.
– Tch exacto viejo. Tú lo dijiste. Vivo solo. No tengo por qué preocuparme de esas cosas. No como tú que seguramente le sirves al cerdo la cena todas las noches sin falta. Ah no, lo olvidaba. Es el cerdo quien actúa como Cenicienta contigo. A ti se te quema hasta el agua para el té. – Lo molestó con un irritante tono sarcástico.
– Oye, he mejorado últimamente. – Refunfuñó el hombre visiblemente ofendido. – Yuuri me lo ha dicho.
– Ajá, así como a mí me dijo que derretiste el mango de la tetera. – Le contestó socarronamente. – Dime Víktor. Además de ser una leyenda del patinaje, en serio, ¿qué haces para que el cerdo aún decida quedarse contigo?
– ¿De verdad quieres que te diga? – Contraatacó sugestivamente.
– ¡Rayos no! ¡No quiero esa imagen mental! ¡No ahora, por favor! – Rápidamente intentó cambiar de tema. – Oye, ¿dónde está el katsudon? Es extraño que no esté pegado a ti.
– Está viendo una aburrida película de policías y esas cosas. No creo que te preste demasiada atención. A mí me ha ignorado desde que comenzó. – Su dramático gesto era digno de un premio.
– Tch, ponlo a la cámara.
El albino ruso hizo lo que se le pidió. Volvió al living donde su pareja estaba en la misma posición en la que lo dejó minutos atrás. Estaba sentado, algo rígido frente al televisor. Se lo notaba concentrado debido a que sus anteojos azules estaban por caerse de su nariz, y él parecía no darse cuenta. Se sentó a su lado, colocando su celular frente suyo, interponiéndose entre él y su película.
– Yuuri, mira quién quiere verte. – Canturreó Víktor.
– ¿Eh? Ah, hola Yurio. – Sonrió gentilmente.
– ¿Qué cuentas katsudon?
– Estoy viendo una película.
– Igual yo. Es policial. Oye, no sabía que al vejestorio con el que vives le obsesiona la limpieza.
– ¿Eh?
– Sí, casi vomita cuando le dije que no me baño hace tres días.
– Es que es repugnante Yurio. – Intervino Víktor.
– ¿Tanto? Creo que es insano hasta para ti. – Yuuri arrugó la frente ante esa declaración.
– Tch, tonterías. Además, no convivo con nadie. No tengo la obligación de parecer un muñeco bien vestido.
– Eso no importa Yurio. – Lo sermoneó el más alto, acomodando su propio flequillo. – Es cuestión de tomar medidas sanitarias.
– ¿Y eso qué? Ya te lo dije, vivo sólo, estoy encerrado hace quién sabe cuánto tiempo, y no salgo más que a comprar a unas cuadras de aquí. Si al menos alguien me visitara, tendría motivos para bañarme o limpiar.
– Por más que el Covid se transmita por aire, debes mantener una higiene acorde a la situación. Recuerda que el virus puede sobrevivir unas horas en las superficies. Por lo que es vital mantener la limpieza. – Levantó su dedo índice para otorgar mayor seriedad a sus palabras.
– Demonios, pareces presentador de noticias. Sólo falta que me des las estadísticas de los infectados del país. – El rubio rodó sus ojos verdes con hastío.
– Que estemos en cuarentena no significa que vivas en un chiquero. Al final tú te pareces más a un cerdito que mi Yuuri. – Sonrió de lado, adivinando lo que se desataría a continuación.
– ¡¿Eh?! ¡Retira lo que dijiste!
Y sí. Yuri le lanzó todo su repertorio de improperios en todos los idiomas. Vaya, hasta pudo distinguir algún que otro insulto en japonés. ¿Desde cuándo tomaba clases? Mientras tanto, ninguno notó que Yuuri se había apartado de esa absurda conversación, volviendo a acomodarse frente a la televisión, pero más lejos de su prometido y de la pantalla de su móvil. Si tan solo dejaran de gritar – puesto que Víktor se estaba defendiendo del ataque verbal del más joven – o se fueran a otra habitación. Él sólo quería terminar de ver esa película. Estuvo esperando alrededor de medio año para que la transmitieran en algún canal. Y ahora, que por fin tenía el tiempo – y de sobra – no podía disfrutarla porque el señor "soy leyenda" no podía sobrevivir unos 120 minutos sentado junto a él sin hacer otra cosa que mirar la televisión. En serio, a veces aquel hombre parecía más su hijo que su novio.
– Oigan ¿podrían ir a discutir a otro lado?
– ¡Yuuri! ¡Estoy defendiéndote! – Exclamó su pareja, indignado.
– Gracias, pero estoy viendo la película. – Demonios, ¿y esa mujer de dónde salió?
– Cerdo, esto igual es importante. Tu vejestorio me está comparando contigo.
– Qué bueno, pero bajen la voz. – Definitivamente se perdió una parte crucial de la trama.
– ¡Yuuri! ¿Desde cuándo una pantalla es más importante que yo? – Lloriqueó el mayor. Obviamente, su pareja lo ignoró olímpicamente.
Había veces, no muy comunes, en las que el japonés se preguntaba por qué convivía con aquel aniñado ruso. No es que no lo amara, al contrario, daría su vida por él. Pero existían momentos en las que se replanteaba volver a su departamento de soltero que compró en San Petersburgo. No con la intención de abandonarlo, sino para encontrar algo de paz mental. Y ése era precisamente uno de esos momentos. Demasiado tenía en mente para no sucumbir ante la ansiedad que le generaba la pandemia que azotaba al mundo. No quería agregar a la lista a Víktor.
– ¡Yuuri! ¡Dile algo!
– Ni se te ocurra meterte katsudon, esto es entre el viejo y yo.
– ¡Yuuri!
– ¡Viejo!
Diablos. ¿Qué pista encontraron?
– ¡Dile que pare!
– ¡Yo no paro nada!
¿Encontraron al culpable?
– ¡No empieces!
– ¡Tú empezaste!
¿Por qué interrogan a ese tipo?
– ¡Pero porque tú eres desagradable!
– ¿Y a ti qué te importa?
– ¡Yurio!
– ¡Viejo!
Listo. Hasta aquí.
– ¡Ey ustedes dos! ¿¡Me hacen el favor de largarse de aquí!? Llevo seis malditos meses esperando a ver esta película. ¡Seis! Y en estos momentos en que no puedo hacer otra cosa que no sea encerrarme y mirar televisión, lo mínimo que espero es poder disfrutar de un poco de paz. Más ahora, que estoy a punto de volverme loco por no poder salir de aquí. Así que les pido, muy encarecidamente que cierren la boca y se comporten, o te juro Víktor que mañana mismo volveré a mi departamento. ¡Lo juro!
Tanto Víktor como Yuri enmudecieron al instante, quedándose paralizados como estatuas. Incluso el nipón podría apostar a que olvidaron cómo respirar. Claro, lo haría si no estuviera tan enfurecido con ellos. En otra circunstancia hasta le parecería chistoso.
Los rusos, por otro lado, no salían de su asombro. Víktor, jamás en los meses que lo conoció, lo vio actuar de esa manera a Yuuri. Su dulce y sereno Yuuri. ¿Quién diría que podía tener ese carácter escondido? De estar en otra situación, podría hasta juguetear con eso. Pero no ahora. En ese momento ese joven pelinegro, cuyos anteojos estaban a punto de caerse por el coraje, le daba miedo.
Por su parte, Yuri estaba anonadado. Le sorprendía esa reacción por parte del nipón, aunque claro, no debía ser extraño, después de todo era aquél quien convivía con el exasperante y distraído Víktor. La sorpresa dio paso a la fascinación. ¡Cuánta agresividad! ¡Cuánta pasión en aquél simple regaño! De poder volcar eso en las competencias, el rubio estaría más que encantado a patinar contra él. Y eso que ya lo disfrutaba.
– Vaya cerdo, no creí verte así jamás. – Estuvo tentado a aplaudir, pero se contuvo al ver la mirada endurecida por parte del pelinegro.
– Lo-lo siento Yuuri – Se disculpó un apenado y aterrado Víktor. – No quería molestarte.
Yuuri suspiró molesto. Se había pasado, no era su intención mostrarse así. Vaya, últimamente el encierro estaba sacando lo peor de él. Procuraba mantenerse calmado por su salud propia, y por la convivencia con su pareja. Pero la falta de contacto social, además de la interrupción de los entrenamientos, lo arrojó a una vorágine de incertidumbre que no podía controlar.
– No, yo lo siento. No debía actuar así. Discúlpenme, no sé qué me pasa. Intento mantener la cabeza fría y distraerme con lo que puedo, pero por momentos me siento mal, como si quisiera gritar. Este encierro nos está volviendo locos a todos.
Ahora era Víktor quien se sentía un idiota. Él, en su alocada mente, creyó ser el único de ese departamento quien estaba padeciendo las consecuencias de la cuarentena. No se le pasó por la mente ni un segundo en preguntarle a su pareja cómo se sentía al respecto. Tampoco es que no lo hubiera hecho, en realidad, sí conversaron sobre ello. Pero se contentó con la superficial respuesta del japonés, quien, en su afán por no preocuparlo, le hizo creer que todo estaba bien, que esas anormales semanas podrían atravesarlas sin problemas si encontraban con qué entretenerse en casa. Si tan sólo hubiera prestado más atención a los detalles.
– Oye cerdo, ¿qué película estás viendo? – Intervino Yuri con tal de salvar la situación.
– Emm pues… se llama… "Crímenes a media noche" – Contestó fijándose en el título que rezaba la pantalla.
– ¡No jodas! ¿Es donde el sujeto rubio busca al asesino de su mujer?
– Sí, justamente esa.
– ¡Demonios, estamos viendo la misma película! ¿Tú quién crees que fue? Para mí fue el pelirrojo, su compañero del caso.
– Oh, yo pensé en él en un inicio, pero fíjate cómo actúa el hermano de la mujer. Está desesperado por saber el avance de la investigación. Yo creo que no quiere averiguar qué pasó con ella, sino que está tratando de adelantarse para cubrir sus huellas.
Y así, como aún quedaba media hora para que finalice la película, ambos Yuris se dispusieron a debatir los posibles desenlaces de la misma. Sin querer, dejando a cierto ruso de lado, quien mascullaba entre dientes, sintiéndose celoso y excluido.
– ¡Oigan! Yo llamé para que hablaras conmigo también. – Pero, por supuesto, su queja murió ignorada.
