-Adelante -dijo la suave e irritable voz de Umbridge. La profesora estaba sentada a su escritorio bordeado con adornos rosados, en su despacho lleno de cuadros de gatos, bebiendo un té con el dedo meñique alzado y expresión de suficiencia.

Colin Creevey entró al despacho tímidamente, rascándose un brazo nervioso. Había sido castigado en la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras por decir que Harry era su héroe y que Voldemort sí había regresado.

-Toma asiento -indicó Umbridge, severa. Mientras Colin se sentaba, la profesora abrió su cajón y sacó una pluma muy especial, negra y alargada. -Esta será la pluma que quiero que uses para tu castigo.

Colin miró la pluma, y luego su mirada se alzó hacia los abultados y rechonchos pechos de la profesora. Acababa de volver del desayuno, y un sentimiento extraño le recorría todo el cuerpo. Umbridge, que no parecía sentirse muy distinta, se puso de pie y caminó hasta quedar a su lado.

-Usted sabe que no debe decir mentiras, ¿no es así, señor Creevey? -dijo con su voz odiosa.

-Sí, señora -dijo él, mordiéndose los labios. Pero no por la indignación. Sino porque se sentía caliente como nunca en la vida. De pronto, la profesora Umbridge le despertaba un deseo que jamás hubiera pensado sentir por nadie. Mucho menos por ella.

Umbridge lo miraba desde arriba, y sus pequeños ojos de sapo se abrieron enormemente mientras sentía el sudor caer por su frente. ¿Por qué aquel joven irrespetuoso la ponía tan caliente?

Colin se puso de pie, quedando ante ella con los ojos muy abiertos y el pene parado contra la túnica. La profesora abrió mucho los ojos, pero no por la indignación ante la impertinencia del muchacho, levantándose del asiento sin que ella se lo ordenara, sino porque había notado su erección y de pronto sintió la humedad crecer en sus calzones. Estaba mojándose.

Se acercaron el uno al otro y empezaron a besarse. Colin le apretó el gordo trasero con sus dedos pequeños y apoyó su pene contra la falda escocesa de la profesora, abriendo mucho los ojos, en parte con pánico, en parte con placer.

Lo que no se dieron cuenta fue que la puerta había quedado entreabierta, y se había abierto un poco con el viento. En ese momento, Harry y Ron pasaban caminando por el pasillo exterior, y vieron absolutamente todo.

Harry se quedó boquiabierto. Ron estaba estupefacto por la sorpresa.

-¡Rápido! -susurró Harry, tirando del brazo de Ron-. ¡Huyamos! Si Umbridge sabe que la vimos así, puedes apostar a que se inventará alguna excusa para echarnos del colegio antes del mediodía.

-Pero… ¿has visto eso? -dijo Ron, con los ojos desorbitados, mientras bajaban un tramo de escaleras-. ¿Qué demonios está pasando en este castillo?

Colin, momentos después, penetraba a Umbridge contra el alfeizar de la ventana abierta del despacho de la profesora.

-¡MÁS FUERTE! -gritaba ella, con la falda baja y la pelvis escondida por los abultados rollos de su barriga, que eran tantos que Colin, tan pequeño, prácticamente desaparecía en ellos, sumergido en ese mundo de grasa.

Colin trató de hacerlo más fuerte, pero era flaco y pequeño y no tenía fuerzas. Umbridge subió el gordo trasero al alfeizar, para mejorar el ángulo, le tomó la cabeza y empezó a gritar mientras le clavaba las uñas en el pelo, de forma autoritaria: -¡MÁS FUERTE, ALFEÑIQUE! ¡MÁS FUERTE, MARIQUITA! ¡CON GANAS, PEDAZO DE INÚTIL!

Colin, que movía las delgadas piernitas hacia atrás y hacia adelante tan fuerte como podía, hizo un esfuerzo y la penetró con todas sus fuerzas, su pelvis golpeando contra el enorme estómago de la bruja. Umbridge entonces salió disparada hacia atrás con fuerza y cayó hacia atrás del lado de afuera de la ventana, agitando los brazos en el aire mientras caía.

-¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHH! -chilló como loca, su gordo cuerpo desnudo de la cintura para abajo girando mientras caía por lo alto de la torre de Defensa Contra las Artes Oscuras hacia los terrenos exteriores y al suelo que estaba cincuenta metros bajo ellos, debido en gran parte a que esa torre quedaba sobre una pendiente del terreno rocosa que actuaba como un pequeño acantilado, directo hacia las orillas rocosas del Lago Negro.

-¿Profesora? -dijo Colin, con temor, pasando sobre la falda escocesa, que estaba en el piso, y trepando al alfeizar de la ventana con cuidado, para espiar afuera.

-Maldición, no quiero estar de novio con Lavender -protestaba Ron, mientras él y Harry avanzaban hacia la clase de Encantamientos, la primera que tenían ese lunes, luego del fin de semana.

-¿De verdad? ¿Y por qué le dijiste que sí?

-Pues pensé que lo que ella dijo tenía algo de sentido, ¿no es así? Si vamos a estar calientes todo el día, nada mejor que tener una compañera para poder calmar todo eso.

-¿Y cómo les ha ido ayer, en su primer día de noviazgo?

-Lo hicimos diecisiete veces en la habitación. Lo siento, Harry, pero seis fueron en tu cama.

-Rayos. Con razón se sentía pegajosa.

-Luego cuatro en la de Neville. Tres en la de Dean. Y más tarde siete veces más en la Sala Común.

-¿En la Sala Común? ¿Cómo es que nadie los vio?

-Bueno, era muy tarde en la madrugada. Lo hicimos junto al fuego. Fue muy rico, porque hacía frío y el fuego nos calentaba. Tres fueron en el sofá más grande…

-¡Ahí me senté esta mañana antes del desayuno!

-…Y cuatro fueron sobre una de las mesas junto a las ventanas. ¿Cómo te fue a ti?

-Me hice cuarenta y siete pajas.

-Rayos, Harry, ser adolescente es muy duro. Sólo piénsalo: cuarenta y siete por día, trescientos sesenta y cinco días al año… ¿cuántos años crees que dure la adolescencia?

-¿Unos cuatro, más o menos? Son como, no sé, un millón de pajas.

-Fred y George jamás me advirtieron de esto. Me siento estafado. Entiendo que sea difícil para un hermano hablarte de sexo, pero definitivamente le advertiré a Ginny que tenga cuidado cuando crezca, porque la madurez te toma desprevenido y es incontrolable…

Ginny, en ese momento, tenía sexo con Luna encima de la cama de Ron.

-Es tan peligroso -decía Ginny, mientras Luna jugaba con el consolador en su mano, mirando a su compañera de forma atrevida-. Cualquiera de los chicos podría entrar aquí… en cualquier momento… -terminó la frase con una nota de travesura, y se empezaron a besar locamente mientras movían la cama de Ron varios centímetros por la habitación, usando sus varitas para convocar por la ventana toda clase de juguetes eróticos.

Luna tomó al vuelo unas bolas atadas con una soga que vibraban mediante magia, y con dos dedos corrió los mojados labios vaginales de Ginny mientras introducía la primera de las bolas, que brillaba con la luz del sol que entraba por la ventana, oyendo los gemidos de placer de la chica.

Harry y Ron entraron al aula de Encantamientos y buscaron dónde sentarse. Vieron que Hermione estaba allí. Al verlos, la chica se puso de pie y se cambió de asiento, a uno más al fondo.

-Bueno, supongo que con eso nos quiere decir que aún es muy pronto para que nos sentemos cerca de ella -se lamentó Ron, en una voz muy baja que solo Harry pudo oír.

Los dos caminaron hasta una mesa casi al frente, para no incomodar a Hermione, lo más lejos posible, y alzaron la mirada hacia el profesor Flitwick, que había entrado tras ellos y les dirigía una sonrisita.

-Hola, alumnos. Hoy nos toca una de las clases del programa sobre Educación Sexual Mágica -dijo, y al instante varios chicos protestaron, otros lanzaron audibles gritos de protesta, y otros rompieron en lágrimas.

Flitwick recorrió el aula con el ceño fruncido.

-Bueno, entiendo que no se sientan cómodos con el tema. Es totalmente entendible. Están en una edad difícil…

Lavender lloraba, y mientras tanto Parvati le daba palmaditas de consuelo en el hombro. Junto a ellas, Dean lucía muy pálido y traumado, como si hubiera hecho cosas terribles.

-La adolescencia es, en muchos sentidos, el despierte de la sexualidad -decía Flitwick, caminando por el aula distraídamente-. Tienen que estar preparados para hacer frente a los desafíos que tienen por delante. ¡Pero no teman! La adolescencia es algo hermoso… -se quedó sonriendo, como recordando viejas épocas en blanco y negro que hubieran ocurrido cientos de años atrás-. En esta etapa de la vida, quizás conozcan a la persona con la que pasarán el resto de la vida, amándose y respetándose, dos almas unidas disfrutando de la felicidad y la cordialidad que solo el amor respetuoso entre dos personas puede…

Pero en ese momento, Hermione se tapaba la cara, recordando a no uno, sino tres hombres con los que había tenido sexo dos días atrás. Más adelante, Harry frunció el ceño, tratando de decidir quién era la persona por la que sentía "amor, respeto y cordialidad". Solo podía pensar en Malfoy penetrándolo por detrás violentamente, Hermione masturbándolo al mismo tiempo que le hacía lo mismo a Ron, con las manos de los dos sobre ella a la vez, Parvati gritándole que lo hiciera más duro y Lavender sugiriendo que cambiaran de pareja antes de que la orgía entre los cuatro los llevara a eyacular en las bocas de los demás.

-Algo hermoso, el amor -seguía diciendo Flitwick, en tono soñador-. Ahora bien, hablando estrictamente de sexo, recomiendo firmemente mantener una vida saludable para poder ejercerlo correctamente. Yo, por ejemplo, no bebo nada que no sea agua en todo el día. Ni siquiera jugo. El alcohol, la cerveza de manteca, son malos para la salud sexual de un mago. Si experimentan situaciones negativas en el momento sexual con una pareja, no se sientan disminuidos, pensando que tienen algún problema. Puede ser simplemente que deben ejercer una vida más saludable: hacer ejercicio…

Nadie lo escuchaba. Nadie había tenido dificultades para lograr tener sexo exitosamente. Todos estaban asustados, de hecho, por el mucho éxito que habían tenido.

-Ahora bien -continuó el profesor-, la profesora McGonagall me dijo que vieron con ella los encantamientos de protección. ¿Alguna duda sobre eso?

Ron estaba aterrado. Había olvidado hacer el encantamiento condonmnimus la mayor parte de las casi treinta veces que lo había hecho con Lavender el día anterior.

-Bien, prosigamos entonces. Imagino que aún no muchos de ustedes habrán experimentado las relaciones sexuales, ya que son muy jóvenes…

Todos compartieron miradas aterradas entre sí. Seamus parecía estar por tener un ataque de pánico.

-Pero cuando lo hagan, hay algunos encantamientos que pueden ayudarlos a gozarla de forma placentera. Yo soy de los que creen que el sexo es algo hermoso que debe disfrutarse al máximo, aunque mi apariencia de mago mayor pueda aparentar lo contrario -lanzó una risita a la que nadie se unió-, y quiero que ustedes tengan unas buenas primeras experiencias con el sexo, para que no lo vean como algo malo, sino como el acto hermoso que es. Por eso, estoy preparado para enseñarles hoy los encantamientos afrodisíacos, que los harán sentirse más estimulados, ansiosos y apasionados por el sexo.

Hubo un murmullo general de indignación contra aquellas palabras. Muchos gritaron en protesta. Otros se taparon la cara, sufriendo en silencio. Parvati rompió en lágrimas, y ahora fue Lavender la que la consolaba a ella.

El profesor Flitwick recorrió el aula con una mirada atónita, sin comprender esa reacción. Dean también lloraba, las lágrimas rodando por su cara traumatizada.

-¡Por favor, basta! -chilló Neville, otro de los que lloraba-. ¡¿Qué quieren de nosotros?! ¡¿QUÉ?!

-No lo entiendo -admitió Flitwick-. ¿No les interesan los encantamientos afrodisíacos?

-¡Noooo! -gritaron casi todos, espantados.

-Vaya, qué extraño. Es la primera vez que obtengo esa respuesta en una clase de Educación Sexual Mágica de quinto año. La mayoría parecen, si bien no interesados directamente, al menos curiosos por ellos…

-¡POR FAVOR, DÉJENNOS EN PAZ! -chilló Parvati, sin dejar de llorar-. ¡YA NO QUEREMOS SENTIRNOS CALIENTES!

-Sí, profesor, por favor -dijo Seamus-. ¿No podría enseñarnos encantamientos para dejar de sentir las ganas de… bueno, ya sabe?

-¿Quieren aprender encantamientos de disminución del deseo sexual?

-¡SÍÍÍÍÍÍÍ! -exclamaron todos a la vez.

-Vaya, esto es inaudito… Sí, supongo que estará bien. Es entendible, claro. Ya han experimentado el deseo sexual, y hay veces en las que uno no quiere sentirlo. Lo entiendo, por supuesto. De acuerdo, veamos… El encantamiento principal para dejar de sentir el deseo sexual se llama encantamiento enfría nalguis. El conjuro es Congelamenti Nalguis -el profesor se dedicó a enseñarles la floritura que debían hacer con la varita mientras pronunciaban las palabras. Luego de eso, todos empezaron a practicarlos, lo que resultó en el usual descontrol que caracterizaba a la clase de Encantamientos.

-¡Congelamenti Nalguitis! -gritó Neville, haciendo mal el movimiento, y al apuntarse a sí mismo salió volando por los aires, se aplastó contra la pared y cayó detrás del pupitre de Hermione, en el fondo-. Estoy bien -se lo escuchó murmurar desde el suelo.

-Congelamenti Nalguis -dijo Hermione, apuntándose a sí misma de forma desganada, y el hechizo le funcionó a la perfección. Se quedó el resto de la clase leyendo un libro de otra asignatura en su asiento, mientras los demás seguían intentando.

Al final de la clase, Harry y Ron también habían logrado hacerlo exitosamente, y todo el deseo sexual desapareció de sus cuerpos, de una forma maravillosa y tranquilizadora. Era como sumergirse en un tanque de agua fría luego de varios días ardiendo en llamas. Se sentían relajados y despejados.

-Muchas gracias, profesor -dijo Seamus, muy aliviado-. ¿El efecto es permanente?

-¿Permanente? -dijo Flitwick, atónito-. Claro que no, muchacho. Dura una hora, más o menos.

-¡¿Una hora nada más?! -protestó Parvati.

-Pero claro -Flitwick frunció el ceño-. ¿Cuánto más necesitan? Con una hora es suficiente para que se vaya el deseo momentáneo.

Harry miró a Flitwick pensando que no había nada de "momentáneo" en el deseo que había estado sintiendo él, sino más bien permanente.

-¿Y podemos aplicarlo de nuevo después? -preguntó Lavender, desesperada.

-Bueno… -Flitwick lucía muy confundido-. Técnicamente no, hasta el día siguiente, al menos. No puede hacerse una vez tras otra. Pero una hora es más que suficiente para, ya saben… congelar las ganas. No se preocupen, no volverán a sentirse así el resto del día cuando acabe el efecto. Cuando el deseo sexual desaparece, es difícil que reaparezca así como así solo porque pasó la hora de efecto del encantamiento. A menos, claro, que vuelvan a estar en alguna situación que los haga sentir así. Como sea, niños, espero que la clase de Educación Sexual Mágica de Encantamientos les haya servido, y si bien no volveremos a tener una clase sobre esto, conmigo, al menos, pueden plantearme cualquier duda que tengan en el futuro.

"Son jóvenes, y entiendo las necesidades y preocupaciones que deben embargarlos en esta difícil etapa de la vida. Pueden acercarse cuando quieran si necesitan un consejo o una guía en esto. La clase que viene seguiremos con el programa habitual. ¡Hasta la próxima!

Salieron todos del aula hablando entre sí. Ya nadie sentía deseo sexual, pero se los notaba decepcionados y preocupados.

-No puedo creer que el efecto solo dure una hora y que no pueda renovarse hasta el día siguiente -protestaba Ron, junto a Harry-. Flitwick claramente olvidó lo que se siente ser adolescente, después de tantas décadas. Te lo digo, Harry, cuando la hora se termine, volveremos a sentirnos como antes enseguida, no me cabe ninguna duda.

-Lo sé -coincidió Harry, con desesperanza.

-De cualquier forma, mejor me voy.

-¿A dónde vas? No tenemos más clases hasta la tarde.

-Lo sé, pero quedé con Lavender en vernos en la Sala Común. Y creo que lo mejor será estar con ella para cuando, ya sabes, se termine la hora de gracia.

-De acuerdo, nos vemos.

De mala gana, Harry se separó de su amigo y avanzó solo en dirección opuesta. No quería estar en la Sala Común para ver a Ron y Lavender besuqueándose mientras él estaba solo en una mesa. Se dirigió a la biblioteca, por su cuenta. En el camino, hubo un desagradable momento en el que se cruzó con Malfoy en un pasillo. Él venía por un lado, y Malfoy por el otro. Al instante, ambos se dieron la vuelta y se desviaron, tomando pasillos distintos.

-Diablos -protestó Malfoy, tomando una escalera que llevaba al piso superior. ¿Por qué tenía que cruzarse a Potter en todas partes? Para colmo, desde el desayuno que se sentía así otra vez. No podía reprimir el deseo de tener sexo otra vez. Ya no le cabían dudas de que algo raro estaba pasando allí. Alguien, evidentemente, le había puesto algún hechizo o algo que lo había puesto en ese estado tan sexópata. Pero aún no conseguía descubrir una forma para librarse del efecto.

El día anterior, se había hecho cincuenta y cinco pajas. Eso sin mencionar las continuas visitas durante la noche al dormitorio de Pansy Parkinson.

Mientras subía por el quinto piso, sumido en pensamientos, Malfoy prácticamente chocó de frente con Filch, el celador.

-¡Mira por dónde vas! -dijo Filch, que lucía muy nervioso.

-¿Yo ver por dónde voy? Asqueroso squib -murmuró en voz muy baja, pero el celador lo escuchó.

-¡¿CÓMO ME LLAMASTE?! -gritó, explotando de ira y temblando.

-Bueno, eso eres, ¿no es así? -le espetó Malfoy, con una mueca de desprecio. Se sacudió de pies a cabeza, no por miedo a ser castigado, sino porque las ganas de tener sexo lo atormentaban de la cabeza a los pies, estremeciéndolo. Vio que Filch también parecía temblar por alguna cosa distinta a la rabia, a juzgar por la extraña mirada en su rostro, que no le había visto antes.

-Mocoso insolente -dijo Filch, acercándose a él-. Ven a mi oficina. Te castigaré ahora mismo.

Malfoy lo miró con resentimiento, pero no dijo nada. Avanzó detrás del celador, hasta que llegaron a su oficina.

-Adentro -dijo Filch, tratando de sonar autoritario, pero sin poder reprimir la nota de nervios y emoción en su voz.

Malfoy mismo se sintió abrumado por la pequeña oficina del celador, tan íntima y privada. Se mordió los labios y cerró los ojos, tratando con todas sus fuerzas de reprimir el deseo que lo embargaba.

Harry estaba por llegar a la biblioteca, avanzando a toda prisa. Aun se sentía fresco, pero no sabía cuánto podía durar el efecto antes de estar caliente otra vez. No llevaba la cuenta de cuánto tiempo había pasado de su hora de gracia. Dobló el último recodó antes de la biblioteca, y chocó de frente contra una melena de cabello castaño, prácticamente impactando su cara contra la cara de la chica en cuestión.

-¡Lo siento! -se apresuró a decir, agachándose para recoger los libros de la chica, que se habían desparramado por el suelo.

Alzó la mirada hacia ella, con los libros en la mano, y vio que era Hermione.

-Ah… hola -dijo, torpemente.

-Lo siento -masculló Hermione, tomando sus libros-. Venía apurada.

-Yo también -dijo Harry. Pero ninguno de los dos se movió. Se quedaron allí sin decir nada, en esa situación incómoda. Era la primera vez que hablaban desde la clase de Binns, y se sentía bastante diferente estar juntos ahora que estaban bajo los efectos del encantamiento de Flitwick, frescos y sin deseo sexual, de regreso a la normalidad.

-¿Dónde está Ron? -preguntó Hermione, mirando alrededor de forma casual.

-Con Lavender -explicó Harry-. Ahora son novios.

La chica frunció el ceño.

-¿De verdad? No lo parecía, en clase de Flitwick.

-Supongo que no estaban tan interesados en estar juntos bajo el efecto del enfría nalguis. Escucha, Hermione, tenemos que hablar.

Hermione abrió grandes los ojos, se ruborizó al extremo y se alejó un paso de él, hacia atrás. Pero Harry la ignoró y prosiguió:

-Me refiero a hablar sobre lo que está pasando en el castillo. Sé que tú también te has dado cuenta. No somos solo yo, o tú, o Ron. Le está pasando a todos. Algo muy raro está ocurriendo aquí. Sé que la mayoría de la gente piensa que es algo normal, producido por la adolescencia, o algo así. Pero, vamos. No puede ser. Cuando venía a la clase de hoy, me crucé a Colin Creevey besándose a Umbridge.

-¡¿Qué?! -dijo Hermione, atónita.

-Y ahí fue cuando me di cuenta. Cuando yo tenía la edad de Colin, el año pasado, no me sentía así. Si a él también le está pasando esto, quiere decir que aquí hay algo más. No se trata de que todos hayamos llegado juntos a la pubertad. Eso es ridículo.

-Lo sé, lo sé -admitió ella-. Yo pensaba lo mismo, para ser honesta. He estado tratando de descifrar qué puede ser, pero no lo sé. No se me ocurre nada. Por eso viene a la biblioteca, para buscar libros que hablen de sexualidad, por si encontraba una respuesta allí.

Harry ojeó los nombres de los libros que Hermione tenía en brazos. El de arriba de todo se llamaba Descubriendo las incógnitas de tu cuerpo. El lomo del que estaba bajo ese rezaba Así que has mojado la cama y no con pis. Harry frunció el ceño ante ese último.

-Jamás había leído nada de esto -se apresuró a decir ella, avergonzada-. Ni lo hubiera hecho, antes. Creo que, si me lo preguntabas dos semanas atrás, te habría dicho que sé lo suficiente sobre estas cosas para necesitar una lectura adicional. Pero ahora ya no estoy segura… de nada.

-De acuerdo, te ayudaré -dijo Harry-. Podemos investigarlo juntos, ¿no crees? Quizás encontremos la respuesta a lo que está pasando.

-Está bien -dijo ella, volviendo hacia la biblioteca-. Vamos. Ah, pero con una condición -se apresuró a añadir.

-¿Cuál?

-Si se nos va el efecto del enfría nalguis, y empezamos a sentirnos… extraños, otra vez, tendremos que separarnos, tú y yo. Seguiremos leyendo por nuestra cuenta, en lugares distintos.

-De acuerdo -coincidió Harry. Ambos avanzaron juntos hacia la biblioteca.

-Así que… ¿cuál es mi castigo? -preguntó Malfoy de mala manera, mirando a Filch con la nariz fruncida. Pero había un brillo extraño en sus ojos.

-Sí… tu… tu castigo… -Filch se lo quedó mirando, sus ojos inyectados en sangre y su cabello pegado en su grasosa frente.

Entonces, ambos se acercaron lentamente, el uno hacia el otro.

Malfoy empezó a acariciarle el grasoso cabello, apartándoselo de la cara, mientras lo miraba con una mezcla de desprecio y deseo. Filch lo tomó por la cintura, con ambas manos, acercándolo más a sí.

Compartieron una mirada llena de deseo, sus corazones acelerándose, la sangre fluyendo por sus cuerpos con rapidez.

Filch se arrimó más a él y empezó a besarlo en los labios. Malfoy cerró los ojos, mientras le devolvía el beso de forma pausada, sintiendo el gusto de su lengua en los labios del celador.

-Hermione, debo confesarte algo -empezó Harry. Ambos estaban sentados uno junto al otro en el fondo de la biblioteca, en una mesa sin nadie más alrededor, parcialmente ocultos por varias estanterías. Hermione no dijo nada, pero Harry vio que apartaba los ojos del libro que tenía abierto delante, algo asustada. Tomó valor, y le contó lo que había hecho con Malfoy, Parvati y Lavender.

-Bueno… -empezó ella, enroscándose el cabello con un dedo muy nerviosa-. No has sido el único que hizo locuras, Harry…

-Sí, sé que todos parecían muy nerviosos en clase. Pero dudo que alguien haya hecho algo tan grave como todo lo que hice yo…

Mientras Harry se lamentaba por sus actos, Hermione abrió mucho los ojos y respiró nerviosa, muy incómoda, pero no le dijo nada. Siguieron buscando entre los libros de educación sexual y sexualidad que tenía el colegio. Cuando alguno encontraba alguna información que pensaba que podía ser relevante, la compartía con el otro.

-Creo que aquí hay algo -dijo Harry en un momento, con el dedo en una página de Pasión descontrolada en la Europa renacentista y barroca-. En 1625, una bruja fue acusada por haber generado una brujería que puso en celo a toda la aldea y generó una orgía masiva -dijo, mientras leía-. Ah, no, espera. No pasó realmente. De hecho, este libro es una obra de ficción -comentó, mirando la tapa nuevamente y leyendo el prólogo, donde se aclaraba que era una obra de ficción-. ¿Quién rayos tendría una mente tan retorcida para inventar una historia de ficción así?

-Creo que aquí sí hay algo -dijo Hermione momentos después, leyendo rápidamente otro libro, El sexo en el Mundo Mágico-. Hay toda una serie de pociones capaces de generar lujuria en quien la beba, como las pociones de amor, pero dedicadas exclusivamente al sexo, no al amor… Mmm, aunque no pueden usarse masivamente. Además, el efecto se va luego de un rato, no duran más de una hora. Aquí estamos ante algo que causa un efecto masivo y que es permanente, no se va en ningún momento…

Siguieron buscando, y a medida que pasaba el tiempo Harry se empezó a dar cuenta de algo: Hermione cada vez se movía más nerviosa en el asiento, más inquieta. Se había vuelto algo colorada. Parecía estar acalorada, a pesar de que no hacía calor. Con su copia de Lujuria y hechizos porno en la mano, Harry miró de reojo a la chica, que ahora se pasaba una mano por el cuello, abriéndose un poco el cuello de la blusa que llevaba.

Malfoy y Filch cayeron hacia atrás, contra la estantería con cajones que contenían los objetos confiscados por el celador, y toda clase de objetos mágicos prohibidos llovieron sobre el suelo a la vez: empezó a salir humo de bombas humeantes, chispas de todos los colores, olor a podrido de las bombas de olor de Fred y George, y unas serpentinas mágicas se escurrieron entre sus pies. Pero los dos no pararon por un segundo. Se besaban fervorosamente, al tiempo que se quitaban la ropa.

Filch lanzó unos gemiditos rasposos cuando Malfoy lo dio vuelta, poniéndolo de espaldas contra la pared, y sacó su miembro fuera del pantalón, duro, apoyándose contra la espalda del hombre al tiempo que le acariciaba el pecho peludo y escuálido cruzando una mano sobre su torso, y luego bajaba la mano por su abdomen y hacia los grasosos bellos del pequeño y delgado miembro del celador, que estaba torcido en un ángulo extraño.

-¿Hermione? -dijo Harry, al notar que la chica sudaba y se rozaba constantemente los pechos a ella misma con el brazo con disimulo, mientras daba vueltas las páginas, ya sin leerlas, muy tensa-. Creo que… -Harry respiró hondo-. Creo que será mejor que nos separemos, como habíamos dicho.

-No -dijo ella de súbito, y alzó la mirada hacia sus ojos, tensa como nunca. Su pecho se inflaba y desinflaba constantemente.

-Me acabo de dar cuenta de algo -continuó Harry, nervioso, pero aún bajo los efectos del encantamiento enfría nalguis-. Tú te aplicaste con éxito el encantamiento en clase de Flitwick primera que nadie. Casi al principio de la clase. Dura solo una hora, dijo él. Así que el efecto se te habrá pasado ya, para ti… A mí aún me debe quedar un rato.

-Harry -dijo Hermione, ahogándose con las palabras, mientras lo miraba con los ojos abiertos de par en par. Bajó la voz hasta que se convirtió en un ahogado susurro. -Ayúdame.

Harry se puso de pie de un salto.

-Lo- Lo siento, yo… -tomó todos los libros apresuradamente, y se dispuso a marcharse de allí cuando sintió que Hermione lo detenía tomándolo de un brazo.

-Ayúdame -repitió la chica, ahora acercándolo a ella con fuerza aferrándolo de la camiseta con la otra mano-. Por favor.

Malfoy penetraba a Filch contra la pared, lanzando gritos de placer mientras lo embestía con fuerza.

-¡Toma, squib, toma! -gritaba, dándole duro. Filch puso los ojos en blanco y formó una sonrisita estúpida en su rostro mientras erguía el trasero hacia atrás, con las manos apoyadas en la pared y la baba chorreando de su boca por el placer.

-Por favor, Harry -repitió Hermione, que ahora había acercado sus labios a centímetros de los de él, en un intento desesperado de besarlo. No había nadie más en esa parte de la biblioteca, y ella claramente quería hacer uso de esa privacidad. -Debes ayudarme. A calmar el deseo. Sé que tú podrás hacerlo. Podrás calmar esta sensación.

Dijo todo eso en un susurro débil, mientras seguía tratando de atraer la cara de Harry a la suya, pero este se resistía, tratando de apartarla de él, con una mano en su hombro y haciendo fuerza hacia atrás.

-Hermione, lo siento -dijo Harry, mirando a la chica con temor-. No- No creo que sea la mejor idea. Tú estás en este estado, no eres tú… Y yo, yo estoy normal… Por ahora.

-¿No te gusto? -preguntó ella, mirando sus labios con profundo deseo.

-No es eso -dijo él, empujándola un poco más para apartarla.

-¿No te parezco linda?

-Sí, me pareces muy linda -dijo él, tragando saliva y más nervioso que nunca en su vida-. No es fácil decirte que no, la verdad, pero…

-Entonces no lo hagas -dijo ella, se soltó de su mano, se acercó a él y empezó a besarlo en los labios, sin control. Harry sintió su cuerpo caliente contra el suyo. La chica estaba explotando de deseo…

-¿Qué pasa? -preguntó Ron, en la Sala Común. Ginny se había acercado a él, sola, y lo miraba muy nerviosa.

-Necesito ayuda -dijo ella, que parecía a punto de romper en lágrimas. Ron, que acababa de bajar de su dormitorio luego de tener sexo cuatro veces con Lavender, mientras esta dormía una siesta, miró a su hermana con preocupación.

-Claro -dijo Ron-. ¿Qué te pasa? ¿Te ocurrió algo? ¿Alguien te hizo algo? -dijo de forma protectora, preocupado.

-No -dijo Ginny-. O sí. No lo sé. No sé con quién más hablar -parecía al borde de las lágrimas.

-Ven, ven -Ron la tomó de la mano, sin quitar su expresión de preocupación, y llevó a Ginny a través del retrato de la Dama Gorda y de las miradas curiosas de los demás, hacia algún lugar más privado fuera de allí.

Harry apartó a Hermione, con terror en los ojos y el gusto de su cálida lengua aún en la boca.

-No -dijo entonces, con firmeza-. Lo siento, Hermione. Pero no. No está bien. No podría vivir conmigo mismo si… No me sentiría bien. Yo estoy bien en este momento, tengo el encantamiento aún activo. Pero no sé por cuánto tiempo más. Si se me pasa a mí también… -negó con la cabeza, aterrado.

-Ojalá se te pase ahora mismo -dijo Hermione, que no podía más y se tocaba los pechos mientras lo miraba de forma provocativa.

-¡No! -dijo Harry, asustado pero decidido-. Ven, te llevaré a tu dormitorio. ¡Ahora! -añadió, tomándola de la mano y llevándola hacia la parte más concurrida de la biblioteca, para no caer en la tentación-. Te llevaré allí y te encerraré dentro, para impedirte hacer algo de lo que luego te vas a arrepentir.

Mientras tanto, en esa parte más concurrida, oyó voces que hablaban muy nerviosas.

-¿Supieron que murió Umbdrige? -decía un muchacho se sexto. Pero nadie parecía prestarle atención, todos lucían como si tuvieran problemas más graves.

-¡No, Harry! -chilló Hermione, queriendo soltarse, pero él la arrastró fuera de la biblioteca, ante la mirada de varios de esos alumnos. Aunque la mayoría ni se fijaron en ellos, porque estaban teniendo sus propios episodios de locura, con situaciones muy parecidas a la de ellos.

Salieron por los pasillos y empezaron a subir hacia el séptimo piso. Era difícil, porque Hermione oponía resistencia y por momentos trataba de lanzarse encima suyo, o le lanzaba manotazos al bulto, que él tenía que esquivar.

-Harry, tú sabes que me deseas -le decía, mientras tomaban un atajo tras un retrato, consistente de unas escaleras oscuras y apartadas de la vista, que salía directo al sexto piso-. Házmelo, aquí mismo. Nadie nos verá aquí. Luego haremos como que no pasó nada. De verdad, no tienes de qué preocuparte. Sólo disfrútalo. Toma mi cuerpo. Es tuyo. Puedo hacerte cosas que no se te ocurrirían ni en tus más alocados sueños

Harry cerró los ojos con fuerza, porque se dio cuenta de que ahora él mismo empezaba a sentirse caliente otra vez.

La sensación volvía, lentamente. Ya debía de haber pasado la hora. Poco a poco, el encantamiento enfría nalguis lo abandonaba a él también, llevándolo de regreso a aquel estado de desenfreno erótico en el que todo el castillo parecía estar sumergido. Pronto estaría en igual estado que Hermione.

-No -dijo Harry, con valentía, entornando los ojos y tirando del brazo de la chica, sacándola de aquel pasadizo y hacia los pasillos del sexto piso-. Debo ser fuerte. Debo resistir…

-Debes penetrarme, eso debes hacer -le dijo Hermione, en un tono de voz como un gemido sexual-. Harry, allí hay un aula vacía, vamos -lazó un gemido erótico.

-No… -dijo Harry, luchando con todas sus fuerzas contra el deseo-. Debo ser fuerte. Me lo vas a agradecer, Hermione. Cuando esta pesadilla termine, vas a agradecerme por haberme contenido.

-Te agradeceré ahora mismo si me metes la verga en este coño ardiente -le dijo ella con voz ronca, sus ojos en blanco, mientras ella misma se tocaba, con la mano dentro del pantalón, que ya se había desabrochado.

-Vamos, no estamos lejos de la casa Gryffindor -decía Harry, haciendo uso de toda su fuerza de voluntad. Le caía el sudor por la frente. Estaba más caliente que nunca. Ya no tenía el efecto del encantamiento, y necesitaba sexo de forma urgente. -Pronto… estarás… en tu habitación… a salvo…

Trató de no pensar en que Hermione, tras él, tenía la mano dentro del pantalón, gimiendo débilmente, mientras él tiraba de ella por el corredor del sexto piso, hacia las escaleras.

Pero las escaleras estaban lejanas, tan lejanas… Y él estaba totalmente duro. Necesitaba sexo de inmediato. En ese momento.

-Harry, ¡hazlooo! ¡No te resistas! Déjalo fluir... -gemía Hermione, ahora tratando de lanzarse encima de él. Pero él la empujó con cuidado, fuera de su alcance. El pantalón de la chica, abierto, ahora caía un poco por su cadera, revelando partes de su ropa interior blanca con encaje.

-¡Nooo! -le dijo, totalmente erecto, manteniéndola lejos de sí con las dos manos en sus hombros-. ¡No, Hermione! ¡No lo haré! ¡Debo… resistir…! Debo hacerlo… -sudaba y jadeaba, más que nada por el esfuerzo de contener la urgencia sexual-. Debo hacerlo, por ti… Por ti…

Pero no iba a ganar esa batalla. Y lo sabía.

Sin embargo, justo en ese momento, cuando estaba a punto de renunciar, a punto de darse por vencido…

En ese preciso momento, la puerta de un aula junto a ellos se abrió, dos pares de manos aparecieron en ese desierto corredor y les lanzaron unos potentes conjuros en la cabeza que los tomaron totalmente desprevenidos, de forma inesperada.

Y Harry y Hermione cayeron al suelo. Lo último que Harry alcanzó a ver, antes de perder la conciencia, fue la manga de una capa negra en una de las túnicas de mago que había proferido el hechizo, y oyó la risa maligna de una bruja desquiciada que chillaba riendo de felicidad al ver que los hechizos impactaban con éxito en ellos dos.

-Vamos, metámoslos aquí -dijo la voz chillona de la bruja, con una voz adulta que creyó reconocer.

Otra voz, masculina, rió de forma macabra. Entonces, sintió débilmente que los arrastraban por el suelo.

Luego, todo se puso negro.


Fin del capítulo

Ahora te hablo directamente a ti, persona que dejaste el último review: Sí, lo sé, te he trolleado. Y duele. Duele ser trolleado de una forma tan dura. A veces la vida es dura y difícil. Pero no te desanimes, siempre hay una luz de esperanza. Sigue leyendo, y obtendrás tu recompensa! Hasta el próximo cap!