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-Rayos -dijo Ginny, mirando el cuerpo de Dumbledore con terror-. Ni el Innombrable pudo con él, ¿y yo lo maté de un infarto?

-¡OHHHH! -Dumbledore abrió los ojos nuevamente y Ginny se apartó en el momento en que el director parecía recobrar el conocimiento, incorporándose sobre la mesa-. ¡Llama a los sanadores! -gritó, aferrándose el pecho.

-¡Enseguida! -aterrada, Ginny se vistió a toda velocidad y bajó corriendo por la escalera circular, agitando los brazos en el aire.

Durante el resto de la clase de Historia de la Magia, Harry, Ron y Hermione no se miraron entre sí. Se habían limpiado con las varitas y luego los tres se quedaron mirando hacia adelante, tensos y sin atreverse a respirar, hasta que la clase acabó. Luego de eso, tomaron cada uno sus cosas y salieron tras los demás alumnos, sin mirarse. Hermione prácticamente corrió lejos de ellos, y Harry y Ron siguieron juntos, sin emitir palabra hasta que llegaron a su dormitorio y se encerraron en él.

-¿Qué rayos fue eso? -dijo Harry, mirando a Ron con temor.

-No lo sé -dijo él, que lucía como si acabaran de golpearlo con algo-. ¿Crees que Hermione vuelva a hablarnos?

-¡No! -dijo Harry, abriendo exageradamente los ojos-. ¡Le dará mucha vergüenza! ¿Cómo fue que pasó? No me lo explico.

-Harry, hay algo que debo decirte.

-Yo también.

-Tú primero.

-No. Tú primero.

Media hora después, ambos habían confesado en voz alta lo que habían hecho con McGonagall y Malfoy, respectivamente, y se miraban entre sí como si no dieran crédito a sus oídos.

-¿Te follaste a McGonagall? -dijo Harry, frunciendo el ceño.

-¡Oye, tú te follaste a Malfoy, ni te atrevas a mirarme así!

-¡No lo digas tan fuerte! -dijo Harry, preocupado.

-¿Qué vamos a hacer?

-No lo sé -dijo Harry, pensativo-. Todo esto es tan extraño… Tiene que haber alguna explicación razonable… Pareciera como si no pudiéramos contener las ganas de tener sexo. ¿Será por las clases de educación sexual?

-Quizás fue ese hechizo que nos hizo practicar McGonagall. ¡A lo mejor el efecto no se fue!

-De cualquier forma, hay dos cosas de las que tendremos que tener mucho cuidado a partir de ahora, Ron. La primera es no volver a caer en la tentación de tener sexo con nadie más. O podríamos perder mucho más que a nuestra mejor amiga…

-¿Y cuál es la segunda?

-Si llega a pasar, no olvidar hacer el encantamiento condonmnimus. Yo no lo hice, y ahora tengo miedo de enfermarme de algo.

-Bien. Y con Hermione, está claro que tendremos que esperar, dejar pasar un tiempo sin hablarle. No tratemos de acercarnos a ella ahora, o se sentirá muy incómoda. Luego de unos días, si todo esto se nos pasa…

No hubieran tenido la oportunidad de acercarse a ella, de cualquiera forma. Hermione no apareció en la misma habitación que ellos en todo el día. Estaba evitándolos, evidentemente a propósito. En las clases de la tarde la chica ni siquiera apareció. A la mañana siguiente, por suerte, no tenían clases porque era sábado. Habían seguido sintiendo ganas de tener sexo, todo el tiempo, pero se contenían como podían. Pasaban largas horas encerrados en los baños masturbándose, solos, en la desesperación de que se les fueran las ganas. El deseo sexual no se iba ni siquiera luego de cinco pajas.

Harry escribió a Sirius y le dijo que necesitaba un consejo. Esperaba que su padrino le enviara una carta, como siempre, pero en vez de eso lo sorprendió en persona, esa mañana, en su habitación, en un momento en que Harry estaba solo allí.

-¡Sirius! -dijo Harry, al verlo entrar-. ¿Qué haces aquí? Se supone que estés escondido en una cueva en Hogsmeade. ¿Cómo entraste?

-Bueno, Harry, ya había entrado a tu dormitorio antes en el momento en que más me buscaba todo el mundo. Ahora que no le importo tanto a la gente, no podías esperar que me fuera difícil, ¿no? Dime, ¿de qué necesitas consejo?

Harry le explicó brevemente todo lo que le había estado pasando.

-Vaya, eso es… Bueno… -Sirius parecía muy sorprendido y algo incómodo-. Caray, Harry, pensé que me dirías que te gustaba una compañera y que no sabías como decírselo, o algo así, pero… ¿tuviste sexo con Malfoy? ¿Y tu mejor amiga te masturbó en clase de Binns? Caray, a veces olvido cuánto has crecido…

-¿Qué puedo hacer, Sirius? ¡Estoy desesperado! No se me van las ganas. Quiero tener sexo siempre, ¡siempre! ¡Incluso ahora!

Sirius abrió muy grandes los ojos y se apartó de él unos pasos.

-Bu- Bu- Bueno, Harry -tartamudeó-. Es completamente normal, verás… a tu edad…

-Sirius, necesito follarme algo. No puedo evitarlo.

-Tranquilo, muchacho -Sirius se pasó las manos por la cara, muy preocupado-. Mira, entiendo cómo te sientes. Bueno, quizás no tanto. Es decir, también fui un adolescente, ¿sabes? Pero bueno, veo que los tiempos son otros ahora. Las generaciones a veces se ponen un poco más… salvajes. En fin. Todo lo que tienes que hacer es calmarte, tratar de no tener sexo con lo que sea que se te ponga adelante, ¿de acuerdo? Ya encontrarás a la persona adecuada para ti, con la que podrás casarte, tener hijos y tener relaciones de forma segura y permanente, con ella sola y nadie más. O con él, claro, si es que te gustan los hombres -se apresuró a añadir-. ¿De acuerdo?

A Harry le parecía un consejo de mierda, pero asintió, decepcionado.

-Mejor vete, Sirius, nadie puede verte aquí. Ten, tengo algo de comida aquí que pensaba enviarte por lechuza, y te llené todo un termo con jugo de calabaza.

-Oh, gracias, estoy muy sediento -Sirius tomó el termo y empezó a beber a largos tragos. Harry miró como tragaba toda la bebida.

-Quizás debí conseguirte más.

Se despidieron, Sirius se transformó en perro y se alejó escaleras abajo.

-¿Jugo de calabaza? -ofreció McGonagall, mirando fijamente a la persona que estaba sentada frente a ella, con los ojos entrecerrados y mirada de pocos amigos.

-Gracias -Lucius Malfoy tomó el vaso y le dio un largo trago-. Bien, como le decía, directora suplente -remarcó la palabra "suplente" con énfasis-, es una desgracia lo que le ha ocurrido a Dumbledore, pero confío en que usted se hará a un lado y permitirá que el Ministerio de la Magia elija a un nuevo director lo antes posible.

-Usted ya no forma parte del Consejo Escolar, Malfoy -dijo McGonagall, clavándole la mirada con odio-. Y como subdirectora, yo asumiré el puesto hasta que Dumbledore se recupere. Y se recuperará pronto, estoy segura.

-No formo parte del Consejo, pero soy padre de un alumno, y como tal tengo derecho a venir a plantearle al director a cargo lo que se me plazca.

-Está en todo su derecho -dijo ella, fulminándolo con la mirada.

-¿Cómo fue que Dumbledore sufrió este… accidente, otra vez?

-Ya se lo dije. Sufrió un ataque cardíaco en su despacho.

-Sí, eso lo sé, pero, ¿cómo exactamente…?

-Solo ocurrió -dijo ella, tajante.

-Porque hay unos rumores muy interesantes dando vueltas…

-Si usted quiere creer en rumores, señor Malfoy, hágalo.

-Escúcheme una cosa -dijo Lucius, vaciando el resto de su vaso de jugo de calabaza y poniéndose de pie-. Si es cierto que tuvo sexo con una estudiante, ni él ni usted podrán seguir aquí. La cantidad de quejas y demandas que enfrentarán harán que todo el plantel actual tenga que renunciar, eso incluye al guardabosques ese que es una bestia de las montañas, a la loca de las adivinaciones, al fantasma al que le permiten enseñar y a usted, por supuesto. Háganse a la idea.

-Pues bien -McGonagall se puso de pie, hecha una furia-. Ya dejó claro su punto. Ahora vaya y busque pruebas sobre ese rumor que dice, Lucius. Hasta entonces, que tenga usted un buen día.

Lucius se marchó del despacho, cerrando de un portazo detrás de sí, y avanzando por el corredor exterior, escaleras abajo.


Nudo


Mientras tanto, el profesor Snape subía por las escaleras del castillo, solo, regresando del tardío desayuno que había tomado a media mañana. Luego de una noche muy agitada, no había conseguido despertarse temprano. Últimamente, y por misteriosos motivos, se sentía totalmente extraño, invadido por extrañas sensaciones, día y noche…

Al doblar un recodo, chocó de frente con una alumna, que se dio tal golpe que cayó hacia atrás, sobre el suelo, boca arriba.

Refunfuñó, con mal humor, sin ayudarla a levantarse. Luego notó quién era, y su mueca de desprecio se acentuó aún más.

-Deberías fijarte por dónde vas, Granger -dijo, de mala manera-. Cinco puntos menos para Gryffindor, por tu torpeza.

Hermione lo fulminó con la mirada, incorporándose. Había estado caminando distraída y muy confundida por el corredor, absorta en pensamientos.

En ese momento, una tercer figura dobló el mismo recodo que acababa de doblar Snape, y chocó contra este. Snape lanzó un bufido furioso, dándose la vuelta, pensando que era otro estudiante. Pero se encontró cara a cara con Lucius Malfoy.

-Señor Malfoy -dijo, algo sorprendido.

-Snape -dijo este, con una mirada curiosa, ni amistosa ni tampoco fría.

En ese momento, Hermione creyó ver algo a lo lejos por ese corredor, que rápidamente se escondió de la vista. ¿Le había fallado la vista, o realmente era un perro, dentro del castillo?

Por algún motivo, los tres se quedaron en silencio. La chica alzó la mirada hacia el señor Malfoy y hacia su profesor, nerviosa. La sensación aumentó cuando empezó a notar algo terrible. Las ganas volvían. ¿Por qué? ¿Por qué le pasaba eso? De pronto sentía un irrefrenable deseo hacia los dos hombres adultos que estaban ante ella. No pudo evitarlo: les ojeó el bulto a ambos. ¡Basta! Aquello era terrible. ¿Si se daban cuenta?

Para colmo, pareció que Snape sí se dio cuenta, y se la quedó mirando con los ojos entrecerrados. Hermione se puso colorada. Ahora Lucius la miraba de forma extraña. ¿Acaso…? No, no podía ser. Le estaba fallando la vista. ¿Lucius se había puesto erecto?

-¿Cómo estás, Ginny? -preguntó Luna. Se había encontrado a la chica en los terrenos exteriores, junto al lago. Ginny estaba sola, mirando al calamar gigante sacar sus tentáculos y hundirlos de vuelta en la superficie del agua. Parecía triste.

-Ah, hola, Luna -dijo ella, algo nerviosa-. No lo sé. ¿Por qué lo dices? Bah, qué digo. Seguro ya lo oíste tú también, ¿no?

-Bueno, ha habido cierto rumor, pero quería esperar a ver… a ver si tú…

-Pues sí, es cierto -dijo Ginny, tapándose la cara con ambas manos-. ¡Qué vergüenza! Ya nadie volverá a hablarme luego de esto…

-Ginny, tranquila -dijo Luna, acercándose a su amiga y rodeándola con un brazo por los hombros-. Todo estará bien. Nadie sabe que esto sea cierto, he oído a muchos decir que no podía ser cierto, que seguro lo había inventado alguien de Slytherin. Tú solo niégalo, y ya.

-Sí, claro…

-Oye, conozco una forma de hacerte sentir mejor.

Ginny alzó la mirada, afligida.

-¿Cuál?

-Ven conmigo -Luna le guiñó un ojo, la tomó de la mano y la condujo por los terrenos, en dirección a la cabaña de Hagrid.

-¿Por qué vamos hacia allá? -preguntó Ginny, confundida.

-Ya verás -dijo Luna, dejando escapar una sonrisita traviesa.

-Bien, tenemos que pensar en una forma de dejar de pensar en sexo -le dijo a Harry a Ron, en voz baja, en la Sala Común. Tenían el libro de Transformaciones sobre la mesa, pero era imposible estudiar. Cada cinco minutos, alguno de los dos salía corriendo a los baños para masturbarse. Harry miraba los dibujos de brujas y magos transformándose en gatos en las páginas de su libro de texto, y hasta los dibujos de los gatos esos le daban ganas de follar.

-Tratemos de quedarnos aquí, en la Sala Común, toda la tarde -sugirió Ron, en un susurro, mirando alrededor nervioso, a los demás estudiantes que había allí, pasando el sábado-. Si bajamos a la biblioteca, o a algún lado, corremos el riesgo de toparnos con Malfoy, o con McGonagall, y podríamos querer follárnoslos otra vez.

-Sí -coincidió Harry-. Aquí arriba estaremos a salvo.

-¡Oigan, chicos! -dijo una voz. Harry se volvió y vio que Parvati Patil se acercaba a ellos junto a Lavender Brown. Los ojos de Harry fueron directo al escote de Parvati: Tenía una camiseta muggle, con botones en la parte superior, y sus pechos se marcaban pronunciadamente contra esta.

-Ho- Hola -dijo Ron, extremadamente nervioso, más que ninguna otra vez que hubieran hablado con ellas.

-Queríamos preguntarles algo -dijo Parvati, sentándose junto a Harry en un asiento vacío. Lavender se sentó también. Harry y Ron empezaron a temblar, nerviosos, y compartieron una mirada de temor.

-Sí, dígannos -dijo Harry, tratando de concentrarse en la mesa y no mirarle los pechos a Parvati, que estaba demasiado cerca suyo, en la silla a su lado.

Ron se aferraba a la mesa con ambas manos, tratando de desviar la mirada que le dirigía Lavender. Las dos chicas parecían estar tan mal como ellos. Aunque no tuviera forma de comprobarlo, algo dentro de Harry le decía que a las dos les pasaba exactamente lo mismo que a ellos. Las ganas de tener sexo, irrefrenables. Quizás era por la forma en que Parvati le rozaba el brazo, pegada a su lado, o la forma en que los miraban fijamente. O el hecho de que Lavender se mordía los labios y se pasaba un dedo por la lengua, mirando a Ron fijamente.

-No tenemos ganas de estudiar -dijo Parvati, al parecer sin haber pensado un discurso suficientemente convincente que justificara que se hubieran acercado allí para hablarles, ya que no eran amigos, solo compañeros, y normalmente no hablaban demasiado fuera de las clases.

-Sí, y ustedes parecen aburridos también -dijo Lavender, ahora tocándose un pecho con la mano. Un momento, ¿eso era así? Harry no pudo evitar mirar para comprobarlo. Sí. Era real. Lavender estaba tocándose un pecho, masajeándoselo mientras miraba a Ron, como si fuera algo totalmente normal para hacer mientras se le hablaba a una persona. Al lado de Harry, Ron sudaba como si estuviera corriendo una carrera en torno al Lago Negro, y sus ojos estaban abiertos con terror. Estaba muy pálido.

"Tenemos que resistir", pensó Harry, con desesperación. "Tenemos que resistir".

-¿Y qué tienen en mente? -preguntó, atragantándose al sentir la mano de Parvati caer en su pierna, como de forma casual. Se estremeció por completo, de pies a cabeza.

-¿Quieren pasar el rato en… quizás… la habitación de ustedes? -insinuó Parvati.

Ron se puso de pie de un salto, y Harry tras él.

-Sí, claro, vamos -dijo Ron, yendo a toda velocidad hacia las escaleras de caracol, sin aguantar un segundo más. Harry fue también, a toda prisa, y Lavender y Parvati fueron tras ellos también con mucha velocidad. Era como si los cuatro estuvieran desesperados por ver quién llegaba antes.

"Bueno, valió la pena el intento", se lamentó Harry, en pensamientos, mientras se estremecía con el sudor cayendo por su frente, sin poder contener más el intenso deseo sexual.

Entraron en un armario de escobas, los tres. Nada de eso parecía tener sentido, pero estaba pasando. Era real. Tan real como la mano de Lucius metiéndose debajo de la camiseta de Hermione, y la de Snape masajeándole los glúteos.

Hermione cerró los ojos, disfrutando de cada momento. Su corazón estaba acelerado, latiendo a mil por hora.

De pronto, la puerta del armario se abrió y los tres se separaron al instante. Snape lucía inusualmente en desventaja, como si lo acabaran de atrapar con las manos en algo indebido por primera vez, en lugar de ser él quien atrapaba a la víctima, como normalmente pasaba. Pero entonces vio quién era la persona que había abierto, y su expresión se transformó.

-Sirius Black -dejó escapar Lucius, con un susurro y sus ojos abiertos de par en par por la sorpresa. Hermione miró a Sirius, y entonces bajó la mirada y vio que él también estaba erecto.

-Oh, Dios -dejó escapar Hermione con un gemido.

Sirius entró al armario, cerró la puerta detrás de sí y sus ojos fueron directamente hacia Hermione, en la oscuridad. Respiraba agitado, como sintiendo algo tremendo en todo su cuerpo que no podía controlar. Los cuatro estaban así, respirando a toda velocidad, mareados, con sensaciones incontrolables que los atacaban en cada centímetro de su piel.

Empezaron a quitarse la ropa, los cuatro a la vez. Los tres hombres adultos se volvieron hacia Hermione, que cerró los ojos y alzó ambas manos, ofreciendo su carne libremente, embargada por el deseo de que aquellas seis manos rozaran todo su cuerpo. Y estas no se hicieron esperar. Pronto, la piel de los tres hombres estaba encima de la suya, rozando cada centímetro de su desnudo cuerpo.

-¡No! -gritó Hagrid, ni bien abrió la puerta de su cabaña, tratando de cerrarla de vuelta ni bien vio el cabello rubio de Luna. Pero Luna empujó más rápido, y las dos chicas se colaron dentro.

-Hola, Hagrid -dijo Luna, con una risita traviesa.

-¡Por favor, no! -lloriqueó Hagrid, retrocediendo hacia su mesa, aterrado. Había una jarra de vino sobre la mesa, que indicaba que había estado bebiendo. Hagrid siempre caía en la bebida en los momentos de crisis. -No deberían estar aquí. Váyanse. ¡Hablo en serio! -añadió, porque Luna no dejaba de sonreír.

-Vamos, Hagrid…

-¡Niña, no me hagas esto! ¡Soy débil y estúpido! -Hagrid lloriqueó, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano-. No he podido dormir desde que ocurrió aquello. Lo he decidido. Me iré a Azkaban. Me ofreceré voluntariamente. No puedo vivir conmigo mismo…

Ginny miraba a Hagrid y a Luna alternativamente, tratando de comprender, pero la mirada de Luna lo decía todo, y pronto Ginny quedó con los ojos muy abiertos. No sabía qué era peor: comprender lo que estaba ocurriendo allí, o el hecho de que eso la excitara tanto. ¿Cuál era su problema? ¿Por qué ahora se calentaba con todo? ¿Por qué hasta el abrigo de piel de topo de Hagrid la ponía cachonda?

-Hagrid, no irás a ninguna parte, porque te necesito -le dijo Luna, con tono soñador, mientras se quitaba una tira de la blusa y la dejaba caer por su hombro, de forma provocativa-. Luego de ti, Hagrid, no habrá nadie que me satisfaga, ¿lo entiendes? ¿Dónde encontré a alguien tan… tan… dotado?

Ginny abrió la boca de par en par. Y luego bajó la mirada hacia el enorme bulto de Hagrid, intrigada.